Capítulo 1 El matiz de la calidez
Las flores de cerezo adornaban los alrededores de la preparatoria, pintando el inicio del ciclo escolar con un aire pacífico. Okuto Nakamura llegó a la escuela temprano, como siempre, con una expresión algo tímida y listo para iniciar un nuevo día escolar. Siendo un Alfa recesivo, muy torpe y sumamente tímido, su meta diaria no era destacar ni hacer muchos amigos; su único objetivo real era volverse invisible y pasar las clases sin alboroto ni problemas.
Nakamura sabía perfectamente lo que la sociedad esperaba de su casta: fuerza inquebrantable, una presencia imponente y feromonas dominantes capaces de someter a cualquiera. Y él no tenía nada de eso. Su aroma —una suave y sutil mezcla de café con leche y vainilla— era tan tenue que casi siempre pasaba desapercibido. Lejos de entristecerse, le parecía una ventaja; ser invisible significaba estar a salvo de los depredadores reales que gobernaban la escuela. Así que agradeció haber podido llegar al salón sin ningún contratiempo en el camino.
Una de sus vías de escape eran sus cuadernos. Con la cabeza agachada, Nakamura deslizaba el lápiz sobre el papel, concentrado en darle forma a los tentáculos de un pequeño pulpo que flotaba entre burbujas. Amaba a las criaturas marinas, en especial a los pulpos; en su mundo silencioso bajo el océano no existían las jerarquías de castas ni las presiones sociales. Además de dibujar, leía en secreto novelas de romance que escondía debajo de sus libros de texto; historias donde el amor era simple, dulce y carente de agresividad.
Pero, desafortunadamente, la paz en la preparatoria siempre duraba muy poco para alguien como él.
—Mírenlo, el gran “Alfa” defendiendo su territorio... ¿con un llavero de pulpo? ¡Qué patético eres, Nakamura!
El corazón de Nakamura se detuvo en seco. Al levantar la vista de forma lenta, se topó de frente con la figura imponente y altanera de Ryu Sakamoto. Antes de que sus torpes manos pudieran reaccionar para ocultar sus cosas, Sakamoto le arrebató el cuaderno con un movimiento violento. No conforme con eso, el chico tiró con brusquedad del pequeño llavero de pulpo que colgaba de su mochila, sacudiéndolo en el aire como si fuera un trofeo ridículo mientras esbozaba una sonrisa cargada de malicia. Para empeorar la situación, otros dos Alfas dominantes se colocaron detrás de su asiento, cruzándose de brazos y bloqueando cualquier posible ruta de escape.
—Devuélvemelo, por favor... —susurró Nakamura en un hilo de voz. Su propia respuesta le provocó lástima interna; sonaba temblorosa, completamente indefensa.
—¿O si no qué? ¿Vas a usar tus superpoderes marinos contra nosotros? —se burló uno de los cómplices de Sakamoto, soltando una carcajada áspera.
En ese preciso instante, buscando quebrar el poco orgullo que le quedaba a Nakamura, Sakamoto liberó a propósito una ráfaga directa de sus feromonas dominantes. Un olor pesado y hostil a pino amargo inundó el aire alrededor de la banca. Para un Alfa recesivo como él, recibir el impacto de esas feromonas fue el equivalente a un golpe físico y seco en el pecho. El aire del salón se volvió espeso, casi imposible de respirar. Una presión sofocante se instaló en sus pulmones, un instinto biológico que le exigía agachar la cabeza, morderse los labios y aceptar la humillación sin chistar ante un alfa superior.
—Eres un chiste andante para tu casta —sentenció Sakamoto con profundo desprecio, mirándolo desde arriba—. Un Alfa de verdad no pierde el tiempo con pasatiempos tan infantiles y ridículos.
Con un ademán cargado de desprecio, Sakamoto arrojó el cuaderno al suelo. El impacto hizo que las hojas sueltas, repletas de dibujos a lápiz y stickers de colores de pulpos, se esparcieran por todo el piso polvoriento. El llavero de plástico cayó un segundo después con un tintineo seco. Al darse la vuelta para marcharse junto a sus amigos, Sakamoto arrastró el pie y lo pisó con fuerza “sin querer”, quebrando una de las pequeñas argollas que sostenían los tentáculos de la figura. Las risas burlonas de los tres Alfas dominantes se fueron apagando lentamente a medida que sus pasos se alejaban por el pasillo principal.
Nakamura se quedó completamente congelado en la silla, con las mejillas ardiendo en un tono carmesí de pura vergüenza y un nudo apretándole con fuerza la garganta. Quería que la tierra se abriera y lo tragara en ese mismo instante. Odiaba ser así de débil. Odiaba con todas sus fuerzas que su timidez, su gusto secreto por las novelas de romance y su inocente amor por los pulpos fueran vistos por el resto del mundo como la invitación perfecta para pisotearlo y recordarle su lugar en la cadena alimenticia. Tragándose las lágrimas de impotencia que amenazaban con nublarle la vista, se dejó caer de rodillas al suelo. Con movimientos torpes y desesperados, comenzó a recoger sus dibujos, deseando terminar antes de que el resto del grupo de la clase llegara y se burlara de él como Sakamoto.
De repente, un par de tenis rojos perfectamente limpios se detuvieron justo frente a sus manos temblorosas.
