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El Diario de lo Inevitable

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Sinopsis

«Esta historia sigue la vida de Laz, un joven nacido en el seno de una familia acomodada que disfruta de una existencia tranquila y aparentemente ordinaria. Sus días transcurren entre responsabilidades cotidianas, sueños juveniles y la seguridad de un futuro que parece ya escrito. Sin embargo, todo cambia cuando un hallazgo inesperado llega a sus manos: el viejo diario de un aventurero cuya identidad permanece envuelta en el misterio. Entre sus páginas desgastadas se esconden relatos de tierras desconocidas, criaturas imposibles, antiguas ruinas y secretos que desafían todo lo que Laz creía saber sobre el mundo. Lo que en un principio parece una simple colección de memorias termina convirtiéndose en una puerta hacia algo mucho más grande y peligroso. Fascinado por las historias del desconocido explorador, Laz comienza a descubrir que el diario no solo narra una aventura pasada, sino que también guarda pistas sobre acontecimientos que aún están por suceder. A medida que profundiza en sus escritos, se verá arrastrado a un camino del que no podrá regresar, enfrentándose a decisiones que pondrán a prueba sus convicciones, sus relaciones y su propia identidad. Lo que comenzó como la vida común de un muchacho cualquiera pronto se transformará en una travesía marcada por el misterio, el descubrimiento y el sacrificio, donde el destino de Laz quedará irremediablemente ligado al legado del aventurero que escribió aquellas páginas muchos años atrás.»

Genero:
Fantasy
Autor/a:
D2all
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prologo


Siempre estoy en el camino,

justo al final del andar;

el rico me alaba,

y el pobre me maldice.

Tejo sin aguja,

llamo sin boca,

y si intentas escapar...

más fácil será para mí.

¿Qué soy?



El calor estival caía a plomo sobre los inmensos y silenciosos jardines de la mansión de los Thred. Era esa época del año en la que aquella árida zona del imperio parecía arder bajo un sol implacable, secando el aire y silenciando incluso el canto de los pájaros. Sin embargo, en aquel oasis privado, la opulencia de la familia mantenía a raya la brutalidad del clima. Laz, el hijo menor de este adinerado y respetado linaje se encontraba cómodamente reclinado sobre un amplio banco de piedra tallada, resguardado bajo la densa y fresca sombra de un enrejado de enredaderas. Estaba acostumbrado a esta vida de privilegios, rodeado de comodidades y protegido de cualquier sobresalto del mundo exterior. A su lado, el suave y rítmico murmullo de un gran abanico de plumas de pavo real cortaba el aire pesado, manejado con esmero por una joven sirvienta que intentaba mitigar el insufrible bochorno de la tarde.

De pronto, la excesiva atención y la pesadez del ambiente parecieron agobiarlo. Laz bajó el volumen que sostenía entre las manos y se levantó del banco con una lentitud calculada. Su mirada, a menudo percibida como fría y distante debido a su carácter profundamente reservado, se clavó en la muchacha. No necesitó pronunciar una sola palabra. La sirvienta, intimidada por esa actitud inescrutable que dificultaba cualquier intento de cercanía con él, asintió apresuradamente, hizo una torpe reverencia y huyó despavorida por el sendero de grava, perdiéndose rápidamente entre los setos laberínticos. Laz, siempre reflexivo y ajeno a las reacciones impulsivas, dejó escapar un leve resoplido de exasperación. Sacudió la cabeza, volvió a sentarse en su refugio de piedra y recuperó su postura inicial para retomar aquello que verdaderamente le importaba: su lectura.

Aunque su inquebrantable fachada mostrara a un joven prudente que prefería la inercia de la tranquilidad a cualquier tipo de riesgo, en su interior ardía una profunda curiosidad y una necesidad casi desesperada de encontrar un propósito vital. Las historias de aventuras fantásticas eran su única ventana a ese mundo de posibilidades. En ese preciso instante, sus ojos recorrían ávidamente las páginas de un relato fascinante, protagonizado por un anciano noble que, obsesionado por las crónicas de caballería y las hazañas heroicas de tiempos pasados, acababa perdiendo por completo la razón.

