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APRENDIZ DE MARIONETAS HUMANAS

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Para sus padres, ella era una aberración; un ser con un "don" tan oscuro que solo supieron responderle con violencia. Echada a la calle, la niña se refugia en una casa de cartón donde perfecciona su poder y encuentra un aliado impensable: un cadáver revivido, un ser maligno que aún conserva un retorcido amor familiar. Guiada por un deseo enfermizo de pertenencia, regresa a su antiguo hogar para una reunión final, macabra y permanente. Ahora, de vuelta en su santuario y con las manos manchadas, mira la oscuridad con una sonrisa: es hora de fabricar a su propio amigo desde la muerte. Copyright © Todos los Derechos Reservados.

Genero:
Horror
Autor/a:
V.A. Hdez
Estado:
Completado
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

En los arrabales de una ciudad sin nombre, donde el aire se pega a los pulmones con vientos desesperanzados, una niña de cabellos oscuros y enredados, de ojos grandes y verdosos, habitaba un hogar de penumbra y hostilidad. Su nombre era Aurora. Tenía unos nueves años y ya conocía las agresiones de la vida, de la cual era indigna. Ella, la mayoría del tiempo, llevaba consigo el rastro de la desidia debido a unos padres no tan cuerdos. Ya le era costumbre vestir unos rasguños y moretones que adornaban su piel, pálida y frágil. 

La casa era un armazón de madera vieja que crujía bajo sus diminutos pies. Cubierta de telarañas y vidrios rotos que la hacía húmeda y algo, fría. La normalidad de habitar en un silencio opresivo para no irritar a las personas más importantes en la vida, obedeciendo sus designios sin cuestionar.

Una tarde, mientras la luz amarillenta de un sol moribundo descendía a dar paso a la luna, Aurora se encontraba caminando en el abandonado y vastó jardín detrás de su casa. Un amplio terreno que mostraba la abundante maleza que, por su diminuto ser, no podía mantener limpio. Allí, de manera inesperada, se encontró un pájaro inerte. Sus alas parecían curvadas, el pico abierto con algún líquido viscoso que se colaba por él. Lentamente, se acercó apartando los ramilletes que medio lo cubrían a la vez que su corazón se llenaba de una tristeza profunda e inexplicable.

“¿Qué te pasó?”, le preguntó casi al borde de las lágrimas. Esperaba una respuesta, pero aquella ya se encontraba muda y tiesa.

Llevó sus pequeñas manos debajo del ave, manos no tan delicadas y repletas de mugre. Lo alzó, atrayéndolo a sí misma. Ciertamente, en ese instante, comprobaba su fallecimiento. Entonces, sin detenerse, comenzó a llorar. Lloraba como si hubiesen compartido años juntas, aunque no se conocían ni siquiera a la distancia. Más, su corazón, le dolía. Pensaba si, por casualidad, había alguien que lo extrañase ahora que estaba muerto. Seguía llorando, no podía detenerse.

De pronto, cuando ya se azulaba el cielo, entre las lágrimas y el pesar, empezó a exclamar palabras entre en versos que se alzaban a él. Así, el pájaro, retorciéndose, comenzó a moverse, lento y antinatural sobre sus manos. De golpe, se agitaba espasmódicamente, lo que le impresionó haciéndola embozar una sonrisa. No se hallaba asustada, más bien era un sentimiento de calma y descanso. De alguna manera, ese cuerpo alado se incorporaba sobre las manos de la niña. Se tambaleaba por la inestabilidad de estas; no obstante, Aurora lo ayudaba a acomodarse.

Ella lo observaba embelesada mientras su rapada cabeza retornaba a su lugar, erguida, y el pico dejaba de espumar. Por fin, abrió sus ojos, dejando ver las rojas pupilas que se enfocaban en la niña. Su negro plumaje se abría y cerraba, indicando que aquel cuerpo ya no era tieso.

“¿Eres mi ama?”, preguntó con un tono de voz neutral, Aurora se asombró por cómo le hablaba que casi lo hace caer. “¿Cómo te llamas?”

