Deseo Incontrolable

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Summary

Alessia Rocci siempre soñó con la libertad. Siempre soñó en ser como los pájaros, tener alas y volar, pero nunca imaginó que su deseo se convertiría en todo lo contrario, la libertad que ella añoraba, llegaría de una forma distinta. Su destino ahora pertenecía a otra persona, toda ella pertenecía a alguien más. Su vida había sido comprada y borrada totalmente. "El dinero va de la mano con la maldad" Alejandro Lombardo es un magnate en el mundo de los negocios. Dueño de una cadena de hoteles de cinco estrellas. Parece que lo tiene todo: poder, dinero, placeres...Pero en el mundo de los negocios, siempre hay enemigos. Peligros, pero sobre todo negocios sucios e ilegales que van en contra de la ley. Alessia caerá en ese oscuro mundo. Siendo vendida como un objeto al mejor postor. Qué hará Alessia para salir de su situación mientras intenta no caer por su captor, el cual la arrastra y la confunde haciéndola caer en un peligroso juego, consumiéndola totalmente Podrá Alessia escapar mientras descubre mentiras de su pasado. Podrá Alessia al final tener su tan añorada libertad, Oh tal vez se dará cuenta que la libertad verdadera, está justo enfrente de ella.

Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
4.8 34 reviews
Age Rating
16+

🌹Capítulo 1🌹

Desde la ventana de mi puesto de trabajo me gustaba observar al pequeño pájaro que siempre se posaba en el arbusto. Mi mente se perdía por momentos en ese ser majestuoso. Nunca podía dejar de pensar que era libre ya que podía volar a dónde quisiera.

Suspire mientras mi mente vagaba en ese sentimiento.

¿Qué se sentía ser un pájaro?

Con grandes alas y volar a dónde el viento lo llevara. A dónde sus necesidades lo guiarán.

A pesar de que yo era una mujer ya adulta, trabajadora e independiente. Me sentía prisionera. A mis veinticinco no me sentía libre. Con gran deseo deseaba ser ese pájaro, abrir mis alas y volar lejos, conocer otra vida, conocer el mundo.

Aún recordaba que en mi adolescencia siempre había soñado con viajar a todas partes del mundo. Viajar y vivir una vida de las que sólo en sueños de una joven se podían vivir. Pero lamentablemente cuando se llegaba a la adultez y se aterrizaba en la cruda realidad, esos sueños se hacían espuma.

Me sostuve el pecho tratando de no hundirme en nostalgia. En esos sentimiento que llenaban mi mente.

Me ponían triste.

Era Lunes, un día tan ocupado en la oficina del pequeño bufete de abogados dónde trabajaba. Era la asistente de un abogado. Su bufete no era muy grande, ni famoso. Bueno, mi paga lo reflejaba, pero era lo suficiente para cubrir la vida que mis padres me habían otorgado, aunque mi madre ya no estaba conmigo para poder ver en lo que me había convertido. Sabía que no era gran cosa pero pagaba las deudas.

Con mis manos en la barbilla perdida en esa sensación sentí el peso de una mano fuerte en mi hombro. Voltee mi rostro saliendo de mi ensueño.

—¿Estás bien? —me pregunto Karina, su ceño estaba fruncido algo preocupada por mi falta de atención. Asentí con el rostro dándole una media sonrisa—. Por un momento te veías bastante perdida.

—Lo siento —suspiré ahuyentando mi leve pérdida en un espacio sólo mío —. ¿Necesitabas algo? —pregunte aterrizando de nuevo en la realidad. Ella sonrió dándome una nota. La tome y la medio leí. Deje salir el aire algo cansada—. Bien, empezamos el día —dije levantándome de mi asiento.

Ella me hizo señas de que me cortarían en cuello.

Camine algo asustada hasta su oficina.

Mi jefe era un hombre de sesenta y cinco años. No era muy simpático y no me refería a su aspecto si no a su muy mal carácter.

Constantemente vivía aguantándole sus malos humores que muchas veces desquitaba conmigo. Pero era trabajo y de algo debía vivir.

Toqué levemente la puerta. Su voz grave se escuchó del otro lado invitándome a pasar. Entre deteniéndome en el marco de la entrada.

—Mr. Robertson, ¿me ha mandado a llamar? —pregunté arrugando la pequeña nota en mi mano, pasando hasta la mitad de la oficina.

