primer contacto
Un planeta lejano, de clima templado y con una biosfera más densa que la de la Tierra. Dos soles colgaban en el cielo, pero solo uno iluminaba el extenso páramo verde. En lo profundo del bosque, gigantescos árboles centenarios se alzaban como pilares de piedra viva, absorbiendo toda la luz en sus copas altas y dejando el suelo sumido en una penumbra húmeda y espesa.
Entre el follaje, una columna de humo se elevaba, ensombreciendo aún más el cielo. En su base, una estructura piramidal metálica, anclada al suelo por cuatro patas arqueadas, zumbaba con energía. En su centro, un rayo carmesí perforaba la tierra con violencia, fundiéndola en lava líquida. Cuando se apagó, un segundo rayo —violeta, pulsante— descendió, atrayendo hacia el abismo fragmentos de materiales y minerales que temblaban en el aire como si obedecieran una voluntad invisible.
A su alrededor se alzaban estructuras menores, corroídas por el tiempo y el óxido. Entre ellas, una torre de comunicaciones aún chisporroteaba con señales intermitentes.
En la cima de uno de los árboles más altos, oculto bajo un manto de camuflaje que lo fundía con la corteza y el musgo, un hombre observaba en silencio. Sus binoculares reflejaban el brillo apagado del sol filtrado.
Terrens Solvick encargado especialmente en misiones de infiltración, sus años como cazador en su planeta natal acechando y ocultándose con una habilidad tan refinada que ni las bestias con el mejor olfato podrían notar su presencia.
―Aquí Terrens ―murmuró con desgano por el comunicador, sin apartar la vista de la estructura―. Son las tres de la tarde. Nada ha cambiado en las últimas... ¿24? ¿26 horas? Perdí la cuenta desde que estoy trepado en este maldito árbol.
La voz automática de la base respondió al instante:
―Aquí base. Su informe debe ser más detallado. Le recuerdo que está siendo registrado.
Terrens resopló.
― ¿Ya puedo seguir con la misión? Dormir sobre ramas es tan romántico como suena… si eres una ardilla.
Un momento de silencio. Luego: ―Tiene luz verde para iniciar la segunda fase. Proceda.
Era difícil trabajar con Terrens, no se tomaba en serio nada en sus misiones ni siquiera cuando esta al borde de la muerte, pero algo era seguro y es que para estas misiones el es el mas indicado
El soldado desconectó el comunicador sin decir una palabra más. Sabía que si dejaba la línea abierta, lo retendrían con más órdenes, más protocolos. No tenía paciencia para eso.
Se deslizó por una cuerda hasta el suelo. Sus botas amortiguaron el impacto con un leve crujido de hojarasca. Con movimientos metódicos, se deshizo del manto de camuflaje y reveló su armadura de soldado: vieja, arañada, con cicatrices de combates pasados. No era reglamentaria. Tampoco lo era él.
Terrens ajustó su casco, comprobó su magnum y murmuró para sí, con media sonrisa cansada: ―terminemos rápido.
De una riñonera sujeta firmemente a su cintura, Terrens extrajo un pequeño frasco con un líquido claro. Sin vacilar, destapó el recipiente y se lo vertió encima, empapando su armadura con el contenido. El hedor fue inmediato: acre, fétido, casi insoportable, pero ni se inmutó. Ya estaba acostumbrado a tal esencia.
Corrió por el bosque húmedo y denso, sus pasos amortiguados por la maleza. Saltó con agilidad sobre raíces anchas como troncos y rocas cubiertas de musgo. La frondosidad se abría de pronto en un claro abrupto, donde los tocones talados y las huellas de maquinaria pesada revelaban que la vegetación había sido arrancada. Aquello no era una parte natural del bosque: era un enclave artificial, desmalezado con brutalidad para dar lugar al campamento.
Terrens se movía entre las estructuras improvisadas con precisión meticulosa, aprovechando cada sombra, cada ángulo ciego. Las plataformas, contenedores y antenas oxidaban bajo la humedad del lugar. Fue entonces cuando lo vio.
Un Jiralhanae patrullaba cerca. También llamados Brutes de más de dos metros de altura, cubierto por un pelaje gris oscuro lucía una armadura negra decorada con patrones carmesí, angulosos y ceremoniales. No era un simple guardia: por el diseño de su equipamiento, tenía un alto cargo dentro del campamento.
De pronto, el Jiralhanae giró la cabeza en su dirección. Terrens se deslizó detrás de un módulo, comprimiendo su cuerpo entre la sombra para no ser detectado. El Brute observaba con detalle buscando algo fuera de lo normal. Usando su olfato, afinado como el de un depredador, buscaba algo que su vista no podía notar, pero solo es recibido por un hedor desagradable que hacia que sus ojos lagrimen de lo fuerte que era.
Los años que Terrens paso cazando todo tipo de animales antes de unirse al UNSC le dotaron de grandes habilidades de rastreo y sigilo, sabía que en un campamento Jiralhanae su olor sería como una bengala encendida. La única forma de pasar desapercibido era cambiando su aroma.
Dándose media vuelta el Brute se fue del área dando vía libre a Terrens para continuar.
Sin mayor dificultad Terrens logra llegar a su objetivo: una estructura rectangular de tres niveles, con múltiples antenas girando perezosamente sobre su techo. Era el centro de comando. Pero la entrada principal estaba custodiada por otro Brute, igual de intimidante que el anterior.
No podía arriesgarse a un enfrentamiento. Rodeó la estructura, buscando un punto débil. un ducto estrecho, casi olvidado, lo bastante grande como para arrastrarse. Deslizándose dentro; cada movimiento incómodo y ruidoso contra el metal húmedo, hasta que emergió al interior del edificio.
―¿Por qué tenían tanto polvo? ―dijo paras si mismo mientras se sacudía el polvo que tenia encima.
El pasillo estaba silencioso. Avanzó con pasos ligeros hacia la derecha. Las luces del techo parpadeaban, lanzando destellos intermitentes sobre las paredes metálicas.
Una puerta automática se deslizó a un lado al detectar su presencia. Del otro lado, lo esperaba la habitación que estaba buscando.
La habitación estaba completamente vacía, iluminada solo por un monitor holográfico azul suspendida sobre un tablero metálico. La luz flotante proyectaba sombras suaves que oscilaban por las paredes. Terrens avanzó con sigilo, Sus ojos recorrieron el lugar una última vez antes de acercarse al tablero. Sacó un pequeño dispositivo del compartimento de su muñeca y lo conectó al tablero.
La pantalla parpadeó. La imagen vibró un momento, distorsionada, como si resistiera la intrusión digital; aquel dispositivo descifraba y extraía toda la información que tenía. Terrens se quedó inmóvil observando, esperando a que el dispositivo termine de hacer su trabajo.
Entonces, un sonido sutil rompió el silencio. La puerta detrás de él se deslizó abriéndose para luego volver a cerrarse.
Se giró de inmediato; Nadie. Ni una figura, ni un movimiento. Solo el zumbido de los sistemas eléctricos de la habitación. Pero algo no encajaba.
Años de enfrentar al Covenant le habían afinado sus instintos. No podía confiar en su vista ya que la avanzada tecnología del Covenant les daban hazañas como maquinarias que se impulsan sin propulsores hasta pequeños dispositivos capaces de volverte completamente invisible; sabía que no estaba solo. Su mano descendió lentamente hacia la Magnum, con cada músculo tenso y concentrado ante el más mínimo movimiento.
De pronto, un resplandor violáceo se materializó frente a él: una espada de energía, encendida en un instante, surcando el aire con una estocada precisa. Terrens apenas logró esquivarla. Cayendo a un lado mientras la hoja fundía el tablero en un solo corte, deslizándose por el metal y dejando el sistema completamente inservible. La espada desapareció tan súbitamente como había aparecido.
Sintiendo como una fuerza invisible se cierra alrededor de su cuello Terrens es levantado por encima del suelo. Desactivando su camuflaje el responsable se revela: un Sangheili de armadura blanca decorada con líneas de luz naranja. Su casco cubría completamente su cabeza.
Terrens forcejeó, mientras su alrededor comenzaba a distorsionarse, por la fuerza que aplicaba el Sangheili el oxígeno no llegaban a su cabeza lo que le provocarían un desmayo si no hacia algo. Con un último esfuerzo, desenfundó su Magnum y disparó a quemarropa. Las balas rebotaron contra el escudo de energía, inútiles. Solo provocaron la irritación del sangheili quien apretaba con mas fuerza.
El Sangheili alzó su mano que sujetaba la empuñadura de la espada, la hoja de plasma vuelve a surgir con su incandescente brillo purpura y alzándola para ejecutar su golpe de gracia. Terrens buscó desesperadamente algún punto débil. Fue entonces cuando lo vio: en el hombro del atacante, grabado con precisión ceremonial, brillaba un símbolo familiar.
el emblema de las Espadas de Sanghelios. Una facción compuesta principalmente por sangheilis que se separaron del covenant cuando el gran cisma ocurrió. Con un enemigo en común la recién formada espadas de sanghelios se aliaron con la humanidad y el UNSC
—¡Espera… ese símbolo… tú eres de las Espadas de Sanghelios! —logró decir, con el poco aire que le quedaba.
El Sangheili bajo su espada para luego dejarlo caer al suelo.
Terrens tosió, llevándose una mano al cuello.
—Soy del UNSC… estamos aliados con los tuyos… ―dijo mientras recuperaba el aliento
La respuesta no se hizo esperar, firme pero helada:
—No me importa —respondió con una voz femenina― no te metas. —Oh… eres una mujer… Lo siento, es que nunca había visto a una de ustedes…
Su frase quedó inconclusa. Una alarma chirriante retumbó por los pasillos, bañando la estancia en luces rojas intermitentes. La alarma había sido activada en consecuencia del panel destruido.
La Sangheili se volvió hacia el panel destrozado, soltó un gruñido de frustración, y sin más palabras, se desvaneció en el aire: su camuflaje activo cubriéndola por completo. En cuestión de segundos, había desaparecido.
Terrens quedó solo, jadeando en el suelo, con el pecho aún agitado y la garganta ardiendo. Miró los restos del panel humeante, se acerco para revisar los restos y recuperar el dispositivo que había instalado; por suerte aún estaba intacto y con toda la información descargada.
Con las alarmas resonando por todo el campamento y la operación saboteada, Terrens no perdió el tiempo.
Se deslizo dentro del ducto para salir lo más rápido mientras los otros brutes que custodiaban la puerta revisaban lo que había pasado en la sala de control Terrens aprovechaba salir del campamento y huir de nuevo al bosque. Con el sigilo aprendido en años de infiltración y la adrenalina bombeando en las venas, desapareció entre las sombras del bosque, dirigiéndose al sur. Su nave lo esperaba oculta, lista para una extracción rápida.
Pero no llegó lejos. Desde un grupo de matorrales a un costado de el, una figura enorme emergió rugiendo. Aquel Brute de armadura ornamentada había visto antes, ahora empuñando con ambas manos un martillo gravitatorio.
El Brute cargó contra él como un tren, cada paso hacia temblar el suelo logrando alcanzarlo en un instante abalanzando el martillo dispuesto a acabarlo con un movimiento
Terrens lo vio venir. No hubo tiempo de sacar el arma, ni de esquivar. Solo alcanzó a soltar una maldición en su mente ―Esto es todo ―pensó, aceptando que acá se acabaría todo.
Y entonces, sintió un tirón violento desde su nuca. Una fuerza invisible lo arrastró hacia atrás justo cuando el martillo impactaba el suelo, haciendo estallar la tierra, ramas y rocas en una nube de escombros. Terrens cayó de espaldas, aturdido pero ileso.
A su lado, la figura que lo había salvado se reveló.
La Sangheili de armadura blanca desactivó su camuflaje, con la espada de energía encendida. Sin decir palabra, se lanzó hacia el Brute.
La hoja púrpura trazó un destello en el aire, apuntando directo al torso del Brute. Pero la bestia reaccionó con una agilidad sorprendente, esquivando el ataque a un lado evitando la estocada. La Sangheili no se detuvo. Un corte en vertical impacto con el martillo y partiéndolo por la mitad, dejando al rojo vivo la zona del corte.
Pero esto ya estaba planeado por el brute.
En cuanto se acercó lo suficiente, sujeto brazo y lo retorció haciendo que suelte su espada, para luego asestar un golpeó con una fuerza devastadora. La sangheili voló por el aire y cayó pesadamente al suelo.
Aturdida, no pudo levantarse.
El Brute gruñó satisfecho y caminó hasta ella, aplastando su casco bajo su pesada bota. El metal comenzó a ceder y comenzando a quebrarse.
