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Ekeko Slasher (historia isekai de Bolivia)

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Sinopsis

El héroe de otro mundo regresa a una Tierra invadida por zombis, no le queda más remedio que disfrazarse como el Ekeko

Estado:
Completado
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Solo quedó un traje

Ekeko Slasher

Capítulo 1: Solo quedó un traje

.

Quedó como el último combatiente en el campo de muerte, todos los otros cayeron contra el rey demonio.

En cuanto a la encarnación del mal que vino a purgar el mundo de la fastidiosa presencia de los hombres: incólume y con las huestes todavía inconmensurables.

El héroe de otro mundo gozó de un poder curioso, vestir diversas armaduras, forjadas por él mismo, todas con un poder devastador. Le permitieron volar incluso, al tiempo que lanzó varios proyectiles mágicos, no obstante, la diferencia de poder y ventaja numérica del enemigo de la humanidad acabó por derrotarle.

«Fallé, lo siento. Di lo mejor de mí, pero no fue suficiente», pensó Kike Quenta antes de morir.

.

.

Aunque cliché, todo se volvió oscuro y se sintió desnudo y vulnerable pese a ser un hombre hecho y derecho.

No supo si levitó en la vacuidad o estaba en caída libre, reflexionó sobre el actuar que tuvo tanto en el mundo natal y en el que fue transportado. Salvo la derrota, no sintió remordimiento alguno, en efecto, hizo lo que pudo y una sonrisa de pena dibujó una luz tímida en toda aquella negrura.

Solo eso bastó para producirse el milagro.

El regalo de un dios, la pantalla isekai, hizo acto de aparición.

Error. Error. Error del sistema

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Posible pérdida de datos.

Sugerencia: hacer copia de respaldo con transferencia de datos.

Nivel de seguridad: incierto

Y/N…

«Supongo que no tengo opción si deseo seguir vivo. Que sea lo que Dios quiera», pensó y con la yema del dedo índice, presionó la tecla Y.

Otro cliché, todo se volvió blanco y volvió a sumergirse en un sueño que mezcló la jungla de cemento con camiones sin frenos y selvas llenas de criaturas salvajes y desconocidas para los humanos de la amada Tierra natal.

.

.

En esta ocasión nada de escenas manidas de un filme de ciencia ficción, ningún vórtice que vomitó rayos y derritió el suelo sobre el que se posó una esfera de energía; solo un hombre se materializó de la nada, vistió ropas que no lo distinguirían del resto de oficinistas que iban a trabajar en la mañana salvo un pequeño detalle: no hubo oficinista alguno a la vista.

«¿Dónde estoy?», fue el primer pensamiento que formuló la mente, casi de inmediato, los brazos se alzaron junto con el tronco, se sentó sobre el sucio suelo de un callejón para después palparse el pecho.

«No tengo ninguna herida… ¿Y esto? No parece un callejón de Figram», pensó y recordó el mundo fantástico tipo medievo al que fue transportado. «¿Regresé a la Tierra? Reconozco un tacho de basura de mi mundo cuando lo veo».

El cuerpo no le dolió al levantarse, tampoco las piernas se quejaron al avanzar paso tras paso, solo los ojos tardaron en acostumbrarse a la luminosidad del exterior y, por lo tanto, tuvo que poner la palma de la mano a modo de víscera.

«Vuelvo a insistir: ¿dónde carajos estoy? Es más, ¿qué diablos sucedió aquí? ¿Acaso pasó un huracán o algo?».

La calle se vio hecha un desorden absoluto, muchos de los cristales de los ventanales estaban rotos, lo mismo que algunos elementos de acceso público como tachos de basura, banquetas y carteles. Pequeños pedazos de basura como ser papel y envoltorios de comida, desperdigados por toda la extensión.

Miró a un costado y vio un grafiti:

«Pues, sí, regresé».

El dibujo del Che Guevara sobre una leyenda que rezaba improperios contra el gobierno de turno se vio grosero sobre la pared lustrosa

«Apuesto lo que quieran a que fueron los zurdos, solo ellos podrían llevar un país a la ruina».

—¿Dónde está todo el mundo?

Sin perder tiempo, decidió caminar hasta encontrar siquiera una pista que revelara algo de la ciudad abandonada.

«No sé si debo ponerme a gritar para llamar la atención. Lo mejor será avanzar en silencio, quien sabe, capaz que el gobierno haya decretado la ley marcial y por eso no hay nadie».

