Capítulo 1: La Estrella de Hierro - Parte I
Año noventa del Umbral del Hombre. El sol de media mañana caía sobre Briarnoll, un brillo inusual que parecía encender el ánimo en todo el pueblo. Las calles adoquinadas bullían de actividad. Cuadrillas de vecinos colgaban banderines carmesí en los postes de luz, mientras los mercaderes acomodaban sus puestos entre el ruido alegre de la multitud. Cerca de la plaza central, el destello repentino de la cámara de un fotógrafo —En tres, dos, uno…— capturó la sonrisa de una joven pareja, congelando la euforia del festival en un instante de plata y luz.
Ese mismo destello parecía haberse apagado hacía mucho tiempo en la casa de Marco.
Sobre la mesa de caoba del recibidor, una fotografía de bordes gastados mostraba a un hombre, una mujer y una niña pequeña, sentados en un campo abierto bajo un cielo tranquilo. Marco le daba la espalda al retrato mientras terminaba de ajustarse la pesada chaqueta. Sus hombros, caídos por el peso de una ausencia que aún no lograba acomodar, delataban el vacío en su expresión.
Otro festival sin ti…, pensó, tragando el nudo áspero que se le formaba en la garganta al escuchar el eco de la celebración que llegaba desde la calle.
El repiqueteo rápido de unos zapatos contra la madera lo sacó de sus pensamientos. Erin bajó las escaleras corriendo, radiante, como si la luz que le faltaba a la casa la llevara ella por dentro.
—¡Papá! ¡Vamos, vamos! —exclamó la niña de seis años, tirando de su manga—. ¡Nos vamos a perder el inicio!
Marco forzó una sonrisa, débil pero sincera, y asintió. Antes de avanzar, sus ojos se detuvieron un segundo más en el retrato de la mesa.
—Ya voy, sol…
Erin, notando su mirada, se detuvo frente a la fotografía. Se puso de puntillas, apoyó las manos pequeñas sobre la madera y besó con cuidado el borde del marco metálico.
—Vamos a ver los fuegos, mamá —susurró, con esa seriedad absoluta que solo tienen los niños cuando hacen una promesa—. Voy a pedirte un deseo con la estrella de los cañones.
Marco le tendió la mano a Erin y, juntos, cruzaron el umbral. Cuando la pesada puerta de roble se cerró, un silencio repentino, casi antinatural, se tragó el eco de sus pasos, dejando el recibidor sumido en una quietud que se sentía extrañamente expectante.
Marco se detuvo un instante antes de girar la llave. Por un segundo, tuvo la sensación de que el aire en el interior se había vuelto espeso, como si la casa hubiera retenido el aliento de pronto. Sus ojos se desviaron hacia la fotografía sobre la mesa de caoba. Le pareció —solo un destello fugaz, una jugarreta de su cansada mente— que la sonrisa de Anne en la imagen se había tensado, volviéndose algo distante, casi gélida, como si el tiempo en aquel papel se hubiera quebrado.
Una vibración de bajísima frecuencia, un zumbido que parecía nacer desde los cimientos mismos de la estructura, le hizo vibrar los dientes por una fracción de segundo. Marco parpadeó y el efecto se desvaneció, dejando solo el crujido de la madera vieja. Solo era el agotamiento, se dijo a sí mismo, apretando el agarre de la mano de su hija. La casa estaba vieja y los faroles de afuera comenzaban a tambalearse con el viento de la tarde; era lógico que las sombras jugaran con su vista.
Ajenos a la inquietud que dejaban atrás, padre e hija se sumergieron de lleno en el bullicio del Festival de la Estrella de Hierro, dejando que el ruido del mundo ahogara cualquier rastro de duda.
La plaza era un caos vibrante. Los faroles de gas, apagados por el día, servían ahora de soporte para enormes carteles decorativos. El aire vibraba con el ritmo constante de los tambores y el pregón incesante de los vendedores ambulantes. Caminaron entre los puestos, esquivando a la multitud, hasta que Marco le compró una cinta nueva para el cabello. Mientras él se la ajustaba, Erin se giró de golpe, abriendo los ojos de par en par.
—¡Mira, papá! ¡Ese cañón tiene forma de dragón! —gritó, señalando una inmensa pieza de artillería de hierro negro adornada para la exhibición.
Antes de que Marco pudiera responder, una voz potente y cálida los alcanzó desde un costado.
—¡¿Lista para disparar, soldado?!
Era André, el hermano de Marco. Vestía su uniforme militar de gala, impecable, con las insignias reluciendo bajo el sol y una expresión de alegría franca que contagiaba al instante. Los tres rieron, y sin pedir permiso, el tío levantó a Erin por los aires, sentándola directamente sobre el hierro del cañón.
—Vamos, soldado —dijo André, cuadrándose frente a ella con un guiño—. ¡Apunta al cielo y dispara tu deseo!
La niña alzó ambos brazos, triunfante, sintiendo que desde allí arriba el mundo entero le pertenecía.
—¡Bang! ¡Estrella alcanzada! —exclamó, soltando una carcajada cristalina.
A unos pasos de distancia, Marco los observaba. La sonrisa se mantenía en su rostro, pero la sombra de la nostalgia volvía a asomarse en sus ojos, pesada y persistente.
—Ojalá pudieras ver esto, Anne… —susurró, mientras el repique festivo de los tambores envolvía la plaza.