—Pequeña lagartija... —dijo mientras se reía—. Nunca ataquen de frente a un oponente. Creí que ustedes eran mejores en combate cuerp…
Unos disparos lo interrumpieron. Terrens había abierto fuego desde un costado, pero sus balas apenas dejaron rasguños en la gruesa armadura del Brute.
El coloso giró la cabeza hacia él.
—No creas que me olvidé de ti… ese olor de antes se me hacía muy extraño.
Terrens viendo lo inefectiva que era su arma saltó hacia los matorrales, perdiéndose en la vegetación. El Brute soltó a la Sangheili y se giró con furia, olfateando el aire.
—Ese truco ya no funcionará… —soltando una risita—. Ya tengo tu olor.
El ruido de ramas rotas detrás del Brute lo alerto haciendo que se gire. Pero de entre la vegetación otro frasco con aquella esencia impacta en su cara. El líquido pestilente se esparció por su cara, provocándole una arcada. El brute rugió, ciego por el olor, y volvió a mirar entre la vegetación. Allí estaba Terrens... o al menos su armadura, asomado entre los arbustos.
Lanzó un zarpazo salvaje; pero la armadura estaba vacía. Colocada perfectamente como distracción un zumbido se encendió a su espalda.
Terrens aprovechando el momento de distracción se coloca a la espalda del gigante sosteniendo la espada de la Sangheili y la activa enterrando la hoja en su espalda y saliendo por su pecho.
El Brute quedo sorprendido e inmóvil al ver como la hoja brotaba de su pecho; cayo desplomado con un estruendo ya sin vida.
El cadáver quedó tendido, humeando, mientras el bosque recuperaba momentáneamente su silencio.
Pero no por mucho.
La alarma del campamento se volvió más intensa. Voces graves y pisadas se acercaban. Un grupo de Brutes venía en dirección a donde estaba. Buscaban a su líder. Terrens se dispuso a irse, pero sabía lo que harían si encontraban a la Sangheili con vida: la torturarían, o la matarían de la forma más sádica inimaginable.
No podía dejar a quien lo salvo así que corrió hacia ella. La cargó sobre los hombros con esfuerzo; Para ser más pequeña que otros Sangheili que había conocido, seguía siendo anormalmente pesada
Corrió como pudo, zigzagueando entre árboles, raíces. Sus piernas temblaban, la respiración se le cortaba, pero no se detuvo. No podía.
Finalmente, llego a un pequeño claro. Entre arbustos y maleza, su nave esperaba: un Pelican camuflado bajo un manto de vegetación.
Activó la compuerta, subió como pudo y dejó a su salvadora en el suelo metálico. Corrió hacia la cabina encendió los motores y las turbinas se activaron con un siseo que iba aumentando, levantando hojas y tierra por todas partes incluidas las que tenía recubierta. El pelican se elevó, dejando atrás a sus perseguidores.
Terrens se dejó caer en el asiento del piloto, sudando. Miró un instante a la Sangheili inconsciente, luego al cielo que se abría ante ellos.
—ahora estamos a mano ―dijo a la sangheili aunque ella seguía inconsciente.
Tras varios minutos de vuelo, Terrens activó el piloto automático del Pelican, marcando la ruta hacia la base remota del UNSC donde residía. El sistema tomó el control y la nave mantuvo su curso, estable y segura.
Con un suspiro agotado, Terrens se levantó y abrió un pequeño compartimento metálico bajo el asiento. De él sacó una caja con una cruz roja pintada: un botiquín de primeros auxilios.
Se acercó a la Sangheili, que seguía inconsciente sobre el suelo de la nave. Se arrodilló a su lado y, con cuidado, retiró el casco partido. Este terminó de deshacerse en varios pedazos, revelando una gran hinchazón y cortes en la parte lateral de su cabeza provocados por los fragmentos rotos. La sangre azulada goteaba, formando charcos sobre el metal del piso.
Terrens frunció el ceño y comenzó a trabajar.
Aplicó un sellador líquido sobre las laceraciones y se endureció rápidamente al contacto, deteniendo el sangrado. Luego, agitó una bolsa con un líquido azul translúcido que al poco tiempo se volvió sólido y frío. La colocó con cuidado sobre la zona inflamada.
Su brazo derecho también presentaba una fuerte hinchazón seguramente por el agarre del Brute. No había fracturas visibles, así que usó otra bolsa helada para envolver la extremidad.
No era médico, pero después de tantas misiones en solitario y sin que nadie lo asistiera aprendió como tratarse ciertas heridas.
Unos minutos después, la Sangheili despertó.
Con un gruñido de dolor, se llevó la mano a la cabeza y notó el vendaje improvisado. Sus ojos, al abrirse del todo, recorrieron el entorno con confusión.
—Al fin despiertas —dijo Terrens desde el otro lado de la cabina, sentado contra una pared, sosteniéndose una de las mismas bolsas en su frente.
La sangheili se incorporó de golpe, en alerta.
—No te muevas tanto, se te van a abrir las heridas —advirtió Terrens
—¿Dónde estoy? —preguntó con tono seco, revisando instintivamente su cintura— ¿Dónde está mi…?
—Tu espada está ahí —interrumpió Terrens, señalando a una esquina.
Se levantó sin dudarlo, tambaleándose. Ignoró su casco roto y su pistola de plasma. Solo le importaba la espada. La tomó con firmeza y la observo por varios segundos revisando su estado y relajándose al ver que estaba intacta.
—Te dije que no te movieras —repitió Terrens—. Te traje a mi nave para tratarte los golpes… de nada, por cierto.
—Dejé mi nave cerca del campamento. Da la vuelta. Llévame de regreso —ordenó sin mirarlo.
—Hicimos demasiado ruido saliendo. Deben estar muy alertas. En la base UNSC a la que vamos podrás contactar a tu jefes.
—Te dije que me lleves. Todavía no termino mi misión.
—Y yo te digo que no. Cuando lleguemos podrás comunicarte con tus jefes. Será rápido. Toma esto —le lanzó una de las bolsas frías—. Te ayudará con ese chichón… de nada, de nuevo.
La Sangheili la atrapó sin agradecer, mirándolo solo por un instante. El silencio se instaló entre ambos. Solo el zumbido suave del motor del Pelican los acompañaba.
Para romper la incomodidad, Terrens se puso de pie y extendió una mano.
—Soy Terrens —dijo con una sonrisa relajada.
La sangheili lo miró un par de segundos antes de responder.
—Kal —dijo simplemente, sin corresponder al gesto—. Espero que tu base esté cerca.
—Vaya, cuánta dulzura. —Terrens bajó la mano, resignado—. Llegaremos en un rato. Ponte comoda.
Kal no respondió. Solo volvió a sentarse, observando a su alrededor con recelo.
A diez kilómetros del campamento donde escaparon, una montaña solitaria se alzaba por encima del interminable bosque. En su interior, oculta entre la roca, se encontraba la base Koro: una fortaleza de operaciones para el despliegue de tropas construida para repeler una posible invasión del Covenant. Ahora, solo quedaba como puesto de vigilancia contra remanentes y posibles insurrecciones.
Al pie de la montaña, las luces del helipuerto se encendieron, guiando al Pelican hacia su plataforma de aterrizaje. Terrens tomó el control manual y lo posó junto a una docena de Pelicans alineadas en perfecta formación.
En tierra firme, esperándolo, se encontraba Martin: aquella voz que detrás del comunicador que ordenaba que hacer a Terrens. Había repasado mentalmente todas las cosas que pensaba decirle sobre la misión, sobre sus errores, sobre los protocolos que no cumplió... Pero cuando la compuerta se abrió y vio la figura alta de un Sangheili caminando tras su compañero, todo pensamiento desapareció.
Martin, que nunca había estado en una batalla, nunca había visto un Elite de cerca, se quedó paralizado. Instintivamente, su mano fue hacia el comunicador en su cinturón, dispuesto a dar la alarma, aunque sabia de la alianza de la humanidad con los sangheilis no sabía si aquella era una intrusa o un rehén.
—Tranquilo —dijo con voz firme—. Viene conmigo.
Martin se recompuso al escuchar a su compañero:
—Es... estas cosas me las tienes que avisar, Terrens. No puedes traerla aquí, a nuestra base.
—Me salvó la vida. Solo le estoy devolviendo el favor. Necesito hablar con el comandante.
Sin más, caminó hacia la entrada de la base ingresando por el hangar, con Kal siguiéndolo de cerca. A su paso, soldados a su alrededor los miraban con desconfianza, tensando el agarre sobre sus rifles de asalto.
—Tranquilos —dijo Terrens con una media sonrisa—. Solo es una amiga.
—Solo me estás ayudando a comunicarme con mi base —aclaró Kal, sin detenerse― no es necesario tu compañerismo
—que fría. Solo intento que no te disparen.
Al llegar al hangar principal, Terrens notó un grupo reunido. En el centro, destacando por su postura y el uniforme gris cubierto de medallas, estaba el comandante Jeremi Tomston, máxima autoridad de la base Koro. Apenas se acercaron, las conversaciones cesaron y varios soldados se apartaron al ver a Kal.
Terrens saludó formalmente.
—Comandante, aquí el soldado Solvick, unidad de reconoci...
—¿Eres el comandante? —interrumpió Kal, con tono directo—. Necesito establecer comunicación con mi base.
Jeremi frunció el ceño.
—Soy la autoridad en esta base, y exijo notificación previa si un Sangheili va a pisar estas instalaciones.
―Lo siento, comandante —intervino Terrens—. No es la mejor comunicándose. Al parecer, nuestras misiones coincidieron en el mismo lugar. Ella pertenece a las Espadas de Sanghelios.
—¿Las espadas...? Déjennos solos un momento.
Los presentes obedecieron de inmediato. Incluso los que recién se acercaban se detuvieron en seco al escuchar la orden.
—No he recibido ningún aviso sobre operaciones de las espadas de sanghelios en este planeta —dijo Jeremi, cruzando los brazos.
—Es una misión de reconocimiento —respondió Kal, sin titubear—. No puedo revelar más.
Jeremi se queda pensativo por unos segundos, no puede saber si lo que kal dice es verdad o se trate de una infiltración. Durante la guerra conoció muy bien al covenant y de lo que eran capaces los Elites, y no sabe si ella en verdad pertenece a las Espadas de Sanghelios
—Tratare de establecer comunicación con alguien de las Espadas. Mientras tanto acompaña a la sala medica ¡Guardias! Escóltenla a la sala médica.
―Estoy bien —gruñó Kal—. Ya he sido atendida por su soldado.
―insisto, a menos que quieras conocer los calabozos
Kal notaba la tención y recelo del comandante pero su prioridad era su misión y debía tragarse su orgullo y obedecer. El par de soldados la acompañaron por un pasillo mientras Jeremi se alejaba por otro.
Martin, que había observado todo desde el fondo, quien se acercó a Terrens en cuanto estuvieron solos.
—Si me hubieras avisado de tu acompañante, podríamos haber evitado todo esto.
—También me da gusto verte, Mar.
Martin suspiró, resignado.
—Necesito el informe y los archivos que recuperaste.
—Casi me olvido. —Terrens sacó el pequeño dispositivo y se lo entregó—. Aquí está.
Ambos comenzaron a caminar por el pasillo. El ambiente era silencioso, tenso.
Aunque Martin era metódico y siempre rígido, era un viejo amigo de Terrens. Lo conocía bien. Y su silencio… ese silencio, no era normal.
—¿Necesitas pasar por la enfermería?
—Solo son unos golpes.
Otro silencio incómodo se formó.
—¿seguro?... me extraña tu silencio. Pensé que te habías golpeado la cabeza o algo.
―Estoy bien.
—y… ¿Cómo se conocieron?
—Iba a morir. Y me salvó. Solo estoy devolviendo el favor.
—Entiendo… entiendo.
El eco de sus pasos acompañó otro breve silencio mientras llegaban a la puerta del alojamiento de Terrens.
—No te olvides del informe —dijo Martin, deteniéndose.
—Sí, sí, ya sé. Avísame si cuando tenga otra misión.
―tienes que descansar mas seguido, busca algunos amigos y pasa el rato… Y si necesitas hablar de... cualquier cosa. Sabes que puedes decírmelo. Somos amigos, ¿no?
Terrens lo miró de reojo y dejó escapar una breve risa.
—¿Por qué no lo seríamos?
—Entonces está bien. Descansa mientras tanto y tomate una ducha. Todavía hueles a esa cosa rara que te echas siempre… y no te olvides del informe.
La puerta se cerró con un leve chasquido metálico, separándolos.
Ya dentro, Terrens se quedó solo. Quitándose la armadura de su pecho y brazos huele su ropa de debajo para confirmar su olor.