El hombre canoso arrugó aún más los ojos. Me hizo señas para que entrara del todo en la oficina, me ofreció la silla enfrente de su escritorio. Era raro, el año que llevaba trabajando aquí nunca me había tratado con tanta amabilidad.

Tal vez tenía pensado despedirme.

Mi corazón empezó acelerarse. Sabía que mi paga no era buena, pero me ayudaba a pagar mi pequeño apartamento y todo lo necesario que cubrían mis gastos.

—Señorita Rocci, necesito que me haga un enorme favor —sus ojos se elevaron a mi rostro mientras yo tomaba asiento.

Él lucía distinto.

—¿De que se trata, mister Robertson? —pose mis manos algo nerviosa en mis piernas—. Sabe que mientras esté a mi alcance no habrá ningún problema.

Él se levantó de su enorme silla arreglándose el saco, tratando de que el botón le cerrara aunque su gran estómago se lo impedía.

Abrió uno de sus cajones sacando un pequeño sobre amarillo. Lo apretó con fuerza antes de colocarlo al frente para que lo tomara.

—Tomé —musito.

Me levanté de mi sitio y tomé el sobre. No entendía que era toda esta atmósfera tan extraña.

No era la primera vez que hacía encargos para él, incluso a veces me hacía correr hasta el otro lado de la ciudad para entregar algún paquete que claramente podía mandarlo por algún servicio que la misma oficina otorgaba.

—Muy bien ¿A dónde desea que lo lleve?

Florida era enorme. Nunca sabía a dónde me iba a enviar.

—Necesito que vaya al Hotel Ritz Carlton y entregue el sobre en ese sitio —pasó sus manos por su cabello, sus ojos se veían algo inyectados de un color rojo sangre—. Yo tenía una junta con ellos pero por razones personales no puedo presentarme, así que necesito que usted se presente en mi lugar.

—Está bien no hay problema.

Apreté el sobre para medio sentir que era lo que contenía, pero se sentía que sólo eran papeles.

—Le daré instrucciones claras en cómo necesito que lo entregue —sus ojos volvieron a posarse en mi rostro.

No comprendía su repentino nerviosismo ante este encargo. Muchas veces había realizado tareas de este tipo por eso me intrigaba su forma de actuar. Trate de limpiar mi paranoica mente, era lógico que estaba así por el repentino problema que tenía, el cual estaba impidiéndole ir a esa reunión.

El Hotel Ritz Carlton era un hotel de cinco estrellas. Muy famoso por su espectacular construcción y sus diversos servicios que se basaban en puros lujos. Al tener una junta en dicho lugar solo significaba que esa era una reunión importante.

—Está bien —dije con una sonrisa.

Su mirada se calmó un poco.

Saque mi móvil de uno de mis bolsillos para anotar las instrucciones.

—Debe entrar por la parte de las descargas. Cuando esté allí, pregunte por Tyler. Deje que lo lea, después él le indicara a dónde debe dejarlo —asentí con el rostro mientras escribía todo en un texto —. Debe estar allí a las seis de la tarde, ni un minuto más, ni un minuto menos —trague saliva ante ese detalle tan demandante.

—Muy bien, así lo haré. ¿Algo más? —pregunte alzando el rostro, dejando de escribir.

Una sonrisa nerviosa se pintó en su cara.

—No puede decirle a nadie de esto Señorita Rocci...Es algo personal y no quiero que las personas aquí se enteren —eso era aún más extraño. Pero trate de no prestarle importancia—. Siento esto tan repentino. Pero déjeme decirle que la compensaré por este encargo.

Sentí mi corazón brincar en mi pecho, él iba a recompensarme por esto. Yo realmente necesitaba el dinero.

—No se preocupe. Para eso estoy, además que este es mi trabajo —le dije más tranquila e incluso feliz por la recompensa que se me había propuesto.

—Gracias, señorita Rocci —sonreí dándome media vuelta. Empecé a caminar pero un extraño frió me atravesó la espina dorsal. Sentía su mirada fija en mi espalda. Volteé levemente el rostro, para ver que no dejaba de verme y limpiarse el rostro, además él sostenía una sonrisa algo perturbadora.

Cerré la puerta detrás de mí al salir de la oficina. Me golpeé las mejillas varias veces para dejar de pensar idioteces. El ver películas de terror me estaba afectando y haciéndome paranoica. Esto no era una historia de terror.