Pese al deseo que tuvo, las tripas no obedecieron, mostrándose intransigentes y hacieron valer el justo reclamo.

—Comida, comida… Allá veo una cafetería. —Fue hacia allá e intentó no pensar en la palabra robar.

Pese a tener los cristales rotos y la basura en el piso, se notó que era lujoso, un sitio que ni por asomo entraría a comer algo a causa de la inflación provocada por los gobiernos zurdos.

—Perdón, ¿hay alguien? Hola, no soy un ladrón, pero tengo mucha hambre así que perdón de antemano. Si sale le prometo no tocar nada, solo busco que me digan qué pasó en la ciudad y me iré sin causar problemas… ¿Hola?

«Creo que no hay nadie».

Fue donde se supone estaba prohibido para el consumidor ajeno al personal y tomó todo lo que pudo.

Decidió comer allí mismo en vez de ir a una de las mesas con manteles con filigranas coquetos.

Pese a saber que no vendría alguien a recriminarle, de todas maneras, comió los pastelillos y las empanadas con expresión de un perro con el temor de ser apaleado.

Los temores no tuvieron fundamento y salió en busca de pistas.

«Hay puestos de revistas, pero ningún periódico. Típico de un gobierno socialista que hace quebrar a los medios independientes».

Maldijo el socialismo del siglo XXI en todas sus variantes amen de aliados varios; lo curioso: toda aquella ausencia de vida lo puso intranquilo y estuvo seguro que abrazaría a la primera persona que viera, sin importar que fuera un comunista con una polera roja con la imagen de Maduro estampada o perteneciera al odioso colectivo progre.

«¿Qué es ese ruido? Parece que alguien camina», pensó y afinó el oído.

No fue un ritmo natural y suave, se escuchó artificial, forzado. Corrió hacia el sonido, forzó a la voluntad a no gritar.

Cerca de la fuente sonora, reconoció el ritmo del caminar: una persona con muleta, en este caso alguien que llevaba una pierna postiza, lo supo porque trabajó en la asociación de personas con capacidades diferentes.

—Pero… —Fue lo único que salió de los labios del latinoamericano. No podía ser un hombre normal.

Por un segundo creyó que fue un disfraz, que estuvo tardío para celebrar Halloween o quizá un aficionado a una marcha zombi, evento que año tras año se hacía popular en países al sur de la frontera, como decían los norteamericanos.

Nada de máscara, ningún maquillaje.

El hedor que desprendió el cojitranco fue diferente al que por lo general tenían los vagabundos más pauperizados. Nada de pobreza, olió el nauseabundo perfume de la muerte.

El zombi vio a Kike Quenta y, lo mismo que en un filme de terror del género no-muertos, extendió los brazos y fue a saciarse de carne y sangre humana.

No emitió ningún sonido pese a que el ente abrió y cerró la mandíbula en un intento fútil de gesticular alguna amenaza, no obstante, ninguna injuria o deseos antropófagos salieron expectorados, imposible con una criatura que no necesitó más de llevar el aire dadora de vida a los pulmones.

El antiguo héroe de otro mundo dejó de asirse a la idea de una broma, al fin y al cabo, por toda la experiencia que tuvo, supo reconocer a un no-muerto cuando lo vio y aquel fue el caso.

No se dejó dominar por el pánico, él que se enfrentó a horrores que haría ver diminutos a entidades lovecraftnianas, tenía curtido el sentido que dictaba dudas y audacias.

«Para qué retroceder si allá atrás no hay nada ni nadie».

—Buen día, señor —dijo en una extraña manera de ser cortés. Dio pasos con confianza hacia el zombi—. Le preguntaría una que otra cosa, pero de seguro no me respondería un carajo, ¿me equivoco? —pasó por su lado, esquivó el ataque del zombi—. No, no lo hago, con permiso, pues.

El primer instinto que tuvo fue el de apresurar el paso, no obstante, desechó tal cosa al sentir que la respiración se le hizo dificultosa y las piernas no rindieron de la manera acostumbrada. Aquello y tener la mente más despejada gracias al estómago lleno, le hizo notar algo:

«El dorso de mis manos, volvieron a ser cobrizas. Si me arrancara un cabello, seguro no sería azul claro; sí, en definitiva, dejé el cuerpo que me dieron en el otro mundo, pero ¿habré recuperado mi aspecto original?

No vio ningún auto, pero sí un retrovisor que se cayó de uno, fue con calma y lo agarró.

