Personalizar legibilidad
Aa

El Juramento de Sangre y Ceniza tras el Velo

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Elara Veyne puede ver a los muertos, pero cuando presencia cómo arrancan la sombra de un hombre vivo, se convierte en el siguiente objetivo de algo mucho más oscuro. Marcada por un antiguo sigilo, es arrastrada a un mundo oculto donde el Velo entre la vida y la oscuridad comienza a romperse. Su única alianza es Cael, un inmortal peligroso con un pasado lleno de traición y un vínculo con su destino capaz de destruirlos a ambos. Mientras el deseo y el poder chocan, Elara deberá decidir: salvar el mundo… o confiar en quien está destinado a condenarlo.

Genero:
Romance
Autor/a:
Isabel Medel
Estado:
Completado
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1 – La marca despierta

El archivo municipal tenía un olor particular que Elara ya no notaba al entrar, pero que regresaba siempre que alguien nuevo cruzaba la puerta y fruncía la nariz con discreta incomodidad. Era una mezcla de papel envejecido, madera barnizada, polvo fino y humedad atrapada demasiado tiempo entre muros antiguos. A veces también había un rastro metálico, como si la historia misma sangrara en silencio entre las estanterías. Elara había llegado a pensar que ese olor era lo más cercano que aquel edificio tenía a una respiración.

Le gustaba trabajar allí.

O, al menos, le gustaba más que cualquier otro lugar donde había estado.

Había algo reconfortante en el orden. En las cajas etiquetadas con letra limpia. En los expedientes encuadernados por décadas. En las fichas minuciosas que registraban nacimientos, defunciones, matrículas, ventas de propiedades, cambios de nombre, incidentes menores, disputas entre vecinos, todo ese caudal de vidas ajenas reducido a fechas y líneas rectas. El caos del mundo, si se clasificaba bien, podía fingir por un rato que tenía sentido.

Elara acomodó una carpeta en el estante correspondiente y pasó los dedos por el lomo de cuero desgastado antes de soltarlo. La luz de la tarde se colaba en franjas opacas por los ventanales altos, apagada por una capa de polvo que se había adherido al cristal con los años. Entre esas bandas de claridad y sombra, el silencio parecía espeso, casi material.

Esa era la hora que ella prefería.

Cuando el edificio empezaba a vaciarse y los pasos ajenos desaparecían por completo, el archivo se transformaba en otra cosa. Ya no era solo un lugar de trabajo. Se volvía un organismo inmóvil, lleno de rincones en los que la quietud tenía peso. Elara había aprendido, desde pequeña, que en el silencio absoluto era más fácil escuchar lo que otros no oían.

A veces eran susurros.

A veces, el roce de algo que ya no tenía cuerpo.

A veces, una presencia detenida en el borde de su visión, que desaparecía justo cuando intentaba mirarla de frente.

No se lo había contado a nadie.

Ni a su madre, cuando aún vivía. Ni a los médicos que habían revisado su ansiedad con la calma educada de quien busca un nombre razonable para lo inexplicable. Ni a los sacerdotes, ni a las amigas de adolescencia, ni a los hombres que durante un tiempo habían intentado acercarse a ella con paciencia o con hambre, dependiendo del tipo de interés que tuvieran.

Porque ¿cómo se decía algo así en voz alta?

Veo muertos.

No exactamente muertos, se corregía a sí misma algunas noches. No siempre muertos. Algunas cosas no parecían saber que habían dejado de pertenecer del todo al mundo.

Elara cerró un libro de registros y consultó la hora en su reloj de pulsera. Casi las siete. Debería marcharse pronto. El supervisor ya se había ido, como casi siempre, dejándole la responsabilidad de cerrar la sala de documentos antiguos y revisar que las vitrinas quedaran aseguradas. No le importaba. En realidad, agradecía esa última hora en soledad.

Sin embargo, esa tarde había algo distinto.

