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La mocosa no quiere criptomonedas (historia isekai de Bolivia)

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Sinopsis

una huérfana pobre de Latam es transportada a un mundo utópico, pero no todo es lo que parece

Estado:
Completado
Capítulos:
17
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Aventurero marcado

Notas previas del autor: La presente obra se inspira en los videos de Viva la Dirt League, y Dirty Pair, el comic inspirado en el anime y manga japonés.

La mocosa no quiere criptomonedas

Capítulo 1: Aventurero marcado

“En la vida, el amor es más importante que el dinero; no obstante, se puede vivir sin amor, pero no se puede vivir sin dinero” – CharmRing.

El día no revelaba nada extraordinario; la jornada, como de costumbre, paría los bocinazos de los autos, los llamados de las vendedoras y la indiferencia de los compradores. Un borracho de labio deformado por el alcohol y las drogas, dormitaba en plena calle, a tan solo un par de pasos de un perro que se meaba sobre un saco de arroz traído de la China de contrabando.

Tratando de romper la monotonía diaria y de paso, ganarse el pan duro de cada día, estaba una niña de cara sucia y rostro como de un mono pequeño. Uno pensaría que se trataba de un varón, después de todo, la pequeña vestía como un niño de once años no muy pulcro. La cazcarria se notaba en la parte baja de unos pantalones arrugados de color verde, vestía una camiseta tres tallas más grande que le correspondía.

Pese a lo escaso de su atuendo, no tiritaba de frío, si temblaba era otro el motivo para aquello: la emoción de dar un buen espectáculo.

Mirren a la Mia la niña maz fuerrte del paiz del mundo interu.

Así rezaba un cartel en una cartulina sucísima, la cual mostraba la baja calidad de la educación.

—¡Acérquense! ¡Verán algo nunca visto! Yo, la gran Mia, jalaré este camión solo con mis dientes.

Los transeúntes, atraídos por los gritos atiplados de la pequeña marimacho, formaron un corro de curiosos.

—Denme algo de dinero, aporten para el fondo antiasaltos —dijo y sonrió con desvergüenza. Luego de sorberse los mocos, se puso manos a la obra.

Fue hacia el parachoques de un viejo camión y ató una cadena delgada a aquel, estiró la cadena, parecía que quería tirar de esta, pero en vez de usar la patética fuerza de sus brazos delgados, mordió una goma que estaba sujeta en el eslabón más lejano.

Puso fuerza en sus piernas de pajillas y sus zapatos deportivos made in China, rasguñaban el asfalto, una sección impoluta de todos los baches que se veían alrededor y que clamaban por un pronto bacheo, ruego que desde hace años no era escuchado por ningún alcalde.

La incredulidad previa dio paso a miradas de asombro y exclamaciones apagadas. Contra todo pronóstico, la niña desnutrida jalaba con sus dientes el viejísimo camión, logrando que aquel avanzara varios centímetros.

Cuando la marcha pasó de los tres metros, la muchedumbre aplaudió a la niña que se dio por satisfecha.

«Que bien, cayeron en la trampa. Nunca podría haber jalado tremenda cosa, lo que pasa es que el terreno tiene declive», pensó y estirando su sucia camiseta, la ofreció a los espectadores para que depositaran en aquel las preciadas monedas.

—“Dinero, dinero, dinero, dame dinero, aprende algo, dinero”. —Fue la fórmula que repitiera de un video de You Tube.

Algo raro sucedía, el tintinear de los centavos no se dejaba escuchar.

«¿Qué pasa? Creí que les gustó mi acto», pensó, confundida con la situación, y fue justo ese sentimiento el que no le hiciera darse cuenta de lo obvio.

Para cuando notó lo que pasaba, ya era demasiado tarde, ¡el camión que jaló iba contra ella!

Lo que fueron exclamaciones de asombro ante la supuesta fuerza imposible de la niña, se transformaron en gritos de horror.

Luego de la tragedia, un buen samaritano cubrió el cuerpecito de la desafortunada con una camiseta en la que estaba plasmada la figura sonriente de Messi.

.

.

El día no revelaba alguna cosa extraordinaria; la jornada, como de costumbre, paría el monótono vivir en esa aldea medioeval cuya localización no importaba por ser tan común como la bosta del ganado a un costado de la huella del camino.

