Mommy [L.S]

Sinopsis

El esposo de Harry se larga, y Louis reclama el trono. Pero no solo se convierte en el hombre de la casa; se convierte en el hombre que folla a su mami hasta dejarlo sin aliento.

Genero:
Erotica
Autor/a:
🪻
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo Único

Harry sabía que estaba mal.

Dios, estaba horriblemente mal. Sabía con perfecta claridad que era un pecado, que estaba actuando como un enfermo y que, con total seguridad, ardería en el mismísimo infierno el día de su muerte. Pero el calor que le quemaba entre las piernas no entendía de moral, ni de iglesias, ni del esposo que lo había abandonado hacía apenas unas semanas.

Él simplemente no pudo detenerse.

—¡Ah...! —Harry chilló de satisfacción, arqueando la espalda contra las sábanas.

Sus dedos se enterraron con desesperación en su propio pecho, apretando sus senos, estimulando los pezones erectos que buscaban un tacto que no llegaba. Abajo, el roce era húmedo y ruidoso; la polla de plástico que se empujaba sin piedad dentro de su coño golpeó de lleno su punto G, haciéndolo temblar.

El juguete apenas lograba saciar el hambre desbocada que sentía. El plástico estaba frío, era artificial, carecía de vida. Harry apretó los párpados, gimiendo mientras sus caderas se movían solas, buscando más presión, más calor.

Deseando que fuera una de verdad.

La polla de Louis.

La enorme y gruesa polla de su propio hijo.

El recuerdo lo golpeó como una ráfaga de fuego.

Harry la había visto por accidente unas noches atrás; Louis se estaba cambiando en su habitación y había dejado la puerta entreabierta. Solo bastó un segundo para que Harry se quedara petrificado en el pasillo, devorando con los ojos la silueta de su hijo: los hombros anchos, la espalda marcada y esa pieza de carne pesada que colgaba entre sus muslos.

Joder, Harry había corrido a su propia habitación aquel día con el coño babeando, empapando su ropa interior.

Mierda, mierda, mierda.

Ya no quería plástico.

No quería juguetes.

Harry jadeó, babeando sobre la almohada mientras aceleraba el ritmo de sus manos, completamente poseído por el morbo de sus propios pensamientos. Necesitaba que Louis lo follara. Necesitaba que el mismo niño que algún día había salido de su propio cuerpo ahora regresara a él de la forma más sucia posible, metiéndole la polla hasta el fondo, reclamando el coño de mami como si fuera suyo.

—Mmgh... oh, bebé, follas tan rico a mami...

Cerró los ojos con fuerza, imaginando la fricción de la piel de su hijo contra la suya, el olor varonil de Louis inundando su habitación. Sus caderas daban botes frenéticos contra el colchón, hundiéndose más y más en el juguete, pero en su mente, era la carne caliente de Louis la que lo abría por la mitad.

—Mi niño es tan bueno... —gimió, arañándose los muslos, abriéndose de piernas aún más para ofrecerse por completo a la nada—. El niño de mami tiene una polla tan grande... tan gruesa... Mmh, joder, destroza el coño de mami.

Las embestidas artificiales se volvieron erráticas, brutales y desesperadas. Harry aceleró el ritmo de sus manos hasta el punto del delirio, perdiendo por completo el control de su propio cuerpo. Sus caderas se elevaban del colchón en rústicos espasmos, buscando exprimir cada milímetro de placer. El roce constante y aceitoso en su clítoris, sumado a la imagen mental de la polla de su hijo reclamándolo, terminó por hacer saltar los fusibles de su cordura.

Su coño se contrajo de forma violenta, atrapando el plástico frío en un agarre sumamente estrecho mientras el orgasmo lo golpeaba como una descarga eléctrica.

—¡Louis!

Finalmente, llegó al clímax. El orgasmo fue tan intenso que sus senos se sacudieron y sus piernas temblaron sin control, abriéndose por completo mientras un chorro espeso y caliente de sus propios fluidos salpicaba con fuerza sobre las sábanas. Se corrió babeando sobre la almohada, con los ojos en blanco y el coño latiendo con furia alrededor del juguete, completamente destrozado por el placer y la culpa de haber alcanzado el cielo invocando el nombre de su propio hijo.

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El ambiente de la casa había cambiado por completo al caer la noche. El olor a sexo, fluidos y culpa de la tarde se había disipado, reemplazado por el aroma cálido y casero de la cena recién hecha. Harry se encontraba en la cocina, con el cuerpo aún ligeramente sensible por el brutal orgasmo de unas horas antes, vistiendo una camiseta de algodón extra grande que apenas le cubría los muslos de forma sugerente.

El sonido de las llaves en la cerradura hizo que su corazón se detuviera.

—¡Ma, ya llegué! —la voz varonil de Louis resonó desde la entrada.

A los pocos segundos, su hijo entró a la cocina cargando varias bolsas pesadas del supermercado; se veía imponente gracias a esa presencia madura que había adoptado desde que su padre se había largado. El sudor de la jornada se le pegaba un poco al cuello, haciéndolo ver sumamente masculino. Estaba aportando a la casa con lo que ganaba en sus pasantías de la universidad, demostrando que ya no era ningún niño.

Era el nuevo hombre de la casa.

—¡Mi amor! —exclamó Harry, corriendo hacia él para quitarle las bolsas de los brazos—. Anda, dame eso. Seguro estás muy cansado, ¿a que sí?

—Un poco, ma —respondió Louis, pero en lugar de soltar las bolsas y alejarse, aprovechó la cercanía para envolver la cintura de Harry con uno de sus brazos, atrayendo el cuerpo de su madre contra el suyo.

El agarre de Louis no fue el de un hijo buscando consuelo; fue un toque posesivo, con los dedos hundiéndose de más en la tela de la camiseta holgada de Harry, justo donde terminaba la curva de su cadera. Harry, lejos de tensarse, se empinó un poco sobre la punta de sus pies y presionó sus labios contra los de Louis en un beso demasiado húmedo y suave para ser filial.

Era una costumbre que compartían desde que Louis cumplió los catorce años. Al principio, Harry se convenció a sí mismo de que su bebé simplemente se había vuelto un chico sumamente afectuoso ante los ojos del mundo, ¿y qué madre le diría que no al cariño de su hijo? Sin embargo, con el tiempo, los besos se habían vuelto más lentos y los abrazos de Louis más demandantes, rozando siempre una línea peligrosa.

Esa complicidad táctil era, de hecho, una de las razones principales por las que el exesposo de Harry solía armar escándalos y enfurecerse antes de abandonar la casa, celoso de la extraña e intensa relación que existía entre ambos.

Louis rompió el beso con lentitud, dejando que sus labios rozaran la comisura de la boca de Harry antes de mirarlo fijamente a los ojos con una intensidad azul que hizo temblar el coño del mayor. Con una sonrisa de medio lado, ladeó la cabeza y preguntó:

—¿Qué cocinaste para tu hombre?

