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La Frecuencia de mi Vida

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Sinopsis

Este libro no nació en un escritorio de lujo ni bajo la disciplina de un escritor profesional. Nació en los momentos de mayor silencio y en los instantes de mayor ruido. Estas páginas son el resultado de un ajuste de cuentas conmigo mismo, un intento de poner en orden los cables que se enredaron en mi camino. No pretendo dar lecciones de vida, ni venderme como alguien que tiene todas las respuestas. Al contrario, este relato es para quienes, como yo, han sentido que la vida se les escapaba de las manos y han tenido que aprender, a base de golpes y errores, que la única forma de avanzar es siendo totalmente honesto con uno mismo. Si encuentras algo en estas líneas que resuene contigo, si te ayuda a ver tu propia "frecuencia" con mayor claridad, entonces el esfuerzo de escribirlo habrá valido la pena. Bienvenido a mi historia. Sin filtros, tal como sucedió

Estado:
hace 4 meses
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

El Niño Que Aprendió A Sonreír


Capítulo 1

El niño que aprendió a sonreír entre las tormentas

Hay quienes recuerdan su infancia por los juguetes que tuvieron. Yo la recuerdo por los sonidos.

Recuerdo el canto de los pájaros al caer la tarde mientras buscaban refugio en los árboles de la plaza. Recuerdo la música de los bailes que se escuchaba desde mi casa cada fin de semana. Recuerdo las risas de mis primos corriendo entre las parcelas de maíz, el agua del estanque que para nosotros era una alberca de lujo y el ruido de nuestros pasos hundiéndose en el lodo mientras jugábamos a los balazos con pistolas de juguete.

Crecí en un rancho donde la libertad no se medía por el dinero, sino por la posibilidad de salir de casa desde la mañana y regresar hasta que el sol comenzara a esconderse. Éramos niños de verdad: nos ensuciábamos, explorábamos, inventábamos aventuras y convertíamos cualquier lugar en un mundo nuevo.

Éramos felices con muy poco.

Pero mientras afuera todo parecía sencillo, dentro de mi casa existía otra realidad.

Mi familia estaba formada por cuatro personas: mi mamá, mi papá, mi hermano y yo. Aunque decirlo así hace parecer que siempre estuvimos juntos, la verdad es que la ausencia de mi papá marcó buena parte de mi infancia. Los fines de semana muchas veces significaban incertidumbre. Él llegaba tarde, a veces después de haber tomado, con historias de asaltos, de dinero perdido o de cualquier explicación que intentara justificar lo injustificable.

Quien realmente sostuvo nuestro hogar fue mi mamá.

Nunca permitió que sintiera que me faltaba lo indispensable. Mis cumpleaños llegaban, mis necesidades estaban cubiertas y, aunque ella cargaba preocupaciones que yo apenas alcanzaba a entender, siempre encontró la manera de seguir adelante.

Con los años entendí que muchas personas recuerdan su infancia por lo que les hizo falta. Yo aprendí que, aun cuando había problemas, también había amor. Y ese amor tenía el rostro de mi madre.

Desde muy pequeño descubrí que me gustaba ayudar.

En el pueblo había quienes decían: “Si necesitan un favor, búsquenlos a ellos; ellos sí ayudan.” Aquellas palabras se quedaron conmigo. Nunca fui bueno para negarme cuando alguien necesitaba algo. Me hacía sentir útil, necesario, parte de algo más grande que yo.

También descubrí otra necesidad que me acompañaría durante muchos años: quería que me vieran.

No porque quisiera ser mejor que los demás, sino porque me gustaba dejar huella.

Bailé danza desde los siete años. Mientras muchos seguían los pasos de forma normal, yo bailaba de puntitas. Era mi manera de distinguirme. Más adelante entré al grupo musical del pueblo. Me emocionaba participar, aprender y sentir que, de alguna manera, la gente recordaba quién era yo.

Mirando hacia atrás, entiendo que no buscaba fama.

Buscaba existir en la memoria de los demás.

No toda mi infancia fue sencilla.

Hubo momentos en que algunos niños me hicieron sentir diferente por el color de mi piel. Eran comentarios que dolían. A esa edad uno todavía no entiende por qué alguien puede hacerte sentir menos por algo que no elegiste.

Sin embargo, había algo curioso en mí.

Me dolía…

…pero después volvía a jugar.

Nunca aprendí a cargar el dolor durante demasiado tiempo. Parecía que la vida siempre encontraba la manera de devolverme una sonrisa.

En mi familia también aprendí dos formas distintas de amar.

Con mis abuelos paternos conocí el cariño que consiente. Fui el primer nieto. Mi abuelo Gerardo me hacía sentir especial. Siempre encontraba la forma de darme un gusto, de hacerme sentir protegido. Para un niño, eso significaba tener la certeza de que había alguien capaz de resolver cualquier problema.

Con mis abuelos maternos aprendí algo diferente.

Ellos me enseñaron que las cosas se ganan.

Si quería algo, primero tenía que ayudar. Mi abuelo trabajaba con un camión de arena y yo lo acompañaba. Mi abuelita cocinaba para reuniones familiares y yo era quien alimentaba el fuego con leña. En diciembre me encantaba ayudar a construir el nacimiento. Disfrutaba acomodar cada detalle, cada color, cada figura.

Nunca sentí que me estuvieran obligando.

Me gustaba participar.

Quizá desde entonces entendí que trabajar también podía ser una forma de demostrar amor.

Pero si existe una pérdida que partió mi infancia en dos, esa fue la muerte de mi abuelo Gerardo.

Todavía hoy, cuando la vida se pone difícil, hay momentos en los que pienso en él. No por los regalos que podía comprarme, sino porque mientras él estuvo presente, yo sentía que todo iba a salir bien.

Con su partida perdí algo más profundo que un abuelo.

Perdí una sensación de seguridad.

Aun así, la vida siguió.

Y yo seguí con ella.

Porque si algo aprendí desde muy pequeño fue que siempre había otro camino por explorar.

Con el tiempo esa idea terminó convirtiéndose en una frase que todavía hoy me acompaña:

”¿Cómo voy a saber qué hay detrás del cerro si no me subo al cerro?”

Tal vez esa frase siempre habló de mucho más que un cerro.

Tal vez, sin saberlo, desde niño ya estaba aprendiendo a enfrentar la vida.

¡Cuéntale a Milton Jesús Betancourt Medina lo que piensas sobre este capítulo!
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