Tan recóndito el lugar no era, al frente de las cabañas construidas con maderas bastas o incluso adobe y piedra sin labrar, se situaban los habitantes, algunos vestidos a la usanza de la época, otros tenían el torso desnudo, los más desafortunados ni siquiera abarcas llevaban, teniendo que transitar de un lado al otro con los pies descalzos.

Uno de los últimos era una niña de doce años de cara sucia, su rostro de mono pequeño parecía meditabundo, reflexionando en cuál sería la mejor frase para llamar la atención a los viajeros que, por una extraña razón, parecían preferir transitar con más regularidad por el camino de tierra del pueblo pequeño que por los adoquines de una ciudad importante.

—Bienvenidos, digo, bienvenido, pasen a ver mi mercadería —susurraba para ella misma, la mirada perdida en la distancia y asintiendo con fuerza tras cada frase.

Una figura llamó su atención por el rabillo del ojo.

A todas luces se veía como un aventurero, de esos que van en busca de fama y fortuna, recorría los alrededores del pueblo en busca de vituallas o información que le condujera a la próxima gran aventura contra el rey demonio.

La niña, como sabía era su obligación, estaba más que dispuesta a ser servicial y otorgar toda la información pertinente a requerimiento del hombre.

—Tenga muy buen día, aventurero. Bienvenido al pueblo de…

—¡Saltar!

—Déjeme ofrecerle…

—¡Saltar!

—He escuchado un rumor que…

—¡Saltar!

—Para sortear dicho peligro, le convendría comprar del…

—¡Saltar!

La niña hizo el máximo esfuerzo para no poner una mala cara delante del grosero, el cual, al ver que la niña no tenía información que considerara útil, se dio media vuelta, fue al camino terroso, giró a la izquierda y continuó su camino.

La situación resultaría graciosa, en especial con el caminar del aventurero, un movimiento más parecido a lo que haría un robot mal calibrado que intentase emular el suave desplazamiento humano, sin embargo, sin previo aviso, el hombre giró, vio a la mujer que tenía a su izquierda y sin más, procedió a traspasar el abdomen con la espada.

El grito de la mujer fue corto e igual de breve su caída al suelo. En cuanto al asesino, solo retornó al camino y se marchó con su extraño caminar.

La niña miró horrorizada la breve escena de violencia sin sentido y luego la mueca transmutó a una de indignación.

«Debe ser él. Rápido, antes de que se pierda de vista», pensó en microsegundos, luego, extendió su brazo y dijo sin temblor en la voz pese a ver de tan cerca como mataron a alguien:

—Desplegar pantalla.

Un imposible se materializó de la nada en un parpadeo: la superficie plana de borde rectangular, parecía flotar ingrávida delante de la invocadora y una de las caras planas estaba frente a ella, mostrando datos incomprensibles.

La niña no se perturbó ante esa extraña pantalla plana de televisor y con sus dedos, como si estuviera tocando la superficie de un celular digital, buscó algo con premura.

«¡Aquí está! Más rápido», pensó y halló lo que buscaba: el ícono de una pistola estilizada.

Al presionar sobre la imagen, una extraña arma se materializó delante de su cara de mono. La agarró en el aire y enseguida apuntó al aventurero de espaldas, el tiempo y la puntería eran cruciales, el hombre estaba por desaparecer tras un recodo del camino.

«¡Ahora!», pensó y apretó el gatillo.

El fogonazo del disparo no se reveló, como tampoco ruido alguno. No fue una bala la que impactó en el hombro izquierdo del hombre que desaparecía de vista, algo mucho más inofensivo y en apariencia de tecnología avanzada.

Satisfecha de sí misma, volvió a fijar su vista en la pantalla, extendió su mano hacia aquella y apenas el arma tocó la superficie, se desvaneció en un instante.

«Cerrar pantalla», pensó, no hubo necesidad de exteriorizar su petición con palabra alguna, bastó el simple deseo de su mente.

De nuevo vino otra acción atemporal al ambiente medieval imperante en los alrededores: metió la mano en el bolsillo y sacó un audífono y se lo colocó en el oído.

—Comando, ¿me escuchan? Acabo de marcar al jugador.