No era una sensación clara. No aún. Más bien una leve alteración en el aire, como la presión que precede a una tormenta o la electricidad que se acumula antes de que una bombilla explote. Elara alzó la vista hacia la esquina más lejana de la sala principal, donde los archivadores metálicos formaban una línea gris y uniforme contra la pared.

Nada.

Volvió al trabajo.

Pero la incomodidad no se disipó. Se instaló más hondo, detrás de las costillas, donde la intuición se mezclaba con el miedo. Elara estaba acostumbrada a ese tipo de advertencias no dichas. Su cuerpo las reconocía antes que su mente. Y su cuerpo, esa tarde, se había tensado como si algo invisible hubiera cruzado una puerta que no debía abrirse.

No estás sola, pensó.

Después corrigió el impulso.

No. Eso era una tontería. No le ayudaba nombrarlo. Si lo hacía, le daba forma. Y lo que tenía forma, a veces, podía responder.

Terminó de clasificar una serie de documentos sobre donaciones de terreno y los depositó en su caja correspondiente. El sonido de las hojas al deslizarse entre sí fue el único ruido durante varios segundos. Al otro lado del vidrio, la tarde seguía deshaciéndose en un gris lento sobre las calles del centro de la ciudad. El tráfico ya sonaba lejano. Algún autobús pasó, dejando un zumbido breve junto a la avenida. Luego nada.

Entonces oyó el primer crujido.

Se quedó quieta.

Fue apenas un roce. Un sonido demasiado suave para atribuirlo al edificio. El archivo era viejo, sí, pero Elara conocía su lenguaje: las tuberías que se expandían con el frío, la madera que se asentaba, el ascensor del sótano que protestaba cuando alguien lo usaba sin avisar. Ese ruido no pertenecía a ninguna de esas cosas.

Alzó la cabeza despacio.

—¿Señor Gutiérrez? —llamó hacia el pasillo.

Su voz salió más baja de lo que esperaba.

Nadie respondió.

Elara esperó un instante, con una mano aún sobre el borde de la mesa. Escuchó el zumbido apagado de los fluorescentes, el leve susurro del sistema de ventilación y, por debajo de todo, algo más difícil de definir: una pausa espesa, una ausencia de sonido donde debería haber habido continuidad.

Su piel se erizó.

El edificio cambió.

No sabría explicarlo de otro modo. A veces el mundo se alteraba en una fracción de segundo y, aunque nada visible lo anunciara, ella lo percibía como se percibe un descenso brusco de temperatura o una mirada fija en la nuca. El aire se volvió más frío. La luz pareció contraerse. Incluso el olor del lugar se intensificó, como si la humedad antigua se hubiera vuelto repentinamente más densa.

Elara cerró el expediente que tenía delante y dejó la carpeta alineada con extremo cuidado.

No corras. Nunca corras.

Había aprendido esa regla siendo niña, mucho antes de saber ponerle nombre a lo que veía. Cuando algo la seguía, el movimiento desesperado llamaba más la atención. El miedo tenía una manera de volverse visible. Su abuela lo decía de forma supersticiosa; Elara, con los años, comprendió que no era superstición en absoluto.

Caminó hacia el pasillo principal con el mismo paso controlado con el que habría ido a la cocina por un vaso de agua. Las estanterías se alzaban a ambos lados como costillas de hierro y madera. Algunas luces estaban apagadas por sectores, lo que dejaba franjas de sombra entre las filas de documentos. Ese lugar siempre había parecido una catedral sin fe: alto, frío, lleno de memoria y sin ningún dios a quien rendirle cuentas.

Un ruido amortiguado llegó desde la sala de documentos antiguos.

Elara se detuvo.

Otro golpe, más seco esta vez.

Algo pesado había caído.

O alguien.

La garganta se le cerró por reflejo.

No vayas, dijo una voz dentro de ella.

Pero ya estaba avanzando.

