EL LUGAR DE LA HUMANA
Mi nombre es Nyxara Vantheir.
En Fortaleza del Norte me dicen "la humana". O "la puta del Rey". Depende de si Kael Draven me miró ese día. Si sus ojos ámbar se cruzaron con los míos, aunque fuera por error, ese día me convierto en la puta. Si no me vio, solo soy la humana. La que limpia. La que no habla. La que no existe.
Hoy me miró.
Por eso tengo la espalda sangrando.
El látigo de cuero con puntas de plata me abrió la piel hace veinte minutos. Beta Rylan lo hizo por orden de Gamma Lys. Su voz todavía me retumba en la cabeza. Enseñarle a la humana su lugar antes de que llegue Caelum.
Las heridas siguen frescas. Cada vez que respiro, la tela áspera del vestido de sirvienta se pega a la carne viva y me arranca un jadeo que no me permito soltar. Si hago ruido me pegan otra vez. Si lloro me matan. Aquí uno aprende rápido.
No puedo llorar.
Rylan escupe. El gargajo cae a centímetros de mis rodillas desnudas sobre la piedra fría del salón del trono. Me mira con asco, como si yo fuera la suciedad. Me tira el balde de agua sucia en los pies. El agua salpica y me moja las piernas. Está helada. Enero en el Norte congela hasta los huesos. Pero el piso de piedra tiene que brillar. El Rey no soporta ver sangre seca cuando recibe visitas.
— Otra vez tarde, humana.
Rylan grita. Me tiembla todo. Las manos. Las piernas. La mandíbula. No contesto. Aquí uno aprende a callarse. A los golpes. A la sangre. A los años.
Kael se quedó ahí. Mirándome desde su trono mientras yo me retorcía en el piso. No dijo nada. No me defendió. Siguió firmando papeles como si yo fuera un charco. Como si yo fuera aire. Como si yo fuera nada. Y tiene razón. Para él lo soy.
Las humanas no hablan. Las humanas sirven.
Eso me lo grabaron a fuego cuando llegué. Tenía catorce años. Ahora tengo diecinueve. Cinco años de rodillas. Cinco años de baldes. Cinco años de sangre que limpio y que nadie ve.
Termino de fregar. El trapeador deja estrías rosadas en el agua. Mi sangre. La mezclo con agua sucia y la escurro sin hacer ruido. Porque si hago ruido me castigan. Porque si sangro más de la cuenta, dicen que estoy manchando su piso.
Las puertas dobles de roble negro se abren con un crujido que me hiela. Entra él.
Kael.
Cuando entra se pone pesado el aire. La cicatriz de la ceja. La corona de huesos negros. Los hombros que tapan la luz. Y huele a mí. Siempre. Huele a pino mojado. A leña quemada. A bosque después de la tormenta.
Soy su mate.
Me di cuenta a los dieciséis. Cuando me vino el primer celo y mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente. Se frenó en seco en medio del pasillo. Gruñó. Un sonido bajo. Animal. MÍA.
Después me miró bien. Humana. Sin lobo. Sin fuerza. Sin manada. Y le di asco. No me marcó. No me reclamó. No me tocó. Me escupió. Literal. Y desde ese día soy su sirvienta. Su error. Su vergüenza.
Dos veces corrí. Dos veces me arrastraron de vuelta con cadenas. La segunda vez me esperó él mismo en el patio. Sangrando. Sin hablar. Me agarró del pelo y me obligó a mirar sus ojos.
— Las mascotas no se van de la casa del amo, Nyxara.
— Entendido.
— ¡Lárguense! Todos.
Su voz corta el salón. Los Betas. Los Gammas. Rylan. Todos salen. La puerta se cierra. Y me quedo yo sola. Arrodillada. Con el trapeador. Con la sangre. Con el miedo.
Camina al trono. Se sienta. No me mira. Pero su olor cambia. Pino. Humo. Calor. Mi cuerpo es un traidor. Lo quiere aunque yo le tenga asco. Aunque él me odie. Aunque él me rompa.
— Viene el Alpha del Norte. Hoy. Dereck Caelum.
Se me va la sangre a los pies. Dicen que es albino. Que tiene la piel blanca como mármol. Que le arranca la lengua al que le miente. Que no sonríe. Que no perdona.
— Sí, mi Rey.
— Error.
Kael levanta la cabeza. Lento. Como si le costara. Sus ojos ámbar me atraviesan.
— No me digas mi Rey.
Camina hacia mí. Sus botas retumban. Se detiene frente a mí. Me agarra la barbilla. Duro. Sus dedos me aprietan hasta que creo que me va a romper la mandíbula.
— No eres mi nada, Nyxara Vantheir.
Me suelta con asco. Como si tocarme ensuciara su mano.
— Limpia. Y esta noche te quedas en las mazmorras.
Se va. La puerta se cierra. El eco me deja temblando.
Esa noche no duermo en las mazmorras.
Porque Dereck Caelum llega tres horas antes.
Y me encuentra fregando sangre del piso. No la mía. La de Gamma Lys. Él castigó a una sirvienta ayer por derramar vino. Yo limpio lo que dejan.
Dereck entra al salón. Solo. Sin guardias. Sin ruido. Es blanco. Entero. Pelo blanco. Armadura blanca. Piel blanca. Ojos azules. Fríos.
Me ve.
De rodillas. Sangrando. Con el trapeador en la mano. Con el pelo pegado a la cara. Con el vestido roto.
No dice nada por cinco segundos. Cinco segundos en los que el mundo se detiene. Cinco segundos en los que yo dejo de respirar. Porque nadie me mira así. Nadie me ve.
Camina hasta mí. Lento. Cada paso sin prisa. Se agacha. Queda a mi altura. Cosa que ningún Alpha hace. Los Alphas no se arrodillan. Los Alphas no se ensucian.
Y me pone su capa encima. Piel de lobo blanco. Forro de seda negra. Pesa. Huele a invierno. Huele a tormenta. Huele a algo que no es Kael. Por primera vez en tres años, no huelo a él. No huelo a miedo.
— ¿Quién te hizo esto, pequeña?
Su voz es susurro. Bajo. Pero llena todo el salón. Fría. Sin ira. Sin lástima. Como un hecho.
Levanto la cara. Lo miro de frente. Por primera vez en años miro a un Alpha a los ojos y no bajo la cabeza. Porque no tengo nada más que perder.
Y su lobo ruge dentro de su pecho. Lo escucho. Lo siento en las baldosas. Tan fuerte que Kael lo oye desde el piso de arriba. Lo escucho en mis huesos.
MÍA.
Dereck no se inmuta. No sonríe. No amenaza. Me limpia una gota de sangre de la mejilla con el pulgar. Frío. Ligero.
Y tampoco me suelta.
Nota
Si Nyxara te dejó con el pecho apretado, es porque así quería 😈 Esto apenas empieza y Kael va a pagar cada día.
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MÍA
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