Capítulo 1: El origen.
Mucho antes de que existieran reyes, guerras o naciones, el Creador dio origen a un mundo lleno de vida. Cuando terminó su obra, la contempló en silencio. Y vio que era muy buena… pero incompleta. Decidió entonces que sus hijos necesitarían algo más. Necesitarían una forma de vivir más plácidamente. Así que tomó una pequeña parte de su poder y la compartió entre ellos. Y les dejo claro: _Si usarán este regalo para hacer el mal... sería su fin. Era un regalo para servir. Con él, la humanidad podía hacer brotar alimentos de la tierra sin esfuerzo, encender el fuego en las noches frías sin herramientas, sanar heridas y hacer crecer plantas en tierra seca. Durante un tiempo, el mundo vivió en armonía. Pero esa paz no duraría para siempre. Un día, una voz desconocida llegó a una de las naciones. Y a su rey le habló. —Si posees poder… ¿por qué obedecer? ¿Por qué servir, cuando podrías... gobernar? Al principio, aquellos pensamientos fueron rechazados. El Creador había dejado una ley clara. "No hacer el mal." Pero la avaricia es silenciosa… y persistente. La semilla del deseo creció. Y una nación cayó. El poder que había sido creado para dar vida comenzó a quitarla. Las ciudades ardieron. Las tierras fueron consumidas por la guerra. Los dones dejaron de ser milagros… y se convirtieron en armas. Las demás naciones unieron fuerzas y lograron detener el conflicto, pero el daño ya estaba hecho. El mundo había cambiado para siempre. Con el paso del tiempo, el miedo reemplazó la esperanza. Los reyes decretaron una nueva ley: El uso de los dones quedaba prohibido para todo ciudadano. Solo un grupo entrenado tendría permiso para utilizarlos. Se fundó una orden que tendría una única misión: impedir que los dones volvieran a destruir el mundo. Sus miembros no solo protegían la paz… también cazaban a aquellos que usaban sus dones sin permiso. Desde entonces, usar un don dejó de ser una bendición. Se convirtió en un crimen. Han pasado muchos años desde entonces. Y en una pequeña aldea, alejada de la gran ciudadela, una joven de diecisiete años ignoraba que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Erica vivía junto a su abuelo, el único familiar que había tenido desde pequeña. Su mundo era sencillo: la aldea, la escuela y su hogar. Aquella mañana, como siempre, se despidió de él antes de salir. —Nos vemos después, abuelo. —No te metas en problemas, Erica. Ella sonrió y salió corriendo. Era una chica de cabello azul marino, hermosa y perfectamente consciente de ello. Le gustaba llamar la atención y bromear con todo el mundo. A veces arrogante, a veces distraída, pero también inteligente, audaz y terca como ninguna. No solía meterse en problemas… aunque le gustaba imaginar que algún día sería diferente. En la escuela se rodeaba de amigos. Durante el descanso, Ana e Isabel, sus mejores amigas, se pusieron a hablar de chicos. —Gabriel es tan lindo… me encantaría que me tomara de la mano —dijo Ana suspirando. —Pues a mí me gusta Eric. Es muy guapo… (Suspiró.) Y se llama como tú, Erica, jajaja —respondió Isabel burlándose. —Qué tonterías dicen —respondió Erica un tanto enfadada. Luego cruzó los brazos. —¿En serio se pasan el día pensando en chicos? Yo preferiría aprender a pelear. Además, si mi abuelo se entera de que tengo novio, lo mata, jaja. Y las otras también rieron. En eso Erica se levantó de repente y dijo: —Cuando me gradúe entraré en la Academia de la Inquisición. Seré la mejor. Y comenzó a lanzar golpes al aire. —¡Fua! ¡Fiu! ¡Ha! Ana la miró con resignación. —Erica… tienes un talento increíble para hacer el ridículo. En ese momento, un chico que pasaba cerca escuchó. —Eso no será tan fácil como crees. Era Eric. Isabel escupió el agua de la risa. —¡Eric y Erica! Esto es perfecto. Los dos se miraron en silencio. No con odio… pero sí con esa extraña sensación de rivalidad que nace sin explicación. Como si se conocieran desde siempre. Al terminar las clases, Erica caminaba sola de regreso a casa. Las palabras de Eric seguían en su mente. “Ser inquisidor no es tan fácil…” Apretó los puños. —Voy a lograrlo. Y salió corriendo. Pero al doblar la esquina, chocó contra alguien. Cayó al suelo. Cuando levantó la vista, se quedó inmóvil. Frente a ella había un chico. Alto. Serio. De cabello blanco azulado. Uniforme blanco con detalles azules. Era un inquisidor. —Lo siento —dijo con calma—. No puedo permitirte pasar. —¿Porque?¡Mi casa está por alla! Y un frío recorrió su cuerpo. Los inquisidores solo aparecen cuando algo grave ocurre. “Mi casa…” “Abuelo…” —¿Qué está pasando? —preguntó con voz tensa. —No es asunto tuyo. Retrocede o serás considerada una rebelde. —¡Mi abuelo y yo vivimos ahí! El inquisidor suspiró y le dijo: —Hay un rebelde. Ha despertado sus dones sin autorización. Debemos detenerlo antes de que pierda el control. La mente de Erica recordó lo que había aprendido en la escuela. “Cuando alguien activa sus dones por primera vez, su poder se desborda… y puede volverse peligroso.” Su respiración se aceleró. —¡No me importa! Sin esperar respuesta, huyó por la derecha. Saltó una cerca. Empujó un barril para distraer al inquisidor y con el impulso siguio corriendo. Pero él lo apartó con facilidad con las manos. Entonces ocurrió algo extraño. Un fino rastro de luz blanca comenzó a dibujarse en el aire. En un instante, el inquisidor apareció detrás de ella. Levanto la mano como quien va a revanarle el cuello… Pero se detuvo. Y la dejó ir. Erica siguió corriendo hasta llegar a su calle. Y entonces lo vio. El caos. Un hombre fuera de control, con una sonrisa macabra que jadeaba vapor, se rodeaba de picos de piedra que surgían del suelo. Frente a él, una inquisidora que combatía envuelta en una tormenta de nieve. El aire era frío. Violento. Erica quedó paralizada... Era la primera vez que veía el poder de la Inquisición en combate. Se quedó mirando tal esplendor como si viera por primera vez a su heroína. Entonces cambio la mirada... Y el mundo se le detuvo. Su abuelo yacía en el suelo. Inmóvil. Y un charco de sangre se extendía lentamente bajo su cuerpo.