La puerta de la sala de documentos antiguos quedaba al final del corredor lateral, medio oculta detrás de una vitrina cerrada con llave. Elara rara vez iba allí al final del día. Era una habitación reservada para archivos sin catalogar, hallazgos viejos, papeles manchados por el tiempo, libros que nadie había reclamado y que, por alguna razón, parecían preferir la penumbra. Había algo en ese cuarto que siempre le había resultado desagradable. No por suciedad ni desorden, sino por el modo en que el silencio se volvía diferente allí dentro. Más atento. Más vivo.

La puerta estaba entreabierta.

Elara se detuvo a dos pasos, sin tocarla.

Una luz amarillenta escapaba por la rendija. No debía estar encendida; el interruptor de esa sala llevaba semanas fallando. La bombilla interior parpadeaba a intervalos lentos, y cada destello hacía que el contorno de la puerta respirara hacia fuera y hacia dentro, como si algo detrás de ella esperara el momento exacto para salir.

Elara apoyó la mano en el marco y empujó con cuidado.

El olor la golpeó primero.

Sangre.

No era un olor fuerte, no todavía. Más bien una presencia metálica, tibia, reciente, mezclada con el polvo viejo de los libros y una fragancia amarga, casi quemada, que le hizo pensar en metal mojado sobre una llama.

Levantó la mirada.

Había un hombre arrodillado en el centro de la sala.

Tenía las manos atadas a la espalda con una cuerda fina, las muñecas ya enrojecidas por la fricción. Su camisa blanca estaba empapada de sangre en un costado, y la tela adherida al cuerpo le dibujaba una curva oscura sobre las costillas. La cabeza le caía hacia delante, como si apenas le quedara fuerza para sostenerla. El pelo, corto y castaño, se le pegaba a la frente sudorosa. Un gemido húmedo escapó de su boca cuando trató de enderezarse.

Elara sintió que el pulso le golpeaba detrás de los ojos.

Frente a él, de pie en el centro exacto del cuarto, había una figura vestida de negro.

Alta. Demasiado quieta.

El traje o la capa —Elara no pudo distinguirlo con claridad— absorbía la luz más que reflejarla. No le veía el rostro, solo el perfil de una mandíbula pálida y una línea oscura donde debería haber estado la mirada. En la mesa cercana, varios objetos estaban alineados con una precisión perturbadora: una vela consumida a medias, un cuenco de cerámica, un cuchillo pequeño de hoja oscura, y algo más difícil de identificar que parecía una tira de tela empapada.

El hombre levantó la cabeza.

—Por favor… —dijo con voz rota—. Se lo he dicho todo. No sé nada más.

La figura inclinó apenas la cabeza, como si escuchara una música lejana.

—Todos dicen eso al final.

La voz no era alta. Ni siquiera especialmente amenazante.

Eso la hacía peor.

Había una calma en ella que no pertenecía a los vivos. No era el tono de un asesino furioso, ni el de un loco exaltado. Era algo más antiguo, más frío, como si la violencia no fuera un impulso sino una costumbre.

Elara sintió náuseas.

Retrocedió un paso, con la respiración atrapada en la mitad del pecho. El suelo crujió bajo la suela de su zapato.

La figura alzó la cabeza.

El hombre atado giró también el rostro, aterrorizado.

Los ojos de ambos se dirigieron hacia la puerta.

Elara se quedó inmóvil, con un estremecimiento que le recorrió toda la espalda.

La figura no la miró como un humano habría mirado a otra persona. No había sorpresa. Ni siquiera curiosidad inmediata. Solo una certeza absoluta, como si supiera desde el principio que ella estaba allí.

Los labios ocultos bajo la sombra de la capucha o del ángulo del rostro se movieron.

—Tú no deberías haber entrado.

Elara no respondió. No podía.

