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Borrador de recordaje de alguien

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Sinopsis

Adrián Varela es un estudiante de apenas catorce años que sufre bullying en el colegio. Sin embargo, sus compañeros desconocen por completo su gran secreto: Adrián es un talentoso escritor de novelas de detectives que publica bajo el misterioso seudónimo de Qwerty. Un día, después de ser golpeado por los bullys, Adrián recibe una inesperada invitación para participar en un programa de televisión y presentar una de sus novelas, El ajedrez dorado. Para impedir que alguien descubra su verdadera edad e identidad, se disfraza con lentes, sombrero, mascarilla y zapatos que aumentan su estatura. En el edificio del programa.................... Pero este caso podría ser apenas el comienzo de los misterios que Adrián tendrá que enfrentar.

Genero:
Action
Autor/a:
Gwerk909
Estado:
hace 3 días
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

1. el progama

¡PAM!

Un golpe me lanzó contra la pared.

—¡Auch!

Los mismos bullys de siempre estaban frente a mí.

—¿Qué miras? —dijo uno.

No respondí.

Ellos no sabían nada de lo que hacía fuera del colegio.

Para ellos yo solo era otro estudiante callado de catorce años.

No sabían que, cuando llegaba a casa, escribía novelas de detectives.

Y yo prefería que siguiera así.

¡TIIIIIIIIIIIIIIIIIIIN!

Sonó la campana de salida.

—¡Vámonos!

Los bullys salieron corriendo junto con los demás estudiantes.

Esperé a que se fueran y entré al baño.

Me miré en el espejo.

Tenía algunos golpes y pequeños raspones.

—Genial...

Abrí el grifo y empecé a limpiar mis heridas.

Entonces—

¡TIN!

Mi celular sonó.

Lo saqué del bolsillo.

Un mensaje de un número desconocido.

Señor, lo invitamos a participar en un programa para presentar su novela.

Me quedé completamente quieto.

—¿Qué...?

Volví a leerlo.

Sí.

Decía mi novela.

Porque yo, Adrián Varela, con solo catorce años, escribía novelas de detectives.

Pero era un secreto.

En el colegio nadie lo sabía.

Ni mis profesores.

Ni mis compañeros.

Y mucho menos los bullys.

Guardaba mis manuscritos, mis notas y todo lo relacionado con mis historias lejos de cualquiera que pudiera descubrirlo.

Miré otra vez el mensaje.

—¿Un programa... para presentar mi novela?

Por un momento olvidé completamente el dolor de los golpes.

Terminé de cubrir mejor mis heridas para que nadie pudiera notarlas.

Luego saqué unas cosas que casi nunca usaba.

Primero, unos lentes.

—Perfecto...

Después me puse un sombrero.

Luego una mascarilla que cubría buena parte de mi cara.

Y finalmente saqué unos zapatos especiales con una base más alta.

—Con esto pareceré un poco más grande.

Me los puse.

Ahora mi estatura parecía distinta.

Me miré en un reflejo.

No parecía el mismo estudiante que había estado en el baño del colegio hacía unos minutos.

Parecía otra persona.

Eso era exactamente lo que quería.

Porque mis novelas no estaban publicadas con mi verdadero nombre.

Yo usaba otro.

Un nombre que había inventado para que nadie del colegio descubriera quién era realmente.

Qwerty.

Guardé mi celular y salí.

Caminé varias calles hasta llegar al edificio indicado en el mensaje.

Era bastante grande.

En la entrada había gente moviendo cámaras, cables y equipos.

—Así que aquí es...

Respiré hondo y entré.

Un hombre con una carpeta me vio y se acercó rápidamente.

—Disculpe.

Me detuve.

El hombre me observó de arriba abajo: sombrero, lentes, mascarilla y aquella estatura falsa.

Luego miró su lista.

—¿Usted es el señor Qwerty?

Sentí un pequeño escalofrío.

Era extraño escuchar ese nombre en voz alta.

Asentí.

—Sí.

El hombre sonrió.

—Perfecto. Lo estábamos esperando, señor Qwerty.

Se hizo a un lado y señaló un pasillo.

—Sígame, por favor. El programa comenzará pronto.

Empecé a caminar detrás de él.

Nadie allí sabía que el famoso escritor de novelas de detective llamado Qwerty...

era en realidad un estudiante de catorce años llamado Adrián Varela.

Se hizo a un lado y señaló un pasillo.

—Sígame, por favor. El programa comenzará pronto.

Empecé a caminar detrás de él.

