UN REFUGIO
Aprendí a ser alguien, calculador paciente así como un depredador que espera a su presa y llega justo en el momento perfecto, me volví el cazador por qué incluso algunos depredadores necesitan ser cazados y otros solo domados.
Las puertas dobles de cristal se abrieron sin hacer ruido. Anthony entró primero, con al ropa desaliñada, la respiración agitada y el sudor frío como quien viene huyendo de una masacre. Detrás de él, los pocos hombres que le quedaban en pie vigilaban en los pasillos con la manos pegadas a las armas, asustados.
El despacho era un oasis de luz tenue, cristal y silencio al fondo, detrás de un imponente escritorio de caoba, Gael se reclinó en su silla de cuero italiano. No tenía escoltas a la vista no las necesitaba, su traje gris a la medida estaba impecable, y sus ojos jóvenes reflejaban la frialdad de un veterano.
—Los estaba esperando—dijo Gael, con una voz pausada que hizo eco en la habitación—.Solo no me imaginé verlos así, hola Tony
Anthony dió tres pasos rápidos y golpeó el borde del escritorio con la palmas de las manos inclinándose hacia él con los ojos inyectados en sangre.
—Gael, te enteraste de lo que ocurrió, no es que fueras un imbécil—escupió Anthony, conteniendo la rabia—. Lo que no quiero es pensar que tú tuviste algo que ver...por qué si es así te juro que aquí mismo te mato.
Los hombres de Anthony se pensaron pero Gael ni siquiera parpadeó. No sé hizo hacia atrás ni llevo las manos al saco. Al contrario, esbozó una ligera y casi imperceptible sonrisa mientras entrelazaba los dedos sobre el escritorio.
—Por favor, Tony...—respondio Gael, con un tono peligrosamente suave—. Si quisiera matarte, lo hubiera hecho hace 6 meses cuando, cuando infiltraste a ese chiquillo de diecinueve años en mi área finanzas y los hiciste pasar por un pasante de universidad.
Anthony se congelo. La amenaza se murió en la garganta.
—La diferencia—continuó Gael, clavándole la mirada— es que yo le ofrecí una cifra de seis dígitos; una suma mucho mejor que las migajas que tú le pagabas. Hoy es un empleado exelente en mis cuentas en el extranjero. Así que gracias por el regalito... Así que si ya terminaste de gritar en mi oficina, siéntate y dime cuántos hombres te quedan.
Anthony soltó una risa amarga, dando un paso atrás, cruzándose de brazos con al arrogancia que ya tocó fondo en el pozo.
—Y para serte honesto, Gael...—soltó Anthony, entrecerrando los ojos—, yo le di la información sobre ti y Laila... —Anthony hizo una pausa, saboreando el veneno—. Su muerte fue un pequeño golpe, lo admito. Era una mujer muy inteligente como pocas en este negocio Pero como decía ella una de cal por dos de arena.
El nombre de Laila floro en el aire del despacho como un gas venenoso.
Los hombres de Anthony contuvieron el aliento. Todos sabían quién era Laila y los que significaba para Gael. El silencio que siguió fue sepulcral, denso, de esos que duelen en los oídos.
Por primera vez en la noche, el rostro de Gael cambió. No sé alteró, no gritó Pero la calidez fingida de su mirada desapareció por completo, reemplazada por una fijeza oscura, casi inhimana. Sus dedos, aún entrelazados, se apretaron imperceptiblemente hasta que los nudillos se pudieron blancos.
Gael guardo silencio durante cinco segundos eternos, mirando a Anthony como si estuviera viendo a un muerto que todavía camina. Finalmente se reclinó despacio en su silla de cuero y exhaló un suspiro suave, casi aburrido.
—Tienes razón. Tony. Laila era brillante —dijo Gael, y su voz bajo un octavo de tono, volviéndose un susurró gélido —. El problema con las personas como tú es que creen que el mundo aún gira a su alrededor. Aún no lo entiendes verdad.
Gael seguro la mano a su escritorio y le dió un suave toque a la pantalla de su tableta.
—Acabo de congelar tus cuentas puente en el extranjero donde guardas el setenta por ciento del dinero que te quedaba para pagarle a tus hombres. En este preciso momento, tus soldados acaban de recibir un mensaje a sus teléfonos: el que me traiga tu cabeza se queda con al clave de cobro de su propia cuenta y el aisló de mi organización. El resto... morirá de hambre o cazados en la calle.
Gael levantó la vista y le regaló a Anthony una sonrisa vacía, muerta.
—Una de cal, Tony. Veamos cuantas de arena aguantas antes de que tus propios hombres te cobren la deuda de Laila. Tienen tres minutos antes de que la seguridad apague las luces de este piso. Corran.