Me dirigí hacia la pequeña sala de refrigerios, necesitaba un café urgente después de esa mirada tan rara de mi jefe. Al entrar me encontré con algunos compañeros, ellos se encontraban tomándose un tiempo libre. Les di una sonrisa suave mientras me acercaba a la jarra de café. Tome mi taza y vacíe el líquido caliente dentro de esta, lo lleve a mis labios aspirando el olor. Siempre tomaba el café negro y amargo, la sensación que me provocaba al bajar por mi garganta era placentera.

Derek, uno de mis compañeros se acercó a mí saludando con su mano.

—Alessia, hola ¿qué era lo que quería el jefe? —baje la taza a la altura de mi pecho mientras mis ojos viajan a su curioso rostro.

—Asuntos que él no puede atender y a mi cómo su asistente me toca hacer —sonreí, volviendo a subir la taza de café a mis labios no dándole más detalles.

Él levantó una ceja algo molesto. Aquí en esta oficina eran bastante chismosos y sabía que Derek se inventaba rumores míos porqué le había dicho que no a sus intentos de conquista. Había dicho a muchos que el jefe me tenía especial atención porque me acostaba con él.

Grandísimo idiota.

No era así, el sólo pensar eso me daba asco. Además detestaba la forma en cómo se había vengado de mí porque no había querido salir con él. Yo era la asistente, por esa razón pasaba la mayoría del tiempo haciendo los encargos del abogado. Aparte que el jefe me había advertido que no podía contar nada a nadie.

Algo cabizbaja camine de nuevo a mi escritorio. No quería seguir en esa sala, ellos me observaban con recelo.

Karina apareció con una sonrisa.

—Y bien, ¿qué era lo que necesitaba el viejo ese?

Ella más que nadie lo detestaba. Pero tenía un buen puesto en esta empresa, por esa razón lo aguantaba. Karina era una de las asistentes mejor pagadas en esta pequeña firma, se había vuelto algo cercana a mi. Al menos aquí en el trabajo.

—Un encargo.

Escondí el sobre debajo de una pila de papeles.

Sus cejas se fruncieron en duda.

Suspiro sonriendo.

—Bien, ¿No necesitas ayuda?

—No, yo puedo sola. Pero gracias por ofrecerte.

Encendí mi computadora para quitármela de encima. Sabía que si ella presionaba, terminaría diciéndole que era el encargo tan misterioso de el vejete de nuestro jefe.

Volvió a sonreír, se dio media vuelta caminando hasta su oficina.

Deje salir el aire aliviada.

Tenía que llenar un montón de formas antes de que fueran las seis.








El día se pasó volando, lo había sentido tan corto. Debía irme una media hora antes de la salida para poder estar a la hora acordada en el hotel.

Tomé mi celular, lo coloque en mi bolso junto con el sobre. Al ver que yo me marcharía media hora antes de la salida algunos compañeros clavaron sus frías miradas en mi rostro.

Karina iba pasando, al verme tan apurada se acercó a mi.

—¿Alessia ya te vas? —asentí ordenando mis cosas—. ¿No necesitas que te dé un aventón? Voy a una junta, puedo dejarte dónde desees.

—No es necesario. Tomaré un taxi.

—Muy bien, cómo desees. Que tengas un buen día.

Se despidió de mí dándome una leve palmada en la espalda.

Esa oferta me hubiera caído del cielo, si no fuera porque nadie podía enterarse a dónde me dirigía. Mi sueldo no me permitía comprar un auto, así que constantemente utilizaba el autobús o el metro. Los taxis sólo me los permitía cuando salía a comer con alguna compañera o cuando salía sola a ver alguna película.

Yo era una mujer solitaria, no tenía amigos, mucho menos novio. El novio más reciente había sido ya casi medio año. Ahora mismo no estaba interesada en ninguna relación, no quería, ni tampoco la necesitaba. Mis relaciones pasadas habían sido un fiasco. El estar sola no me molestaba, pero a veces si podía sentir algo de nostalgia cuando veía algunas parejas.

Baje a paso acelerado recordando que me había dicho que tenía que estar a tiempo. Mi jefe estaba en recepción. Se acercó a mí con seriedad mientras yo batallaba tratando de encontrar mi celular para poder observar la hora.

—¿Ya se va, señorita Rocci? —me detuvo en mi sitio.

Nunca antes se había tomado la molestia de preguntar si ya me iba, de verdad estaba muy raro el día de hoy. Me removí un poco ante su mirada, me incomodaba de una manera que no podía explicar.

—Así es. Me iré media hora antes para poder llegar a tiempo —elevo su mano a mi hombro, la dejó caer con fuerza.