Nadie allí sabía que el famoso escritor de novelas de detective llamado Qwerty...

era en realidad un estudiante de catorce años llamado Adrián Varela.

José Morales miró su reloj.

—Yo voy a la habitación de sonido del séptimo piso, ¿ya? Usted vaya al noveno.

—Está bien.

Entré solo al ascensor.

Las puertas se cerraron.

¡TIN!

Pulsé el botón del noveno piso.

Mientras subía, pensé en lo extraño que era aquel edificio.

Cuando llegué—

¡TIN!

Las puertas se abrieron.

Salí y miré alrededor.

Entonces algo volvió a llamarme la atención.

Había una ventana giratoria en el noveno piso.

Me acerqué un poco.

—Qué raro...

Si uno observaba el edificio desde fuera, debajo de aquella ventana debería existir otra correspondiente al octavo piso.

Pero no.

En el octavo piso no había ninguna.

En cambio, más abajo, en el séptimo, sí aparecía otra ventana.

Noveno: ventana.

Octavo: nada.

Séptimo: ventana.

—Este edificio tiene una arquitectura muy extraña...

No le di demasiadas vueltas por el momento.

Un hombre se acercó.

—¿Señor Qwerty?

—Sí.

—Soy Carlos Varelo. Yo presento las noticias del programa.

Me indicó que debía acompañarlo.

—La grabación será en el décimo piso.

Subimos juntos.

El programa

Al llegar al décimo piso ya había una cámara preparada.

Luces.

Micrófonos.

Una mesa.

Me senté procurando mantener bien colocados mis lentes, mi mascarilla y mi sombrero.

Carlos tomó asiento frente a la cámara.

Una luz roja se encendió.

—¡Hola a todos! Bienvenidos nuevamente al programa que a todos les gusta. Hoy tenemos un invitado especial: Qwerty, el genio escritor de novelas detectivescas y autor de El ajedrez dorado...

Continuó hablando durante un buen rato sobre mi novela.

Yo asentía de vez en cuando.

Por dentro seguía pensando:

Que nadie descubra que tengo catorce años.

Después Carlos comenzó a hacerme preguntas.

—Señor Qwerty, para usted, ¿cuál sería una de las muertes más fáciles de reconocer?

Pensé unos segundos.

—Por un disparo.

Carlos levantó ligeramente las cejas.

Continué:

—La marca suele ser fácil de reconocer y la sangre puede derramarse de una forma evidente.

Por alguna razón, la expresión de Carlos cambió.

Fue muy breve.

Pero la vi.

Preocupación.

Quizá nervios.

El otro presentador del programa se rio.

—¿Pero qué pasa, Carlos? ¿No que usted es experto disparando?

Carlos se quedó callado un instante.

—Ah... síííí. Aunque todavía me falta mucho para competir en tiro deportivo.

Se rio.

Los demás también.

Yo no.

Solo lo observé detrás de mis lentes.

El VCR

Después de varios minutos, el programa cambió de segmento.

El otro presentador anunció:

—¡Ahora veremos nuestro VCR especial! Tendremos que adivinar quién mató a quién.

En una pantalla comenzó a reproducirse un pequeño video preparado para el programa, como un juego de detectives.

Eso sí me interesó.

Me incliné un poco hacia delante.

Carlos se levantó de su asiento.

—Disculpen. Voy al baño.

—Está bien —respondió el otro presentador.

Carlos salió del estudio.

¡CLAC!

La puerta se cerró.

Seguí mirando el VCR...

pero una parte de mi cabeza ya no estaba prestándole atención.

Recordaba tres cosas.

La expresión de Carlos cuando mencioné una muerte por disparo.

Su experiencia con armas.

Y aquella extraña distribución de ventanas entre los pisos siete, ocho y nueve.

Me acomodé los lentes.

Probablemente no significa nada.

Pero yo escribía novelas de detectives precisamente porque sabía una cosa:

las cosas extrañas casi nunca parecen importantes al principio.

El señor Carlos regresó al estudio con algo de sudor en la frente.

Miré de reojo el reloj.

El VCR duraba cinco minutos.

Ya habían pasado cuatro.

Carlos volvió a sentarse como si nada hubiera ocurrido y terminamos aquella parte del programa normalmente.

Durante unos minutos todo siguió tranquilo.

Hasta que—

¡TIIIIIIIIRIIIIIIIIIIIIIIIIIN!

Sonó un teléfono.

Un empleado contestó.

Su cara cambió completamente.