Mientras leía las delirantes aventuras de aquel caballero imaginario que confundía molinos con gigantes, los labios de Laz se curvaron en una genuina sonrisa irónica. Las similitudes no se le escapaban: él también era un noble de cuna, con la vida resuelta, que pasaba incontables horas devorando libros de fantasía bajo la sombra protectora de su mansión. ¿Acaso la literatura también terminaría por arrastrarlo a él a la locura? Su mente analítica, acostumbrada a diseccionar cada detalle de la realidad antes de tomar una decisión, descartó la idea casi de inmediato. Dudaba mucho que alguien tan meticulosamente racional como él pudiera perder el control de esa manera... aunque, secretamente, y oculto en el silencio de los jardines de los Thred, envidiaba un poco la libertad absoluta que otorgaba la locura.

De repente, la imponente puerta doble de roble macizo que conectaba la mansión con el jardín se abrió de un golpe violento. El estruendo resonó como un trueno en medio de la quietud estival, haciendo temblar incluso las enredaderas del enrejado. Laz detuvo su lectura de inmediato; siendo una persona reflexiva y prudente, analizó la perturbación antes de reaccionar impulsivamente. Levantó la vista despacio, solo para encontrarse con la mirada feroz de su padre. El patriarca de los Thred era un hombre de edad avanzada, pero el tiempo no había logrado encorvar su postura ni menguar su presencia regia. Mantenía una forma física envidiable, forjada en la estricta disciplina marcial. Observándolo allí, recortado contra el marco de la puerta, Laz no tenía la menor duda de que su progenitor aún era capaz de partir un roble por la mitad con sus propias manos desnudas.

La voz del anciano señor atronó en el jardín, profiriendo una severa reprimenda que ahogó el zumbido de los insectos. El motivo de su ira era, como de costumbre, evidente y justificado: el menor de sus hijos volvía a saltarse sus rigurosas clases de artes marciales y esgrima. Laz, quien siempre había estado acostumbrado a una vida cómoda y sin grandes sobresaltos, encajó el regaño en silencio. Por mucho que le costara admitirlo en voz alta, el combate cuerpo a cuerpo no era su fuerte; nunca había poseído el talento, ni

la disposición, para el dolor o el esfuerzo físico bruto. Su verdadero terreno de dominio siempre había sido el mental. Su cerebro calculaba, procesaba y resolvía con una agudeza que la hoja de una espada jamás podría igualar.

Sin perder la compostura, el joven asintió con una leve inclinación de cabeza. Dejó su libro sobre el banco de piedra y emprendió el resignado camino hacia el pabellón de entrenamiento de la academia familiar. Al llegar, el inconfundible choque del acero le dio la bienvenida.

Allí, en el centro de la pista, lo aguardaba su hermano mayor, Reo.

A simple vista, cualquiera diría que Reo era el opuesto absoluto de Laz: fuerte, carismático, atlético y en constante movimiento. Sin embargo, definirlo como su "opuesto" sería injusto e inexacto. Reo no solo poseía una destreza física incomparable, sino que también era brillante a nivel intelectual; era indudablemente más capaz en casi cualquier disciplina que se propusiera, motivo por el cual ostentaba con orgullo el indiscutible título de sucesor del patriarca.

En muchas otras familias nobles, crecer bajo semejante sombra habría cultivado un profundo y envenenado rencor en el hermano menor. Pero Laz carecía por completo de envidia. De hecho, su actitud reservada, que a menudo se percibía como distante o fría, ocultaba un pragmatismo absoluto. Laz admiraba y apoyaba a su hermano sin reservas. Para él, la ecuación era sencilla y perfecta: si Reo era el mejor, el líder nato y el orgullo inquebrantable de la casa Thred, toda la presión recaía sobre sus hombros. Esa excelencia fraternal era exactamente el escudo perfecto que Laz necesitaba. Mientras Reo cargara con el peso de la familia, Laz podría seguir disfrutando de una existencia tranquila y aparentemente ordinaria, manteniendo su vida de privilegios, exento de enormes responsabilidades y con todo el tiempo del mundo para sumergirse, página tras página, en sus amados libros.

Pero el día inevitablemente llegó.

Como era su costumbre, Laz intentó escapar de la sofocante presión de sus clases de combate. Esta vez, su mente calculadora trazó una ruta de evasión distinta: se escabulló de los terrenos de la mansión y descendió hacia el pueblo llano. Allí, se mezcló entre la ruidosa multitud de campesinos, mercaderes y artesanos que abarrotaban el mercado local. Para un joven de diecisiete años que proviene de una familia adinerada y respetada, el bullicio, los olores a especias baratas y el sudor de la plebe resultaban un contraste abrumador frente a la paz y el aislamiento de sus jardines.