«Vaya, Kike, que bueno es volverte a ver. Ya no recordaba que tenía una que otra cana, en el otro mundo era un jovencito de diecisiete años». Una risa triste se asomó a los labios. «Salvo el otro mundo, nunca fui alguien guapo, pero es mi rostro y me alegra verlo otra vez».

Giró hacia atrás de improviso, el reflejo del retrovisor le hizo ver más zombis, muchos de ellos.

«Supongo que tengo que llamarles zombis en vez de no-muertos», pensó al hacer memoria de las veces que se enfrentó a tales abominaciones de andar patibulario.

«No tengo ninguna espada o escudo, pero, aunque los tuviera, no creo que me sirvieran la gran cosa con mi cuerpo original. El secreto para combatir zombis es la resistencia física, algo con lo que ya no cuento… A menos que…».

—Pantalla… Activar pantalla… Invoco pantalla isekai.

Después de unos segundos, al momento justo en que se rindió ante la posibilidad de la magia, que la pantalla maravillosa se materializó.

Lo hizo con dificultad como la imagen de un antiguo televisor, pero logró estabilidad y el rectángulo semitransparente flotó ingrávido a unos centímetros del rostro de Kike.

Cargando sistema, espere un momento, por favor.

No apagar hasta que se reinicie el sistema.

Error del sistema. ¿Desea abrir a prueba de fallos?

Y/N

—Vaya cosa, ni modo, algo es algo —dijo para sí mismo y presionó con la yema del dedo índice el ícono sobre la pantalla.

Cargando el sistema, esto puede tomar varios minutos.

No apague la pantalla hasta que la carga esté completa.

Cinco por ciento cargado…

Escuchó pasos, muchos.

Los zombis vinieron atraídos por una curiosidad que prometió antropofagia.

«Mierda, sin mis poderes y mi cuerpo de héroe soy solo un paisano común y corriente que lucha por llegar a fin de mes en el puto socialismo del siglo veintiuno», pensó y esta vez sí se notó que el rostro se le crispó por el miedo.

Apuró los pasos, cosa que no pudieron hacer los zombis.

Si bien en un principio tuvo la ventaja de poner distancia, cada vez más se vio rodeado en la jungla de cemento laberíntica, y, para empeorar las cosas, las energías empezaron a fallarle. En cuanto a los zombis: incansables.

«¡Vamos, carga de una puta vez!».

Quince por ciento cargado…

Dieciséis por ciento cargado…

—¡Carajo! —Se maldijo por haber gritado, más zombis con pasos espasmódicos se aunaron a la marcha lenta de los congéneres de pesadilla.

La ventana de oportunidad de entrar a algún edificio y hacerse fuerte pasó.

—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó, no le importó, al fin de cuentas, estuvo rodeado.

Noventa y cinco por ciento cargado.

Noventa y seis por ciento cargado…

«¡La puta madre! Calma, calma, Kike, eras el héroe de otro mundo, que unos simples zombis lentos no te hagan cagar de miedo, hasta los patéticos goblins se reirían de ti».

Forzó al aliento a no ser expectorado con prisas y asumió una pose de combate.

En efecto, la rapidez de los puñetazos y patadas fueron un chiste a comparación de las capacidades del anterior cuerpo joven y lozano, no obstante, bastó para ganar preciados segundos.

Carga completa.

—¡Activar mando por voz!

Imposible activar comando por voz en modo a prueba de fallos.

«¡Mierda!», pensó y tuvo que arriesgarse de fijar la atención en la pantalla.

Los íconos tuvieron ampliada la imagen, lo peor: muchos desaparecieron.

Presionó sobre el ícono de armaduras y descubrió para su horror que se encontró vacío.

«Pero… ¡Esperen, la papelera de reciclaje!

Presionó el ícono al tiempo que se desembarazó del agarre de un zombi.

«¿Ekeko?». Volvió a sacudirse a un zombi.

«Recuerdo esta cosa, la cree para mostrarle a las chicas del harem la cultura de mi mundo, pero tenía fallas y por eso no la probé, desechándola. Gracias a Dios que me olvidé de borrarla».

Restauró el disfraz y lo activó.

En lugar de la figura de Kike Quenta, se materializó la silueta del Ekeko paceño, no obstante, por algo lo desechó el boliviano.

Grande en tamaño, vistió un mono de albañil y lo intrigante: la máscara del Ekeko paceño reemplazó el rostro.

CONTINUARÁ…

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