Salte un poco sorprendida.

—Suerte —volví a observar sus ojos algo confundida.

—Está seguro que no puede asistir usted, parece bastante importante.

Era algo atrevido de mi parte cuestionar las decisiones de mi jefe, pero su actitud me impulsaba hacer las preguntas.

—Así es, señorita Rocci, es muy importante, pero ahora mismo tengo que salir, mi esposa está enferma así que debo atender esto primero —así que se trataba de su esposa.

Sentí una presión en el pecho. Yo aquí me la había pasado haciendo preguntas que no debía y él con una gran angustia.

—Lo siento tanto, espero se recupere. No se preocupe entregará el sobre sin ningún percance.

Él volvió a sonreír.

—Se que así será.

—Que tenga un buen día.

Me despedí y salí hacia afuera del edificio. Alcé una mano para parar un taxi, en seguida antes de que pudiera parpadear uno ya estaba enfrente de mi.

Subí en este y me dirigí hacia el Hotel Ritz.



Faltaban diez minutos para la seis. Estaba algo alterada ya que aún me faltaba una esquina, el tráfico no dejaba avanzar al taxi.

Mi corazón estaba latiendo en mis orejas. Analicé el panorama, si corría hacia el lugar podía llegar a tiempo.

Saqué unos billetes de mi bolso y se los entregue al taxista, era de más, pero no espere el cambio. Con gran rapidez salí del taxi, y emprendí carrera hacia el Hotel. Podía verlo desde aquí. Era enorme, era uno de los hoteles más famosos de Miami.

Al llegar me sostuve de la pared de la entrada. Las piernas me temblaban, mi corazón latía en mi garganta. Faltaban tres minutos para la seis, había podido llegar a tiempo. Aunque mi respiración estaba incontrolable, en verdad había corrido demasiado. Trate de estabilizar mi respiración, me acomode la falda y el cuello de mi blusa, sentí unas pequeñas gotas de sudor correr por mi espalda. No había pensado cuando me había echado a correr que tal vez mi aspecto importaba al entrar en este lugar. Aunque iba vestida formalmente, la carrera me había acalorado, el sudor lo sentía en la piel. Tome las puntas de mi blusa y la agite para evitar que se manchara con sudor. El calor de Miami podría ser severo.

Camine hasta encontrar la parte trasera dónde hacían las descargas, tal y como mi jefe me lo había indicado.

Era todo un ajetreo. Bajaban cajas de todos los tamaños y las introducían por una enorme puerta que daba hacía dentro del edificio. Había bastante personal moviéndose de un lado hacía el otro, parecían hormigas.

Me acerque a un muchacho que estaba dejando una caja en el suelo. Sus ojos verdes viajaron a mi rostro al verme enfrente de él.

—Hola. Disculpa que te moleste, pero busco a Tyler.

Él frunció las cejas, me inspecciono una vez más antes de hablar.

—Claro —suspiro antes de soltar el grito—. ¡Tyler! ¡Una chica sexy te busca! —fruncí las cejas algo molesta. Él me ladeo una sonrisa mostrando un pequeño hoyuelo en su mejilla izquierda, gire los ojos hacia otra dirección, él dejó salir una risita burlesca—. Espéralo allí hermosa, no tarda —murmuró, mientras yo seguía con los ojos desviados.

—Gracias —le conteste seca.

Se adentro en el edificio mientras otro joven salía de este. Se acercó a mí de igual forma, observándome de arriba hacia abajo.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunto con el rostro contraído en duda. Cuadro los hombros antes de cruzarse de brazos. Con torpeza saque el sobre de mi bolso, se lo entregue. Él lo abrió sin despegar su mirada de la mía, me removí un poco. Bueno el hombre era atractivo; Pelo rojizo, piel algo bronceada, musculoso, barbilla cuadrada. Sus ojos cafés claros brillaban con la luz del sol, además su mirada era algo penetrante. Vestía una playera blanca pegada a su cuerpo, marcaba sus cuadros y su enorme pecho, unos vaqueros azul oscuro, botas estilo motociclista. Lo mire sacar del sobre una hoja rosa, sólo le dio una leve vista y la volvió a introducir, me la entregó sacudiendo sus hombros—. Bien, acompáñame.

Se dio la vuelta a paso acelerado. Tarde en conectar mis pasos, debía seguirlo pero él se movía rápido.