Varias horas habían pasado desde el regreso a la base. En la habitación de Terrens, la tenue luz de una lámpara parpadeaba en el techo mientras él dormía profundamente sobre la cama, aún con parte de su armadura puesta. Las placas del pecho y el casco yacían tiradas en el suelo junto a un par de latas vacías de cerveza y envoltorios de comida sin recoger.
Un zumbido sutil precedió la activación del comunicador en la pared. Una voz femenina, robótica pero firme, interrumpió:
“Terrens Solvick, se solicita su presencia en el puesto de mando”.
El mensaje se repitió un par de veces antes de que el abriera los ojos, somnoliento por el sueño y el cansancio acumulado. Se sentó al borde de la cama, frotándose el rostro con ambas manos.
Su mirada se posó sobre el escritorio cercano, donde descansaba una vieja fotografía: él con aspecto más joven, abrazando a una mujer de cabello rojo, Ambos sonreían.
Observó la imagen en silencio durante unos segundos, con la mirada vacía. Luego se puso de pie y terminó de colocarse el resto de la armadura sin apuro, como si el peso no estuviera solo en las placas metálicas.
El puesto de mando de la base Koro era una enorme sala operativa, con escritorios alineados frente a terminales de datos y una pantalla colosal que proyectaba un mapa detallado del extenso bosque que rodeaba la región. Líneas, marcadores, zonas de calor: todo estaba en constante movimiento.
Terrens entró con paso lento, y encontró a Martin conversando con una mujer del personal técnico. En cuanto los vio, interrumpió la charla.
—¿Qué pasó? —preguntó Terrens con desgana.
—Quería darte algo de descanso, pero surgió una nueva operación —dijo Martin, con tono neutro.
―No estaba haciendo nada, así que... adelante. ¿De qué se trata?
Martin se volvió hacia la gran pantalla.
—¿Recuerdas la información que recuperaste en la base sin identificar de los Brutes?
—Sí, ¿Y?
—Esos recursos que extraían no se quedaban allí. Los estaban enviando a otro punto. Creemos que hay una segunda base. Pero eso no es lo más preocupante.
Martin hizo un gesto, y en la pantalla aparecieron nombres de humanos.
—Encontramos referencias a personas. Nombres, identidades humanas. Podrían ser colonos capturados, Insurgentes colaborando, o incluso un grupo independiente.
—¿Quieren que investigue?
—Queremos que establezcas un perímetro y vigiles los movimientos que hacen.
—¿Otra vez durmiendo sobre un árbol? ―dice con un gesto de disgusto― hurra.
—Te quedarás hasta nuevas órdenes. Pensé que te gustaban las misiones en solitario.
—Me gustan. Pero estaría bien tener una cama decente de vez en cuando.
Martin lo ignoró, como siempre hacía cuando Terrens comenzaba con sus quejas.
—Y otra cosa. ¿Recuerdas a la Sangheili que trajiste? Confirmamos que sí pertenece a las Espadas de Sanghelios. Su misión es eliminar a un brute de alto rango, eso es todo lo que podemos saber.
Terrens se cruzó de brazos, suspirando.
—¿Y dónde está?
—En tu nave. Te está esperando. Tienes que llevarla hasta donde se encuentra su transporte. Luego continuarás con tu misión.
—¿Y por qué yo? Que tome un Pelican cualquiera. ¿No tienen otros pilotos disponibles?
—¿No y no? Además —Martin lo miró con un ceño fruncido— es una orden directa del comandante. Dice que como no avisaste que ibas a meter a un Sangheili en la base, te toca compensar con un pequeño favor diplomático, solo tienes que escoltarla.
Terrens exhaló con resignación y desgana.
—Genial, ahora soy chofer de un alienígena con mal carácter.
—Y muy impaciente —añadió Martin, con media sonrisa.
Terrens dio media vuelta y empezó a caminar hasta el hangar, Martin caminaba a su lado. Antes de cruzar la puerta, Martin levantó la voz:
—Y no te olvides del informe, te olvidaste del informe anterior.
—A si, me quede dormido ―responde con una sonrisa que irrita ligeramente a Martin.
En el hangar principal, el eco de los motores resonaba en las paredes de metal mientras varios Pelicans estaban alineados recibiendo el mantenimiento de los técnicos. Uno de ellos, con la compuerta trasera abierta, parecía haber sido preparado especialmente. Terrens y Martin se acercaron entre el bullicio de técnicos y soldados.
Desde la compuerta, Kal descendió con paso firme:
—¿Dónde estaban? —preguntó, sin molestarse en saludar.
—Tu escolta se quedó dormido —respondió Martin con una sonrisa incomoda, volteando a ver a terrens pero este lo ignora.
—Hola, Kal... tanto tiempo —dijo Terrens, con una sonrisa desenfadada mientras se rascaba la nuca.
—Apresúrate y llévame a mi nave —expreso ella con tono autoritario.
—Cálmate. No tenemos prisa —respondió él, levantando la mano en señal para que se relaje.
—Yo sí tengo —gruñó Kal, apretando las mandíbulas con irritación— No olvides que tú estás aquí por obligación, no por utilidad.
Terrens lanzo una sonrisa apretando los dientes y casi se le marcaba una vena en la frente; el también se estaba empezando a irritar.
—Si quieres subirte, tendrás que hacerle caso al piloto. Empezando por respetarlo.
Kal dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Terrens. Sus ojos verdosos lo atravesaban como cuchillas.
—Me estoy conteniendo bastante en no cortarte a la mitad. Sé agradecido. No quiero tu amistad, ni tu convivencia. Solo llévame a donde te ordenaron.
La amenaza flotó en el aire, densa como el humo. Por un momento, Terrens dudó. Pensó en devolverle otra broma, en seguir jugando con fuego. Pero algo en la mirada de Kal, dudaba si lo de “cortarte a la mitad” lo decía a modo de broma también.
—Está bien… solo era un chiste. Así soy —dijo, bajando un poco la voz, pero aun con esa sonrisa incomoda.
Kal lo observó un segundo más antes de emitir un leve gruñido y girarse para volver al Pelican.
Terrens suspiro del exhausto y de lo tenso que va a hacer su viaje.
Martin soltó una carcajada suave.
—Hay muy pocas personas que logran ponerte en tu lugar.
—Sí… tú, por ejemplo, no —replicó Terrens sin perder el ritmo.
Martin sonrió, ladeando la cabeza.
—Mirra también tenía un carácter así.
El nombre floto entre la cabeza de Terrens haciendo que se quede pensativo por unos segundos como si recopilara recuerdos de ese nombre. Se recompuso para responder con su carácter bromista habitual:
—No está ni cerca del carácter de Mirra —dijo finalmente, soltando una sonrisa que bajo los ojos de Martin se notaba forzada.
Sin esperar respuesta, subió al Pelican. Martin se hizo a un lado mientras los motores comenzaban a rugir. La nave se elevó del suelo y se perdió en el cielo con un zumbido sordo, alejándose de la base rumbo a la misión.
El Pelican volaba a baja altura, sobre el denso mar verdes que los árboles dibujaban. En el compartimiento de carga donde se instalan los soldados a la espera de ser desplegados estaba kal estaba sentada revisando las vendas en su cabeza aquejándose del dolor de las heridas, pero aguantando en silencio.
Desde la cabina, Terrens pilotaba sin demasiado esfuerzo, con una mano enciende el comunicador.
—Aquí base Koro —respondió Martin con su voz habitual.
—Soy yo, ¿dónde dejo su nave la invitada? —preguntó Terrens, sin apartar la vista del frente.
—No dio coordenadas exactas. Solo dijo: “cerca de un lago” ¿No puedes preguntarle?
—No creo que quiera hablar. Está bastante callada —respondió Terrens
―¿Sigue ahí verdad?
―Si… espera ―terrens voltea para ver que siga dentro de la nave― si sigue ahí, todavía no se tiro del pelican.
—Bueno, pregúntale igual. No creo que te muerda.
Terrens cortó el canal y pensó para si mismo: ―espero que no― para luego llamar a kal.
Ella se levantó y caminó hasta la cabina.
—¿Qué pasa?
―¿Dónde dejaste tu nave?
Kal señaló sin emoción alguna hacia la derecha del lago sobre el que sobrevolaban.
—Allí. Cerca de esa roca.
Terrens viró con una maniobra suave y comenzó el descenso. Las compuertas traseras se abrieron con un silbido hidráulico y sin perder tiempo, Kal saltó al suelo y se adentró en el bosque. Terrens la siguió con la mirada, tomando su rifle de asalto, pero sabiendo que no podría alcanzarla si se lo proponía así que se quedó en la entrada de la nave.
El bosque volvió al silencio. Minutos pasaron. Luego, una explosión sacudió el aire. Las aves alzaron el vuelo y una columna de humo se elevó entre los árboles. Terrens se incorporó de inmediato, llevando el rifle al hombro. Iba a avanzar cuando escuchó disparos de plasma, gruñidos, y gritos que cesó de golpe.
De entre la vegetación, emergió Kal. Su armadura chamuscada en algunas partes, la espada aún encendida en una mano, y en la otra un rifle de plasma.
—¿Qué pasó? —preguntó Terrens, sorprendido.
—Era una emboscada de esa base. Explotaron mi nave para que no pudiera escapar —dijo, sin detenerse, caminando de regreso al Pelican sin detenerse.
Terrens la siguió de cerca, revisando los alrededores antes de subir.
Ya dentro, terrens intentó revisarla. Kal, en un principio, apartó su mano.
—No me hicieron nada. Eran solo un par de Grunts y Jackals.
—Solo quería ver que tus heridas anteriores no se abrieran —dijo con firmeza.
Kal dudó por un momento, luego bajó un poco el brazo, permitiéndole revisarla. Terrens retiró con cuidado las vendas de su cabeza. Las laceraciones estaban cerrando y los hematomas se habían reducido. Volvió a cubrir con vendas limpias, sacó una pequeña pastilla del botiquín y se la ofreció:
—Para el dolor. Es un analgésico no se si te hará algún efecto en ti pero al menos pruébalo.
Kal la tomó con recelo, la giró entre sus dedos un momento, y luego la tragó sin decir nada.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó él, mientras guardaba el botiquín.
—No lo sé —dijo Kal, bajando la mirada.
Por primera vez, Terrens la notó decaída. Para terrens fallar una misión no era muy importante, solo te daban una amonestación y luego te mandaban a otra. Pero para kal no cumplirla era algo impensable y que tendría un serio castigo si se fallara.
—¿Dónde te enviaron? Tal vez pueda llevarte —ofreció con un tono más serio de lo habitual.
—No puedo decírtelo —murmuró, con la vista fija en el suelo.
Terrens no insistió, pero tampoco se retiró. Mantuvo la mirada fija, esperando. Kal suspiró, un gesto leve pero significativo en alguien tan controlada. Finalmente sacó un pequeño dispositivo de su cinturón. Al activarlo, un holograma azul mostró una cadena montañosa.
Terrens miro fijamente el lugar.
—Ese lugar me suena… Casualmente esta cerca de mi nueva mision. ¿Qué hay ahí?
—Una base. Se supone que hay un Brute de alto rango. Tengo que matarlo.
—Perfecto —dijo, sonriendo mientras volvía a la cabina— Te llevo, Me queda de paso.
Kal se puso de pie de golpe. Lo miró con los ojos entreabiertos, y por primera vez, algo diferente brilló en ellos
—¿En serio? ¿No tendrás problemas con tu comandante?
—Probablemente sí. Pero no seria la primera vez.
Kal dudó. Su rostro volvía a la neutralidad, pero sus mandíbulas y gestos no estaban tan tensas como antes.
—Bien, vamos ―Y por primera vez, lo dijo sin dureza.
El Pelican volaba bajo, surcando el aire apenas por debajo de las nubes teñidas de naranja por el atardecer. El interminable bosque resulto ser finito quedando atrás, dando paso a una tierra quebrada de colinas, montañas escarpadas y un río que se bifurcaba entre el terreno. Terrens mantenía el rumbo con una mano en los controles y la otra en el apoyabrazos de su asiento.
Frente a ellos, entre dos montañas, se alzaba la base que el cuartel koro había recopilado con la información que trajo Terrens. Un complejo de estructuras metálicas rectangulares servía como depósitos, y en el centro, una estructuras con varias antenas similar a la que Terrens ya se había infiltrado es el centro de comando de esa base.
Terrens aterrizó en un claro, oculto al pie de una de las montañas, lo bastante lejos para no ser vistos.
—Si puedo entra a ese lugar, tal vez encuentre algo sobre tu objetivo —dijo mientras apagaba los motores.
—Hay que infiltrarse sin llamar la atención así no alertaran a mi objetivo. ¿puedes entrar sin ser visto? —preguntó Kal.
—Lo soy. ¿Y tú? —respondió con una sonrisa.
—No es la primera misión de infiltración que hago. Soy sigilosa.
