Parejas De Tres por DeeTeller en Inkitt
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Parejas de Tres

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Sinopsis

Este planeta tiene una sola ciudad: Ciudad Berenjena, y su verano es el más caliente de la galaxia. No precisamente por su clima, sino por los habitantes y su forma relajada de vivir. Jessy tiene 21 años y siempre juega a ganar, hasta que se enamora de Mateo, un chico que está acostumbrado a perder. ¿Podrán seguir juntos en esta acelerada ciudad?

Genero:
Erotica
Autor/a:
DeeTeller
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Calor y Frio

El abanico del techo solo remueve el aire húmedo y caliente de mi habitación. Acostada en la cama y vistiendo solo unas pantys y una camiseta blanca, más delgada que mi tolerancia al calor, pensé: «Sería buena idea ir a la tienda de Don Pepe por algo frío».

Me llamo Jessica, tengo 21 años, me corrieron de la uni hace dos semanas y mamá me exige que consiga un trabajo pronto.

Todos me dicen que soy bonita, mis amigos de la uni, uno que otro maestro, los vecinos. Pero el más coqueto es Don Pepe, él tiene una tienda en lo que era una parte de su casa, tendrá unos 37 o 38 pero la verdad es muy guapo. Fuerte, robusto, siempre con barba que no se ha afeitado en tres días, su mirada es amable pero seductora a la vez.

El calor de Ciudad Berenjena es sofocante en el verano. Me puse un short de mezclilla que mi mamá odia porque dice que ni me tapa nada; la verdad es que no es mi intención ocultar nada, he visto fotos de ella cuando tenía mi edad y tenía un cuerpazo, seguro que también andaba de coqueta en minifalda coleccionando suspiros de sus hombres.

La camiseta se me pega al torso; quizás mis pezones se notan un poco de más. Hoy la gente parece un poquito más atrevida que lo normal.

Los que siempre están de vagos en un zaguán, el que siempre está barriendo la banqueta de su casa, el vecino penoso que siempre me mira desde su ventana, no lo puedo ni saludar porque nunca me mira a los ojos, el chico de Uber Eats que casi choca por estar mirando... ¡Todos miran!

Yo camino lento; que miren. Me gusta pensar en que alguno se acuerde de mí antes de dormir.

El primer coqueto fue el vecino que siempre está barriendo. Dejó de barrer mientras pasaba y me dio los buenos días, muy amable, pero tratando de no ser obvio al mirarme los senos. El satélite de Google se daría cuenta que me mira los senos, pero igual le regreso el saludo y miro hacia otro lado para que mire a gusto.

Luego pasé por la casa del de la ventana, ahí estaba, seguramente haciendo más que solo mirar, está bien, que mire también. Hice como si hubiera encontrado una moneda en el piso y me incliné. «Ups». No era nada. Me enderecé despacito y un gruñido de cavernícola sonó desde adentro de su casa. No sé qué habrá pasado pero creo que le gustó mi actuación.

Más adelante estaban los vagos del zaguán. Ellos son más atrevidos, siempre me hacen reír con sus ocurrencias, algunas se ofenderían pero ellos no pasan de decir halagos atrevidos, no me molesta que me digan que soy bonita o atractiva. Esta vez me dijeron algo de quitar un tapón para embarrar de mayonesa su camarón. Yo sé que es muy bobo, pero se me salió una risita.

Sonreí sin voltear pero caminando un poco más despacio, hoy se lo ganaron chicos. Total, me alegraron la tarde. A veces llegan a un poco más que solo decir cosas, he visto de reojo que se tocan el bulto de sus pantalones. Hay uno que se lo tiene que tocar desde el muslo, me gustaría que ese se atreviera a más que solo tocarse, quizás se lo pida alguna vez.