Entramos en el edificio. Era claro que era la parte de la cocina y era espectacular. Los chefs trabajaban arduamente en sus platos. Tyler se movía con gracia entre los empleados que no paraban de moverse, me tope con unos cuantos. Pase disculpándome con todos.

Llegamos a un elevador y noté que había presionado el botón para ir hacía abajo.

¿Acaso debíamos ir al sótano?

El elevador sonó y se abrió, él me dio el paso. Tenía que darle crédito, era amable. Entre en este, él me siguió. Presionó el botón del estacionamiento subterráneo, las puertas se cerraron y el silencio se hizo tétrico, sólo se escuchaba mi respiración. Pase mis manos una arriba de la otra ya que podía sentir su mirada sobre mi. Volteé mi rostro hacia él para disipar la atmósfera. Me sonrió apretando los ojos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó introduciendo sus manos en los bolsillo.

—Ale-Alessia —respondí algo torpe.

¿Qué me sucedía?

Parecía que toda esta situación me estaba poniendo nerviosa, o la falta de novio desde hacía ya un año y medio quería jugar con mis hormonas.

—¿Alessia? Um...Es bonito —dijo en un suspiro—. Tú eres muy bonita —murmuró antes de desviar la mirada. Sentí un calor empezar atravesarme desde las orejas hasta mis mejillas. Tenía que calmarme. El elevador volvió a timbrar abriendo la puerta, él me hizo señas para darme el paso, baje el rostro saliendo del elevador—. Ven, es hacia acá —dijo con voz gruesa dirigiéndome hasta una puerta de metal. Lo seguí hasta que llegamos a esta. La abrió mostrando unas escaleras en forma de caracol que iban hacia abajo—. Después de ti —con una suave sonrisa me dio de nuevo el paso. Mi corazón retumbaba en mi pecho. Esto ya era demasiado extraño. Nerviosa me acerque al primer escalón, trague saliva. Esta situación empezaba a incomodarme. Cómo es que habían escaleras en un sitio tan raro. Al ver que no estaba avanzando se acercó a mi oído—. El sobre debe ser entregado allí abajo —su aliento me pego a la altura de la oreja, la piel se me encrespo. Él estaba demasiado cerca, casi presionando mi espalda.

—¡O-o-oh! Está bien —deje salir un suspiro alarmado.

Me había tomado por sorpresa su repentina cercanía.

Me sostuve del riel de las escaleras y empecé a bajar lentamente tomándome mi tiempo, el joven dejó salir el aire algo desesperado.

Llegue hasta el último escalón y nos topamos con un pasillo, al final de este había una enorme puerta demasiado elegante para un lugar tan frío.

Tyler pasó de mi y empezó a caminar a paso acelerado, se detuvo ante la puerta esperando a que llegara.

Estaba tan nerviosa.

Mis ojos se abrieron enormemente cuando empujó la puerta, mi quijada cayó abierta.

Era impresionante, esto era como sacado de una película.

El lugar era como un hotel subterráneo. Pisos brillantes de mármol blanco, podía ver mi reflejo en estos, las paredes color perla, no había ventanas por que era lógico, estábamos bajo tierra, pero la iluminación era sorprendente, el lugar tenía varios candelabros que caían como telarañas adornado con cristales relucientes, una enorme fuente al frente del enorme salón adornaba el lugar, sin contar las esculturas, cuadros y finos muebles repartidos en todas partes.

Una joven rubia se nos acercó con una Ipad en las manos. Sus tacones resonaban en cada paso que daba, al llegar ante nosotros nos inspeccionó con sus enormes ojos verdes.

—¡Bienvenidos! —saludo con una enorme y dulce sonrisa. Le sonreí de vuelta.

—Esto es sorprendente —deje salir en una suspiro. Tyler me codeo, moví la cabeza en duda.

—El sobre, entrégaselo —musito sonriendo.

—¡Oh! Claro, perdón. Es que todo esto es sorprendente.

Sin poner atención a mi bolso saqué el sobre, se lo entregue a la joven. Ella lo tomó sin abrirlo y empezó a escribir en el Ipad que traía en sus manos.

—Muy bien, acompáñame —me dijo dándole una mirada de complicidad a Tyler.

—Adiós, y suerte —observe algo confundida a Tyler, me guiño un ojo antes de darse la vuelta y regresar por dónde habíamos llegado.

Sacudí el rostro. Estas personas eran extrañas.

Todo este ambiente era tan extraño.

La joven suspiro haciéndome señas para que la siguiera, hice lo que me dijo. Nos dirigimos hacia un cuarto enorme, al entrar noté que no había nada en el lugar más que un enorme armario y unas cuantas sillas de cuero blanco.