La palabra "hombre" saliendo de los labios de su hijo, con ese tono tan rasposo, hizo que el el coño de Harry se humedeciera en cuestión de segundos. Los vellos de su nuca se erizaron, y aunque los nervios amenazaban con traicionarlo y dejarlo en evidencia, logró forzar una sonrisa tierna, intentando aferrarse al rol de madre que se suponía debía cumplir.

—Tu... tu comida favorita, amor —logró responder.

Con fingida ligereza, Harry se separó del cuerpo de Louis, sintiendo el vacío frío donde la mano de su hijo lo había estado sujetando. Se dio la vuelta rápidamente hacia la encimera para comenzar a servir, usando los platos como una barrera protectora para ocultar el temblor de sus manos.

Detrás de él, Louis dejó las bolsas del supermercado sobre la mesa con movimientos lentos y pausados, pero no se alejó del todo. Harry podía escuchar la respiración de su hijo a su espalda, sintiendo su mirada azul clavada en el vaivén de sus caderas y en la forma en que la camiseta se le subía por los muslos cada vez que se estiraba para alcanzar las cosas de los estantes superiores.

Estaba completamente a su merced, y ambos lo sabían.

Antes de que Harry pudiera dar un paso hacia la mesa, Louis pasó por su lado. El movimiento fue rápido, pero intencional: la palma grande de su hijo impactó con un golpe en su trasero, haciendo que Harry soltara un jadeara de sorpresa.

Louis se sentó en una de las sillas con total parsimonia, observando cómo su madre, con las mejillas encendidas de un rojo carmín, se apresuraba a colocar los platos sobre la mesa. El mayor exhaló, creyendo que el peligro había pasado e intentó rodear la mesa para ocupar su propio asiento.

Pero Louis no se lo permitió.

En un parpadeo, la mano del castaño se disparó hacia la muñeca de Harry, sujetándola y tirando de él hacia abajo. Harry perdió el equilibrio y terminó cayendo de lleno sobre el regazo de su hijo.

Harry pudo sentir de inmediato la enorme y rígida protuberancia que se alzaba orgullosa bajo los pantalones de su hijo, presionando directamente contra su intimidad.

Louis rodeó la cintura de Harry con ambos brazos, atrapándolo contra su pecho musculoso, e inclinó el rostro hacia su oído, rozando su lóbulo con los labios.

—Como cuando era pequeño, mami... pero ahora tú sobre mí.

El morbo de la frase dejó al rizado sin aliento, incapaz de moverse, completamente derretido por el calor de la polla de su hijo creciendo debajo de él.

Sin embargo, Harry reunió las pocas fuerzas que le quedaban e intentó no caer en la tentación. Apoyó las manos contra los hombros de su hijo, tratando de empujarse levemente hacia arriba, aunque el peso de sus propias caderas parecía rogarle que se quedara justo ahí.

—Lou... ya eres un niño grande —consiguió decir, buscando la mirada de su hijo—. Tienes veintidós años... ¿Acaso se te olvidó? Ya no entras en el regazo de mami, y mami no debería estar en el tuyo.

Louis no se movió; al contrario, apretó los brazos alrededor de la cintura del rizado, afianzándolo contra su masculinidad. Una sonrisa oscura y nostálgica se dibujó en sus labios.

—No se me ha olvidado nada, ma. De hecho, me acuerdo de todo —comentó, bajando la voz a un tono peligrosamente íntimo—. Me acuerdo de cuando era pequeño y pasaba horas pegado a ti. Me encantaba chuparte las tetas, ¿sabes? Recuerdo perfectamente el sabor de tu leche, lo suave que te ponías cuando me alimentabas y cómo me acariciabas el pelo mientras yo me llenaba de ti.

Harry ahogó un gemido, sintiendo un calor abrasador subir por su cuello.

—Louis, por Dios... eso era cuando eras un bebé, es natural.

—¿Ah, sí? ¿Y cuando cumplí los quince también era natural? —retó Louis, arqueando una ceja, ascendiendo una de sus manos por la espalda de Harry para delinear su columna—. Me acuerdo perfectamente de cuando me ayudabas a bañarme porque, según tú, todavía no me lavaba bien la espalda. Te quedabas mirando cómo crecía mí cuerpo, ma. Y yo me quedaba mirando cómo te ponías rojo cuando me entraba el jabón en los ojos y me limpiabas con tu camiseta, dejándome oler tu piel.

Harry cerró los ojos, completamente acorralado por el peso de la verdad. No eran solo recuerdos de la infancia; eran años de roces en el baño, de miradas prolongadas cuando se cambiaban de ropa y de masajes en las piernas que duraban demasiado tiempo por las noches cuando el exesposo de Harry no estaba en casa.

Siempre lo habían sabido, siempre lo habían buscado.

—Tú me criaste para ser tu hombre, mami —murmuró Louis, rozando su nariz contra el cuello del rizado, inhalando su aroma dulce—. Desde que papá se fue, este lugar me pertenece. Tus tetas me pertenecen, tu cuerpo me pertenece... y ese coño que tienes ahí abajo, también.

Esas últimas palabras destruyeron la última barrera moral que le quedaba a Harry. El peso de la culpa se disolvió en su coño empapado, reemplazado por una oleada de descaro que ya no deseaba ocultar.

Harry dejó caer la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello y gimiendo cuando sintió los labios de Louis rozar su piel. En lugar de apartarse, Harry enredó sus dedos entre los cabellos castaños de su hijo, tirando suavemente de ellos para obligarlo a mirarlo a los ojos.

—¿Ah, sí? ¿Crees que todo eso te pertenece, mi amor? —susurró Harry, con su voz perdiendo cualquier rastro de timidez—. Entonces dime, Lou... si tanto te pertenece, ¿por qué tenías que esconderte para tomarlo?

Louis se tensó ligeramente, sus ojos azules oscureciéndose por la sorpresa, pero Harry no lo dejó hablar. Presionó sus caderas con más fuerza contra la polla dura de su hijo, restregándose con lentitud.

—¿Crees que mami es tonta? —continuó Harry, jadeando cerca de sus labios—. Sé perfectamente que nos espiabas a tu padre y a mí cada vez que follábamos en nuestra habitación. Podía oír tu respiración agitada detrás de la puerta mientras te tocabas pensando en mí... Joder, Louis, sabía perfectamente que me grababas a escondidas por la rendija del baño mientras me duchaba o cuando usaba mis juguetes.

Louis entreabrió los labios, su respiración volviéndose errática al verse descubierto por la persona que más deseaba en el mundo.