¿Que si les tengo miedo? No, esos chicos siempre ayudan y cuidan a todos los vecinos, han ayudado a evitar robos en la tienda de Don Pepe, o asaltos a algunos vecinos en la avenida, una vez ayudaron en la construcción de un nuevo cuarto para el recién nacido de una vecina. Sé que no llegarían a más a menos de que yo se los permitiera y a mí me gusta jugar así, yo pongo las reglas.

Al entrar a la tienda de Don Pepe, suenan las campanitas de la puerta. Huele a pan casero; adoro ese aroma. Él levanta la mirada como siempre y tuerce su sonrisa un poquito; esa es la sonrisa que solo me dedica a mí, según él.

—Se nos derrite la reina del barrio —dice exagerando un poco y levantando el mandil para limpiarse las manos—.

Yo le devolví la sonrisa pensando y dando un vistazo: «Sí Don Pepe, ya sé que calza grande». Apoyé los codos en el mostrador y me incliné un poquito, solo lo justo para que él mire y yo regrese a casa con algún descuento.

—¿Cómo está, Don Pepe? Oiga, ¿usted no tendrá alberca de casualidad? —pregunté.

—No, Jessy, no tengo —respondió Don Pepe con tono de desilusión.

—Con este calor me metería corriendo si tuviera una —le respondí, mirando a otro lado, dejándolo que mirara más.

Él carraspeó varias veces mientras sus bellos ojos color almendra subían y bajaban, disimulando que no me estaba viendo el escote. Me dijo con su voz grave pero nerviosa:

—Jessy, si quiere pásele al almacén, ahí tengo aire acondicionado, por los productos que vendo en las mañanas. Pásele y se refresca un rato.

No sonaba mala idea pero no se la quería poner tan fácil y me negué prometiéndole que aceptaría pero otro día.

—Ay Jessy, bueno ya sabe, cuando quiera eh: ¿Qué va a llevar hoy, Jessy?

—Ya sé, Coca-Cola bien fría —dijo, con su manera amigable y bonachona de hablar.

Los refrigeradores estaban hasta el fondo de la tienda, así que le tenía que dar la espalda un rato. Sé que me miraba, todos lo hacían: los vecinos, mis amigos, los maestros de la uni, el ex novio de mi hermana.

A Don Pepe siempre lo sorprendía, antes de que se diera cuenta que lo estaba viendo, hacía un gesto de deseo que me provocaba apretar las piernas.

Me incliné un poquito para revisar con detalle las frituras de abajo, aunque siempre agarraba de las de arriba. Cuando abrí la puerta del refri el fresco acarició mi rostro y fue bajando por mi cuerpo.

Sentí que mis pezones se endurecían y comenzaron a frotar la delgada camiseta. Me gusta que me vean, pero creo que debí de haberme puesto un brasier.

Cuando regresé a la caja, otra vez apoyé los codos sobre el mostrador inclinándome. Quizás el calor de hoy también me afectó a mí. Cerré los ojos, me puse la lata fría en la frente y la fui bajando por mi mejilla, cuello, hasta llegar al centro mi escote. Lo miré y tenía una sonrisa boba; se veía lindo. Fuerte, rudo y lindo.

—Déjeme le paso una de las mías, las tengo en hielo aquí abajo, están más frías que las del refri —dijo apresuradamente.

Ahora él se recargó sobre el mostrador frente a mí, sin desviar la mirada. Y me preguntó:

—¿Le ayudo? —tocando suavemente mi hombro con la fría lata.

Yo dejé en el mostrador la que había agarrado del refri, tomé su mano y la fui guiando despacito hacia mi escote. Don Pepe solito la bajó un poco más y la presionó contra mi seno, frotándola lentamente con mi pezón. La lata de aluminio estaba húmeda, me estaba mojando y transparentando la camiseta, no quería que se detuviera. Me miraba los pechos como con cariño.

Dijo levantando sus prominentes cejas y con una tierna sonrisa:

—¡Ay! Ya se le pusieron duritos —mientras me daba ligeros apretoncitos con sus dedos sin soltar la Coca-Cola.

