Prólogo
—Edward… sol mío —comenzó Hannah, que yacía en el sillón, con una voz cansada y frágil.
—No lo hagas… las cosas suceden por una razón. Así como sucedió que yo te conociera.
Edward estaba hincado frente al sofá, sosteniendo el rostro de Hannah entre sus frías manos.
—Por favor, amor… quédate conmigo— suplicó el castaño.
—Edward… te amo, lo sabes, ¿no?
—No me hagas esto… por favor. No me dejes.
—Por favor, continúa sin mí. Hazlo por Esme, por Carlisle, por tus hermanos… no te destruyas por mí. Vive por mí.
El vampiro podía sentir en sus manos y oír cómo su pulso se debilitaba cada vez más, haciendo que su pecho se llenara de un miedo insoportable.
Se inclinó hacia ella y la besó, como si quisiera guardar ese momento para siempre.
—Por favor… quédate.
A pesar de sus súplicas, Hannah se sentía cada vez más agotada, como si un pesado sueño la arrastrara cada vez más profundo, hacia un descanso interminable.
—Vive, Edward. Te amo, mi sol —dijo la castaña mientras alzaba débilmente su mano hasta acariciar la fría mejilla del vampiro.
—Te amo, vida mía —sollozó Edward.
Los ojos de la castaña se cerraron lentamente, y cuando Edward dejó de escuchar la música de sus tristes latidos, la abrazó con fuerza, como si así pudiera evitar que se fuera.








