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Lo Que Late Dentro de Mí

Sinopsis

¿Puede una persona realmente sanar a otra? Dos ansiosos. Ambos sobrepensadores. Ella tomó la decisión de escapar y elegirse. Él, hace tiempo, se lo permitió a sí mismo. ¿Cómo se supone que esto funcione sin que uno termine cargando al otro?

Genero:
Romance
Autor/a:
Lil Red Sheep
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

- Necesito un café.

Elif dejó salir un suave aliento y se acomodó el pesado bolso en su espalda. El pico de acero que sobresalía se inclinó hacia un lado. Ella gruñó un par de maldiciones. Bajó al suelo el bolso lleno de minerales, herramientas y algún que otro aperitivo. Observándolo con sus fríos ojos café, rascó su cabeza.

- Quiero ir a casa y relajarme -dijo para sí misma, desordenandose aún más los cabellos cobrizos.- Un baño caliente tal vez...

Miró al cielo nocturno como si este le ofreciera consuelo.

Su reloj marcaba las 9:40 PM.

Se le había hecho tarde y todavía necesitaba organizar su itinerario del día siguiente. Debía apresurarse a la granja. Le quedaba un largo camino por recorrer.

... Aunque no tan largo como el que ya había recorrido durante la primavera y el verano...

Ella se agachó. Entorpecida por la poca luz de las lámparas en los alrededores de la mina, comenzó a organizar las cosas en el interior del bolso.

Reflexionó sobre lo que había vivido hasta entonces.

Y es que, en un mundo donde el blanco y el negro se mezclan en un sinfín de tonalidades de grises, meses atrás Elif decidió irse al campo.

No como una elección consciente. Más bien fue un escape desesperado.

Después de quince largos años viviendo en la ciudad, abandonó los altos rascacielos, los horarios de trabajo incansables y el ruido interminable. Los cambió por una estabilidad casi tan frágil como la que tenía: la vieja granja abandonada de su abuelo. Aquella que él mencionó en su testamento hace más de cinco años atrás y nadie le dio importancia. Esa que Elif apenas visitó una o dos veces en su infancia.

Nunca imaginó que ese lugar se volvería tan importante para ella en tan poco tiempo.

Mucho menos creyó que en tan solo medio año de trabajo y dos estaciones lograría restaurarla. Pero lo hizo. Incluso se estableció. En ese valle fértil y poco habitado, a kilómetros de distancia de la ciudad donde vivía con sus padres.

¿Cómo lo hizo?

Creciendo cultivos con mucho interés, cuidando animales de granja como si fueran sus propios hijos, reuniendo montón de materiales y equipos para procesar sus propios productos, cumpliendo con las peticiones de los pueblerinos; y además expandiendo y mejorando la granja en general.

Por sobretodo, quería asegurarse una vida propia donde depender de una megacorporación como JoJa Company no fuera una opción.

Y lo estaba logrando cada día.

Sin embargo, mirando atrás, los días difíciles que superó tenían otra motivación oculta que no planeaba confesar.

Ni siquiera a sí misma.

Tenían un nombre. Uno que el otoño no logró marchitar.

Cuando terminó de acomodar el bolso y su mente se acalló, se puso de pie y miró al lago junto a la entrada de la mina. Durante la primavera le aterraba la opaca superficie del agua. Junto al cantar de un búho se hacía espeluznante. Ya no. De hecho, se había convertido en un momento del día que esperaba experimentar.

Incluso sonrió cuando el ave pasó volando sobre ella. Voló por encima de unos árboles que ella conocía muy bien y cambió su dirección a la casa de la montaña.

Esa que se había convertido en su segundo hogar en aquel valle.


🌾 ゜・。。・゜゜・。。・゜🌾


Después de un par de pasos por el sendero hacia la casa N° 24 del Camino de la Montaña, Elif se detuvo.

El aliento se le atoró en la garganta.

Sus ojos brillaron en la escasa luz de los alrededores. Conocía bien la suave estela de humo que se desvanecía junto al lago. Su corazón se saltó un latido. Comenzó a bailar de júbilo.

Afinando la vista, pudo ver aquella silueta alta y delgada de pie junto al lago.

Él estaba ahí.

Piel pálida cubierta con ropas oscuras, como siempre. Perdido en sus pensamientos. Fumando. La mano sosteniendo el cigarrillo subía y bajaba en un ritmo pausado. Y después de tres o cuatro veces, él se giró unos centímetros y lanzó la mirada hacia ella.

Elif dio un brinco. Sus hombros rígidos como tablas de madera.

Cruzaron miradas.

Él la vio. Allí. A unos cinco metros o más. No dijo nada al respecto. Solo forzó su voz para que fuera un poco más alta.

- Ey, Lif.

- Sebastian -respondió ella, más seco de lo que pretendía. Por eso, en un tono más ligero, agregó:- El fantasma del sótano salió por un cigarro.

Él entrecerró los ojos y frunció el ceño.

- ... Qué confianzas.

- ¿Me disculpo?

- No hace falta.

Después de dos estaciones conociéndola, distinguía muy bien sus formas. Era una broma. Lo dejó ir.

- ¿Día productivo? -preguntó, mirando el bolso de ella.- Tienes muchas cosas ahí.