“¿Ama? ¿Qué es eso?”, respondió la niña, confundida, después de estabilizarse. Ella notóque el ave no hablaba directamente con su pico dorado y curvado.Él estaba silencioso, mirando penetrante directamente a los ojos de Aurora. “Me llamo Aurora, ¿Cómo te llamas? ¿eres un animal que habla? ¿Un animal mágico?”.

La emoción se le notaba a la niña con cada palabra que no percibió la cercanía con el ave.

“Mi ama, no tengo nombre… Y solo puedo hablar con usted…”

“¿En serio? ¿Por qué no tienes nombre? ¿No te gusta hablar con más nadie?”

Silencio… El ave guardó silencio.

“¡Ah, ya sé!”.

Aurora con el ave en mano, corrió a prisa hacia su casa. Abrió la puerta trasera ingresando a ella. En la cocina, se encontraba su madre lavando los platos. Elena, una mujer esbelta, robusta y con carácter, ejercía su labor con el rostro encarado.

“¡Mami…! ¡Papi…! ¡Miren! ¡Miren lo que hice!” exclamó Aurora, acercándose a prisa, emocionada. Ella sostenía el pájaro que, con un movimiento espasmódico, miró a Elena.

“¿Qué demonios es eso, Aurora?, gritó, espantada y con asco. Retrocedió sin soltar de su mano, el plato que lavaba. “¡Suelta esa bestia! ¡Es un zamuro! ¡Qué asco!”.

“¿Zamuro?”, indagó Ricardo quien se asomaba, temeroso, a la entrada de la cocina.

Ricardo, el padre, un hombre de complexión delgada, aunque barrigón, poseía un rostro surcado por líneas de preocupación y el cansancio debido a su alcoholismo. Levantó la cabeza, notó que aquella ave era inmensa y tenebrosa. Ella, con su agilidad peculiar, había girado su cabeza para verlo ahora a él. Ricado se llenó de horror. Su semblante cambió de curiosidad a un hombre apocado y temeroso.

“¡Qué asco, Aurora! ¿Cómo puedes traer eso a casa?”, gritó, cubriéndose los labios.

Ricardo no podía dejar de observar el avo. Sentía que ella estaba esperando un movimiento para atacar. De repente, sus ojos se enfocaron en algo que se movía debajo de una de sus alas. Un gusano, enorme gusano emanaba su cabeza abriéndose paso entre el plumaje.

“Pero papá, está bien, es pequeño y lindo…”

“¿Pequeño? ¿Lindo?”, refutó su madre, girando aun lado su cabeza, para no vomitar.

“Estaba muerto y ahora está vivo”, sonrió con tanta alegría que la felicidad se escapaba de sí. “Y hablamos, mami… Habla con él…”

Aurora alzó al ave colocándolo justo enfrente de Elena. Esto generó una gran ira en su madre que, sin cambiar el rostro, lanzó el plato en el lavavajillas, el cual terminó quebrándose. Seguidamente, se abalanzó sobre la indefensa que, viendo la cercanía y expresión en el rostro de Elena, esfumó su alegría y el miedo apareció, no solo en su mirada sino en todo su cuerpo.

El ave voló antes que Elena arremetiera contra la infante, se alzó sobre su cabeza, acto que Elena no le importó. Todo de ella ya había perdido cordura, solo se enfocaba en su víctima y era lo único que importaba. En cambio, el ave se escapaba al salón, desorientada, buscando una salida. Ricardo viendo como se aproximaba a él y debido al miedo, cayó al suelo.

“¡Aaah!”, gritó, Ricardo

“¡Pum!”, sonó, por otro lado, el golpe de la palma de la mano de Elena en la espalda de Aurora. “¡Eres un monstruo! ¡Una aberración! ¡Asquerosa!¡No debiste nacer!”.

Aurora se encogió. Un sollozo ahogado se le escapó mientras el dolor ardiente recorría su ser. Se giró, apretando el rostro contra la pared para no ver la expresión enfurecida de su madre. Cada impacto, se unía al punzante sufrimiento de la incomprensión de aquellas palabras. Ella luchaba, no con la mujer; sino con ese inexplicable sentimiento que le impide llorar con libertad. Se contiene, sin evitar las lágrimas con las pocas fuerzas que un niño posee. Sabe que lo complicaría más si gime, si se queja, si llora y pide clemencia.