—Ajá. Tan sigilosa como la primera vez que nos conocimos —murmuró.
—¿Qué?
—Nada, nada... Por cierto, ten —sacó de a un lado de su asiento el casco visiblemente reparado, con varias soldaduras burdas—. No es lindo, pero funciona.
Kal lo tomó en silencio. Lo examinó y, tras una breve pausa, se lo colocó:
—Funcionará... espero.
Tras aterrizar a varias de decenas de metros de distancia las compuertas del Pelican se abrieron. Una ráfaga de aire helado entró al instante. Terrens se estremeció mientras descendían y comenzaban a trepar por la ladera de la montaña. Subieron entre piedras y maleza seca hasta encontrar un saliente perfecto: una vista clara de toda la base desde lo alto.
Tendidos sobre la tierra fría, Terrens sacó unos binoculares y comenzó a observar.
—Varias personas —murmuró—. Están armados con tecnología del Covenant modificada… parecen insurreccionistas o mercenarios, pero no estoy seguro. Nunca había visto ese uniforme.
—Puedo usar mi camuflaje. No me verán —dijo Kal
—No va a servir —respondió Terrens, ajustando los binoculares—. Mira las entradas... sensores térmicos. Notarán tu calor aunque seas invisible.
terrens observó en silencio un rato más, hasta que notó cómo uno de los guardias se separaba del grupo. Una idea cruzó su mente. Se sentó y comenzó a quitarse la armadura, quedando con una camisa sucia y los pantalones.
—¿Qué haces? —pregunto kal mientras fruncia el ceño de curiosidad
—Ya tengo un plan. Te llamare cuando apague los censores. Ya vuelvo no me tardo
—Espera… —alcanzó a decir, pero Terrens ya bajaba por la ladera, usando las rocas como cobertura.
Abajo, cerca del perímetro, dos guardias hacían ronda. Uno de ellos, un muchacho nervioso había empezado a trabajar recientemente, intentaba seguirle el ritmo al otro, un veterano con expresión cansada.
—La paga es buena, sí, pero acá nunca pasa nada —decía el mayor, bostezando— nos dijeron que lo que hay en los almacenes es importantísimo, que nada de robar, que siempre alerta... pero no hay ni bichos por acá. Lo único que hay es un pueblo de granjeros al este abandonado por dios.
El novato miro a su superior con decepción, nunca estuvo en una batalla así que esperaba tener algo de acción. De repente su estómago rugió.
—¿Hambre? —preguntó el superior, arqueando una ceja― la cena es a la noche, no reunimos todos en ese hangar.
—No, eh… tengo que ir al baño. Desde que llegué no pude...
—Los baños no funcionan hace varios días. Así que búscate una roca alejada de aquí.
—¿Hay algo que sí funcione en este lugar? Mi luz de mi habitación estaba rota...
—Deja de llorar —suspirando, arrepentido de aceptar cuidar al nuevo—. Andá ve a hacer lo tuyo.
El novato se alejó rápido, saliendo de la base hacia un grupo de rocas. Dejó su arma apoyada y, al intentar bajarse los pantalones, escuchó un crujido. Miró hacia atrás, nervioso, pero no vio nada. Ya no podía aguantar más así que lo ignoro.
Un segundo después, un golpe seco le cruzó la nuca. Su visión se nubló. Cayó al suelo con un quejido apagado. A su lado, Terrens sujetando la piedra que había usado como improvisado garrote.
—Nada personal, pero tengo frio y me sirve tu ropa —susurró, mientras le quitaba el uniforme.
Al poco tiempo terrens termina de ponerse el uniforme, acomodándose la gorra se prepara para entrar en la base.
Terrens caminaba por el campamento cabizbajo, fingiendo indiferencia mientras pasaba junto a varios guardias. Algunos lo miraban de reojo, pero al ver su uniforme sus sospechas se disipaban. Siguió avanzando hacia el centro de comando.
Al llegar a la entrada, se aseguró de que nadie lo estuviera observando. Seria muy sospechoso que un novato que apenas empezó ese día entrara al lugar mas restringido de la base. soltando un suspiro contenido, pasó por el sensor térmico y entró al pasillo, iluminado por luces blancas que parpadeaban intermitentemente sobre su cabeza.
Camino lentamente mirando las puertas que lo conducirían a lo que buscaba. En la tercera, vio lo que buscaba: la sala de vigilancia, múltiples monitores que grababan cada rincón de la base.
Entró, se acercó a los paneles que daban energía a las cámaras y sensores y empezó a desconectar cables de forma al azar. Las pantallas se apagaron una a una hasta dejar la sala en penumbra. Satisfecho, sacó su comunicador.
—Hey, ¿me escuchas? Ya desactivé los sensores. Puedes entrar.
—Entendido —respondió Kal al instante.
En la distancia, sus huellas marcaban el suelo arido mientras se movía como un espectro invisible, gracias al camuflaje de su traje. Brincó de techo en techo hasta llegar al centro de comando. Apenas dentro, desactivó el camuflaje, dejando ver su silueta frente a Terrens.
—Llegaste rápido. La consola está por aqui —le indicó él, guiándola.
Ingresaron a la sala que estaba en frente, con una única pantalla y varios servidores de un metro de alto que se conectaban entre si de manera inalámbrica. Kal se postro frente a él sin perder tiempo.
—Apresúrate, no tenemos mucho tiempo —apresuró Terrens.
—No voy a tardar —respondió Kal, con tono firme mientras sus manos manejaban el panel.
Varios programas se habrían el la pantalla mostrando largos textos en un idioma que terrens no comprendía. Un mapa se abrió en medio de la pantalla con varios puntos marcados; el ceño fruncido y concentrado de kal se desvaneció y sus ojos se iluminaron de golpe.
―Ahí estas
—¿Qué? —preguntó Terrens.
—Nada. Ya tengo lo que necesito. Vámonos.
—Oye ¿Cómo me veo con este uniforme?
—Que importa, ¿que quieres que te diga? Te vez igual que los demás humanos.
—Qué aburrida eres… —suspiró.
De pronto escucharon pasos acercándose. Kal activó su camuflaje de inmediato, desapareciendo. Dos guardias que portaban rifles de asalto entraron y se toparon con Terrens, lo que los puso en alerta.
—¡Eh! ¿Qué haces aqui? —preguntó uno.
—Perdón, estaba buscando el baño —improvisó Terrens, nervioso.
—No puedes estar aquí. Ven, vamos a hablar con el comandante.
Un escalofrío recorrió a Terrens, su corazón se aceleraba por la situación, Sabía que si lo interrogaban, lo descubrirían.
Kal aún invisible estaba detrás de ellos, ya tenía su espada en mano, lista para eliminar a ambos.
—¡Esperá! —interrumpió el otro guardia—. ¿No eres el nuevo? ¿El que asignaron con Tom?
—¿En serio? —respondió el primero—. Eso explica por qué está solo. Ese viejo no quiere hacerse cargo de nadie.
Terrens forzó una risa tensa mientras Kal trepaba sigilosamente al techo para evitar ser descubierta.
—Solo el comandante y nosotros podemos entrar acá, ¿sabías? Además, los baños no funcionan.
—Sí, sí, perdón. Fue mi error.
Mientras lo escoltaban hacia la salida, Kal golpeó sin querer el panel de luz colgante del techo. Este se movió, pero solo terrens alcanzo a verlo.
Terrens tragó saliva mientras una gota de sudor le corría por la frente. Ambos guardias estaban a punto de ver hacia arriba, pero Terrens interrumpió:
—¿Y saben donde puedo ir al baño? ―dijo bruscamente haciendo que ambos guardias lo vean.
—Busca algún árbol o detrás de una roca.
—Bien, bien.
Terrens camino alejándose más y más de los guardias y con kal aun invisible siguiéndolo detrás.
Ya fuera de la base, Terrens soltó un largo suspiro.
—Uff… ¿No que eras muy buena en el sigilo? —se callo unos segundos esperando una respuesta— ¿Estás ahí?
—Sí, sí, lo estoy —respondió Kal desactivando su camuflaje.
—¿No era mejor alejarte en vez de colgarte del techo como una lagartija?
—Si te descubrían, los mataba. No te iba a pasar nada.
—Sí, claro. Y luego nos descubrían y acribillaban. No seas tan… impulsiva
—Ya vámonos. Está oscureciendo.
Terrens la miró con el ceño fruncido mientras ella se alejaba.
—Adelántate. Yo tengo que devolver esta ropa.
Dio media vuelta y fue hacia donde había dejado al novato aún inconsciente. Al encontrarlo, se cambió rápido y le volvió a poner el uniforme. Para luego alejarse corriendo.
Varios minutos pasan, aquel guardia a cargo del novato lo hallo tumbado en el suelo. Lo sacudió hasta que este despertó.
—¿Qué pasó? ¿Te atacaron?
El chico, confundido, se tocó la cabeza, adolorido.
—Estaba por orinar… y sentí un golpe fuerte. Después… nada.
—Sí, claro. —Señaló la roca al lado, manchada de sangre—. Seguro se te cayó una encima. Estos desprendimientos son comunes acá. Ven, vamos a que te revisen.
Ayudándolo a caminar, ambos se dirigieron de vuelta a la base.
—Mira el lado bueno. Ahora tienes una historia que contar.
El novato solo miro a su jefe sonreír mientras el aun sentía un ardor en su cabeza.
El sol se esconde en la lejanía del horizonte dejando atrás su amarillento resplandor y dando paso al brillo de las estrellas que iluminan el páramo montañoso.
Dentro del Pelican, Terrens sin su armadura, vestido con una camisa blanca y pantalones agujereados hurgaba en su bolso hasta encontrar una lonchera con carne seca.
—¿Esto es todo lo que me queda? —murmuró para sí, mientras empezaba a masticaba un trozo—. ¿Quieres un poco?
—No tengo hambre —respondió ella sin mirarlo siquiera.
Terrens siguió rebuscando hasta sacar una botella de whisky a medio tomar. Una sonrisa se dibujó en su rostro al verla. Se le ocurrió una idea:
—No hay calefacción en esta nave, así que voy a hacer una fogata afuera y tomar unos tragos. ¿Me acompañas?
—Yo no tomo.
—Bueno, yo sí... y bastante. Así que si te aburres, sabes dónde encontrarme.
Terrens salió del pelican, juntó algunas ramas secas y hojas y las apiló en el suelo. Sacó su encendedor y trató de encenderlas, pero fracasó: el encendedor ya no funcionaba de tantos usos. Desde el interior del Pelican Kal lo observaba con curiosidad haciéndola salir
—¿Qué pasa? ―pregunto kal
—¿Tienes encendedor o algo para prender el fuego?
—No, no tengo.
Terrens se quedó pensativo unos segundos. Entonces miró la espada colgada en la cintura de Kal.
―ya se, préstame tu espada un segundo.
—¡No! ¿Para qué la quieres?
―La hoja de la espada es de plasma. puedo usarla para encender el fuego.
—Esta es un arma seremonial símbolo de mi familia —resopló Kal, visiblemente incómoda— no un juguete para prender fogatas.
—Bueno, bueno... entonces puedes encenderlo tu, me moriré de frio sino.
Kal dudó por un momento, pero con un suspiro terminó accediendo. Invoco su la hoja incandescente y la acerco al montón de ramas que se encendieron de inmediato.
—Esta arma pasó por generaciones en mi familia. Fue portada por todos los líderes de mi clan. Es la última reliquia que me queda. Si mis ancestros me vieran usándola para prender unos palos, me matarían.
—Mientras no se enteren no pasa nada —respondió Terrens con su habitual sonrisa burlona—. Ya que estás acá, ponte cómoda.
Kal refunfuñó y finalmente se sentó frente a él y el fuego.
Los minutos pasaban en silencio y a Terrens le recorría una duda en su cabeza:
—Dijiste que esa espada es de los líderes de tu clan... ¿eso significa que eres la líder?
—No. Mi clan ya no existe ―dice con un tono calmado y lento.
Terrens notó el temblor en su voz. Intuyó que no quería hablar de eso, así que cambió de tema.
—¿Un trago? —le ofreció la botella.
—Te dije que no tomo.
—Este es el momento clásico donde una botella de alcohol abre los corazones y todos cuentan sus penas.
—¿Qué?
—¿Nunca viste una película?
—No tenemos de eso en sanghelios.
—Olvídalo. Entonces, dime: ¿Qué te apena?
—No tengo nada de qué hablar.
—Eso es porque no tomaste un trago —le dio un largo sorbo al whisky—. Yo tampoco quiero hablar de nada hasta que deje esta botella seca.
—Disfrutalo —dijo Kal, concentrada en la empuñadura de su espada.