- Sí. Un día de mucha suerte.

- Genial.

Sebastian asintió. Le dio la espalda al lago para voltearse hacia ella y bajó el cigarrillo. Sus ojos oscuros se enfocaron en su rostro.

- ¿Vuelves a la granja? -preguntó.

- Sí. Tengo que organizar el itinerario para mañana.

- ¿Itinerario? Qué organizada.

Él sonrió suave.

- ¿Te imaginas a un tipo como yo viviendo en una granja? -dijo, desviando la mirada al suelo. Arqueó las cejas hacia abajo como si el solo pensamiento lo perturbaba.-. Qué ridículo.

- Serías un buen granjero, tal vez. Quién sabe.

- ¿Levantándome al mediodía? Las gallinas me odiarán.

Elif alzó las cejas. Antes de que pudiera bromear al respecto, él interrumpió:

- Aunque últimamente he pensado mucho en eso.

No dijo una palabra más. En silencio, inclinó la cabeza a un lado. Cuando lo hizo, su cabello negro, lacio y desordenado se meció. La cortina oscura que tapaba parte de su rostro también. Aunque los mechones en su nuca y costados más cortos se mantuvieron firmes.

Elif lo observó embobada. Boquiabierta. Ni siquiera entendió que quiso decir. Pero fue la voz de él quién la sacó del trance:

- ¿Pero no es muy agotador?

- ¿Qué? Ah, sí. -Ella tragó saliva. Se acomodó el bolso sobre el hombro y cerró la boca.- Pero es parte de la vida que escogí.

- Eso es.

- Mejor que trabajar para JoJa.

Sebastian tomó el cenicero portátil que llevaba en su bolsillo y sacudió las cenizas en su interior.

Observándolo con atención, Elif entrecerró los ojos. Sus pensamientos la perturbaron.

Tenía que decir algo.

Llenar el silencio con cualquier ruido.

Pues cuando lo miraba a él y sus delgados dedos sacudir el cigarro, solo podía pensar en cuánto deseaba tocarlos y acariciarlos.

¡No, no estaba bien!

Ojalá esos sentimientos desaparecieran. Estorbaban. Mirarlo a los ojos se volvía cada vez más difícil.

- Por cierto, ¿por qué estás tan lejos, Lif?

La mujer dio un brinco. Subió la mirada a él y lo miró incrédula.

Sebastian le devolvió la mirada. Sin cautela. Con mucho interés y genuina curiosidad. Incluso inclinó la cabeza de nuevo.

- ¿Qué por qué? -titubeó ella-. Estoy cubierta de tierra, pantano y arcilla. Huelo a... sudor. Y sangre.

- ¿Sangre?

- ¡No mía! De los monstruos. De las minas. Creo.

- ¿Eso qué importa?

Sebastian curvó los labios con una sonrisa de medio lado. Él recortó la distancia entre ellos con un par de pasos. Hasta que ella retrocedió. Ahí se detuvo. Confundido.

- Solo huelo el cigarrillo.

- ¿El cigarro? Pero... -Al suavizar la expresión en su rostro, Elif usó un tono más chillón de lo normal.- No me gusta ese olor.

- Jah.

Él resopló una breve risa.

No se ofendió.

- Como sea -Se encogió de hombros.- No me molesta tu olor.

- Sí, claro...

- Hablo en serio -insistió-. Puedes acercarte si quieres.

Sebastian enderezó la cabeza. Tenía una expresión seria en su rostro, pero en un tono relajado dijo:

- Es el olor de alguien que se esfuerza cada día.

Elif quedó atónita al escucharlo.

Retrocedió otro paso.

En días como esos, a veces recibía una que otra mirada larga y un comentario por su olor. De habitantes del Pueblo Pelícano. ¿Por qué él diría eso? ¿Acaso intentaba ser amable? Bueno. Eran amigos. Tal vez sí estaba siendo generoso para no herir sus sentimientos.

Ella apretó los labios.

"Me gusta. Él. Demasiado."

Incluso si la diferencia de cinco años de edad era un límite bastante difícil de tolerar para ella, le era imposible deshacerse de lo que sentía por él. No pudo en un inicio. Ni en ese momento. Aunque quisiera.

Ante el repentino silencio de la granjera, Sebastian frunció el ceño.

- ¿Estás bien?

- ¡Sí! Perfecta -respondió enseguida-. Tengo que irme, pero gracias por la oferta a pesar de mi hedor.

Sebastian no respondió. Se permitió una pausa. Unos segundos para observarla. Entonces, sonrió de medio lado.

- Gracias por saludar.

Él miró atento como ella se despidió con la mano y se fue con prisas.

- ¡Hasta mañana!

-... Nos vemos -respondió.

Apenas unos pasos después, Elif escuchó su voz. Baja. Unas palabras para sí mismo:

- Debería dejar de fumar.

Ella se detuvo.

Esas palabras fueron suficientes para retorcer su corazón. Qué adorable. Incapaz de controlarse más, se llevó la mano a la boca. El calor le erizó el cuello. Todo el cuerpo.

"Tengo que decírselo."

"Y pronto."

Una fuerte determinación la golpeó.

"Le diré lo mucho que me gusta".

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