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Blutsauger

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Sinopsis

En nombre de la única religión Dictamos sentencia y te condenamos A la piadosa purificación Del fuego y del dolor En manos de Dios tú debes de poner Tu alma, tu hacienda y todos tus pecados Acepta a Cristo y encomiéndate Pues pronto darás cuentas a Él La cantata del diablo Mägo De Oz

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Rossy__Bravo
Estado:
hace 4 meses
Capítulos:
6
Rating
5.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
16+

Prólogo~Pesadilla

Mi mente no podía pensar en otra cosa que no fuera dolor. El calor sofocante, pronto se volvió un infierno abrasador; las lenguas de fuego rozaban mi cuerpo, provocando un dolor agónico, penetrante y agudo que se expandía como una corriente eléctrica, insoportable. Me perforaba, desgarraba y consumía capa por capa de piel, despegando y derritiendo hasta llegar a la carne. No importaba lo que hiciera, gritar o tratar de manera inútil de apagar las llamas, el sufrimiento era tan abrumador que llegó a sentirse irreal y lejano, incluso ajeno. El olor a sangre, a piel y pelo quemado era más penetrante que el asfixiante humo denso.

Como último esfuerzo, elevé la vista y, entre las llamas y el humo, me vi a mí mismo de catorce años. Al cruzar miradas una nueva ola de emociones se instaló en mí —confusión, preocupación y miedo— reemplazando cualquier agonía física. Ante el pánico de lo que podía ocurrir, una voz que no era mía salió de mi garganta resonando lejana.

—¡Hijo, corre, sal de aquí— mis ojos se desviaron un instante hacia atrás de mi, donde una figura sombría tomaba forma, pero él yo frente a mi seguía sin reaccionar—, sácalo de aquí! — La orden de mi padre sonó como un estruendo entre el crepitar del fuego.

En un parpadeo la escena ante mis ojos cambió. Lo que se reveló ante mí fueron dos figuras abrazadas, aferradas la una a la otra; mi padre, ya casi irreconocible por los estragos del fuego, protegía el frágil cuerpo de mi abuela.

Quise por instinto correr hacia ellos, pero una fuerza descomunal me arrastró hacia atrás y fui empujado a través de una ventana. Sentí cómo los vidrios rotos desgarraban mi piel y lo último que sentí fue el vértigo de caer al vacío.

Envuelto en una rigidez que no le permitía mover ni un músculo del cuerpo, Vincent abrió los ojos de golpe en mitad de la madrugada, aún con el olor a humo en su nariz. Su corazón golpeaba con tal fuerza su pecho que sentía que en cualquier momento rompería sus costillas y estallaría dentro de él. Cada latido se expandía y repercutía en cada arteria de su cuerpo: cuello, sienes, articulaciones; el flujo sanguíneo era ensordecedor al pasar por sus oídos. Pero lo más angustiante era su incapacidad para respirar. El aire solo entraba a cuenta gotas entre jadeos cortos y apresurados, mientras una dolorosa opresión en el esternón le impedía llenar sus pulmones y un sudor frío recorrió su cuerpo, empapando su ropa y sábanas.

No era la primera vez que se despertaba en tal estado. Antes de que el pensamiento “me voy a morir” emergiera, Vincent sostuvo el poco aire que pudo capturar en sus pulmones: uno, dos, tres, cuatro… Cuando ya no pudo aguantar más, su boca se abrió y, como si se abrieran unas compuertas, el aire frío de la noche invernal entró de golpe a sus pulmones, llenándolos por completo. Sabía que no debía apresurarse; mantener la calma era primordial. Con cada respiración larga se concentraba en apaciguar su ritmo cardíaco. Después de unos minutos y de lograr la relajación de sus músculos, pudo recuperar la movilidad de su cuerpo. Se apartó los mechones de pelo negro pegajosos de la frente y se incorporó en la cama. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, ya todo había pasado.

Tomó la grabadora del velador, junto a una libreta negra donde registraba los fragmentos que lograba rescatar de sus pesadillas. No es que no recordara nada; de hecho, lo recordaba casi todo. La pesadilla se mezclaba con recuerdos de su pasado que se repetían como un bucle casi cada noche. La intención de registrar cada detalle era encontrar una explicación o respuesta a lo que había ocurrido. Pero como siempre, no había nada más de lo que ya sabía. Permaneció inmóvil, avanzando la cinta a través del ruido blanco, cazando susurros ocultos entre la estática. Lo habitual eran gemidos ahogados; roce de sábanas, palabras rotas que costaba entender pero que para él ya eran familiares: “¡No!”, “¡Basta!”, “¡Apáguenlo!”. Cuando la grabación concluyó, Vincent soltó un último suspiro de cansancio; exhausto. Todo aquello ya le parecía inútil.

Un gato negro observaba la escena desde la penumbra. Tras un instante de vacilación, saltó a la cama manteniendo distancia, como evaluándolo fijamente con sus grandes ojos ámbar. Luego se acercó decidido y se frotó contra su brazo buscando sus manos. Vincent lo acarició con ternura, y el ronroneo reconfortantemente áspero y vibrante del felino le alivió por unos segundos, pero tan rápido como llegó, el animal se alejó de él y desapareció entre la oscuridad.

Vincent decidió levantarse y dirigirse al baño. Se lavó la cara con agua fría y, al mirarse al espejo, se vio cansado, pálido y ojeroso. No pudo evitar el ardor en sus ojos, así que volvió a refrescarse el rostro. Se sentía patético: solo tenía diecisiete años, pero en el reflejo del espejo parecía un hombre de cuarenta que había caído en desgracia. Regresó a la cama sin mirar la hora; el despertador sonaría en cualquier momento, y quería descansar lo más posible antes de levantarse para ir al trabajo.

Era finales del otoño y el frío se colaba por todas las grietas del pequeño departamento. La ventana de su cuarto estaba cubierta por una gruesa frazada y aún así no era suficiente para contener el frío que emanaba del vidrio. Vincent se arropó con el grueso tapado de cuatro capas y acercó las piernas al pecho para conservar el poco calor que emanaba de su delgado cuerpo. Por suerte el cansancio era más fuerte que el frío, y poco a poco el sueño lo arrastró de vuelta a la oscuridad.



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Diálogos potentes

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