En su mente irrumpió una imagen absurda: la niña que una vez había sido, escondida bajo la mesa de la cocina mientras su madre lloraba en la habitación contigua, convencida de que el mundo solo era peligroso cuando alguien lo nombraba. Aquello era parecido. Un peligro que se volvía más real por la sola posibilidad de reconocerlo.

—Yo… —logró decir, y la voz se le quebró.

La figura levantó una mano.

No hizo un gesto brusco ni teatral. Solo extendió los dedos con una parsimonia casi ritual.

El hombre comenzó a sacudirse.

Elara abrió más los ojos.

La sombra proyectada por el cuerpo de aquel hombre sobre el suelo tembló, se alargó, se retorció sobre sí misma… y luego dejó de obedecerlo. Durante un segundo la sombra siguió el contorno de su cuerpo con normalidad. Al siguiente, empezó a desprenderse por los bordes, como tinta que se despega del papel.

—No… —musitó el hombre, comprendiendo antes que ella.

La figura apretó los dedos.

Y la sombra fue arrancada.

El sonido que surgió de aquello no se parecía a nada que Elara hubiera escuchado jamás. No era un grito, aunque contenía uno. No era un desgarrón, aunque había carne invisible abriéndose. Era un lamento extendido, un latido roto, un eco que atravesó la sala con una violencia tan íntima que le heló los huesos.

Elara llevó ambas manos a la boca para no gritar con él.

La sombra se agitó en el aire como una criatura viva, alargada y oscura, retorciéndose con desesperación en un intento absurdo de regresar a su dueño. Pero la figura la sostuvo suspendida frente a sí con una facilidad insultante, como si aquello no pesara más que una cinta de humo. El hombre se dobló hacia delante, convulsionando en silencio. Sus ojos se desorbitaron por un instante. Después, su cuerpo quedó flácido, como si todo lo que daba sentido a su forma hubiera sido arrancado de raíz.

Cayó de costado al suelo.

Sin apenas ruido.

Sin la energía de una muerte normal.

Elara retrocedió otro paso, hipnotizada y horrorizada a la vez. Sintió un frío brutal en la base del cuello, como si alguien le hubiese derramado agua helada por la columna.

La figura giró la sombra entre las manos.

Y entonces, por primera vez, Elara comprendió que no estaba presenciando un asesinato común. Aquello era un ritual. Un método. Una cosa que la lógica no tenía derecho a explicar y, sin embargo, estaba sucediendo allí mismo, bajo la lámpara parpadeante, entre expedientes y polvo archivado.

La figura dejó caer la sombra al suelo.

No se desvaneció. No se disipó.

Se quedó allí, negra y húmeda, contorsionándose sobre las baldosas como un animal herido.

Elara dio un pequeño paso atrás.

La madera crujió.

El silencio cayó de golpe.

La figura levantó la cabeza con lentitud.

Elara supo, antes de verlo, que la había sentido.

Los ojos que emergieron de la sombra del rostro eran oscuros, sí, pero no vacíos. Eran demasiado atentos, demasiado despiertos. Había inteligencia en ellos, y algo peor: reconocimiento.

—Interesante —dijo la figura.

Elara sintió que la sangre se le iba de las manos.

No esperó a saber más.

Se giró y salió corriendo.

El corredor parecía más largo de lo normal. Las luces del techo comenzaron a parpadear una tras otra a medida que ella avanzaba, como si algo pasara por debajo del cableado y apagara el flujo eléctrico de un simple roce invisible. Sus pasos resonaban desordenados sobre el suelo encerado. El corazón le golpeaba con tanta fuerza que le dolía en la garganta.

No mires atrás.

No mires atrás.

El edificio entero parecía inclinarse a su alrededor, y durante una fracción de segundo Elara creyó oír otro ruido, más suave, más rápido, detrás de ella. No eran pasos humanos. Era otra cosa. Algo arrastrado. Algo que se deslizaba sin necesidad de tocar el suelo.