—Toma asiento por favor, pronto estarán contigo —sonrió de lado dándome una última mirada antes de voltearse para salir.

Salió de la habitación cerrando la puerta.

Me encamine hasta el asiento y me senté. Era cómodo. Todo esto era sorprendente, aún no procesaba el estar abajo de un hotel y que aún así esto luciera como otro hotel subterráneo. Trate de inspeccionar el lugar, me daba curiosidad que solo hubiera un enorme armario en esta habitación.

Me levante vagamente y me acerque a este, puse mis manos en la perilla cuando escuche a alguien entrar en la habitación, me sobresalte.

—¡Lo siento! —respondí automáticamente al ver que me habían pillado espiando.

Dos jóvenes entraron. Vestían uniformes, pude distinguir porque las dos usaban lo mismo.

—No te preocupes —respondieron al unísono. Sus ojos viajaron a mi ropa—. Necesitas cambiarte —replicaron, dándome una leve mirada de arriba hacía abajo. Me hice un paso hacia atrás no entendiendo a qué se referían.

—¡¿Cambiarme?! —pregunte aún confundida. Una de ellas se acerco a mi, empezó a desabotonar mi blusa, me aleje espantada—. ¡Esperen! ¿Q-ué, qué significa esto?

Ellas rodaron los ojos algo confundidas.

—No puedes presentarte así, ¿no te lo dijeron? —les negué con el rostro.

—¿Decirme qué? —ellas nos prestaron atención a mi pregunta. Abrieron el armario, y miles de colores inundaron mis ojos. El armario estaba lleno de vestidos, trajes, zapatos de mujer y de hombre. Todo era maravilloso—. ¿Q-ué es todo esto? —dije mientras ellas cruzaban miradas sonriendo al mismo tiempo.

—Tienes que estar presentable, debías saberlo desde un principio —dijo la chica a mi derecha.

—Lo decia en el contrato —dijo la otra chica que estaba a mi inzquierda.

Dude por un momento porque realmente no habia visto ningun contrato, pero al final acepte porque me imaginaba que asistiría alguna junta representando a mi jefe.

Tal vez mi asignación consistía en estar presentable. Aunque mi jefe no me había dicho nada, pero sólo esa explicación podía procesar mi mente en esos momentos. Debía seguir con esto, tal vez este era un buen negocio y me lo había confiado a mi, tal vez hasta me conseguiría un ascenso, y vaya que lo necesitaba.

Resignada deje que ellas me vistieran, me maquillaran e incluso me peinaran. Después de media hora estaba lista. Me habían puesto un vestido rojo de encaje que se ajustaba a mi cuerpo. El vestido era algo corto para mi gusto, el escote que tenía en los hombros dejaba mi piel expuesta, otro escote en forma de V al frente que mostraba la línea que dividía mis senos, con unos tacones de aguja de color negro, y maquillaje leve.

—Cómo un diamante —suspiró una de las chicas con el peine a la altura de sus labios.

—Seguro seras la más aclamada —dijo la otra arreglando mis pestañas.

—¿Aclamada?

No las entendía, además esta ropa parecía más a dama de compañía. Acaso ese viejo me había mandado para que entretuviera a sus clientes. La sangre me empezó a hervir. Sólo eso explicaba la atmósfera y la vestimenta.

—Bueno ya estas lista —dijo una de las jóvenes.

—¿Y ahora? —pregunté tratando de que me dijeran algo. No iba a dejar que algo así sucediera. Dejaría que me sacaran de aquí y me iría incluso si eso afectaba mi trabajo.

—¡Vamos que ya es hora! —exclamaron.

Tomé mi bolso pero una de las chicas me lo quito haciéndome un gesto de que ella lo cargaría.

—Por favor devuélvemelo —le dije tratando de quitárselo.

—No te preocupes, te lo entregaré cuando hayamos salido.

Me tomaron de la mano y me empujaron por otro pasillo. Mis tacones estaban algo altos me costaba caminar con ellos. Nunca usaba demasiado tacón, no cómo el que me habían puesto, así que no estaba acostumbrada.

—Ten, colócate esto antes de entrar a esta habitación —alcé las manos y tome el antifaz que una de ellas me estaba entregando, lo eleve a la altura de mis ojos para inspeccionarlo. Era negro, con plumas rojas, cubierto de diamantina.