Las estrellas ya llenaban el cielo. Las brasas empezaban a extinguirse. La botella, que estaba a medio llenar, ahora estaba casi vacía. Terrens no era precisamente bueno tolerando el alcohol a pesar del tiempo que lleva tomando, y su mirada ya estaba perdida y desorientada.
—¿Segura que no quieres un trago? —le ofreció, extendiéndole la botella.
—esta casi vacía, ya te lo tomaste todo.
—Ah... cierto... je —se bebió lo último que quedaba de un trago largo—. Yo no solía tomar mucho.
—¿En serio? —dijo kal con tono sarcástico mientras lo miraba—. No se nota.
—Siii... Mi esposa era la que tomaba mucho. A pesar de tener un cuerpo débil, le encantaba. Je… me acuerdo cuando la conocí, en una de mis cacerías me había atacado un animal, y ella vino a ayudarme, pero le dio un ataque y se desmayó. Al final terminé llevándola yo al hospital.
—A sí… que valiente.
—Sí, lo era. Tenía tu carácter.
Kal no quería indagar en el pasado de Terrens, reconoce el tono de voz de alguien que no quiere hablar de algo complicado de expresar. Intentaría cambiar de tema:
—No... no necesito escuchar tus historias para pasar el tiempo.
Terrens ignoró el comentario y siguió:
—Era igual de terca. A veces se negaba a tomar sus medicamentos o fingía estar bien para que yo no me preocupara. Son muy parecidas, si no contamos lo de la piel escamosa y las cuatro mandíbulas...
—¡Esperá! ¡Yo no soy terca!
—Sí que lo eres. No escuchas lo que te dicen los demás y eres imprudente, como cuando casi te mata ese Brute.
—No necesito consejos de vida. En mi clan buscábamos la fuerza y perfección. no se tolera el fracaso. Lo de aquella vez con el brute fue un pequeño error que me costaría la vida justamente por mi incompetencia.
—No está mal recibir ayuda de amigos. Inténtalo cuando termines tu misión.
—Lo mismo va para ti. Necesitas ayuda.
—Yo estoy bien... mientras tenga esto —levantó la botella, e intentó darle un trago más, olvidando que estaba vacía—. Bueno... ya terminé aquí.
Tiró la botella al costado y se dejó caer de espaldas, usando una piedra como almohada.
—¿Te vas a dormir aqui? La fogata ya casi se apaga.
—Buenas... noches —susurró, cerrando los ojos.
La noche se volvía cada vez más fría a medida que el fuego se consumía. Kal se levantó con intención de volver al Pelican, pero antes se acercó a Terrens. Lo pateó suavemente para despertarlo. No reaccionó.
Suspiró, lo agarró de la ropa y lo levantó con facilidad, cargándolo hasta el interior del Pelican. Lo dejó sobre el suelo metálico sin despertarse y fue a recostarse en una de las esquinas.
Entonces lo escuchó murmurar entre sueños:
—Mi...rra... Mirra...
Kal ignoró el murmullo, pero el nombre quedó grabado en su cabeza mientras cerraba los ojos para dormir.
El sol comenzaba a asomarse, tiñendo el cielo despejado de un azul intenso. Dentro del Pelican, Terrens seguía tendido boca abajo en el suelo, profundamente dormido. Kal permanecía sentada en el mismo lugar de la noche anterior, con la cabeza apoyada en la esquina, dejando escapar un leve ronquido de vez en cuando.
Terrens despertó de golpe, no por una amenaza, sino por el rugido de su estómago... y una urgencia mucho más física. Se incorporó lentamente, aún adormilado, y notó que Kal seguía dormida. Abrió la compuerta de la nave levemente y salió. A pocos metros, orinó durante un largo rato, soltando un suspiro de alivio.
Luego de terminar, se olfateó a sí mismo y frunció el ceño. El fuerte olor de aquel liquido que se cubrio aún lo cubría desde su última misión. No se había bañado desde entonces, y hasta el lo estaba notando. Afortunadamente, había estacionado cerca de un arroyo. Se quitó la ropa hasta quedar en calzoncillos, dejando ver un cuerpo curtido por cortes, quemaduras y cicatrices. Al meterse en el agua, comenzó a frotarse con fuerza, intentando desprenderse del olor y del desgaste acumulado.
Dentro del Pelican, Kal abrió los ojos al notar el aire fresco entrando por la compuerta semiabierta. Curiosa, abrió la compuerta por completo salió.
—¿Qué haces?
—¡Ay, qué susto! ¿Un poco de privacidad, no?
—No muestras nada que me interese humano —respondió ella, seca.
—No seas tan fría —dijo él frustrado—. De donde yo vengo, era muy aclamado por las mujeres de mi edad.
—¿Eras?
—Ja, ves que sí sabes hacer chistes —rió mientras salía del agua y recogía su ropa—. Hay un pueblo cerca, quiero comprar algunas cosas, así que me doy una lavada rápida. La ducha es toda tuya. Es saludable un baño de agua fría al despertar.
—Supongo que lo intentare.
Kal comenzó a quitarse la armadura aprimiendo en zonas específicas haciendo que se desprendan por piezas. En segundos quedó completamente libre de ella, revelando su piel oscura y escamosa, marcada por cicatrices viejas. Terrens mientras se vestía, notó que ya no llevaba el vendaje en la cabeza.
—¿Ya te curaste?
—Cicatrizó lo suficiente.
—Pero no del todo. ¿Quieres que te revise?
Kal guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Quizás después.
Mientras Kal se sumergía en el agua, Terrens no podía evitar observar las marcas que llevaba en el cuerpo. Ella lo notó y le lanzó una mirada seria.
―¿No te parece darme un poco de espacio?
Terrens en respuesta abrió los ojos sorprendidos y se dio la vuelta de inmediato.
—Tranquila... no muestras nada que me interese —bromeó, esbozando una sonrisa para aliviar la incomodidad.
Kal lo miró sin decir nada mientras él se alejaba rumbo al Pelican para vestirse.
Minutos después, Kal salió del arroyo. Una toalla dejada por Terrens la esperaba. Se secó rápidamente, volvió a colocarse la armadura y entró a la nave, donde Terrens revisaba su bolso, ya con su equipo puesto.
—Hay un pueblo cerca. Voy a comprar algunas cosas.
—¿Y tu misión? Tenías que vigilar ese campamento.
Terrens sacó una cámara y un pequeño trípode.
—Desactivé el rastreador del Pelican. Dejaré una cámara grabando desde lejos y luego la miro para hacer el reporte. No es la primera vez que lo hago.
—¿Haces tu trabajo siquiera?
—Sí… a veces.
Salió del Pelican y montó el trípode sobre una roca, apuntando al campamento distante. Volvió a subir a la nave.
—¿Cuándo llega tu objetivo?
—Mañana.
—Bien, lastimosamente estaremos un día mas juntos —dijo mientras se dirigía a la cabina—. Acompáñame, quizás encuentres algo que te interese.
—Te llevas la nave, no tengo opción.
La compuerta se cerró, las turbinas se encendieron suavemente y el Pelican despegó rumbo al pueblo.
Una hora después, frente a un denso bosque, comenzaron a divisarse estructuras de concreto con forma de cúpula: casas, tiendas, y gente entrando y saliendo. Al aterrizar, los ciudadanos del lugar se detuvieron a observar.
Terrens descendió primero. El pueblo había sido usado como una base en la guerra contra el Covenant hace unos años: refugio de heridos y desplazados, puesto de mandos para estrategias, etc. Desde la derrota del Covenant, nadie había vuelto.
Kal bajó detrás de él, pero el foco de atención era claramente Terrens vistiendo una armadura del UNSC. Para sorpresa de ambos, nadie pareció escandalizarse por la presencia de una Sangheili junto a un humano.
Terrens los miró con calma; ellos, incómodos, apartaron la vista y siguieron su camino.
—Voy a esa tienda —señaló hacia un pequeño local—. ¿Vienes?
—Esperaré aquí.
—Como quieras.
Terrens se dio media vuelta y se dirigió al local.
Kal observó a su alrededor. La gente iba y venía en sus tareas cotidianas, viviendo con tranquilidad. kal siente una sensación melancólica al ver a esa gente. Una serie de recuerdos le inundan su mente, recuerdos sobre el intenso entrenamiento por parte de su clan como chocaba espadas por horas hasta caer desmayada, sobre los pocos momentos de descanso que tuvo, la nula interacción que tuvo con sus allegados; solo un incesante entrenamiento mortal. Estos momentos de tranquilidad eran impensables para ella.
Y entonces, esa voz resonó en su cabeza:
—Eres la última del linaje J’daama. Tus hermanos murieron, no queda nadie. Encamina a nuestro clan a su antigua gloria, y si quieres dirigirlo tendrás que ser mas fuerte, te romperás los huesos y los reconstruirás, te harás cicatrices una encima de la otra hasta que te bañes en ellas. Así que levántate y sigamos.
El recuerdo se desvaneció cuando notó a lo lejos una figura distinta entre los humanos: otro Sangheili.
Kal se acercó curiosa llegando a un pequeño terreno separado por vallas de madera. Un grupo de animales parecidos a aves bípedas de plumaje amarillo correteaba mientras un pequeño Sangheili jugaba con ellos. Al verla, el pequeño corrió hacia un adulto vestido con harapos de cuero y cargando una cubeta.
—¿Busca a alguien? —preguntó el sangheili mayor.
—No. Solo lo vi y… no pensé que hubiera otras sangheili en este planeta.
―Hace un par de años vivo aquí, ¿quiere entrar?
―No yo solo… ya me iba.
―Además del pequeño yo tampoco veo a otros Sangheili y menos charlar, si no tienes nada que hacer eres bienvenida.
Kal dudó, pero sin saber cuánto tardaría terrens termino aceptando. De un salto cruzo la valla.
―Hay una puerta por allí; para la próxima que intentes salir o entrar
―Oh claro
Ambos caminaban por el húmedo césped evitando los charcos ya que había llovido recientemente. El sangheili adulto llamo al pequeño:
―¡Ven aquí! —grito.
El joven obedeció y tomó la cubeta de semillas, alimentando a las criaturas.
Caminaron hasta una choza de madera y piedra. En la entrada, el sangheili mayor se sentó en un banco, Kal lo imitó.
—Nunca vi a un Sangheili como granjero siempre estuve rodeada de guerreros ―señalo kal.
—Aquí no hay muchas opciones, este lugar es muy tranquilo como para tener un guerrero. Además cuando cayó el Covenant, muchos estábamos cansados de la guerra, de las mentiras de los profetas. Huyeron a otros planetas para refugiarse. Los pocos de mi clan nos refugiamos aquí.
Los Profetas, lideres del Covenant habían convencido a los sangheilis y a muchas otras especies con falsas profecías e ideologías erróneas, cuando todo esto se descubrió era inevitable que sus miembros estén perdidos sobre como continuar; algunos fueron necios y siguieron creyendo en las palabras de los profetas, otros decidieron huir y alejarse de todo conflicto.
—Es impensable huir de un combate, al menos para mi.
―Yo también pensaba así, todo mi clan pensaba así. Todos buscábamos el el respeto y la victoria a toda costa siendo capaces de hasta matar a nuestra misma especie.
Kal guardó silencio, sintiendo algo familiar en sus palabras.
—Mi clan fue disuelto antes del colapso del Covenant. Los profetas decían que no es seguro que un clan tan despiadado estén tan cercas de ellos corriendo el riesgo de tener una heregia; disolvieron el clan y nos exiliaron. Al final resulto que ellos no confiaban en ningún sangheili y esto era todo un plan para remplazarnos por la lealtad que ofrecían los brutes. Pero tenían razón en algo: éramos violentos. Fanáticos. Nuestras ideas eran peligrosas para cualquier otro.
—En mi clan teníamos la tarea de convertirnos en “guardias de honor” la guardia personal de los profetas; no podíamos permitir que cualquiera pertenezca, por eso usábamos un entrenamiento y educación muy estricto. Necesitábamos esa dureza.
—Me suena haber oído eso. eres del clan j’daama, eran tan elitista que tenían muy pocos miembros que no sean de su familia por tratarlos de inferiores casi todos los demás clanes se mantenían alejados de ustedes.
Kal se levantó de golpe, molesta.
—¡El clan J’daama tenía un propósito vital para el covenant! nuestra familia demostró gran superioridad por muchas generaciones. No podíamos permitir debilidad por parte de otras familias.
—Esa arrogancia los condenó. Ningún otro clan acudió a su ayuda cuando los profetas nos traicionaron y fueron masacrados por los Brutes.
Kal apretó el puño y acercó la otra mano a su espada... pero su mirada se cruzó con la del pequeño. Respiró profundo, bajó la mano y volvió a sentarse.
—Lo siento. No debí reaccionar así.