Nakamura se tensó de inmediato de pies a cabeza. Sus hombros se encogieron de forma instintiva y cerró los ojos con fuerza, esperando recibir una patada a sus dibujos o una nueva tanda de comentarios crueles. Sin embargo, el silencio reinó. En su lugar, vio cómo unas manos pequeñas, delgadas, de dedos finos y delicados, se inclinaban con elegancia para recoger con cuidado una de las hojas sueltas que contenía su dibujo favorito.
Al levantar la vista de forma lenta y temerosa, sus ojos se cruzaron directamente con los de Aiki Hirose.
En ese segundo, el cerebro de Nakamura experimentó un cortocircuito absoluto. Hirose, el Omega dominante más hermoso, inalcanzable y perfecto de toda la preparatoria, estaba ahí, arrodillado en el sucio suelo del salón, ayudándolo a juntar sus cosas. El pánico absoluto se apoderó del Alfa recesivo al instante, provocando que sus músculos se pusieran tan rígidos como una piedra. La cercanía entre ambos era abrumadora, rompiendo cualquier barrera de espacio personal que Nakamura hubiese experimentado antes. Debido a la corta distancia, la presencia biológica de Hirose lo golpeó de lleno.
Nakamura sintió que su cuerpo entero se tensaba dolorosamente bajo el peso de las feromonas naturales del Omega dominante. Era una ráfaga deliciosa, magnética y asombrosamente poderosa de mandarina dulce combinada con flores de azahar. Para el sistema nervioso de Nakamura, la pureza y la intensidad de ese aroma dominante eran tan abrumadoras que su instinto Alfa, por más recesivo que fuera, se puso en alerta máxima, haciéndole sentir una descarga eléctrica que le erizó los vellos de los brazos. Era un aroma delicioso, de la realeza de las castas, pero al poner atención, Nakamura notó que el trasfondo de ese perfume cítrico tenía un toque inusual de fatiga y saturación, como si el propio Hirose estuviera cargando con un peso invisible y asfixiante que lo mantenía estresado.
Aterrorizado de que sus propios nervios y el descontrol de su ritmo cardíaco delataran lo ridículamente asustado y fascinado que estaba, Nakamura intentó contener el aliento por completo, apretando los puños contra sus rodillas. Estaba seguro de que su débil e insignificante aroma a café con leche y vainilla resultaría molesto o sumamente patético para las fosas nasales de un Omega de tan alto valor, alguien acostumbrado a Alfas dominantes de las mejores familias.
Sin embargo, en el momento exacto en que Hirose lo miró fijamente a los ojos, algo completamente mágico sucedió. La expresión originalmente un poco tensa que el Omega siempre llevaba en los pasillos se suavizó de golpe, desvaneciéndose. Sus hermosos y almendrados ojos se abrieron un poco más, clavándose con mucha intensidad en la mirada asustadiza de Nakamura.
El Alfa recesivo parpadeó un par de veces, profundamente desconcertado por la reacción. Por una fracción de segundo, Nakamura juraría que vio a Hirose soltar un largo suspiro de alivio. Fue como si, de la nada, el aire denso y contaminado del salón se hubiera vuelto extrañamente fresco y relajante para el Omega gracias a la cercanía de Nakamura.
Hirose bajó la mirada hacia la hoja, observando detalladamente el dibujo del pulpo que sostenía entre sus dedos. Y entonces, ocurrió un milagro que Nakamura jamás habría sido capaz de imaginar: una sonrisa genuina, libre de cualquier rastro de falsedad, iluminó por completo el rostro del omega. Con una suavidad que derretiría a cualquiera, extendió el brazo y le tendió el papel.
—Dibujas increíble, Nakamura. No dejes que te digan lo contrario —dijo Hirose, con una voz suave que sonó como música para los oídos del pelinegro.
Nakamura recibió el papel con los dedos temblando de forma incontrolable, temiendo romperlo él mismo. Estaba completamente mudo, con la garganta seca y sintiendo cómo sus orejas y mejillas se teñían de un rojo muy intenso. No pudo articular ni una sola palabra de agradecimiento, limitándose a asentir torpemente con la cabeza.
Mientras Hirose se levantaba del suelo con gracia natural, sacudía su uniforme y le dedicaba una última mirada cálida antes de caminar hacia su propio asiento al otro lado del salón, el Alfa recesivo se quedó estático, arrodillado sobre el suelo. Su mano aún aferraba el dibujo del pulpo contra su pecho, sintiendo cómo su corazón latía a mil por hora.
Nakamura miró el llavero roto en el suelo y luego desvió la mirada hacia el perfil de Hirose. El Omega ya se encontraba en su lugar, rodeado instantáneamente por otros compañeros; traía puesta de nuevo su habitual sonrisa complaciente, esa máscara amable y perfecta con la que pretendía agradar a todos mientras ocultaba su cansancio.
Nakamura seguía sin entender absolutamente nada de lo que acababa de ocurrir. ¿Por qué el Omega dominante más codiciado y hermoso de toda la preparatoria acababa de mirarlo con semejante ternura? ¿Por qué se había tomado la molestia de agacharse por él? Pero, sobre todo, Nakamura se preguntaba, con la mente hecha un caos, por qué había tenido la extraña impresión de que su humilde aroma a café con leche y vainilla había sido el refugio más pacífico del mundo para alguien tan perfecto como Aiki Hirose.