Pensé: «Bien jugado Don Pepe». Cuando estaba a punto de hacer mi movimiento se escuchó la cerradura de la puerta que daba a la casa de Don Pepe. Los dos casi brincamos para atrás antes de que se abriera por completo. Era la esposa.

—¡Jessy! Cuánto tiempo, qué guapa te ves hoy! ¿Cómo está tu mamá y tu hermana Paty?

Yo trataba de responder a todo con una sonrisa, pero también intentaba cubrir mi busto izquierdo, tenía la camiseta mojada y el pezón durísimo. La amabilidad con la que me hablaba se esfumó y le habló a Don Pepe casi como si lo odiara, le ordenó contar bien el cambio porque estaba faltando dinero en la caja, Don Pepe le respondió amablemente agachando la cabeza.

Después la señora salió de la tienda, subió a su auto y se fue. Yo me agarré el seno izquierdo con mi mano y lo volteé a ver tratando de no sonreír, con los ojos bien abiertos como sorprendida de no haber sido atrapados y Don Pepe soltó una carcajada.

—¿Ya ve? Ya casi lo cachan por andar de coqueto —le dije mientras él me daba unas servilletas para secarme.

Él me corrigió:

—Nos cachan Jessy, nos cachan.

Nos quedamos mirando con una sonrisa.

—¿Ahora sí le va a pasar al almacén? —me preguntó cariñosamente.

Yo lamí una gota que bajaba por la lata y le guiñé un ojo.

—Ahorita no puedo, Don Pepe. Ya casi es hora de que llegue mi mamá y anda bien enojada por lo de la uni, me consiguió una entrevista de trabajo y me tengo que levantar muy temprano. ¿Cuánto le debo?

—No se preocupe, Jessy, hoy se la invito yo —dijo Don Pepe con voz de donjuán.

Le sonreí dándome media vuelta y caminé hacia la puerta despacito; había que agradecerle la Coca-Cola gratis. Él me alcanzó silenciosamente y, antes de salir, me dijo al oído:

—¿De verdad no quieres pasar al almacén para quitarte el calor?

Su voz me erizó la piel. Me detuve y su pecho rozó mi espalda. Sentí cómo su deseo me presionaba, mi trasero; olía muy rico y ya me estaba convenciendo. Comparé mentalmente sus fuertes y grandes manos con aquello que sentí ahí abajo, pero yo decido cuándo y hoy no. Lo miré por encima del hombro y le dije sonriendo:

—Don Pepe, ya le dije que sí, pero ahora no puedo. Otro día, el verano es muy largo, no sea ansioso.

Salí y el calor me golpeó como cachetada.

—Ya sabe, Jessy, cuando quiera —me dijo, despidiéndome desde la puerta de su tienda.

Seguí mi camino sin voltear y regresé a mi casa por la calle de arriba. No les tengo miedo, pero no quiero malentendidos con los del zaguán. Ya empezaba a oscurecer y justo en la esquina me tocó el claxon un auto, era Josué, un vecino taxista de 30 años que recién regresaba a su casa después de trabajar todo el día.

Él era algo feíto, Don Pepe era varonil y atractivo pero Josué, digamos que era buena onda. Él y yo teníamos un trato, algo así como una cuota secreta. Si voy cerca uso mi mano, si voy al centro de la ciudad uso mi boca y bueno, ya te imaginas si voy más allá del centro. Nunca he pasado de pagar dándole una mano para relajarse, pero la última vez le di algo de propina con la lengua.

Es un acuerdo justo, él gana y yo gano. Como estábamos frente a su casa casi ni me volteó a ver por que lo regaña su esposa. Quería dormir temprano esa noche así que no pensaba quedarme platicando con el.

Al siguiente día tenía la entrevista de trabajo, no dejaba de pensar en cómo sería mi nuevo jefe pero sabía que si era tan atractivo como Don Pepe, ni el aire acondicionado de su oficina nos iba a poder quitar el calor.

Definitivamente la íbamos a pasar muy bien.

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