—Está bien. Yo también me pasé.
El silencio se apoderó del lugar, roto solo por el viento y el cacareo de las criaturas. Kal no podía calmar su mente.
—No estás acostumbrada a la tranquilidad, ¿verdad?
—No teníamos ningún momento de descanso.
—A mí también me costó al principio. Pero una vez que la pruebas... le tomás cariño. Es una sensación difícil de explicar.
—No siento nada.
—Tienes que hacerlo un par de veces, quizás con alguien mas.
Kal se quedó pensando. Esta vez, no escuchaba esa voz. Pero no se sentía tranquila; ese momento no le hacía sentir nada.
—Ya debo irme —se puso de pie.
—Te acompaño ―respondió poniéndose también de pie.
Caminaron hasta la entrada sin decir nada. Los pensamientos de Kal estaban dispersos pero no podía permitir desconcentrarse tenia primero que completar su misión.
―Prueba lo que te dije, estar a solas con tus pensamientos me hiso darme cuenta de los errores que tuvo mi clan y ayuda a tomar decisiones mas importantes.
Kal volvió sobre sus pasos hasta el Pelican, pero Terrens todavía no estaba. Suspiró. Conociéndolo poco, seguro andaba hablando de cualquier tontería con alguien del pueblo. No pensaba esperarlo de brazos cruzados, así que salió a buscarlo sin un rumbo fijo.
Terrens estaba saliendo de una tienda con dos botellas de alcohol en las manos. Kal lo encuentra y se acerca.
―¿No dijiste que ibas a comprar comida?
―No tenían nada bueno, habrá que buscar en otro lugar
Mientras caminaban hacia el Pelican al pasar junto a la entrada del bosque, Terrens notó un cerco improvisado con palos y alambre que separaba el bosque del pueblo. Un cartel colgaba: Prohibido entrar. Cuidado con los jeyvar.
―Jeyvar… ―susurró. ―¿Qué? ―preguntó Kal. ―Nada.
De regreso en el Pelican, dejó las botellas a un lado y tomó su rifle.
―Ya vuelvo.
―¿A dónde vas ahora?
―¿Sabes que es un jeyvar? ―cargó el rifle―. Son como jabalíes con cuernos y colmillos muy largos.
―No sé qué es un jabalí.
―No importa. Hace años provee su carne de uno y es un mangar. No conseguí comida, así que cazaré uno.
―Solo vámonos de aquí. Puedo aguantar sin comer.
―Bueno yo no. Tengo hambre ahora. Y no hace falta que vengas; no tardare.
―No quiero esperar aquí hasta que se te ocurra volver.
Sin ser vistos atraviesan la cerca y se adentran en la espesa vegetación. Avanzaron entre raíces gigantes y ramas cerradas kal empieza a dudar si encontraran algo.
―No creo que encontremos nada ―dijo Kal―. Nos estamos alejando demasiado.
―Si sigues hablando obviamente no vamos a encontrar nada ―replicó Terrens con un suspiro―. Los jeyvar son cautelosos y asustadizos. Asi que cállate.
―Ahora resulta que no quieres hablar ―susurro para si misma
Kal se detuvo, olfateando; un hedor diferente al de la vegetación o al de Terrens. Un hedor a algo podrido.
―¿Hueles eso? ―¿Qué cosa? ―A carne podrida. ―Los jeyvar son carroñeros. Tal vez haya uno cerca.
Siguieron el rastro caminando hacia la izquierda hasta ver un ejemplar enorme de jeyvar, masticando los restos de otro animal. Sus cuernos curvos brillaban bajo la poca luz que se filtraba entre las copas. Postrado en sus cuatro extremidades que terminaban en pezuñas y su pelaje negro que lo volvía invisible en la oscuridad del bosque
Un leve ruido de Kal lo alertó. El animal levantó la cabeza mirando en su direccion.
Kal salió del follaje y abrió fuego con su rifle de plasma. El jeyvar huyó, evitando las balas de plasma.
―¿Qué haces? ―estalló Terrens―. ¡Lo espantaste! ―Ya nos había visto. Iba a huir igual. ―No, tenías que esperar a que bajara la guardia. ―Da lo mismo. Lo alcanzaremos.
Kal avanzó, ignorando las protesta. Terrens exhaló frustrado y la siguió.
El bosque se cerraba cada vez más, dejando pasar solo hilos de luz.
―La próxima vez, me dejas a mí. ―Haz lo que quieras ―respondió seco.
―La próxima vez, me dejas a mí. ―Haz lo que quieras ―respondió seco. cuando persigues a una presa. Tengo mucha experiencia en esto.
―Sí, ya lo sé. ―¿Lo sabes? ―Me lo dijiste anoche. Cuando estabas borracho y no te callabas.
Terrens se quedó mudo. Apenas recordaba lo que hacía cuando bebía, mucho menos lo que decía. Un nudo le apretó la garganta.
―¿Qué más dije?
Kal lo miró de reojo mientras avanzaba.
―De tu trabajo. Y de tu pareja. Pero no mucho.
Él bajó la vista, callado, hundido de pronto en pensamientos que lo hicieron olvidar hasta el bosque.
―Mira ―dijo Kal, señalando al frente.
A unos veinte metros más allá, un jeyvar cojeaba, lamiéndose la pata herida por la quemadura de un disparo de plasma. Es el mismo que kal había atacado, recostado en una roca
―De algo sirvió mi ataque ―dijo Kal, orgullosa. ―Shhh. No hagas ruido.
Terrens acomodó la culata en el hombro, fijo la mira al desorientado animal, respiró hondo… y disparó. La bala atravesó el cráneo del animal matándolo al instante y desplomándose en el suelo.
Terrens sonrió, soltando una carcajada breve.
―Nada mal ―admitió Kal. ―Sencillo. Cuando quieras, te enseño un par de trucos.
―No necesito tus consejos.
―Algo de falta te hace. Practiquemos tu sigilo y paciencia parece algo que no tienes muy pulido.
―Estoy harta que pienses eso así que lo demostrare.
Terrens se pone en una zona donde no había arboles en un radio de cinco metros. Cierra los ojos y espera:
―el juego consiste que tienes que atraparme y yo tengo que adivinar en que dirección vienes sin mirar, empecemos
Terrens se queda callado y quieto escuchando el sonido de las hojas siseando con el viento un suave crujido de las hojas secas del suelo lo alertan y extiende su brazo señalando hacia el frente.
―Te encontré ―dice sorprendiendo a Kal que estaba a solo tres metros― sabia que intentarías atacarme de frente.
―De nuevo ―responde Kal con cierta irritación.
Terrens con los ojos cerrado intenta localizar a Kal y escucha de nuevo el crujir de las hojas, pero es distinto se escucha mas pesado Kal no seria tan evidente hasta que se dio cuenta de la trampa; ella había tirado una roca como distracción hacia la izquierda por ende ella estaría en la derecha. Terrens señala hacia la derecha encontrando a Kal que estaba a unos cuatro metros de distancia.
―¡Hiciste trampa! ―acusa con una irritación notoria.
―Eres demasiado obvia. No intentaste buscar alguna debilidad solo tiraste una roca tampoco se te ocurrió atacarme por la espalda.
―Siempre atacamos de frente. Sorprender al oponente por la espalda y de cobardía
―Déjame adivinar es algo impuesto por tu clan. Te vas a morir siguiendo esas reglas; tienes que aprovechar cada ventaja que encuentres. Ahora ya que perdiste tu llevas el jeyvar.
Kal libero un gruñido y cargó el cuerpo sobre sus hombros con facilidad. Mientras salían del bosque, Terrens comentó, medio en broma:
―¿Ves? Ya casi hacemos buen equipo. Falta comunicacion ―No exageres ―respondió Kal, con una ligera sonrisa.
Evitando ser vistos cargando un animal Terrens y Kal llegan al pelican para luego despegar alejándose rápidamente mientras algunos granjeros los veían.
Sin dificultades llegaron al improvisado puesto de vigilancia que Terrens había armado. Al bajar del Pelican, tomó la cámara que había dejado antes.
―¿Sabes despellejar un animal? ―preguntó, mostrándole su cuchillo militar. ―Lo hice algunas veces ―respondió Kal con simpleza.
―¿lo puedes hacer? ―le tendió el cuchillo―. Necesito revisar la grabación y preparar
el reporte.
―puedo hacerlo ―dijo, cargando al animal sobre los hombros y caminando hacia el arroyo.
Las horas pasaron. Mientras Terrens repasaba las grabaciones dentro de la cabina, Kal trabajaba con calma y precisión en el animal. Cada corte revelaba no solo su destreza, sino el hábito de quien había entrenado toda su vida a manejar todo tipo de armas.
Cuando la noche cayó, el cielo se llenó de astros. Terrens salió del Pelican y encendió una fogata con un mechero barato que había comprado en la tienda, esta vez evitando el uso de la espada de Kal y evitar sus habituales sermones.
―¿Ya hiciste tu reporte? ―preguntó Kal. ―Lo termino más tarde. ―¿Cómo es que no te castigan por estas insolencias? ―siempre cumplo las misiones que me dan ―respondió él con una sonrisa ladeada―.
A su debido tiempo, pero siempre lo hago.
Puso la carne cortada en trozos cerca del fuego, y pronto el chisporroteo de la grasa impregnó el aire.
―¿Me acompañarás con unos tragos esta vez? ―preguntó, sacando una botella. ―Nunca probé esas bebidas. En realidad, nunca probé ninguna ―confesó. ―¿No tienen alcohol en Sanghelios o donde naciste? ―Sí… pero en mi clan solo algunos tenían esos lujos. ―Bueno, entonces empieza a disfrutar ―dijo, abriendo la botella.
Cuando la carne estuvo lista, le ofreció un pedazo a Kal. Ella lo mordió con torpeza y, al tragar, sus ojos de color esmeralda se iluminaron por un instante.
―¿Rico, verdad? ―Está… bien. Tiene buen sabor ―respondió, intentando sonar indiferente. ―Si tuviera una cocina de verdad, haría algo más elaborado. Solía cocinar bastante antes… ―su voz se apagó por un momento y quedo en silencio por un momento, pensativo para luego decir:― ¿Y en tu clan? ¿Comían cosas así?
―No. Estas comidas y lujos servían como recompensa por nuestros logros. Podían pasar días sin probar nada decente.
―¿Recompensa? Entiendo que sea sabroso, pero no para tanto. Suena a tortura. ―Era lo normal. Estoy segura de que también sufrías castigos. ―Sí, claro, pero en mi caso te suspendían, o te reducían el sueldo. Nunca te dejaban morir de hambre ―respondió Terrens, abriendo la botella y bebiendo un trago para luego pasársela a Kal.
Ella dudó, pero la curiosidad fue más fuerte. Abrió sus mandíbulas y dejó caer un pequeño chorro en la garganta. El ardor la hizo cerrar los ojos, pero no pudo evitar notar el dulzor extraño que la acompañaba.
―¿Y bien? ―preguntó Terrens. ―Está bien, supongo ―respondió con calma forzada. ―Si es tu primera vez, hazlo con calma. ―No dudes de mi tolerancia; me entrenaron para resistir múltiples venenos, Esto no
es nada.
Tomó un trago más largo dejándola casi vacía y le devolvió la botella. Él bebió lo último que quedaba. Tras unos minutos de silencio Terrens saco la segunda botella. Kal lo miró en silencio para luego fijar su vista en la botella. Quería otro trago.
―¿quieres un poco mas?. ―solo un poco.
Dando varios tragos la botella vuelve a quedar casi vacía. la mirada de Kal comenzó a perder firmeza. Terrens se sorprendió: la Sangheili parecía no tener resistencia alguna al alcohol. Le afecto demasiado rápido.
Kal yacía en silencio con la mirada concentrada en la nada así que Terrens con curiosidad y queriendo sacar algún tema de conversación comenzó a preguntar:
―Estoy aburrido, cuéntame algo de tu clan. ―Esta carne… es demasiado buena. Contaría con una mano las veces que la probé algo así. ―expreso, con cierta tranquilidad― Siempre comía lo que dejaban los demás a modo de humillación por mis fracasos. Solo los que tenían grandes resultados tenían derecho a banquetes. Yo… jamás logre lo que ellos querían y me dieron la espalda todos; mi propio padre me expulso por mis constantes incompetencias.
―Valla trato tenías. ―dedujo Terrens mientras sacudía la botella― ¿Por qué quieres restaurar un clan que te trato así?
Kal guardó silencio largo rato, pensativa por lo que escucho
―La mayoría de mis cicatrices… no son de batallas ―susurró al fin―. Son castigos de mi propio clan. De mi familia. Y aun así… soy la última Jdaama. De todas las generaciones de mi familia fui la única que se consideraba un fracaso, jamás pude darles honor como debía hacer, aunque no les deba nada.
