Capítulo 1: Al acecho de la brisa y al sonar del plomo
Era una noche fría, oscura y húmeda en la ciudad.
Los carteles de neón brillaban a lo lejos, junto al eco de las sirenas policiales y el estallido de las balas perdidas que el viento apagaba.
Por las calles, la gente pasaba de largo sin mirar a los demás, ignorando cualquier cosa que pareciera extraña.
Entre los vagabundos, las ratas, el plomo y el frío, una extraña persona caminaba a paso lento.
Los transeúntes la miraban de reojo y apartaban la vista de inmediato; esta los ignoraba, con una mirada fría y penetrante acompañada de unas ojeras que contaban una historia más importante que aquellas miradas.
Una ráfaga gélida meció la cola de su gabardina. El destello intermitente del neón se reflejaba en la tela, iluminando los botones dorados que contrastaban con el tono café oscuro de la prenda.
Un fedora, tan oscuro como la misma noche, escondía su rostro de la poca luz que acompañaba a la ciudad, dejando que el azul de una mirada penetrara la oscuridad que la ocultaba.
Sus pasos chapoteaban en los charcos helados mientras se adentraba en una calle vacía, acompañada únicamente por el humo que dejaba tras de sí.
Clavó los ojos en un cartel brillante, dejando que el destello rebotara en sus pupilas y revelara una piel pálida bajo las sombras.
— Te encontré — susurró con una voz femenina algo rasposa, mirando el letrero que descansaba sobre la puerta.
Caminó hacia la puerta, empujándola y barriendo el interior con la mirada al entrar.
El lugar estaba algo vacío: al fondo, unos tipos jugaban al billar, mientras el cantinero limpiaba un vaso detrás de la barra sin levantar la vista.
También había un hombre sentado en una de las banquetas, contemplando el mostrador sin hacer nada más.
La chica cerró la puerta tras de sí y avanzó hacia la barra. Uno de los sujetos del fondo alzó los ojos para ver a la extraña que acababa de ingresar, y una sonrisa burlona comenzó a dibujarse en su rostro.
Sintiendo esa sonrisa a sus espaldas mientras caminaba hacia el mostrador, sentándose en una banqueta cerca del hombre misterioso sin apartar la vista del frente.
El cantinero desvió la mirada hacia la extraña, luego miró de reojo a los tipos del billar y dejó escapar un suspiro.
— ¿Qué va a querer?... Señorita — preguntó este de manera amable, dejando el vaso ya limpio a un lado.
— Me da un Manhattan — dijo la chica, levantando la vista hacia el cantinero sin mucha emoción.
El cantinero miró esos ojos azules tan penetrantes y se tensó al instante, pero terminó por asentir y se dio la vuelta hacia los estantes para preparar el trago.
Unos pasos pesados se escucharon detrás de ella.
— Oye, chica, dime… ¿dónde está tu marido? — soltó una voz con un marcado tono de burla.
— O mejor aún, ¿por qué no estás en una cocina? — añadió otra voz desde la lejanía, seguida de unas carcajadas burlonas.
Una mano se posó en el hombro de la extraña, apretándolo con fuerza.
— ¿Qué, no te enseñaron a contestar cuando te hablan? — soltó el tipo con una voz arrogante.
La chica dejó escapar un suspiro.
— Quita tu mano — advirtió ella con una voz gélida.
El tipo se tensó al instante; la temperatura del lugar pareció bajar unos grados de golpe.
— Aquí está su trago, señorita — interrumpió el cantinero, rompiendo la tensión al dejar el vaso frente a ella con manos temblorosas.
El tipo miró a la chica y soltó una risa, apretando el hombro aún más fuerte.
— Te haces la ruda, pero no eres más que una simple chica — se burló este, mirando el fedora que llevaba puesto.
Su sonrisa se ensanchó. Subió la mano libre, agarró el fedora y se lo quitó de un tirón, revelando un cabello dorado que caía como una cascada hasta su cuello.
Los tipos del fondo estallaron en carcajadas. El agresor miró el sombrero, apretándolo con desprecio en su palma.
— Miren, pero si es ricitos de oro — se mofó, abriendo la boca para seguir riendo, hasta que sintió algo metálico y gélido presionando con fuerza contra su cabeza.
El tipo se quedó inmóvil, mirando de reojo a la extraña que ya se había levantado a su lado para presionar el cañón de un revólver contra su sien.
— ¡Oye, déjalo!… — intentó gritar uno de los sujetos del fondo mientras se acercaba, justo antes de que una detonación ensordecedora resonara por el bar y una bala pasara rozando su oreja.
Las personas dentro del establecimiento alzaron las manos de inmediato ante la situación. El cantinero contempló a la rubia con terror.
— Oye, no quiero problemas aquí — comentó este, mirándola fijamente.
De pronto, el hombre que estaba sentado en una de las banquetas se levantó de golpe, arremetiendo contra ella.