Apretó más el bolso contra su costado y dobló hacia el vestíbulo principal.

Solo unos metros más.

Solo—

Algo se cerró en torno a su muñeca.

Elara gritó y casi cayó de rodillas. No vio una mano. No sintió dedos. Solo un frío violento, una presión apretando su piel como una anilla de hielo. Trató de zafarse, golpeó el aire con la otra mano, retrocedió con un jadeo.

—Tú no estabas destinada a verlo —dijo la voz a su espalda.

Era la misma voz. Calma absoluta. A un palmo de su oído.

Elara se quedó rígida.

Todo su cuerpo se rebeló al mismo tiempo. El terror era tan intenso que casi la mareó. Quiso correr, gritar, despertar, cualquier cosa menos seguir allí.

—Suéltame —dijo, y apenas fue un hilo de aire.

La presión aumentó.

Dolió.

No como una herida abierta, sino como un fuego interno, una violencia contenida justo debajo de la piel. Elara soltó un gemido y el miedo se transformó en pura desesperación.

—No diré nada. No he visto nada.

Hubo una pausa.

Después, algo que pudo haber sido una sonrisa.

—Oh, lo sé.

Elara logró girar la cabeza lo suficiente para verlo por fin.

O para verlo un poco.

La figura estaba demasiado cerca. Su presencia ocupaba el aire entre ambos como si el espacio fuera suyo. La tela oscura caía en líneas rectas desde los hombros hasta el suelo. La luz parpadeante del vestíbulo le daba al rostro una forma incompleta; solo distinguió un perfil elegante, una piel clara, una boca sin expresión aparente.

No parecía un hombre común. Ni joven ni viejo. No del todo humano, tampoco del todo otra cosa. Había algo en su quietud que sugería una paciencia antigua, una clase de control que ya no necesitaba esfuerzo.

Elara sintió que le faltaba el aire.

—¿Qué eres? —susurró antes de poder detenerse.

La figura la observó con una calma que rozaba la burla.

—La persona equivocada —respondió.

Y entonces bajó la mirada a su muñeca.

Elara siguió ese gesto por reflejo.

Primero sintió calor.

Luego, un dolor tan intenso que le arrancó un grito.

La presión desapareció y ella cayó de rodillas sobre el suelo duro del vestíbulo. Se agarró la muñeca con la mano libre, jadeando, mientras un ardor insoportable subía por su brazo como si le hubieran vertido metal al rojo vivo bajo la piel. El dolor latía en oleadas, cada una peor que la anterior. Elara cerró los dientes con fuerza para no volver a gritar.

Algo se estaba formando allí.

Lo sintió antes de verlo.

Una escritura de fuego.

Una línea negra y viva que se extendía sobre su piel, fina, curvada, retorcida con precisión imposible. Primero dibujó un círculo incompleto. Luego se abrieron ramificaciones como raíces o espinas. Después aparecieron otros trazos, entrelazados con una simetría inquietante que recordaba un símbolo antiguo, demasiado viejo para pertenecer a una lengua humana.

La marca no era tinta.

No era una herida.

Era algo más íntimo, más maligno: un sello que se iba grabando con voluntad propia.

Elara levantó la vista con un sollozo ahogado.

La figura seguía de pie frente a ella, impasible, como si observase el resultado de un procedimiento esperado.

—Ahora sí lo dirás —dijo, con voz serena—. A su debido tiempo.

Elara negó con la cabeza, aturdida por el dolor.

—¿Qué me has hecho?

La figura no respondió.

Solo la miró.

Y en esa mirada había una certeza terrible, la clase de certeza que aplasta cualquier posibilidad de error. Elara entendió, con una claridad súbita y fría, que no se trataba de una advertencia casual ni de un castigo improvisado. No había sido elegida por accidente. La marca tenía un propósito. Era una señal. Una puerta. Una amenaza.

Y también un anuncio.

Algo la había visto.

Algo la había reconocido.