No había duda ya en mi que me habían mandado cómo dama de compañía. Estaba tan molesta.

—¿Por qué debo usar esto? —le pregunte indignada a la joven.

Ellas me rodaron los ojos aburridas de tantas preguntas, pero no era de menos, tenía muchas preguntas.

—Haces demasiadas preguntas. Sólo póntelo y ya —la chica lo ajusto a mi rostro.

Antes de protestar me empujaron dentro de una habitación algo oscura. Habían unas cuantas personas en el lugar, todas muy bien vestidas con antifaces cubriendo sus rostros. Me imaginaba que todos ellos también estaban aquí para entretener a los empresarios millonarios. Una joven me observó de arriba hacia abajo acercándose a mi algo ansiosa.

—¿Sabes a qué hora nos llamaran? —me pregunto con temor en sus palabras.

Negué con el rostro. No estaba aquí porque yo quería, mi jefe me había enviado sin consultármelo. Estaba tan molesta que tenía planeado salir de aquí en cuanto tuviera la oportunidad. Además, el ambiente en la habitación se podía cortar con un cuchillo, todos lucían nerviosos, perdidos en sus pensamientos.

Un malestar empezó a formarse en mi estómago. Voltee el rostro para buscar a las jóvenes pero ya no estaban. Mi bolso se lo había quedado una de ellas. La puerta se abrió abruptamente, dos hombres de trajes negros entraron. Tenían unas gafas oscuras así que no podíamos ver sus ojos. Tomaron a una chica del brazo y bruscamente la sacaron de la habitación. Me sobresalte un poco, esa no era manera de tratar a alguien. Los murmullos empezaron a crecer. Camine hasta la puerta en un intento de salir de la habitación cuando está de nuevo volvió abrirse abruptamente casi dandome en el rostro.

—¡Wow! —musito uno de los hombres al ver que casi me desfiguraba la nariz—, ten más cuidado, si llegas a lastimarte valdrás mucho menos —mi mente trato de analizar lo que acababa de decirme, "Valdrás mucho menos" ¿A que demonios se refería? Ahora si estaba asustada. El hombre me tomó del brazo y me removí fuerte para que me soltara, su compañero entró sosteniéndome del otro brazo—. ¡No hagas escándalo! Es muy tarde para que te arrepientas —su voz tosca y mallugada me corrió por la espina dorsal. Me jalaron por el pasillo en contra de mi voluntad. Me removí varias veces peleando para que me soltaran pero mi fuerza no era la suficiente para pelear con estos gorilas. Llegamos hacía otra puerta oscura, la abrieron con cautela. Entramos en la habitación haciendo el menor ruido posible. Estaba oscura, no podía ver nada pero escuchaba bullicios, personas hablando—. Espera aquí. Ya es tu turno —me dijo con su respiración acaparando todos mis sentidos, había bajado el rostro para hablarme. Ellos eran bastante altos parecían unas torres.

Yo no podía protestar, o pelear, el miedo empezaba a invadirme el corazón.

—¡¿Dónde estoy!? —mi voz salió quebrada.

Uno de los hombres apretó mi brazo haciendo que me doblara de dolor.

—¡Has silencio, zorra! —sus palabras me congelaron.

Me acababa de llamar zorra.

Una leve luz color azul se encendió mostrando un hombre en un traje blanco, me puso una mano al frente esperando que se la tomará, al ver que no le respondí el gesto el mismo me tomo de la muñeca arrastrándome hasta unas escaleras casi tropezandome al llegar al escalón de arriba. Alcé la mirada con una luz que me pego en los ojos. Me dejó ciega por unos segundos. Sólo pude escuchar la voz del hombre que inundaba lo que parecía un gran salon.

—Muy bien ¡Para nuestro siguiente objeto! —con miedo cerré y abrí mis ojos, tratando de acostumbrarme a la luz. Mi visión se esclareció. Me dí cuenta que estaba sobre una plataforma. El hombre del traje blanco sostenía un micrófono y sus ojos brillaban por encima del antifaz color oro que traía puesto—. Nuestro siguiente objeto es el número trece. Alessia Rocci, es una joven de veinticuatro años, nacida y crecida aquí en la ciudad de Miami —algo confundida por la luz y todo a mi alrededor, me dí cuenta que el objeto del que hablaba era yo. Todavía la cabeza dándome vueltas pude notar que estábamos en una subasta. Las personas sentadas enfrente del escenario sostenían unas paletas como las que entregaban en esas ventas. Todos tenían el rostro cubierto con antifaces, como en una fiesta de máscaras. Por sus vestimentas se podía notar que eran personas con mucho dinero. El hombre prosiguió—, Alessia es una joven hermosa, sexy, algo solitaria pero sabemos que esas son las mejores. No es experta pero puedes enseñarle lo que desees que ella lo aprenderá —estupefacta voltee mi rostro hacía el hombre con el traje blanco. Él sonreía con malicia. Se acercó al pequeño podio que tenía por un lado, sobre este tenía un marro de madera, de esos que usan los jueces en la corte. Suspiro hondo y empezó a temblar extasiado antes de volver hablar—. Puede ser de ustedes para todas sus necesidades o sus más bajos placeres —dijo lo último en un tono asquerosamente seductor.