La chica reaccionó rápido, desviando el revólver hacia este nuevo atacante, pero el sujeto al que tenía encañonado aprovechó la distracción; apretó los puños y le soltó un golpe certero en la mejilla.
La chica miró con enojo al tipo que la acababa de golpear, justo antes de que sus ojos mostraran un destello morado por un instante.
Bajó la cabeza con agilidad, esquivando un zarpazo letal del hombre que se acababa de levantar.
Ella fijó la vista en este último: una de sus manos se había transformado en una enorme espina negra, mientras que la otra lucía garras afiladas.
Al ver la criatura ya revelada, los sujetos del fondo entraron en pánico e intentaron correr hacia la puerta; el monstruo clavó su mirada en ellos e hizo la intención de abalanzarse para cazarlos.
La chica alzó su revólver y apretó el gatillo, metiendo un plomazo que le cortó el paso a la criatura.
— No te voy a dejar hacer eso — sentenció con su voz rasposa.
Abrió la palma de la mano y el fedora, que el tipo que la había golpeado aún sostenía con fuerza, se liberó de su agarre de un tirón magnético, volando directo hacia ella.
Lo atrapó en el aire, acomodándoselo de nuevo en la cabeza.
Del tocadiscos solo emergía un jazz suave que inundaba el silencio del lugar, mientras la chica y la criatura cruzaban miradas sin moverse, pero listas para actuar.
La chica alzó su arma rápidamente, apuntando a la criatura antes de apretar el gatillo; el monstruo se movió hacia un lado, esquivando el disparo, y se abalanzó contra ella.
La joven movió su mano libre: una de las banquetas comenzó a levitar y, con un rápido movimiento de brazo, la lanzó disparada hacia la criatura.
El objeto impactó de lleno en su costado, haciéndola tambalear por un momento.
La chica corrió hacia ella. La criatura intentó apuñalarla con la espina negra, pero ella esquivó el ataque, aunque el filo alcanzó a rasgar su gabardina.
Sin dudarlo, sujetó la espina del monstruo con fuerza.
La criatura intentó liberarse del agarre lanzando un zarpazo con la otra mano.
La chica esquivó el golpe, que aun así alcanzó a rasgarle la mejilla; sin embargo, antes de que el enemigo se diera cuenta, ya estaba levitando unos cuantos centímetros del suelo.
La chica miró a la criatura a los ojos antes de levantarla por completo por encima de su cabeza.
En cuanto el monstruo comenzó a caer de espaldas, recuperó de golpe todo su peso y se estrelló contra el suelo, justo detrás de ella.
Contempló a la criatura que yacía en el piso intentando levantarse; sacó su revólver y jaló el gatillo.
Un agujero perfecto apareció en su pecho. Un charco de sangre manchó rápidamente el suelo antes de que el cuerpo se desintegrara por completo en polvo gris.
La chica levantó la mirada con la respiración algo agitada. Miró el bar: algunos de los banquillos estaban tirados, quedó el hoyo que había dejado la criatura en el suelo y los tipos al fondo del establecimiento la contemplaban aterrorizados.
— ¿Quién era la niñita? — murmuró esta, irguiéndose mientras se acomodaba el fedora y se limpiaba la sangre de la mejilla.
Caminó de vuelta a la barra y miró el Manhattan que había dejado. Lo agarró, lo contempló un momento y se lo acabó de un solo trago.
— No está mal — dijo, levantando la vista hacia el cantinero.
La chica metió la mano en un bolsillo de su gabardina y sacó una moneda de oro, dejándola al lado del vaso.
— Quédate con el cambio — dijo, antes de volver a meter la mano en la prenda y sacar una bala morada.
Liberó el tambor de su revólver y metió el proyectil.
— Yo no vi nada — se adelantó el cantinero, mirando a la chica con pánico.
— Ya lo sé — respondió ella.
— Pero me quiero asegurar de que sea verdad — añadió.
La chica caminó hacia la puerta del bar y se plantó en medio de la salida.
— ¡Po-por favor, no me mates! — rogó el tipo que le había arrebatado el fedora hace unos momentos.
— ¡Yo ni lo conozco! — comentó otro de los hombres, alejándose del sujeto que había provocado todo.
La chica cerró el tambor de un golpe y apuntó hacia el interior del bar, con el dedo firme en el gatillo.
— ¿Y eso a mí qué? — disparó su voz rasposa antes de presionar el gatillo.
La bala salió del cañón y quedó suspendida en medio de la sala, estallando en una cegadora luz morada que los golpeó a todos.
La chica salió del bar hacia la noche gélida. Adentro, los tipos parpadearon, mirando a su alrededor confundidos.
— ¿Qué carajos pasó aquí? — comentó uno de ellos, sobándose la cabeza.
El cantinero miró el vaso vacío y la valiosa moneda de oro al lado, completamente incapaz de recordar nada de lo que acababa de suceder.






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