“¡Pac,Pac,Pac!” se escuchaba.

Ricardo, paralizado en el suelo, presenciaba la escena de Elena a un lado y, por el otro, la confusión del ave que no sabía dónde posar. Su primer impulso fue correr por su botella, medio llena, a un lado del sofá; pero se detuvo en seco cuando fijó sus ojos en el ave que se cernía sobre el sillón. La vieja manía regresó con una fuerza abrumadora, la urgencia de jalarse el cabello ante la impotencia. Entre los golpes brutales que resonaban al fondo y la mirada incesante del pájaro, sus dedos se enredaron en su propio cabello tirando con desesperación. Su cuerpo se agitaba tembloroso y un hueco se tornaba, feroz, en su estómago. Y, sin poder negarlo más, murmuró:

“Elena… por favor…” murmuró subiendo el tono en cada palabra. “Detente… Detente… Detente…”

Ricardo observó a Elena, tenía los ojos desorbitados y sintió entonces como si realmente deseara desaparecer a Aurora.

“¡Cállate tú también, inútil! ¡Esto es tu culpa, por engendrar algo así!” espetó con ira, deteniendo su arremetida. Aurora retrocedió hasta la pared trasera aprovechando que los golpes se habían detenido, cayendo de rodillas al piso. Ella tapaba su boca, gimiendo en silencio, mientras Elena recuperaba el aliento.

“Pero también es tu hija”, musitó Ricardo, recuperando a su manera la calma.

“Por desgracia… No sé qué pensaba cuando me metí a vivir contigo…”

Las lágrimas de Aurora no cesaban. No hablaba. Ella, en introspección, se preguntaba qué había hecho mal esta vez. Simplemente, creyó que sería buena idea compartir con sus padres lo que presenció. ¿Qué estaba mal? ¿Qué era asqueroso? La niña sujetó su hombro como si quisiera acumular el dolor en un solo lugar.

“Ele… Elena…, por favor…”, repetía Ricardo.

“¡Cállate!” gritó Elena. “¡Cállate de una vez! Y tú inadaptado, saca a esa bestia de la casa… Haz algo útil”.

Aurora miró a su madre cuando escuchó el nombre del pájaro. Elena, entonces, le devolvía lo mismo, pero su repulsión era evidentemente marcada. Elena tenía los ojos negros, y para Aurora, eran tan espelusnante que cubría por completo los ojos. Presionaba su mandíbula, ya había recuperado su fulgor. Aurora, por su parte, se aterraba. Llegó la segunda parte. Un gélido escalofrío la estaba haciendo morir entre una leve hiperventilación.

“Tú nunca debiste haber nacido…”, indicó con pesar Elena.

La madre se lanzó sobre Aurora una vez más. Pero esta vez, como un rayo, el ave se interpuso, abalanzándose sobre la señora. Sus picotazos eran rápidos y certeros en la cabeza, mientras susafiladas garras se clavaban en el rostro de Elena, abriendo finas líneas de sangre. Un grito de dolor, aunque ahogado por la rabia, escapó de los labios de Elena. Fiel a su carácter irascible, intentó manotear al pájaro con furia ciega, pero sus movimientos eran torpes y desesperados, sin lograr alcanzar a la ágil criatura que la atacaba con insistencia.

“Ricardo quítame a este animal”, gritó, angustiada y enojada. “Ricardo…”

“Mi ama…”, anunció el ave “salga de este lugar, yo la seguiré”

Aurora, sin pensarlo dos veces, cruzó al lado de su padre, quien se acercaba a la cocina con un palo de escoba en su mano. Abrió la puerta con dificultad, agitada y algo nerviosa. Las piernas le temblaban, por lo que le costó correr otra vez. Con todo, salió de la casa, dejando abierta la entrada. Unos segundos después, el zamuro salió de esa casa. Surcaba el cielo nocturno fragmentando la luz de la luz con su cuerpo. Él perseguía a la niña que corría y corría sin rumbo en dirección hacia el pueblo. Pueblo que yacía debajo de la montaña en donde vivía. Un pueblo que acababa de despertar. Mendigos, borrachos y prestamistas salían a sus calles, animándola.

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