—¿Y mis bragas, bebé? —Harry soltó una risita húmeda, completamente entregado al morbo—. Sabía que eras tú quien entraba a mi cuarto a robárselas de la cesta de la ropa sucia para olerlas y correrte en ellas. Así que no me vengas con que este coño te pertenece desde que tu padre se fue... Te ha pertenecido desde hace años, mi niño. Y mami está harta de esperar a que dejes de esconderte y me metas la polla de una vez.

Las palabras de Harry funcionaron como un disparo de adrenalina directo al cerebro de Louis. Sus ojos azules se volvieron oscuros, devorando las facciones desvergonzadas de su madre, mientras una vena se marcaba con fuerza en su cuello.

No hubo respuestas, no hubo más debates verbales. El tiempo de esconderse había terminado.

Con un gruñido animal, Louis se puso de pie cargando el cuerpo de Harry en el aire como si no pesara nada. Sin importarle el esfuerzo de la cena, tiró los platos de porcelana y los cubiertos salieron volando, estrellándose contra el suelo en un estruendo de vidrios rotos que a ninguno de los dos le importó.


Louis sentó a Harry sobre la madera lisa y fría de la mesa con un impacto firme.

—Si tantas ganas tienes de que te folle, mami, vas a tener que aguantarme.

Sin darle tiempo a respirar, Louis atrapó las rodillas de Harry y le abrió las piernas de par en par de un solo tirón, obligándolo a exponerse por completo bajo la luz de la cocina. El contraste era pecaminoso: el rizado apoyado sobre sus manos, con los rizos desordenados y la camiseta recogida a la altura del pecho, dejando al descubierto sus senos.

Louis deslizó sus manos grandes por los muslos pálidos de Harry hasta alcanzar el resorte de su ropa interior. Con una fuerza bruta nacida de años de frustración y deseo acumulado, tiró de las bragas hacia abajo. El sonido de la tela rasgándose resonó en el espacio cerrado junto a un gemido agudo de Harry.

La prenda cayó al suelo, y la intimidad de Harry quedó completamente al descubierto, latiendo de calor y brillando por el exceso de lubricante que goteaba sin control. Louis se quedó congelado un segundo, tragando saliva al tener finalmente frente a sus ojos el santuario prohibido de su madre, el coño babeante y rosado que tantas veces había imaginado en sus noches más oscuras.

—¿Qué vas a hacer ahora, bebé?

Al ver a su hijo completamente hipnotizado por su coño, el rizado llevó las manos al dobladillo de su camiseta y se la pasó por la cabeza, arrojándola lejos de la mesa.

Harry quedó completamente desnudo ante los ojos del castaño.

El menor no pudo evitar fijar la mirada en el torso del mayor: sus tetas eran notablemente más grandes y carnosas de lo que Louis recordaba de sus vistazos furtivos a lo largo de los años. El pecho de Harry lucía exuberante, pesado por la excitación, con los pezones oscuros, hinchados y tan erectos que parecían suplicar por el tacto de la boca de su hijo.

—Mírate... Joder, mami, estás jodidamente hermoso —alcanzó a decir Louis, mientras su mano avanzaba hacia uno de los muslos de su madre.

Harry se removió sobre la madera, frotando inconscientemente su coño contra la superficie, deleitándose con la adoración pecaminosa en el rostro de su niño.

—Soy todo tuyo, mi amor... —gimió Harry, abriéndose aún más de piernas, invitándolo a tomar lo que por derecho de sangre y deseo le pertenecía—. Anda, ven con mami. Déjame ver lo grande que te has puesto.

Ante la súcuba petición de su mamá, Louis dio un paso hacia atrás, apartándose de la mesa solo para llevarse las manos al botón de sus vaqueros. Con movimientos bruscos, torpes por el desespero y la urgencia que le quemaba las venas, se desabrochó el pantalón y lo empujó hacia abajo junto a sus bóxers, dejándolos caer alrededor de sus tobillos.

Cuando la prenda liberó su hombría, esta saltó hacia el frente apuntando directamente hacia el rostro de Harry.

El rizado se quedó sin aliento, con los ojos abiertos de par en par y las pupilas completamente dilatadas. Harry comenzó a babear en el acto, tragando saliva con dificultad mientras su mirada recorría la anatomía de su hijo de arriba a abajo. Sabía que Louis era un hombre grande, pero tenerlo así, completamente expuesto bajo la cruda luz de la cocina, era otra historia. Era una monstruosidad: fácilmente unos veintiséis centímetros de carne gruesa, venosa y de un tono rojizo oscuro por la acumulación de sangre. La cabeza de la polla ya brillaba, soltando densas gotas de líquido preseminal que amenazaban con manchar el suelo.

—Oh, Dios... —se le escapó a Harry, sintiendo que su coño latía con tanta fuerza que un nuevo chorro de lubricante resbaló por sus muslos—. Louis... mi amor, eso es... es enorme...

—Te gusta, ¿verdad, mami? —gruñó Louis, dando un paso al frente para posicionarse entre las piernas abiertas de Harry, dejando que la punta de su descomunal verga rozara de lleno los labios externos de su coño—. Has estado soñando con que tu niño te llene con esto. Mírala bien, porque voy a meterte cada centímetro dentro.

Louis hizo el amague de meterle la polla de una sola embestida, empujando las caderas hacia el frente con la clara intención de enterrarse en el rizado hasta el fondo. Pero el tamaño era descomunal, y el instinto de supervivencia mezclado con el descaro hizo que Harry reaccionara a tiempo.

Apoyó las palmas de sus manos contra el abdomen marcado de su hijo, frenando el avance de esa carne justo cuando la enorme cabeza venosa empezaba a estirar la entrada de su intimidad.

—¡Espera, Lou!

—¿Qué pasa, ma? Joder, no me dejes así... Me vas a volver loco —ronco Louis, con la verga latiendo con fuerza entre las piernas de su madre.

Harry, sintiendo el poder de la situación a pesar de estar completamente expuesto sobre la mesa, deslizó una de sus manos desde el abdomen de Louis hacia abajo, envolviendo con sus dedos una parte del grueso tronco de su hijo, maravillado por el calor y la firmeza de su propia creación.

—Tranquilo, bebé... No comas ansias —susurró, ladeando la cabeza con una sonrisa desvergonzada—. Es de muy mala educación no dejar que mami se dé un gustito primero... Has crecido tanto, mi amor, y mami ha sido muy buena esperándote. Déjame saborear al hombre de la casa antes de que me rompas por la mitad.

El rizado se deslizó un poco más hacia el borde de la mesa, acortando la distancia no para dejarse penetrar, sino para acercar su rostro a la imponente hombría de su hijo.

Poco a poco, comenzó a meterse lo que podía de la verga de su hijo.

—Mmh... ¡Ahg!

El rizado se vio obligado a usar sus manos para sostener la base, moviendo la cabeza de adelante hacia atrás en una mamada desesperada y sumamente sucia. El espacio de la cocina se llenó con el eco de ruidos obscenos; sonidos de succión húmedos y rústicos combinados con el vaivén de las caderas de Louis, que empezaba a empujar por instinto.