Algo venía por ella.

Las luces del vestíbulo estallaron en un parpadeo brusco. Elara alzó el brazo para protegerse el rostro, y cuando volvió a mirar, el pasillo estaba vacío.

No había nadie.

Ni sombra. Ni figura. Ni huella.

Solo el edificio, silencioso de nuevo, como si nada hubiera ocurrido.

Pero el olor persistía.

Sangre.

Polvo.

Y ese otro rastro, oscuro e imposible, que parecía haberse quedado suspendido en el aire.

Elara bajó lentamente la vista hacia su muñeca.

La marca seguía allí.

Ahora ya no ardía tanto. Ardía de otra manera. Como un corazón ajeno bajo la piel. Como una cosa viva que acabara de despertarse y aún estuviera decidiendo qué parte de su cuerpo reclamar primero.

Su respiración tembló.

Se puso en pie con dificultad, apoyándose en la pared para no caer otra vez. Las piernas no le respondían bien. Tenía los dedos entumecidos, la boca seca, y un zumbido creciente en los oídos que le dificultaba pensar.

Al otro lado del vestíbulo, el reloj de pared marcó las siete y once con un tic seco.

La normalidad del sonido la hizo sentir aún peor.

Elara recorrió el espacio con la mirada, esperando encontrar alguna explicación más pequeña, más humana, algo que pudiera convertirse en accidente o delirio o ataque de pánico. Pero no había nada. El hombre estaba muerto en la otra sala. Eso lo sabía. Y el resto, el vacío, la marca, la voz… todo seguía siendo real incluso si nadie más podía verlo.

Se apretó la muñeca con fuerza, como si pudiera borrar el símbolo con pura voluntad.

No funcionó.

La piel bajo sus dedos parecía tibia, casi pulsante.

¿Y si alguien la había tocado? ¿Y si la había seguido? ¿Y si el edificio entero estaba lleno de esa misma clase de presencia, esperando a que ella se moviera?

Elara tragó saliva.

Entonces oyó un sonido mínimo, casi imperceptible.

Un susurro.

No venía de la sala de documentos antiguos.

Venía de las escaleras del sótano.

Se quedó inmóvil.

Los pelillos de sus brazos se erizaron de nuevo.

El susurro volvió, esta vez más claro. No formaba palabras definidas, pero sí una cadencia, como si varias voces hablasen muy lejos, detrás de un muro, arrastrando sonidos que no querían convertirse en lenguaje.

Elara se acercó apenas un paso hacia el borde del vestíbulo.

Y fue entonces cuando lo entendió de verdad.

La marca no solo anunciaba que la habían elegido.

También la había señalado.

Como se señala una presa.

Como se marca una puerta antes de abrirla.

Una punzada de terror la atravesó con tanta fuerza que casi se dobló sobre sí misma. No podía quedarse allí. No podía llamar a la policía y explicar que un hombre había sido despojado de su sombra por una criatura vestida de negro. No podía decirle al mundo que tenía un símbolo ardiéndole en la muñeca y que, de algún modo, eso la convertía en un objetivo.

Todo en ella gritaba una única necesidad: huir.

Recuperó el bolso con manos temblorosas y avanzó hacia la salida principal, pero cada paso parecía más pesado que el anterior. El edificio entero se había vuelto distinto. Ya no era un refugio ni un lugar de rutina. Era una trampa. Un espacio contaminado por algo que no iba a irse cuando las puertas se cerraran.

Llegó a la entrada y empujó las puertas de cristal.

La noche la recibió con un aire húmedo y tibio. Las farolas del exterior brillaban sobre la acera vacía. Los coches pasaban por la avenida con indiferencia, ajenos a la muerte que acababa de abrirse en una sala del segundo piso. La ciudad seguía viva. El mundo seguía entero. Solo ella parecía haber sido arrancada de él.

Elara salió al umbral y respiró una vez, profundamente.