—¡¡¡EL PATRÓN! ¡EL SEÑOR JOSÉ MORALES FUE ASESINADO EN LA HABITACIÓN DE SONIDO!!!

Todos se quedaron congelados.

—¿¡Qué!?

—¡Fue por un disparo!

Poco después comenzaron a escucharse sirenas.

¡WIIIIU! ¡WIIIIU!

La policía había llegado.

Bajamos hasta el piso correspondiente.

Carlos miraba alrededor, nervioso.

—No sabía que podía pasar algo así...

Uno de los trabajadores del noticiero se acercó a él.

—Carlos... ¿ahora que el patrón murió, usted y este programa serán expulsados?

Carlos negó rápidamente.

—No. El patrón me había invitado a dar opiniones y ayudar a cambiar el programa.

Me quedé observándolo.

Luego Carlos dijo:

—Encontraremos al asesino lo más rápido posible.

Yo bajé un poco la mirada.

Ya había pensado bastante.

Las ventanas.

El tiempo del VCR.

El baño.

Su expresión cuando hablamos de disparos.

Y su experiencia disparando.

Entonces hablé.

—Ya sé suficiente, señor Carlos.

Carlos giró hacia mí.

—¿Qué?

Lo señalé.

—El asesino eres tú, ¿no?

Todo el pasillo quedó en silencio.

Carlos abrió los ojos.

—¿¡Yo!? ¡Eso es imposible! ¡No tuve tiempo!

—Exactamente —respondí—. Ahí está el truco.

Carlos apretó los puños.

—¡El VCR llevaba cuatro minutos! Yo fui al baño. ¿Cómo iba a preparar todo, matar a José Morales y regresar en tan poco tiempo?

Me acomodé los lentes.

—Porque no necesitabas entrar a la habitación de sonido.

Carlos dejó de respirar por un instante.

Señalé hacia arriba.

—Cuando llegué me llamó la atención este edificio. La habitación del séptimo piso tiene una ventana giratoria.

Luego señalé todavía más arriba.

—Y en el noveno piso existe otra ventana del mismo tipo.

Uno de los policías levantó la cabeza.

—¿El noveno?

—Sí.

Continué:

—Podías conseguir que el señor Morales se acercara a la ventana desde su piso. Bastaba con hacer que mirara hacia afuera por alguna razón.

La expresión de Carlos cambió.

Ya no parecía confundido.

Parecía aterrorizado.

—Después —continué—, el disparo podía hacerse desde otra posición del edificio, aprovechando esa disposición extraña de las ventanas.

Carlos retrocedió.

—Eso... eso no prueba nada.

Uno de los policías habló:

—Revisen el noveno piso.

Dos agentes subieron inmediatamente.

Pasaron unos minutos.

Entonces uno regresó llevando una caja.

—¡Encontramos esto escondido en el pasillo del noveno!

Abrieron la caja.

Dentro había un revólver.

Carlos palideció.

—No...

Lo miré fijamente.

—También estabas sudando cuando regresaste.

—¡Había corrido!

—Precisamente.

Caminé lentamente por el pasillo.

—Tu coartada parecía perfecta porque cuatro minutos sonaban demasiado pocos. Pero tú conocías este edificio, conocías las ventanas y sabías exactamente cuánto tardabas.

Carlos apretó los dientes.

—¡Aun así, no podría hacerlo sin mancharme de sangre!

Negué con la cabeza.

—Ese era otro detalle que intentaba confundirme. No estabas junto a la víctima cuando recibió el disparo.

Carlos ya no respondió.

—El tiempo tampoco te salvaba. Si el recorrido estaba practicado, podías bajar, subir, realizar el disparo y regresar durante esos pocos minutos.

Miré el reloj.

—Normalmente podría tomar entre cuatro y seis minutos. Pero alguien que ya conocía perfectamente el camino podía reducirlo muchísimo.

Carlos comenzó a temblar.

—...

El policía miró el arma encontrada y luego a Carlos.

Yo terminé:

—Por eso elegiste el momento del VCR. Todos estaríamos mirando la pantalla y recordaríamos que habías salido solamente unos minutos.

Me quité un poco los lentes para limpiarlos.

—Convertiste esos cuatro minutos en tu coartada.

Volví a ponérmelos.

—Pero en realidad...

—eran exactamente los minutos que necesitabas.

Carlos Varelo ya no tenía una respuesta.

Solo quedaba el terror en su cara.

Y yo, Qwerty, el supuesto escritor adulto de novelas detectivescas...

acababa de resolver un asesinato real con solo catorce años.

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