La saliva de Harry goteaba sin control, resbalando por su barbilla y empapando el tronco rojizo de la polla de su hijo, sirviendo como el lubricante perfecto. El morbo de tener el miembro de su propio niño llenándole la boca, sabiendo que él mismo lo había engendrado, hizo que Harry se entregara por completo al descaro. Bajó el rostro aún más, abandonando por un segundo el largo tallo para deslizar su lengua por el centro, bajando con desesperación hasta el nacimiento de todo.

Sin pudor alguno, Harry comenzó a lamer los huevos de Louis.

Pasó la lengua una y otra vez por la piel arrugada y tensa de las bolsas escrotales de su hijo, saboreando el sudor masculino y la esencia pura del castaño, dándole mordiscos suaves que hicieron que Louis arqueara la espalda, soltando un gemido que retumbó en las paredes de la cocina.

—Joder, mami... —gruñó Louis, enterrando los dedos con violencia en los rizos de Harry, guiando el ritmo de la mamada con desesperación—. Dios, qué bien la chupas... Vas a hacer que me corra en tu boca antes de meterla.

Harry alzó la mirada desde abajo, con los ojos vidriosos por las náuseas del tamaño, pero con una sonrisa lasciva que demostraba que tenía al hombre de la casa exactamente donde quería.

—Mmmgh... —Harry soltó un sonido de satisfacción, apretando los huevos de Louis—. Tan grande... tan fuerte... eres todo un hombre, mi amor. El hombre que mami siempre estuvo esperando.

Louis gimió, con la voz ahogada por el placer. Ver a su propia madre ahí abajo, tratándolo como a un dios, adorando cada centímetro de su cuerpo con tanta lujuria, lo tenía al borde del abismo.

—Ya no puedo más, ma —gruñó, dándole un par de palmaditas suaves pero firmes en la nuca para obligarlo a subir un poco más—. Has hecho un trabajo perfecto. Ahora te toca a ti recibir todo esto. Abre bien ese coño para mí, que voy a enterrarme hasta las bolas.

Harry soltó la polla de su hijo con un pop, dejando un rastro de saliva brillante en la cabeza venosa. Sin rechistar, se deslizó hacia atrás y se volvió a acostar sobre la mesa, completamente entregado al deseo.

Buscando la máxima profundidad, Harry elevó las piernas y le puso los pies sobre los hombros a Louis, exponiendo su intimidad de par en par.

Splat... squelch.

El sonidito que hizo el coño de Harry al contraerse y derramar más lubricante fue asquerosamente rico; un eco húmedo que demostraba lo jodidamente listo que estaba para ser profanado por su propio hijo. Al escuchar ese sonido, a Louis se le endureció la verga todavía más, si es que eso era posible. Apoyó la enorme cabeza rojiza directamente contra la entrada de Harry, hundiéndose un par de centímetros para tantear el terreno.

—Dios, mami, estás goteando como una puta —exclamó Louis, con los ojos fijos en los labios rosados de Harry estirándose por la presión—. Escucha cómo suena tu coño por tu niño...

Harry arqueó la espalda, apretando los dedos contra el borde de la mesa mientras sentía el grosor masivo empezar a abrirlo.

—¡Métela, Lou...! —gimió, con la voz rota y los ojos en blanco—. Métela ya... llena a mami...

Louis no se lo hizo repetir. Apretó las manos con fuerza sobre los muslos de Harry —justo donde sus piernas descansaban sobre sus hombros— y empujó las caderas hacia el frente.

—¡Ah! ¡L-Louis!

El sonido de la carne chocando y estirándose fue brutal. El coño de Harry, aunque lubricado y empapado, se estiró hasta su límite para acomodar semejante grosor. Harry arqueó la espalda de una manera casi irreal, con los dedos clavados en el borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Podía sentir cada vena, cada centímetro de la polla de su hijo abriéndose paso por su interior, reclamando zonas que nadie jamás había tocado.

—Mierda, mami, naciste para que tu hijo te abriera así.

—M-Me rompes... Lou, vas a romper a mami... ¡Ahg! —lloriqueo Harry, con los ojos inundados de lágrimas, viendo desde abajo cómo el torso musculoso de su hijo se cernía sobre él.

Ver las lágrimas de su madre y escuchar ese ruego terminó por destruir la poca paciencia que le quedaba al castaño. Sin piedad alguna, Louis dio un último empujón, hundiendo las caderas por completo. La mesa crujió violentamente cuando el pubis de Louis chocó con fuerza contra las nalgas de Harry, enterrando los veintiséis centímetros enteros hasta rozar su matriz.

El menor se inclinó sobre el pecho de su madre. Atrapó una de esas tetas con su mano, apretándola con fuerza, mientras abría la boca de par en par para mamarle el pezón con una desesperación casi animal.

—¡M-más duro, mi amor! —Harry tiraba de los cabellos castaños de su hijo, con la mente completamente fragmentada por el placer.

Mientras el cuerpo de Louis lo embestía sin piedad y sentía la succión caliente de su boca en su pecho, un pensamiento perturbador y dolorosamente enfermo se abrió paso en la mente de Harry. Miró hacia abajo, viendo el torso musculoso de su hijo, y la realización lo golpeó con la fuerza de un rayo: ese hombre... ese enorme espécimen que lo estaba poseyendo con tanta brutalidad, era su bebé.

La culpa y la excitación se fusionaron en un cortocircuito mental delicioso. Pensar en lo retorcido que era... que el mismo ser que alguna vez había salido de sus entrañas, que había llevado en su vientre, ahora estuviera metiéndose dentro de él otra vez. Pero ya no como una vida inocente, sino en forma de una verga descomunal y cargada de un pecado tan sucio que los condenaría al infierno a ambos.

—Mierda, mami. Me voy a correr en tu útero si sigues succionándome así —bramó Louis, dándole un mordisco en el pezón antes de acelerar aún más las embestidas, decidido a vaciarse dentro de su creador.

—¡Sí, sí, bebé! —gritó Harry, con la voz destrozada por el llanto—. ¡Hazlo, llena el útero de mami con tu semen!

La provocación fue el último clavo en el ataúd de la cordura de Louis. El menor se plantó con firmeza, sujetando las caderas de Harry con tanta fuerza que le dejaría los dedos marcados, y empezó a embestir con una ferocidad, golpeando el fondo del útero de su madre una y otra vez.

Harry se sentía desbordado; cada embestida lo enviaba más arriba, hasta que su cuerpo no pudo sostener la intensidad. Soltó un alarido gutural, arqueando la espalda mientras su coño se contraía en espasmos violentos, succionando la verga de Louis y forzándolo a acabar.

—¡M-mami! —rugió Louis, perdiendo cualquier rastro de compostura.