Mientras caminaba, un puesto singular capturó su atención. Era algo verdaderamente inusual en aquella zona: un tenderete donde se vendían libros. Laz sabía perfectamente que la inmensa mayoría del pueblo llano era analfabeta. Sin embargo, había escuchado rumores sobre la existencia de ciertas personas, a las que los lugareños llamaban torpemente «pofresors» o algo parecido, dedicadas a enseñar a leer a los campesinos. Dado que Laz es una persona reflexiva y prudente, aquello le resultaba genuinamente incomprensible. No lograba entender qué diversión o propósito oculto podía haber en enseñar a quienes, según su perspectiva elitista, jamás comprenderían la verdadera profundidad de los temas que albergaban las historias.

Movido por su insaciable curiosidad, se acercó al puesto para examinar la mercancía. Para su profunda decepción, los volúmenes eran textos básicos y aburridos; no encontró ni un solo libro de caballería o aventuras fantásticas que justificara el riesgo de su escapada.

Con la mirada gacha y arrastrando los pies con desilusión, emprendió el camino de regreso hacia la seguridad de su hogar. Fue entonces, con los ojos clavados en el suelo empedrado, cuando lo vio.

Tirado en medio de la calle, había un pequeño volumen encuadernado en cuero marrón y magullado. A simple vista, parece un viejo diario desgastado por el paso de los años. Laz alzó la vista, buscando al dueño de aquella rareza, y se topó con un anciano misterioso cuya verdadera identidad permanece desconocida. El hombre, vestido con ropajes humildes pero con el aura innegable de un antiguo sabio, lo observaba fijamente. Laz pensó de inmediato que debía tratarse de uno de esos peculiares «pofresors».

Asumiendo que el objeto le pertenecía, el muchacho se acercó a él. El anciano esbozó una sonrisa enigmática, pero su rostro conservó una severidad sepulcral. Al intentar devolvérselo, el anciano rechaza el gesto y le dice una frase desconcertante:

—Ese libro no es mío, es tuyo.

El joven parpadeó, confundido, y bajó la mirada hacia el objeto por una fracción de segundo. Cuando volvió a alzar la vista para exigir una explicación lógica, el hombre se había esfumado. Antes de que el protagonista pueda preguntarle nada más, desaparece de su vida tan repentinamente como apareció.

Por primera vez en su vida, el pánico quebró su habitual compostura. Acostumbrado a una vida cómoda y sin grandes sobresaltos, Laz sintió un terror primitivo y desconocido. Aferró el libro contra su pecho y corrió a ciegas hacia la mansión, buscando desesperadamente su lugar de paz: el jardín.

Una vez allí, oculto bajo la sombra de las enredaderas y con la respiración aún agitada, se obligó a calmarse. Sus manos temblaban ligeramente cuando acarició la cubierta áspera y abrió la primera página.

No era tinta negra lo que manchaba el pergamino. Era un pigmento de un rojo intenso, casi oxidado, que se asemejaba inquietantemente a la sangre seca. Las líneas rezaban:

A quienquiera que profane estas páginas con su mirada: no importa quién seas, pues para cuando leas esto, yo ya seré polvo y silencio. He corrido hasta que me sangraron los pies, he luchado con uñas y dientes para quebrar el ineludible hilo de mi destino, pero el abismo siempre termina cobrándose su tributo. Conocí la luz cegadora de la belleza y la calidez del amor, sí, pero solo sirvieron para que el veneno de la traición y un castigo peor que la muerte me desgarraran el alma.

Y aquí, en la antesala de mi ruina, yo, Laz A. Roth Thred, maldigo la hora en que nací y me arrepiento con mi último aliento de la condena que lleva mi nombre.

El viento cálido del verano pareció congelarse a su alrededor. Los ojos de Laz releían una y otra vez aquel nombre impreso en la página. Su nombre. Su mente, que siempre buscaba desgranar la realidad mediante la lógica, colapsó al enfrentarse a una imposibilidad absoluta.

—Esto es imposible... —susurró para sí mismo en el vacío del jardín.

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