No ayudó.

El aire de fuera tenía el mismo gusto a metal que el del archivo.

Se detuvo en seco.

En el reflejo oscuro del cristal de la puerta vio algo detrás de sí.

No una figura completa.

Solo un movimiento.

Un borde de sombra que no pertenecía al vestíbulo ni a la calle.

Elara se giró al instante.

Nada.

Solo la entrada, la penumbra del interior y el eco de su propia respiración.

Pero el miedo ya se le había instalado en el cuerpo con la precisión de una aguja.

Miró de nuevo su muñeca.

La marca brilló apenas bajo la luz amarilla de la farola, como si respondiera a algo que ella no podía ver.

Entonces comprendió algo aún peor que la escena del cuarto.

No la habían marcado para advertirle.

La habían marcado para encontrarla.

Y quien la había hecho… sabía exactamente dónde buscarla.

Elara dio un paso atrás, luego otro, bajando la cabeza como si pudiera hacerse pequeña dentro de su propio abrigo. Cerró la mano sobre la marca, dolorida y temblorosa, y echó a andar con rapidez por la acera, sin mirar hacia los ventanales del archivo, sin permitirse mirar atrás.

En la esquina, una ráfaga de viento levantó una hoja seca y la hizo girar sobre el asfalto.

Elara casi se detuvo al sentirlo.

No era solo el viento.

Era la sensación de una presencia abriéndose paso detrás del mundo visible, rozando la superficie de las cosas con una paciencia terrible.

No sabía quién era esa figura de negro, ni qué había hecho exactamente en aquella sala, ni por qué su muñeca ardía como si llevara una brasa incrustada en la piel. Pero al cruzar la calle con el pulso desbocado y la boca seca, tuvo la certeza de que aquello no había terminado.

Ni siquiera había empezado del todo.

Porque la marca seguía viva.

Y algo, en algún lugar más allá de la noche, acababa de despertar al sentirla.

¡Cuéntale a Isabel Medel lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Merry Christmas - Adventskalender 2025

Aelyn Raven: Wieder eine tolle Geschichte. Leider bin ich erst jetzt dazu gekommen sie zu lesen, aber das tut der Geschichte keinen Abbruch *g* ich freue mich schon auf den nächsten Adventskalender

Leer ahora
Destino Secreto

Karin Rogowski: Gut geschrieben und beschrieben. Die Charaktere und Situationen sind stimmig und nehmen einen gefangen. Mich hat das Buch ab der ersten Zeile fasziniert, genau wie die anderen Bücher davor. Sehr guter Schreibstil und eine sehr gute Übersetzung, nebenbei bemerkt. Dankeschön, dass Du Deine Bücher ...

Leer ahora
My Playboy Roommate

luisasabato: Spitze! Sehr zu empfehlen und hoffe auf ein Happy End

Leer ahora
Off limits to fate, My Alpha, my sin

Susan Morris: I liked the flow of the story.

Leer ahora
Alpha’s Claim

Duckieusaf: Great read

Leer ahora
The Grumpy Next Door

lfayenrock: This book was absolutely great. I loved the fact that it was short, easy to read and complete. Look forward to reading more of your books. Thank you!

Leer ahora
Mystic Wolf

Jessica: Tbh I wasn't expecting much from this app but God damn this book was excellent. The character build up was slow at times but really on point because of it. The actions of the characters made sense and added depth to them instead of just feeling like the plot needed to be moved forward. I also never ...

Leer ahora
Bloodlines

miacoveventry92: Sad that it ended I was enjoying being sucked into this story since the first chapter. Beautiful story and I really hope there's a part two someday but as is it's a great story beginning to end and no cliffhanger at all.

Leer ahora
My Blacksmith Savior

Martina partsch: Eine liebenswerte,nette Liebesgeschichte mit einem emotionalen Happy End,fast wie im Märchen.Danke für die schöne Geschichte .

Leer ahora