La polla de Louis se hinchó antes de empezar a bombear con fuerza. Un torrente tras otro de semen hirviendo inundó el interior de Harry, un caudal espeso y caliente que parecía no tener fin, desbordándose por las comisuras y resbalando por los muslos del rizado formando un charco.

Harry se quedó ahí, inerte sobre la madera, con los ojos cerrados y una sonrisa extasiada, mientras pensaba en lo increíble que se sentía la "leche" de su bebé dentro de él.

Louis se dejó caer sobre su mamá, todavía enterrado en su interior mientras su corazón se acompasaba con el de su madre.

Harry acarició el cabello húmedo de su hijo, dejando besos allí con ternura, ignorando el desastre de platos rotos a su alrededor y el calor del semen que seguía goteando entre sus piernas. Deslizó sus dedos entre los mechones de Louis, arrastrando el sudor de su frente mientras soltaba pequeños suspiros de cansancio.

—Mi niño hermoso... lo hiciste tan bien —susurró Harry, pegando la mejilla a la coronilla de su hijo—. Qué fuerte te has puesto, mi amor. Mami está tan orgullosa de ti.

Louis, aún con la respiración errática, se acomodó mejor en el hueco del cuello de Harry, frotando su nariz allí para aspirar su aroma a vainilla y sudor, mientras sus brazos se mantenían alrededor de la cintura del rizado, negándose a dejarlo ir.

—Te dolió mucho, ¿verdad, ma?

Harry volvió a besarle la cabeza, estrechándolo contra su torso, permitiendo que sus tetas se aplastaran contra el pecho musculoso de su hijo.

—Un poquito, mi vida... pero a mami le encanta complacer a su hombre —le aseguró—. Me dejaste llenito de ti, justo como querías.

Louis alzó la cabeza, revelando esos ojos azules que ahora lucían brillantes, dulces y llenos de adoración. Le apartó un rizo de la cara a Harry con delicadeza, plantando un beso casto en sus labios antes de apoyar la frente contra la suya. Estaban cubiertos de fluidos, en una posición moralmente indefendible, pero en ese segundo, abrazados sobre la mesa, se sentían como el refugio más seguro del mundo.

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Treinta días exactos habían pasado desde aquella noche en la que la porcelana se estrelló contra el suelo de la cocina y el último rastro de moralidad se disolvió entre los fluidos de ambos.

En la sala, en la cocina, en el suelo, en la habitación de Harry o en la de Louis.

No importaba el lugar, lo único que importaba era tener un espacio libre para follar. Se habían vuelto adictos el uno al otro, una dependencia tan física y mental que el más mínimo roce encendía una hoguera que solo se apagaba cuando Louis enterraba su polla dentro de su madre.

Dejaron atrás los rodeos; se habían convertido en los cómplices perfectos, dispuestos a cumplir cada fantasía, por muy retorcida o sucia que fuera.

Harry aún podía sentir vívidamente el grosor de la zanahoria que Louis le había metido días atrás en el coño. Recordaba perfectamente cómo su hijo lo había puesto a gatas en el suelo de la cocina, usando el vegetal frío para dilatarlo, obligándolo a gemir su nombre mientras el morbo de usar comida lo hacía gotear lubricante como loco, antes de que Louis destrozara la verdura a mitad del acto al meterse él mismo.

Pero ese no había sido el único límite que habían cruzado.

Durante ese mes exploraron terrenos cada vez más oscuros. Harry se había vuelto fanático de la lactofilia; le encantaba que Louis, antes de poseerlo, se pasara horas succionando sus senos hasta dejárselos rojos y marcados con chupones, jugando a que volvía a ser su bebé, pero con unas manos enormes que lo apretaban con intenciones puramente sexuales.

También adoptaron el fetichismo de las prendas. Louis ya no tenía que robar las bragas sucias de la cesta; ahora Harry se las entregaba directamente o usaba lencería de encaje extremadamente provocativa que su propio hijo le compraba por internet, solo para tener el placer de vérsela puesta a mami antes de rasgarla con los dientes. Incluso habían experimentado con el bondage suave: Louis atando las manos de Harry a la cabecera de la cama, dejándolo completamente indefenso y expuesto, sumiso ante las órdenes y los castigos que su niño decidiera imponerle por haberlo "hecho esperar tantos años".

Estaban enfermos, completamente corrompidos por el otro, y lo mejor de todo era que a ninguno de los dos le importaba una mierda.

Justo como en ese momento.

Harry solo había ido a llevarle una merienda a Louis, quien había estado encerrado en su habitación todo el día haciendo papeleo de la empresa de sus pasantías. El rizado pretendía ser una buena madre, dejarle el plato con fruta y un vaso de agua en la esquina de la mesa, darle un beso en la mejilla y dejarlo trabajar en paz.

Pero el destino —o más bien la insaciable calentura de ambos— tenía otros planes. El rizado no supo cómo, pero terminó despojado de su falda y sus bragas, abierto de piernas sobre el escritorio de su hijo mientras Louis devoraba su coño.

Los ruidos bucales de Louis resonaban con fuerza en la habitación, mezclándose con los jadeos descontrolados de Harry. El castaño tenía las manos enterradas en las nalgas de su madre, levantándole la pelvis para hundir la cara por completo entre sus muslos. Los papeles de las pasantías, llenos de gráficos y firmas importantes, ahora servían como una alfombra improvisada que se iba arrugando y manchando con las salpicaduras de los fluidos de Harry.

—¡Ahg... L-Louis... bebé! —gimió Harry, tirando la cabeza hacia atrás, con sus rizos desparramándose sobre el escritorio—. Mmh... mami solo... solo te traía comida...

Louis pasó la lengua desde el ano de Harry hasta su clítoris, dándole una succión tan profunda que hizo que el cuerpo del mayor se tensara, arqueando la espalda. El menor alzó la mirada un segundo, con la boca brillando por el exceso de lubricante de su madre.

—Esta es la única merienda que necesito, mami —pronunció Louis antes de volver a bajar la cabeza para morder suavemente uno de los labios internos de Harry—. Estás jodidamente dulce hoy... goteas como una puta.

Louis continuó devorándolo sin piedad, metiendo dos dedos dentro de su coño mientras usaba la lengua para masajear y succionar su clítoris. El sonido de los fluidos salpicando sobre las hojas de la empresa era obsceno, pero Harry ya no podía procesarlo.

Con los ojos fijos en el techo y los dedos clavados en los bordes del escritorio, el rizado se encontraba atrapado en el torbellino de un pensamiento que lo venía persiguiendo desde la primera vez que tuvieron sexo en la cocina.

Un bebé.

La idea se sentía tan caliente y perfecta en su mente que lo hacía temblar. Él de verdad quería ser mamá de nuevo. Quería sentir su vientre crecer, experimentar la plenitud de gestar una vida... ¿y quién mejor para darle ese hijo que Louis?

