Chapter 1
El aroma del café recién hecho inundaba el piso ejecutivo mientras Carolina López avanzaba a paso rápido por el pasillo, sosteniendo un vaso de cartón en una mano y una tableta en la otra. El auricular inalámbrico en su oído no dejaba de transmitir mensajes desde recepción.
—Señorita López, el señor Morrison solicita una reunión con el señor Ramírez. Es sobre la propiedad de Lake Avenue —informó una voz femenina.
—Agéndelo para el jueves a las trece horas —respondió Carolina sin disminuir el paso, esquivando empleados que iban y venían entre escritorios, impresoras que no dejaban de funcionar y conversaciones cruzadas.
Llegó frente a la oficina de su jefe y tocó dos veces antes de entrar.
Dentro, Sergio Ramírez estaba completamente recostado en su silla, con los pies apoyados sobre el escritorio. Hablaba por teléfono entre risas.
—No, amor... esta noche reservé en ese restaurante que te gusta. Sí, sí... después pasamos por el centro comercial.
Al verla entrar, levantó un dedo indicándole que esperara.
Carolina permaneció de pie durante casi un minuto, sosteniendo el café mientras Sergio seguía conversando de asuntos completamente triviales.
Finalmente colgó.
—¿Qué sucede?
Carolina dejó el vaso sobre el escritorio.
—El señor Morrison solicita una entrevista con usted.
—Perfecto.
Tomó un sorbo de café y sonrió satisfecho.
—Carolina... eres la mejor. ¿Sabes? Gracias a ti este mes vendimos seis propiedades.
Ella sonrió con cortesía.
—Gracias, señor. Ya que menciona los resultados... ¿podríamos hablar de mi aumento?
Sergio desvió la mirada hacia el reloj de pulsera.
—Uy... mira la hora. Se me hace tarde.
Carolina frunció el ceño.
—¿Tarde para qué? No tiene nada programado esta tarde.
Él tomó su saco del respaldo de la silla.
—Voy a visitar a mi madre. Hablamos de eso otro día.
Carolina dio un paso hacia él.
—Señor, espere. Yo solo...
Pero Sergio ya había salido de la oficina sin volver la vista atrás.
Carolina dejó escapar un largo suspiro.
—Algún día...
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Aquella noche, las luces tenues de un restaurante del centro de Washington iluminaban una mesa ocupada por cuatro amigas de toda la vida.
Una copa de vino descansaba frente a cada una.
—¿Y se fue? —preguntó Miranda Hallen, incrédula.
Carolina bebió un pequeño sorbo.
—Sí. No quiso hablar del aumento.
Louisiana Frost negó con la cabeza.
—Qué maldito... ¿por qué hace eso? Gracias a ti ese hombre todavía mantiene su trabajo.
—Mierda... es un hijo de perra —añadió Vanessa Hudgens sin ningún reparo.
Carolina soltó una pequeña risa.
—No exageren.
—¿Que no exageremos? —replicó Miranda—. Cariño, tú haces su agenda, cierras reuniones, organizas las visitas, solucionas los problemas con los clientes y hasta recuerdas el cumpleaños de su esposa.
—Y él se lleva todo el mérito —agregó Louisiana.
—Exactamente —dijo Vanessa mientras señalaba a Carolina con la copa—. Tú deberías ser la ejecutiva, no su asistente.
Carolina giró lentamente el vino dentro de la copa.
—Supongo que algún día llegará mi oportunidad.
Las cuatro permanecieron un rato más conversando de cualquier cosa. Historias del trabajo, anécdotas de la universidad y planes para el fin de semana hicieron que las risas reemplazaran por un momento el mal sabor que Carolina arrastraba desde la oficina.
Poco antes de las diez y media, se despidieron con un abrazo.
—Llámame si ese idiota vuelve a hacerte algo —dijo Louisiana.
—O si decides renunciar —añadió Vanessa.
—O si, por fin, aceptas una cita a ciegas —insistió Miranda con una sonrisa traviesa.
Carolina negó entre risas.
—Buenas noches, chicas.
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La autopista estaba despejada.
Las luces de Washington se reflejaban sobre el parabrisas mientras Carolina conducía tranquilamente rumbo a su departamento.
Con un toque encendió la radio del automóvil.
Los primeros acordes de I Love You, de Aidan Gallagher, comenzaron a llenar el habitáculo.
Carolina sonrió apenas.