Terrens la miró, incrédulo.
―Por como te trataron no les debes nada. Ese objetivo es mas de ellos que tuyo; lo mejor seria olvidarlos y enfocarte en lo que tu quieras.
―”No debemos olvidar a los que ya no están con nosotros, ellos estuvieron a nuestro lado y guiándonos cuando nosotros definíamos quienes éramos” esa es una de las muchas frases de mi familia; como guerreros, familia… incluso si los desprecio, tienen valores firmes como la de cualquier guerrero sangheili. ¿Te ocurre lo mismo a ti?
Terrens sintió un nudo en el estómago. Tragó saliva y contestó:
―No es un lindo recuerdo el día que murió mirra, estaba en una misión lejos cuando el Covenant ataco la colonia donde vivíamos.
Kal bajó la mirada.
―Entiendo, honras su memoria luchando con lo que queda del Covenant.
―No… ―murmuró, con una mueca amarga―. Me uní al UNSC para pagar sus medicinas ya que mi anterior trabajo no dejaba mucho dinero. Sigo trabajando de esto porque me… mantiene distraído.
―Dedicarte así a tu pareja; nunca tuve la oportunidad, pero estoy segura que es bastante admirable
―Si si, prefiero no hablar mas de eso. Tu crees que…
Kal ignora lo último dicho por Terrens y sigue hablando:
―Aunque sea trágica tu perdida no debes olvidar lo que fue ella para ti
Terrens suspira sabiendo que Kal en ese estado seguirá parloteando así que tratará de cambiar de tema:
―Eres mas agradable estando borracha
―Soy un encanto cuando me conocen y no estoy borracha ―replicó Kal, con la botella
ya vacía―. ¿Tienes más?
―No, lo bebiste todo. ―debiste conseguir más. Tengo sed así que iré a tomar agua.
Minutos después, mientras Terrens recogía los restos de comida, escuchó un golpe seco: Kal se había desplomado junto a la fogata, inconsciente. Suspiro con cansancio.
La alzó como pudo y la llevó arrastras dentro del Pelican, dejándola recostada en el suelo. Luego apagó el fuego, cerró la compuerta y se tiró en la cabina para intentar dormir.
Pero el sueño no llegó. Su rostro, sus palabras; memorias de aquella mujer a la que Terrens amaba fervientemente inundaban su mente. Una botella de alcohol desvanecería esos recuerdos como ya hizo antes, pero ahora sin nada para beber tendrá que aguantar hasta caer rendido. Será una noche larga.
El amanecer tiñe el cielo de un tono anaranjado cuando Terrens abre los ojos con pesadez. La resaca y el cansancio lo golpean al mismo tiempo. Kal yace boca abajo, inmóvil en el ultimo lugar donde la dejo.
―¿Estará muerta? ―murmura a modo de broma sin mostrar preocupación de su estado, hasta que la ve respirando y suelta un suspiro.
Le da una leve patada con su pie.
―Levántate, ya es de dia. Kal se queja entre dientes y se incorpora lentamente.
―¿Qué pasa?
―Que ya es de dia ―responde mientras se estira―. Tienes un asesinato que hacer.
―Ah cierto… ―gruñe Kal, pasándose una mano por la cabeza―. Dame un minuto.
Ella sale del Pelican y se inclina en el arroyo cercano para beber agua. Terrens, dentro, se coloca y ajusta su uniforme, aún con la mirada pesada de cansancio.
Minutos después, ambos están listos. El Pelican se eleva con el impulso de las turbinas, rompiendo el silencio matutino.
Kal entra a la cabina, frotándose la cabeza y con los ojos entre cerrados.
―¿La resaca sigue? ―pregunta Terrens, con una sonrisa. ―Puedo soportarlo. ―Si duermes un poco más se te pasara un poco. Te despierto cuando lleguemos.
―No, necesito prepararme ―responde con impaciencia―. Y por cierto… de lo que
hablamos anoche, olvídalo.
―Así que sí te acuerdas ―dice él con tono burlón. ―Si y también de lo que tu hablaste, así que no toquemos el tema. ―Trato hecho ―asiente Terrens, conteniendo una sonrisa―. Suelo tomar solo así que
fue divertido que me acompañes y conocerte.
―Solo cállate. ―Que aburrida ―susurra entre dientes― prefiero a la borracha.
El viaje continuo en silencio entre ambos. A medida que avanzan, el terreno se transforma; la árida montaña queda atrás y un espeso bosque aparece al frente. De pronto, el tablero emite una alarma: ADVERTENCIA ENTRANDO EN ZONA NO CARTOGRAFIADA, SE PERDERA COMUNICACIÓN CON LA BASE PRINCIPAL.
―Este lugar no esta mapeado ―Según el informe mi objetivo se oculta por esta zona. ―Tiene sentido, nadie podría rastrearlo aquí. ―Déjame cerca y vuelve. ―Después no sabrás como volver.
―entonces aterriza ahí ―señalando un claro en el bosque.
Aterrizan y Terrens apaga los motores, y Kal, sin decir palabra, se coloca el casco, baja del Pelican y activa su camuflaje desvaneciéndose de la vista mientras se alejaba. El silencio vuelve a reinar.
Antes de salir Terrens le había dado un comunicador para mantenerse en contacto. Los minutos pasan y intenta entablar comunicación, pero solo sale interferencia, como si estuviese bajo tierra o producto del denso bosque. A Terrens le inquieta no saber su situación; tomando un rifle de asalto y varias granadas sale del Pelican en su búsqueda.
El bosque es espeso y húmedo. Avanza siguiendo sus huellas plasmadas en la tierra y fácilmente rastreable con sus años cazando todos tipo de animales, hasta que un eco metálico bajo sus botas lo hace detenerse. Golpea con el pie: metal cubierto por tierra y raíces. Una estructura enterrada la base donde podría estar Kal. a los pocos metros ve una rejilla donde sale un vapor blanco, al abrirla ve una ventilación que cae varios metros bajo tierra y del tamaño suficiente para que el quepa. Deslizándose por el conducto cae en una sala iluminada con luces rojas, varios cilindros indicaban que esta era una sala de calderas que refrigeraba la maquinaria, al salir cruza un pasillo hasta llegar a una sala enorme. La sal estaba llena de cajas que contenían minerales recién extraídos y otros contenían armas; rifles de plasma, aguijoneadores y armas del UNSC como rifles de asalto o francotiradores. Era todo un botín recientemente adquirido.
En el centro de la sala había una estructura levitante que emanaba seis barras de luces azul cubiertas por una membrana transparente de luz azulada
―Una torre de despliegue… ―murmuro Terrens
Las torres de despliegue eran gigantescas estructuras del Covenant usadas para teletransportar vehículos o soldados desde un punto a otro. Esta torre fue desmantelada para que entre en la sala, pero es completamente funcional. Con esto transportan los minerales y armas sin enviar naves o activar los radares del UNSC
Una compuerta se abre detrás de él. Terrens se oculta tras una caja mientras entra un Brute acompañados de dos Grunts. El Brute activa la torre y ordena a los Grunts a mover las cajas, y Terrens aprovecha para escabullirse y salir de la sala.
Kal, avanza entre la maleza. Llega a una ladera y ve una compuerta oculta entre las plantas, la compuerta se abre y sale un Sangheili junto con otros Grunts empujando unas cajas y dejándolas afuera. Kal aprovechando la distracción se mueve por el techo enganchándose con firmeza, sigilosa, hasta internarse en la base.
La entrada conecta a un pasillo circular que conecta todas las salas de la base a través de puerta corredizas. Una puerta se abre en frente suyo y el fuerte olor a sangre seca la golpea; al entrar con una enorme sala llena de vehículos del covenant y del UNSC destrozados, barricadas y armas dispersas por el suelo y varias estructuras y torres que funcionan como refugios contra ataques: estaba parada en un coliseo improvisado.
Una voz retumba por los altavoces:
―Bienvenida, Sangheili. No es necesario esconderte, sé que pisas mi sala de juegos.
Kal desactiva su camuflaje mostrándose.
―Raptorus, cacique brute perteneciente al grupo mercenario de los Desterrados. Las espadas de Sanghelios lo condenan a muerte por robo y asesinato en varios asentamientos sangheilis…
―Si, si, lo de siempre. ―interrumpe callando a Kal― pero primero porque no te diviertes con mis soldados un rato. Y como premio adicional te daré a esta rata escurridiza.
Las puertas detrás de Kal se cierran y en la pared enfrente de ella se abre una compuerta mostrando la sala de control donde estaba Raptorus un brute de más de dos metros y vistiendo una adornada armadura carmesí y negra. Con su gruesa mano estaba sujetando el cuello de Terrens quien lo levanta con facilidad.
―¿Terrens? ―exclama perpleja ―Hola, Kal ―responde con dificultad por la presión que siente en el cuello―. Como no
respondías el comunicador te vine a buscar y me encontré a este peludo.
―bueno, bueno; vamos a divertirnos.
Las puertas laterales se abren y media docena de Grunts y Jackals irrumpen. Kal desenfunda dispara su rifle de plasma. Varios caen por los disparos. Corre entre los disparos y corta a los que restaban con su espada. El otro grupo al verla disparan a quemarropa; varios disparos le dan en la espalda, pero sus escudos la protegen exceptuando el dispositivo que activa su camuflaje que se quema y queda inservible.
Sin su camuflaje y expuesta suelta su rifle, toma un aguijoneador y dispara: las púas impactan en un Grunt que reaccionan entre sí y explotan en una nube violeta. La metralla destroza a los que están cerca. El descanso le dura poco ya que dos brutes entran rugiendo completamente iracundos y sin raciocinio, golpeando con brutalidad las barricadas como si no estuvieran. Kal intenta cubrirse detrás de unas placas metálicas, pero salen volando con el impacto del brute. Se incorpora aturdida y se esconde detrás de una torre, jadeando.
En la sala de control, Raptorus observa divertido. Terrens, aún capturado, saca debajo de su pantalón una pequeña granada que tenía oculta y no se la sacaron cuando lo capturaron.
―Oye, peludo… se me cayó el seguro de esto. ¿Me ayudas a buscarlo? ―acerca la granada a centímetros del rostro del brute y este arroja a Terrens con suma facilidad a una esquina de la sala y se cubre.
Terrens arroja la granada hacia el mirador que conecta a la arena de combate. Y explota, volando en pedazos el cristal que los separaba. Terrens ve una oportunidad y se arroja hacia el coliseo
―¡MALDITO LOCO, NOS IBAS A MATAR! ―enfurecido activa el comunicador y grita― todos reúnanse en el campo de entrenamiento.
Terrens sube por la torre. en la sima había una ametralladora ligera Anti-Aerea M46. Gira el arma hacia los brutes que no habían notado su presencia y aprieta el gatillo; los tres cañones giran entre si y ráfagas de balas perforantes salen disparadas como lluvia. Las balas perforan al distraído brute que cae al instante y el otro solo se voltea solo para recibir una lluvia de metralla. Kal lo observa, sorprendida.
―De nada ―dice él, recargando el arma mientras Kal observa sorprendida. ―me pudiste haber dado. ―Pero no lo hice.
El chirrido metálico de las puertas deslizándose alerta a ambos. Grupos de Grunts acompañados de brutes y elites entran decididos a matar a ambos.
―Ve a la puerta derecha ―dice Terrens mientras gira el arma hacia la izquierda― yo cubro esta puerta.
Kal se queda callada, pero viendo la situación solo le queda seguir las indicaciones de Terrens:
―Bien, cúbreme.
―Si, ten cuidado.
―Solo no te mueras.
Con el aguijoneador abate a varios Grunts dejando vía libre al elite. Activa su espada y lo enfrenta. Su hoja purpura corta el aire a gran velocidad sin darle oportunidad al Sangheili de responder terminando con el pecho abierto de un corte. Terrens dispara desde la torre abatiendo a todos los Grunts quienes sujetaban granadas de plasma en ambas manos; uno antes de caer logra tirar cerca de la torre que explota en una nube celeste y tira la torre al suelo. Terrens cae junto a la torre, se incorpora y ve acercarse a un brute. Levanta la ametralladora que había caído a su lado y dispara a quemarropa, perforando al brute y desplomándose a centímetros de el.
―Siguen viniendo, tenemos que irnos ―grita Terrens jadeando. ―Tengo que matar a Raptorus no puedo irme.
―Aquí estamos muy a la vista ―observa dos tubos saliendo de la tierra y soltando un denso vapor blanco ―tengo una idea; corta esos tubos.
Terrens agarra una granada de plasma y la arroja cerca de uno de los tubos haciendo que explote y libere todo el vapor que tenía dentro.