—Comando al habla, recibimos. Buen trabajo.

—No le harán nada, ¿verdad?

—Tranquila, solo es una misión de rutina para marcarlo y luego inundarlo con spams. Deberá pagar una suma con su tarjeta de crédito si desea no recibir más notificaciones de compras; si es reincidente, será baneado del juego. Bastará con pagar una pequeña multa y de vuelta a las andadas.

—Entiendo, buen método para hallar gente con dinero, dispuesta a pagar las multas y no recibir los spams, al fin y al cabo, no es mucho dinero, solo centavos.

—En efecto, para ellos no es la gran cosa, pero para nosotros, implica ganancias importantes, fabulosas.

—Claro, gota a gota se llena la piscina. Y hablando de ganancias, ¿cuándo me va a salpicar algo de riqueza?

—No seas ambiciosa, tu paga es más que suficiente.

—¡Me pagan con criptomonedas, no es suficiente!

—Te conformas, corto.

La comunicación finalizó y la niña se sacó el audífono, lo miró con desagrado y quiso arrojarlo a la pequeña lagunilla que tenía delante de su casa pasando el camino de tierra, pero no se dejó vencer por la ira y decidió guardarlo en su bolsillo.

Miró a ambos lados del camino para ver si no veía a nadie y luego se pronunció con claridad.

Log Out.

Fue un segundo de luz blanca y su vista enfocó lo que parecía ser la pantalla holográfica de un conjunto tecnológico similar a un confortable sillón-cama que tenía incrustados varios elementos de ciencia ficción.

Dio un suspiro y salió del sofá futurista. Hizo algunos estiramientos y unos empleados vestidos con batas blancas de doctor le saludaron.

La niña en cuestión no era otra que Mia Pechera, la niña que murió aplastada por el camión. Ni vestía andrajosa ni con los harapos que tenía antes de morir, llevaba un conjunto casual de ropa, eso sí, no parecía en nada ropa para una joven, más bien para un chico.

—Qué bien que terminé mi trabajo.

—Descansa. Nos vemos en el siguiente turno.

—Sí, que mala onda, para nosotros no hay tal cosa como los días feriados o las vacaciones. Nos vemos, chau. Chau, VR May —le dijo a la máquina en la que estaba sentada hace un momento.

Fue al pasillo, luego a un elevador y de allí a la recepción del edificio, las señoritas recepcionistas la saludaron, deseándole un buen descanso.

Al salir la esperó una ambientación que luego de un año ya no la dejaba con la boca abierta: una ciudad, no una cualquiera, aquí y allá se veían edificaciones que a todas luces parecían salir de un filme de ciencia ficción.

—Que pereza, ojalá nunca tuviera que trabajar, prefiero jugar.

Fue a una parada de autobús y esperó a que llegara el vehículo que no desentonaba para nada con el ambiente de alrededor.

Cuando llegó era la única esperando y subió los pocos escalones. No se veía ningún conductor, pese a aquello, pasó la palma de su mano sobre un ojo electrónico.

Un brevísimo rayo láser azulado, iluminó el chip que tenía en la palma de la mano, con esa simple acción pagaba el pasaje.

El bus era uno de uso público y a diferencia de los que había en su país, este era muy limpio, sin manchas ni cortes en los asientos. Las calles y avenidas, incluidas las casas y demás ornato público se veía en orden y limpios, era como estar en Singapur. Compaginaba la ordenadísima jungla de cemento con los transeúntes y vendedores; la disciplina de los países nórdicos y Japón, se apreciaba en los ojos de las personas.

El viaje le pareció breve por estar adormilada y al bajar del bus pasó por una calle que colindaba con una amplia escalinata que iba en bajada. Al extremo de aquella y a gran altura, para que todo el mundo la mirara, estaba una pantalla gigante que en ese momento transmitía las noticias:

Se recuerda este día un aniversario más del Evento Beetlejuice…

«Sí, no estoy en el futuro, estoy en otro mundo, una latam de otro universo, pero de ciencia ficción», pensó y decidió quitarse el sueño con un estiramiento y prestar atención a la noticia del día.

¡Cuéntale a Noel Mollinedo, escritor boliviano lo que piensas sobre este capítulo!
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