Sin darse cuenta, comenzó a acompañar el ritmo dando suaves golpecitos con los dedos sobre el volante, mientras movía ligeramente la cabeza al compás de la música.
Al llegar a un semáforo en rojo, detuvo el automóvil.
Giró la mirada hacia la derecha.
En un pequeño restaurante aún abierto, una pareja compartía una pizza entre risas. Él limpiaba con una servilleta un poco de salsa que había quedado en la comisura de los labios de ella, y ambos volvieron a reír.
Carolina los observó durante unos segundos.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Qué bonito...
La luz cambió a verde.
Volvió a concentrarse en el camino.
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Media hora después estacionó frente a su edificio.
Subió hasta su departamento, abrió la puerta y dejó las llaves sobre el recibidor.
—Llegué.
Desde la sala solo obtuvo una respuesta seca.
—Al fin.
José permanecía tirado en el sofá viendo un partido de básquet por televisión. Una lata de cerveza descansaba sobre la mesa de centro junto a otras dos vacías. Había platos sucios, envoltorios de comida y ropa desordenada por toda la sala.
Carolina recorrió el departamento con la mirada.
La cocina estaba exactamente igual que esa mañana.
Suspiró con cansancio.
—Cocina algo. No he cenado —dijo José sin apartar la vista del televisor.
Carolina miró el reloj de pared.
Las once de la noche.
—Son las once... y vengo cansada. Cocínate tú.
José soltó una risa.
—Oh, vamos, cariño. Hazme algo de comer. Tu comida es mucho mejor que la mía.
Se levantó del sofá y caminó hasta ella.
Mientras Carolina se quitaba los zapatos, él la abrazó por detrás con intención de convencerla.
Ella tomó sus brazos y los apartó de inmediato.
—¿No me has oído?
José levantó las manos con gesto despreocupado.
—Vaya... qué mal humor tienes hoy.
Carolina dejó el bolso sobre una silla.
—No es mal humor. Llevo todo el día trabajando mientras tú has estado aquí sin hacer absolutamente nada.
José bufó.
—Ya vas a empezar otra vez...
—¿Empezar qué? ¿A pedir un poco de ayuda en la casa? ¿A esperar que cocines una sola vez o que al menos laves los platos que ensucias?
Él tomó otra cerveza del refrigerador.
—Qué dramática eres.
Carolina cerró los ojos un instante.
José se encogió de hombros.
—Haz lo que quieras. Yo me voy a dormir.
Terminó su cerveza, apagó el televisor y, antes de entrar al dormitorio, se acercó a Carolina para darle un beso rápido y completamente carente de afecto.
—Buenas noches.
—Buenas noches... —respondió ella con un tono apagado.
Un instante después, la puerta del dormitorio se cerró.
El departamento quedó en absoluto silencio.
Carolina soltó un profundo suspiro.
Sin decir una palabra, recogió las latas vacías, lavó los platos acumulados en el fregadero, limpió la cocina y puso una carga de ropa a lavar.
Cuarenta y cinco minutos después, entró al dormitorio para buscar más ropa sucia.
José ya dormía profundamente, boca arriba, roncando con tranquilidad.
Ella tomó algunas prendas del suelo y salió sin hacer ruido.
Terminó de ordenar el departamento y, cuando por fin todo estuvo limpio, llenó un vaso con agua y se sentó en la mesa del comedor.
Bebió un largo trago.
—Estoy cansada... —murmuró para sí misma.
En ese momento escuchó un leve maullido proveniente de la ventana.
Sonrió por primera vez en toda la noche.
Abrió la ventana corrediza y un pequeño gato callejero de pelaje naranja saltó con agilidad hasta el alféizar.
—Comenzaba a preguntarme cuándo vendrías... Ya estaba extrañando tu compañía, Bigotes.
Abrió el refrigerador, tomó un pequeño trozo de pollo que había sobrado del día anterior y lo dejó sobre un platito.
El gato comenzó a comer mientras ella le acariciaba suavemente la cabeza.
Bigotes era un visitante habitual.
No tenía dueño. Simplemente aparecía algunas noches en busca de comida, unas cuantas caricias y un lugar tranquilo donde descansar unos minutos.
Carolina apoyó los codos sobre el marco de la ventana y observó las luces de la ciudad.
Por extraño que pareciera, aquel pequeño gato era el único que lograba hacerla olvidar, aunque fuera por un instante, el peso de un día tan agotador. Y esa pequeña visita bastó para cerrar la noche con algo parecido a la calma.