—Ahg... L-Lou... mi amor... —gimió Harry, interrumpiendo el ritmo de Louis al tirar de sus cabellos para obligarlo a subir.

Louis alzó el rostro, frunciendo el ceño al ver la intensidad de la mirada de su madre.

—¿Qué pasa? ¿Lo estoy haciendo muy rudo? —preguntó, aunque sus dedos no dejaban de bombear dentro de él.

—No... no es eso, mi vida... —Harry acunó las mejillas de Louis con sus manos, atrayéndolo hacia sus labios—. Ven aquí... métete dentro de mami ya. Pero no usemos condón, bebé... no esta vez. Mami quiere un bebé tuyo, mi amor.

Al escuchar la súplica desesperada de su madre, Louis se quedó completamente shockeado.

Se irguió lentamente sobre el escritorio, apartando las manos del cuerpo de Harry mientras su mirada azul, antes nublada por la lujuria, se aclaraba con incredulidad. Aquella petición de su mamá era algo muy serio. Una cosa era follar a escondidas en cada rincón de la casa, jugar con fetiches sucios y romper las reglas de la moral; pero hablar de engendrar una vida, de un embarazo real, de mezclar su sangre de una forma tan definitiva... eso cambiaba las reglas del juego por completo.

—Mamá... —pronunció Louis con la voz extrañamente baja, mirando fijamente el rostro sudoroso de Harry—. ¿Qué... qué estás diciendo?

La seriedad en el rostro de Louis hizo al rizado tragar saliva.

—¿Tú no quieres, Lou? —preguntó Harry, buscando desesperadamente alguna señal de rechazo o aceptación en las facciones del menor.

—No es eso, ma... Joder, claro que quiero —admitió Louis, y su voz tembló sutilmente, delatando la enorme lucha interna que se estaba librando en su cabeza—. Ver tu coño chorreando y escucharte pedir que te llene por completo me pone la polla más dura que nunca. La idea de dejar mi semen dentro de ti y saber que estás gestando un hijo mío... me vuelve loco, de verdad. Pero es peligroso, mamá. Es demasiado peligroso.

Louis dio un pequeño paso al frente, apoyando las manos en el borde del escritorio, rodeando el cuerpo de su madre sin llegar a tocarlo.

—Si las personas se llegan a enterar de esto, nos destruirían la vida. Un bebé nuestro... ¿Cómo carajos le explicaríamos eso al mundo? —continuó el castaño, frunciendo el ceño mientras la cruda realidad se asentaba en la habitación—. Y no solo la gente de fuera... ¿Qué pasaría si papá lo supiera? Dios, si él se entera de que no solo me estoy tirando a mi propia madre, sino que además te voy a dejar embarazado... nos mataría.

El rizado, en lugar de acobardarse, decidió usar todo su poder maternal y esa conexión única que compartían para derribar las defensas de su hijo. Se incorporó un poco más en el escritorio, acortando la distancia física y buscando los ojos azules de Louis con desesperación.

—Podemos irnos lejos, Lou... —declaró Harry, acariciando los brazos del castaño—. Podemos dejarlo todo. Empezar de cero en un lugar donde nadie nos conozca, a otro país, a donde sea... Lejos de tu padre, lejos de las miradas de los demás. Solo tú, yo y nuestro bebé.

Harry dejó caer las lágrimas que contenía, permitiendo que su alma quedara completamente expuesta sobre esos contratos arrugados.

—Sé que es enfermo... sé perfectamente que no está bien, que el mundo nos repudiaría —continúo Harry—. Pero es que ya no puedo fingir que esto es solo sexo. No es solo calentura, mi amor... Te amo. Y no te amo con un amor de madre... Te amo como se ama a un hombre. El único hombre de mi vida.

Louis parpadeó, procesando cada palabra, cada lágrima y la honestidad de la confesión de Harry. Miró el rostro de su madre, tan vulnerable, tan entregado a él, y sintió cómo la última barrera de contención que le quedaba en el cerebro se desmoronaba por completo, arrastrando consigo cualquier pizca de remordimiento.

El castaño se inclinó hasta que sus frentes chocaron, dejando que sus respiraciones se mezclaran.

—Yo también te amo, Harry —confesó, llamándolo por su nombre de pila por primera vez—. Y no... no te amo como un hijo debería amar a su madre. Joder, sé que está mal, sé que es una locura, pero desde hace tanto tiempo que dejé de verte solo como mi mamá.

Harry cerró los ojos mientras se aferraba a las muñecas de Louis.

—Si nos vamos a ir al infierno, nos vamos juntos —sentenció Louis con una sonrisa posesiva—. Al carajo papá, al carajo las pasantías y al carajo el mundo entero. Si quieres que empecemos de cero en otro lado, lo haremos. Pero primero... voy a cumplirte el deseo de hacerme cargo de ti como tu hombre.

Louis bajó una de sus manos con rapidez, atrapando la pretina de sus pantalones, tirándolos y bajándose la ropa interior hasta los tobillos, mientras Harry terminaba de quitarse la falda, cegado por la urgencia de sentir la piel de su hijo contra la suya.

—Mierda, mami, de verdad vamos a tener un bebé —Louis gruñó contra su boca en medio del beso, restregando la cabeza de su polla contra el clítoris de su mamá.

—S-Sí, mi amor... hazlo ya —gimoteó Harry entre los labios de su hijo—. Preña a mami... dame tu bebé...

Louis agarró los muslos de Harry con fuerza, abriéndolo de par en par sobre el escritorio, y empujó las caderas hacia el frente con un golpe seco.

La verga entera entró limpia, hundiéndose sin la barrera del látex, directa y profunda hasta chocar de lleno contra las paredes internas del coño de su madre. El sonido de la carne chocando fue ensordecedor en la pequeña habitación, un eco húmedo que marcó el inicio de la concepción más prohibida del mundo.

—¡Ah... ahg! ¡Lou... m-mami ya está... ah! —Harry empezó a gemir como una auténtica perra en celo, perdiendo cualquier rastro de dignidad. Tenía las piernas temblando sobre los hombros del castaño.

Louis, al escuchar esos alaridos tan sucios y notar la sumisión total de su madre, se transformó por completo. El instinto más primitivo y oscuro lo dominó. Se inclinó hacia el frente, aplastando el pecho de Harry contra la mesa, y le pegó los labios directamente al oído, mordiéndole el lóbulo antes de empezar a escupirle las guarradas más densas y denigrantes.

—Mírate, mami... abierta de piernas sobre mi escritorio, chorreando como una zorra barata por la polla de tu propio hijo.

¡Plaf, plaf, plaf!

El sonido del pubis de Louis azotando las nalgas de Harry era ensordecedor.