Mi corazón saltó a mi boca.

¿Qué demonios?

Me sobresalte y hablé.

—¡¿Qué demonios pasa aquí?! —exclamé furiosa, confundida. Mi cerebro estaba tratando de comprender que era todo esto, no lo podía creer, por un momento creí que estaba soñando—, esto es una broma, ¿cierto? —exclame en otro intento de reírme de esta situación tan sacada de una película.

El hombre ignoró mis palabras, cómo todos los demás.

Alzó el mazo y lo dejó caer fuertemente en el podio.

—Empezamos con ¡Tres millones! ¡Tres millones! ¡¿Quién ofrece cuatro?!

Un hombre calvo levantó su paleta anunciando que ofrecía cinco millones, otro de largo cabello le siguió ofreciendo siete millones, una mujer pelirroja ofreció nueve. El hombre de traje blanco no podía ocultar su emoción. Mis rodillas empezaron a temblar chocando una con la otra, mientras escuchaba a los presentes elevar sus ofertas.

No podía procesar lo que estaba pasando. Estaba congelada. Se escuchó una voz grave, fuerte, entre la multitud de ofertas. Mis pensamientos se entumieron por unos segundos.

—¡Veinte millones! —todos empezaron a bajar sus paletas.

Algunos murmuraron entre ellos que tampoco valía tanto.

Dirigí mi mirada al hombre que había ofrecido veinte millones. Él estaba parado con una aura de dios todo poderoso. No podía distinguirlo muy bien, su antifaz cubría casi todo el contorno de su cara. Llevaba un traje negro, con una corbata roja. Trague saliva y mis hombros empezaron a temblar, todo mi cuerpo lo hizo. Esto no podía ser cierto, estaba siendo comprada ¿Pero cómo? Aún no podía procesar bien todo a mi alrededor, se me hacía un chiste, un mal sueño.

Otro hombre se levanto y alzo su paleta.

—¡Veinticinco millones! —el hombre del traje blanco sonreía ampliamente—, ¡veinticinco millones a la una! ¡Veinticinco millones a las dos...!

—¡Treinta millones! —volvió el hombre con la gruesa voz a ofrecer.

—¡Treinta cinco millones! —repitió de nuevo el otro hombre. Pude distinguir que era un hombre gordo, mayor, su voz lo delataba y sus pocas canas cubrían la mitad de su cabeza.

El hombre del traje blanco no podía contener su emoción. Era como si todo esto le excitara.

Quería salir corriendo de allí, pero mis piernas me lo impedían no podía moverme.

—¡Treinta cinco millones a la una! ¡Treinta cinco millones a las dos...!

—¡Cien millones! —dejó salir el hombre de la voz gruesa en un tono tan amenazador que hizo que un frío me corriera por la espalda.

Todos se congelaron por unos segundos. La multitud se quedó estupefacta. El hombre canoso se sentó bajando su paleta y después el rostro en señal de derrota. El hombre del traje blanco borró la sonrisa y la duda llenaron sus ojos, no lo podía creer. Tembloroso tomó el mazo.

—¡Cien millones a la una! ¡Cien millones a las dos...! —hizo una pausa pero nadie dijo nada—. ¡Cien millones a las tres! —dejó caer el mazo haciendo estruendo en todo el salón—. El objeto número trece, vendido por cien millones a nuestro misterioso cuervo fantasma.

Antes de que pudiera analizar la situación y que entendiera que había sido vendida por cien millones de dólares. Los hombres que me habían traído hasta acá, me tomaron de los hombros y me arrastraron fuera del escenario. Acto seguido impulsaron mis brazos hacia atrás doblando mis muñecas por detrás de mi espalda.

Sólo pude sentir el metal frío de unas esposas en mi piel.