El sol del atardecer comenzaba a teñir el cielo de un naranja cobrizo, bañando la plaza principal con un resplandor cálido que hacía brillar los banderines. Sin embargo, el viento cálido de la tarde pareció helarse de golpe. El sonido festivo llegó a los oídos de Marco como si de pronto estuviera bajo el agua, amortiguado y distante. Una quietud asfixiante comenzó a filtrarse desde las estrechas calles empedradas que desembocaban en el centro de Briarnoll. En una de esas callejuelas, la sombra se había vuelto tan espesa que parecía tener textura.
El roce áspero de cuero gastado contra la piedra anunció su llegada.
Una bota despuntada y sucia avanzó hacia el límite de la luz, arrastrando el bajo de una túnica de un violeta oscuro. La tela estaba corroída en los bordes, deshilachada como si hubiera sido sumergida en ácido. Por encima del cuello, una capucha raída ocultaba por completo el rostro de la figura, dejando a la vista únicamente unos labios agrietados y pálidos que se movían sin descanso.
Detrás de él, de la oscuridad, emergieron más figuras idénticas. Marchaban con una lentitud solemne, balanceándose al ritmo de un coro monótono que helaba la sangre.
—Usva’lek nox-thar... Venarum... shidal’ro...
El sonido no era fuerte, pero poseía una resonancia que se clavaba en la base del cráneo. En el centro de la procesión, una mano esquelética sostenía un incensario metálico negro. De sus agujeros no brotaba fuego normal, sino una llama de un violeta enfermizo. El aire trajo consigo un escozor repentino a la plaza; ya no era incienso de templo, sino un miasma denso, un aliento acre a cobre viejo y a ozono que raspaba la garganta.
A medida que el cántico avanzaba, la realidad alrededor de las figuras parecía ceder. El aire se combaba y se retorcía como el espejismo sobre el asfalto hirviente de una fundición. Las esquinas de los edificios y los adoquines se distorsionaban visualmente a su paso, provocando una punzada de náuseas.
En la plaza, la música festiva terminó por desvanecerse, asfixiada por aquel murmullo incomprensible. Las risas se apagaron. Los aldeanos que se encontraban más cerca retrocedieron instintivamente, con rostros deformados por la extrañeza y el repudio.
—¿Qué rayos es eso? —murmuró un carnicero, limpiándose las manos en su delantal.
—¿Y esas ropas? —le susurró una mujer a su lado, apretando su chaleco—. Los reonianos no se visten así...
A unos metros de distancia, el cuerpo de Marco reaccionó antes que su razón. El frío le caló los huesos y una descarga repentina de adrenalina le tensó los músculos de la espalda. Sin darse cuenta, ya había dado un paso al frente, interponiéndose como un escudo entre la callejuela y su hija.
—Algo no está bien... —murmuró por lo bajo, tirando con firmeza del brazo de Erin para pegarla a su pierna, sintiendo un latido desbocado en sus propias sienes.
Erin, ajena a la tensión de los adultos, estaba terminando de comer una tarta de frutos. Tenía las mejillas manchadas de mermelada y el ceño fruncido en un gesto de pura curiosidad infantil.
—¿Mmm? —murmuró, con la boca llena, buscando el origen del cántico.
Sus ojos inocentes se clavaron en el acólito que lideraba la marcha. El encapuchado levantó una mano para sostener el borde de su túnica. En el reverso de su piel grisácea, un símbolo extraño y geométrico parecía palpitar.
Cuando la mirada de la niña se cruzó con la marca, no vio un simple tatuaje. El símbolo destelló de forma violenta, proyectándose directamente en su mente con la fuerza de un latigazo. Fue una sacudida de terror puro, un ruido blanco que le perforó los tímpanos por una fracción de segundo. Erin soltó la tarta, que cayó al suelo deshecha, y se aferró con ambas manos al pantalón de su padre, temblando.
—¿P-papá...? —titubeó, con los ojos anegados en lágrimas repentinas.
El alboroto de la multitud asustada finalmente movilizó a las autoridades locales. Un grupo de guardias de Briarnoll se abrió paso a empujones entre los civiles. El capitán de la guardia se adelantó, deteniéndose a un par de metros de la procesión. Levantó un brazo enguantado, firme, marcando el límite.
—Disculpen —ladró el oficial, con una voz autoritaria que intentaba ocultar su propio nerviosismo ante la distorsión del aire—, pero creo que este no es el lugar ni el momento para este espectáculo.
La procesión se detuvo en seco. El cántico cesó de golpe, dejando un silencio zumbante en la plaza. El acólito que iba al frente levantó ligeramente el rostro. Bajo la sombra de la tela corroída, sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, casi condescendiente.
—¿Espectáculo? —Su voz rasposa raspó el silencio como papel de lija—. Hehe... perdón. Solo estamos... evangelizando.
El capitán frunció el ceño. El hedor del incienso violeta le estaba revolviendo el estómago.
—No sé a qué tipo de religión pertenezcan —replicó, endureciendo el tono—, pero debo pedirles que se retiren de inmediato.
La sonrisa del acólito no flaqueó.
—Pensamos que en esta tierra la libertad de culto era algo común... Capitán.
Un murmullo tenso recorrió a los aldeanos. La quietud de las figuras encapuchadas resultaba más amenazante que si hubieran empuñado armas. El capitán, consciente del pánico contenido a sus espaldas, bajó lentamente la mano derecha hasta descansar los dedos sobre el pomo de su sable. El crujido del cuero y el tintineo sordo del acero resonaron como una advertencia letal.
—Debo pedirles... —El guardia clavó sus ojos directamente en el rostro oculto del fanático, con la mandíbula tensa—. Que se retiren.

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