—Te encanta que te use así, ¿verdad, zorra? Te encanta que tu niño te rompa el coño —continuó Louis, aumentando la velocidad hasta dejar a Harry sin aire—. Olvídate de volver a ser una mamá normal. A partir de hoy, solo vas a ser mi incubadora personal. Te voy a preñar una y otra vez, Harry... voy a usar este coño para vaciarme todos los días hasta que dejes de menstruar y tu vientre esté gordo de mi semen. Vas a parir mis hijos, puta... vas a llevar mi descendencia en las entrañas porque eres mía.

—Sí... ahg... s-soy tu puta, tu incubadora... —chilló Harry, completamente quebrado por la humillación de sus palabras, viniéndose en un orgasmo que le hizo chorrear fluidos por todos lados, apretando el coño con fuerza alrededor de la verga de su hijo.

Los espasmos del clímax de su madre fueron el detonante final. Louis estaba a solo dos embestidas de venirse y vaciar su semen dentro del coño de su mamá. Harry seguía gimiendo tan fuerte que seguro ya los habían escuchado hasta los vecinos. El ruido de la carne chocando y los gritos del rizado inundaban toda la vivienda, hasta que...

¡Click, clack!

Alguien había entrado a la casa.

Oh, mierda.

El cerebro de Harry experimentó un cortocircuito, desconectándose de la lujuria de golpe. Su mente, aún nublada por el orgasmo, recordó que John —su exesposo y el papá de Louis— seguía teniendo una copia de las llaves. Harry lo había olvidado por completo por culpa de la calentura; John le había avisado días atrás que necesitaba pasar esa tarde por unas cosas viejas que se le habían quedado olvidadas.

La polla de Louis seguía enterrada hasta el fondo de su coño, latiendo por el orgasmo retenido, pero ambos se quedaron congelados como estatuas sobre el escritorio. Los latidos de sus corazones eran lo único que se escuchaba en la habitación, pesados, asustados.

Pasos comenzaron a resonar en el recibidor, avanzando con total familiaridad.

—¡¿Harry?! ¡¿Louis?! —la voz fuerte y profunda de John resonó por los pasillos de la casa, peligrosamente cerca de la puerta de la habitación.

Harry abrió los ojos de par en par, ahogando un grito con su propia mano mientras miraba a su hijo. Estaban completamente desnudos, el escritorio era un desastre de fluidos, las bragas y la falda estaban en el suelo, y la verga de Louis seguía dentro de él.

Si John daba diez pasos más, los descubriría en la infamia más absoluta.

El pánico inyectó una dosis de adrenalina en el cuerpo de Harry. Con los ojos desorbitados por el terror, Harry hizo que Louis saliera de él de un solo tirón. El sonido húmedo del desenganche fue casi imperceptible ante el ruido de los pasos de John aproximándose. El rizado empujó a su hijo hacia la cama con urgencia; Louis, todavía aturdido, se dejó caer, permitiendo que su madre lo cubriera con las sábanas por completo hasta el cuello.

Harry se movió como un rayo. Agarró lo primero que vio en el suelo: una camiseta grande de Louis que le quedaba como un vestido corto. Se la pasó por la cabeza en un segundo mientras usaba el pie para patear y esconder la falda, las bragas, los pantalones y los boxers de Louis debajo de la cama, enterrándolos en la oscuridad. Con la respiración desbocada, el coño latiendo y goteando el exceso de lubricante por sus muslos, Harry caminó hacia la entrada.

Abre la puerta de la habitación justo cuando John ya estaba por tocar, con la mano suspendida en el aire.

—¡John! Dios... qué susto me diste —exclamó Harry, forzando una sonrisa cansada y apoyándose contra el marco de la puerta para bloquear la vista hacia el escritorio lleno de fluidos.

John bajó la mano, mirándolo curiosidad. Sus ojos recorrieron la silueta de su exesposo, deteniéndose un segundo en sus rizos revueltos y en las mejillas inusualmente rojas del rizado.

—Hola, Harry. Siento entrar así, es que llamé a la puerta pero nadie contestó —explicó John—. Escuché unos gritos desde el pasillo... ¿Está todo bien por aquí? ¿Y Louis?

—S-sí, es que... es que mi bebé se enfermó y—

—No es un bebé, Harry, tiene veintidós años, ya deja de tratarlo como a un crío —lo interrumpió John con ese tono de fastidio que el rizado tanto recordaba.

Harry aprovechó el reproche para dar un paso al frente, obligando a John a retroceder. Con un movimiento rápido estiró la mano hacia atrás y cerró la puerta de la habitación, dejando a Louis a salvo en la intimidad del cuarto, mientras ellos dos se quedaban a solas en el pasillo.

—Tiene fiebre, John. No importa la edad que tenga, siempre será mi hijo y me voy a preocupar por él.

—Por supuesto. Siempre él. ¿Sabes qué, Harry? Es repugnante ver que nada ha cambiado —John dió un paso más cerca—. Por esto mismo nos divorciamos, Harry. Porque en esta maldita casa tú parecías querer más a tu hijo que a tu propio esposo. Siempre fue Louis primero, Louis en el centro, Louis durmiendo en nuestra cama si tenía una pesadilla... Me desplazaste por un niño.

A pesar del pánico, las palabras de su exesposo hicieron que una chispa de rabia se encendiera dentro de Harry. Usando su mejor actuación, miró a John como si estuviera completamente demente.

—¡Estás loco, John! Joder, estás jodidamente enfermo —le espetó Harry, alzando la voz para que Louis escuchara desde el otro lado—. Es completamente enfermo tener celos de tu propio hijo. Es asqueroso que insinúes esas cosas. Siempre viste cosas donde no las había, inventando locuras en tu cabeza para justificar que fuiste un pésimo esposo.

—¡¿Qué no pasaba nada?! ¡Se besaban en la boca, Harry! ¡En la boca! —gritó John, con el rostro encendido de rabia—. Un niño de catorce, quince años no besa a su madre de esa manera. ¡Ningún hijo normal lo hace! Me llamaste loco durante años, me hiciste dudar de mi cordura, pero yo sé lo que vi.

A Harry se le heló la sangre, sin embargo, no se amedrentó. Sabía que admitir debilidad significaba que John abriría esa puerta y destruiría sus vidas. Apretando los dientes, Harry dio un paso hacia el frente, invadiendo el espacio personal de su exesposo.

—¡Era un beso de buenas noches, pedazo de imbécil! —siseó Harry—. Qué mente tan sucia debes que tener para sexualizar el cariño de una madre hacia su hijo. Eres un monstruo si de verdad pensabas eso de nosotros. ¡Por eso nos divorciamos, John! Porque tu toxicidad y tus paranoias enfermas estaban destruyendo a esta familia.

Siguieron discutiendo a gritos en medio del pasillo, sacando a relucir trapos sucios del pasado y reproches marchitos, hasta que la paciencia de Harry se agotó por completo.

—Grita todo lo que quieras, John, porque total, esta es la última vez que nos vas a ver —soltó Harry—. Louis y yo nos vamos del país.