Sin saber lo que tenía planeado y sin opciones obedece y con su espada corta el tubo restante tubo de tajo haciendo que suelte todo el vapor. El gas blanco se expande rápidamente, cubriendo toda la arena imposibilitando el rango de visión.
―¡Idiota, ahora no veo nada! ―Ellos tampoco. Aprovecha eso, como hicimos antes, busca una ventaja.
La niebla los separa. Kal estaba completamente perdida con su visión inutilizada apenas viendo a lo mucho dos metros de lejos y escucha las compuertas abriéndose otra vez, de ella sale seis elites armados con espadas; al entrar quedan confundidos por la sala cubiertas de vapor cálido
―sepárense de a dos y búsquenlo, deben estar escondidos
Kal camina sin rumbo alejando se los pasos de los elites que se acercaban, choca con una pared y la escala para evitar encontrárselos en tierra.
Desde el techo ve dos espadas azules moviéndose entre la niebla la silueta de su portador apenas se ve, pero sus espadas eran faros que revelaban su ubicación.
Los dos elites pasan por debajo de Kal y ella espera la oportunidad. Kal baja y activa su espada y apuñala por la espalda al elite el otro voltea e intenta atacar pero la espada de Kal se desactiva desapareciendo. El elite ataca pero solo corta la densa cortina de vapor. De pronto su estómago es atravesado; sin darse cuenta Kal se había acercado aprovechando la poca visibilidad y activado la espada a su lado. El elite cae muerto y Kal se abre paso hacia los otros.
Los dos elites ven entre la niebla la refulgente espada morada de Kal y se abalanzan la espada desaparece y un elite ataca en su ubicación fallando; a su lado vuelve a surgir la espada cortándole la cabeza de un tajo. El otro elite al ver a su compañero caer intenta atacar volviendo a fallar y la espada lo atraviesa de un lado atravesando todo su pecho.
Los últimos dos ven toda la masacre sus compañeros regados en pedazos por el suelo. De pronto se escucha un grito:
―Kal si estas por ahí aléjate.
Un destello entre la niebla aparece y un misil surge dirigiéndose hacia los elites e impactando de lleno volándolos por los aires.
Terrens aparece sujetando un lanzamisiles y camina hacia donde estaban los restos de los elites; de la niebla surge Kal alzando su espada.
―¡idiota casi me matas! ―grita entre gruñidos.
―te dije que te alejaras ―responde con una sonrisa y muestra su brazo un brazalete― mira lo que tengo, es un escudo Jackal. Se lo saque a uno que estaba tirado.
―Déjate de bromas, todavía falta Raptorus; así que vuelve a la nave y…
Raptorus surge de entre la niebla alzando su martillo para golpear de lleno a Kal, Terrens logra activar el escudo para protegerla. Ambos salen disparados por los aires cayendo y rodando por el suelo. Kal se incorpora tambaleándose, de su cabeza brota sangre que se escurre hasta salir de su casco; sus heridas se habían vuelto a abrir. Observa a Terrens quien estaba tirado en el suelo con su brazo destrozado y sangrando desde su cabeza hasta las piernas, había recibido el mayor impacto. A pesar de su condición aun respira y estaba consiente; esto calma a Kal que se concentra en su objetivo.
Raptorus fija su atención en Kal quien se desvanece en la niebla.
Terrens intenta levantarse con la vista borrosa y una respiración forzosa, no podía moverse, un fuerte ardor recorre la mitad de su cuerpo mientras que su sangre brotaba fuera de su cuerpo manchando su armadura y suelo.
El Brute se burlaba mientras olfateaba el aire.
—Puedo olerte, Sangheili… hueles a sangre. No necesito de mi vista para saber dónde estás.
El frasco voló y se estrelló en su rostro. Terrens le había arrojado su ultimo frasco con aquella esencia repulsiva
—¿Qué mierda…? —gruñó Raptorus—. ¡Apesta! —Mira si funciono dos veces —rió Terrens con voz débil—. Es un rico olor, aunque no
olerás nada en un rato.
El Brute giró furioso, alzando el martillo decidido a aplastarlo. Terrens lo miró sin miedo aceptando su final pero dando una oportunidad a Kal. Kal apareció detrás, su espada cortó el aire. El martillo y la espada chocaron; el arma del Brute se partió. Enfurecido, la tomó del cuello. Ella intentó atacar, pero él le sujeto y torció el brazo haciendo que suelte su espada. El aire le faltaba mientras el Brute más oprimia. Hasta que Raptorus gimió de dolor. Terrens, con su última fuerza, le había clavado la espada en el costado de su abdomen.
Raptorus intenta quitarse la espada pero Kal la agarra rápidamente y de un tajo completó el corte. Un tajo oblicuo lo partió casi en dos. El cuerpo del Brute cayó de rodillas. Kal alza su espada y rebana la cabeza que rodó a sus pies.
Terrens se dejó caer, agotado.
—Me hiciste alcanzarte la espada aun con los huesos rotos. —Ese no era mi plan —dijo ella, respirando con dificultad—. Pensé que sería mi fin. —Ah, bueno. Me alegra haber ayudado.
Terrens cae en el suelo y Kal intenta sostenerlo, pero su respiración se apaga lentamente. Ella lo observa, sin saber qué decir, con una extraña punzada en el pecho.
—Aguanta, te llevaré a la nave. —Déjalo. Estoy… cansado. Fue… divertido.
Memorias pasan por su mente, todas con mirra, cuando la conoció en ese bosque, cuando le cocinaba cuando ella no podía, cuando volvía del servicio tras no verla un tiempo; recuerdo que traían una calma indescriptible a Terrens volviendo este desagradable final en algo mas tolerante al pensar que al fin se volverá a encontrar con ella.
Unas palabras golpean la mente de Terrens como un eco lejano. No recuerda cuándo la escuchó… o quizá, simplemente, no quiere recordarlo: ―¿Qué harás cuando ya no este?
Una luz blanca y ardiente lo ciega. Terrens entrecierra los ojos, levantando instintivamente su brazo vendado y cubierto de yeso. Todo es confuso: un pitido constante del monitor cardiaco resuena en la sala blanca, olor a desinfectante inunda su olfato. Estaba recostado en una camilla moviendo la cabeza y sintiendo un ardor al hacerlo. Estaba en una sala medica de la base Koro.
Intenta incorporarse, desorientado, pero una mano firme lo empuja hacia abajo.
―No te muevas mucho todavía ―dice Martin, aliviado de verlo despierto―. Tienes la mitad de los huesos rotos.
Terrens parpadea, aturdido.
―¿Martin? ¿Qué pasó?
Martin cruza los brazos, serio.
―La sangheili nos llamó. Te encontramos en un pueblo rural, siendo atendido por los médicos de allí. Mandamos un equipo a buscarte. Parece que el campamento que debías vigilar te atacó y tuviste que huir. El rastreador del Pelican estaba desactivado, así que no sabemos dónde estuviste exactamente… ni en donde entra la sangheili en todo esto.
Terrens se incorpora apenas, con un gesto de dolor.
―¿Dónde está Kal?
―Afuera. Llevas una semana inconciente. Ella aceptó quedarse en la base hasta que vengan por ella. Martin sonríe apenas.
―No parecía muy habladora cuando la conocí. Seguro le contagiaste algo.
Terrens ríe débilmente.
―¿Puede venir? ―pregunta
―Sí la llamare, pero luego cuando ya te sientas mejor vas a ser un informe muy largo de todo esto. terrens suspira del cansancio. Martin sale de la habitación y al cabo de unos minutos Kal entra.
Sin mostrar emoción alguna como de costumbre… pero la rigidez de sus hombros delata preocupación.
―Al fin te despiertas―dice, con un tono seco, pero con un leve alivio escondido.
―Hace tiempo que no dormía así de bien ―bromea Terrens, tratando de suavizar la tensión―. ¿Y tú cómo estás?
―Los médicos de aquí me atendieron. Hicieron un mejor trabajo.
―Sigues igual que siempre ―dice él, con una sonrisa―. ¿Estás enojada por algo?
Kal desvía la mirada. Está tensa. Le cuesta hablar.
―No debiste intentar protegerme ―murmura―. Fue mi error no notar su presencia.
―Los humanos respondemos con un “gracias”.
Kal frunce apenas las mandíbulas. Ignora el comentario.
―Pudiste haber muerto, y yo tendría parte de la culpa.
Terrens suspira. Su voz baja, cansada, pero honesta.
―Cuando sentía que me desmayaba… tuve recuerdos con Mirra. Me sentía tranquilo. No me hubiera importado que todo acabe ahí.
Las pupilas de Kal se estrechan. Lo mira con frustración… y dolor.
―Sigues con eso, debemos seguir vivos para no olvidar y apreciar los recuerdos de quienes ya no están. Buscar morir no garantiza que los volvamos a ver.
Terrens frunce el ceño. El comentario le arde.
―Tú no tienes buenos recuerdos con tu clan ―dice con irritación―. No sabes lo que es vivir sabiendo que esos momentos ya no se volverán a repetir.
―Es cierto ―responde con sinceridad―. Sentí tranquilidad cuando mi clan fue eliminado, me sentí libre. Y después sentí culpa; asco por ver morir el único lugar que me acogió a pesar de todo lo que me hicieron ―queda en silencio, las palabras y el aire no salen― Me da coraje verte querer morir por lo que te paso; aunque yo también sentiría lo mismo si hubiera tenido esa vida. A nadie le gustaría ver a alguien a quien aprecias en ese estado.
Terrens se queda helado. Ese recuerdo se le aclara por completo en su mente:
Una pequeña cabaña de madera separada de las otras casas envuelta en los cálidos rayos del sol del mediodía.
Terrens sentado en el sofá, cambiando canales sin atención. Mirra aparece por detrás, abrazándolo con sus brazos delgados y frágiles.
―Ya compré todo en la farmacia ―murmura él―. ¿Quieres que te deje comida antes de irme?
―Me siento mejor. Puedo hacerlo yo sola.
―¿Segura?
―¿Si estuviera mal podría hacer esto? ―salta torpemente dando una voltereta y cae a su lado en el sofá.
―¿Y bien?
Terrens ríe, rendido.
―Sí, sí. Me convenciste.
―¿Compraste cerveza para que tenga?
―Me olvide, luego te traigo.
Se quedan en silencio viendo la televisión. Mirra acomoda su cabello rojizo y recuesta su cabeza en el hombro de él.
―¿Te casarías con alguien más si yo muriera?
―¿Y esa pregunta? cada vez que me voy al servicio me haces esas preguntas raras…
―Contesta.
Terrens suspira.
―No. No me casaría con nadie más.
Mirra lo mira seria.
―Incorrecto. Así no serás feliz.
―Pero…
―Pero nada. Me sentiría mal si por mí no fueras feliz. No quiero ese escenario en donde quieres morir porque yo ya no estoy. Como en esa peli horrible.
―Estaba buena esa película. Era emotiva…
―¿Lo prometés?
―¿Qué cosa?
Mirra lo mira con una mezcla de ternura y firmeza.
―Que cuando yo ya no esté, intenta seguir adelante.
Una lágrima resbala por la mejilla de Terrens sin que él pueda controlarlo. Kal esta confundida.
Hay preocupación genuina en su tono cuando pregunta:
―¿Qué te pasa?
―No ―responde él, limpiándose la lágrima―. Solo… recordé algo. Tienes razon. A ella no le gustaría que muera.
Kal asiente, convencida.
―Es obvio.
Terrens suelta una carcajada suave.
―No puedo creer que esté diciendo todo esto sobrio…
Kal no puede evitar mostrar una sonrisa.
―Dentro de poco vendrán a buscarme ―dice mientras se prepara para salir―. Iré al hangar a esperar.
Terrens la observa, con una sinceridad que no suele mostrar.
―¿Qué harás ahora?
Kal duda. Es la primera vez que no tiene una respuesta firme.
―Quiero… tomarme un descanso. Pensar en lo que quiero hacer.
―¿Y tu clan?
―Quiero restaurarlo. Pero no seguiré los pasos de mi familia. Quiero hacerlo diferente, sin presión por un objetivo imposible de alcanzar.
Terrens se ríe, sorprendido.
―Me gustaría verlo.
―Serás bienvenido siempre, solo avísame cuando quieras venir.
Terrens baja la mirada, pensativo.
―Lo pensaré. Aún tengo cosas pendientes.
―Avísame luego ―dice ella, con un tono casi… cálido. Ambos sonríen. Una sonrisa pequeña, sincera. Tras estrechar las manos se despiden.
Terrens se recuesta en la camilla, exhausto, pero en paz. Kal sale de la habitación y camina hacia el hangar, esperando la nave que la llevará lejos.
Ambos se separan sin preocupación porque tienen la seguridad que se volverán a encontrar.