John dio un paso agresivo al frente, apretando los puños.

—¡¿Qué?! ¡¿De qué carajos estás hablando, Harry?! No puedes hacer eso, no puedes llevártelo lejos de mí... ¡Louis también es mi hijo! ¡No tienes el derecho de arrebatármelo así! —renegó John.

Harry ni siquiera parpadeó.

—¡Oh, sorpresa, John! —le espetó Harry—. Tal como tú mismo lo dijiste hace un minuto... Louis ya no es un crío. Tiene veintidós años. Es un hombre hecho y derecho que puede decidir perfectamente a dónde y con quién irse. Y adivina qué... me eligió a mí. Decidió quedarse con su madre. Así que recoge tus malditas cosas y lárgate de mi casa de una vez.

Detrás de la puerta, Louis no pudo evitar que una sonrisa lobuna se extendiera por su rostro al escuchar a su mamá ganando la batalla y la libertad para estar juntos, preñarlo y amarse sin esconderse en un país lejano estaba a solo un paso de distancia.

Segundos después, los gritos en el pasillo finalmente se detuvieron, seguidos por el estruendoso portazo de la entrada principal y, casi de inmediato, el rugido de un auto arrancando a toda velocidad.

John se había largado.

La puerta de la habitación se abrió de golpe. Harry entró con la respiración agitada, al verlo, Louis, desesperado, tiró las sábanas hacia un lado, exponiendo su cuerpo desnudo y su verga que seguía completamente erecta.

Harry corrió hacia la cama y se montó sobre él, horquillando sus piernas alrededor de la cintura de su hijo. La camiseta se le subió hasta la cadera, dejando su coño directamente sobre el abdomen del castaño.

—Estuviste increíble, mami... Joder, qué buena eres mintiendo —gruñó Louis, atrapando la cintura de Harry con sus manos para pegarlo a su cuerpo—. Mandaste a mi papá al diablo en nuestra propia casa.

—Se lo merecía... —jadeó Harry, inclinándose para rozar sus labios—. Te lo dije, mi amor... nos vamos a ir lejos. Pero ahora... ahora necesito que cumplas lo que me prometiste.

Louis soltó una risa ronca y le apretó las nalgas con fuerza, acomodando la punta de su polla en la entrada de su madre.

—Te voy a destrozar el coño, zorra —le susurró Louis al oído, volviendo al tono denigrante que a ambos los volvía locos—. Te voy a dar tan duro que vas a olvidar cómo hablar. Prepárate, mamá... porque de esta cama no te levantas hasta que estés embarazada.

Harry enterró las uñas en los hombros de su hijo mientras Louis empujaba las caderas hacia arriba, clavándose entero y sin condón de un solo golpe, listos para reanudar su insaciable adicción durante toda la noche.

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Diez años.

Ese era el tiempo que había pasado desde la tarde en que el escritorio de Louis quedó cubierto de contratos arrugados y promesas prohibidas. Diez años desde que decidieron darle la espalda al mundo, empacar sus vidas en un par de maletas y huir de las sombras que amenazaban con destruirlos.

Noruega los había recibido con un invierno eterno, pero para ellos, el frío exterior solo servía para hacer el calor de su hogar mucho más acogedor. En una hermosa cabaña de madera a las afueras de Oslo, rodeados de bosques nevados y un silencio sepulcral que nadie interrumpía, habían construido su propio paraíso.

Allí, lejos de las miradas acusadoras, eran simplemente una familia.

La mañana comenzó con el suave crujido de la madera y el aroma a café recién hecho flotando por los pasillos. Harry, ahora con algunas líneas finas de expresión alrededor de sus ojos que solo lo hacían ver más hermoso, se encontraba de pie junto a la ventana de la cocina, vistiendo un suéter de lana que le pertenecía a Louis. Miraba caer los copos de nieve con una sonrisa, sintiendo una plenitud que jamás creyó experimentar en su vida.

Unos brazos fuertes y familiares se envolvieron con total naturalidad alrededor de su cintura, pegándolo a un pecho fuerte y cálido. Louis, cuyo rostro se había vuelto más varonil a sus treinta y dos años, apoyó la barbilla en el hombro de su madre, dejando un beso en su cuello.

—Buenos días, mi vida —dijo Louis, acariciando con sus pulgares el vientre de Harry sobre la tela del suéter. Ya no había urgencia; solo un amor profundo y protector—. Te despertaste temprano hoy.

—Me gusta ver la nieve antes de que los niños destruyan el jardín —respondió Harry, echando la cabeza hacia atrás para buscar los labios de su pareja.

—¿Siguen durmiendo? —preguntó Louis, mirando hacia el pasillo que conducía a las habitaciones.

Harry sonrió, apoyando sus manos sobre las de Louis en su abdomen.

—No, probablemente bajarán en uno, dos...

No alcanzó a terminar la cuenta regresiva cuando el sonido de varios pasos apresurados y pequeñas risas rompió la paz de la mañana, bajando por las escaleras con la energía típica de un día nevado.

La primera en entrar a la cocina fue Lila, de nueve años, la viva imagen de Harry con sus rizos y una madurez que siempre sorprendía a sus padres. Venía sosteniendo de la mano a Lucas, el más pequeño de dos años, quien caminaba dando saltos con un pijama de ositos, frotándose los ojos azules —idénticos a los de Louis— llenos de sueño. Detrás de ellos aparecieron Rony, de seis años, llena de energía desbordante, y la pequeña Erika, de cuatro, abrazando fuertemente un peluche mientras bostezaba.

—¡Papi! ¡Mami! ¡Ya está nevando! —exclamó Rony, corriendo directamente hacia Louis, quien la atrapó en el aire con un brazo mientras usaba el otro para cargar al pequeño Lucas, llenándole las mejillas de besos que hicieron reír al bebé.

—Buenos días, mis amores —dijo Harry con los ojos brillando de ternura, agachándose para recibir el abrazo de Lila y Erika—. Vayan a la mesa, mami les preparó panqueques con chocolate.

Lila sonrió y guio a sus hermanos hacia el comedor, asumiendo su rol de hermana mayor con orgullo. Mientras los niños se acomodaban entre risas y bobas discusiones sobre quién se sentaba en dónde, Louis se acercó a Harry por la espalda.

—Lo hiciste, amor —susurró Louis, mirándolo con un respeto que habían madurado con los años—. Me diste la familia con la que siempre soñamos.

Harry miró a sus cuatro hijos, sanos, felices, creciendo en un país donde nadie conocía su historia, y luego miró al hombre de su vida, su bebé grande, su hombrecito. Aquella locura de amor que alguna vez pareció enferma los había salvado a ambos, dándoles el refugio perfecto en medio de la nieve.

—Te amo, mi vida —respondió Harry, dándole un beso en los labios, sellando para siempre su eternidad en Noruega.