La entrevista
El espía de la montaña sagrada
Capítulo 1: La entrevista
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Los aplausos sonaron estruendosos al tiempo que una mujer de traje formal y un hombre mayor estrecharon las manos. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y Narendra Modi, primer ministro de la India, formaron el mayor acuerdo comercial del planeta; la presentadora de la televisión informó que se forjó tal alianza en miras de no depender de los Estados Unidos de Norteamérica y la política confrontacional del presidente Donald Trump.
—Listo, solo queda la formalidad de estampar las rúbricas —dijo un hombre caucásico con deformidad facial en el lado izquierdo del rostro, hundido en la parte donde tuvo la mancha color violácea. Apagó el celular y giró el enjuto cuerpo para observar mejor al hombre robusto que tuvo al lado—. No hubo ninguna parusía el veinticinco de diciembre pasado, tampoco el 3I Atlas se estrelló sobre nuestras cabezas a falta de revelación celestial, no existen ni ángeles ni demonios, solo nosotros los condenados a la mortalidad.
El otro hombre sonrió con sarcasmo, a diferencia del enjuto, era amplio de cintura con barba encanecida del tipo candado, pese a lo suave en las carnes, la voz sonó dura:
—Soy de la India, no soy cristiano. En cuanto a lo del proyecto, coincido, ¿para qué perder tiempo? Nos queda poco antes de que la burbuja de la IA y las criptomonedas estalle, sin olvidar los metales críticos.
Ambos doctores, Mattia Capretti y Deva Chowdhury se encaminaron hacia los laberínticos pasillos de un complejo científico vigilado por personal militar vestido con trajes de mercenarios.
Llegaron a una amplia sala de consolas, cada una ocupada por el respectivo operario, se acercaron al ventanal que daba al recinto de pruebas y observaron una maravilla tecnológica.
El aro enorme se vio similar a un objeto conjurado por un filme de ciencia ficción, la característica más notoria: el marco estuvo imbuido por señales luminosas que a todas luces representaron antiguas runas nórdicas.
—Una maravilla de la tecnología —dijo el doctor Capretti—. ¿Qué hay del voluntario? ¿Hallaste a un candidato prometedor?
—Lo hice, solo tenemos que ponerlo al tanto y entrenarlo.
—Lo mandaremos a un ambiente desconocido para cualquier ser humano, más vale que sea una especie de superhombre.
—Tranquilo, no creo que sea necesario.
—¿Tú crees?
—Yuri Gagarin, el primer hombre que fue al espacio, un auténtico superhombre, fue necesario tal tipo de hombre al no saber los efectos del espacio en esa época, pero los comunistas descubrieron que solo bastó entrenamiento, nada más. Como todo occidental, te preocupas demasiado.
—Pero debo, ambos, lo que hay en juego es la sangre del mundo: la economía. La Unión Europea no puede seguir dependiendo del gas ruso de Putin. Rusia tomó toda Ucrania y ahora combate en Moldavia, la guerra cuesta mucho dinero de los contribuyentes; el gas de los norteamericanos es muy costoso y el petróleo venezolano que nos mandan tiene costos prohibitivos, es solo cuestión de tiempo para que el polvorín estalle en protestas generalizadas.
—Y la India tiene un serio problema de sobrepoblación, el portal resolverá nuestros problemas; la máquina y el voluntario son la vía de escape para la peliaguda situación en la que estamos inmersos.
El hindú le pasó un folder al italiano, pero el europeo no quiso leer los datos del lunático que accedió a cruzar el portal.
—Soy del tipo que prefiere entrevistarse en persona con… activos tan prometedores como el que mencionaste.
—Entonces, vamos, no hagamos esperar al sujeto de prueba ni a mi apetito ni al destino —dijo el hindú y el italiano agrió el rostro ante la mención del más cruel de los dioses.
El hindú guio la marcha y ambos llegaron a un recinto bloqueado por una entrada de seguridad con un guardia armado a un costado, el rostro no se inmutó, solo se recorrió a un lado para dejar ver el panel de acceso de la puerta.
El gordo tecleó la contraseña y ambos doctores entraron.
Un hombre joven, atlético, aquello pudo intuirlo pese a la camisa blanca, larga y holgada que acostumbra a vestir la gente del país de Chowdhury.
No frunció el ceño ante la belleza del rostro varonil, otro fue el motivo de sorpresa: cabello rojizo y ojos verdes.
—Sí, cumple el genotipo que estamos buscando —dijo Capretti sin preocuparse de hablar como si el joven no estuviera presente—. Dígame, joven, introdúzcase, ¿qué opina del proyecto al cual aplicó? No necesito que se excuse de alguna manera, no juzgo.
El hindú miró al joven y le sonrió, no fue un gesto amable, los ojos no acompañaron la sonrisa.
—Me llamo Deepa Kumar, doctor Capretti —dijo e hizo una reverencia, la voz hizo juego con la apariencia agraciada—. No me considero alguien interesado o que haría lo que fuera por dinero, pero tengo una madre enferma y necesito las rupias. El doctor Chowdhury me explicó los detalles y me hizo firmar un contrato de confidencialidad, contrato con el que estoy de acuerdo.
—¿Incluso con la posibilidad de quizá nunca poder regresar?
—Estoy dispuesto a cualquier sacrificio con tal de ayudar a mi madre.
—¿Y si el sacrificio implicara dañar a otros?
—Firme el contrato, doctor.
—No contestó a mi pregunta, ¿y si se involucrara a nivel sentimental? ¿Haría lo que tendría que hacerse sin importar qué?
La duda cruzó por los ojos verdes del joven, no obstante, fue solo un segundo:
—Sí, doctor, lo haría, lo juro por mi madre.
El italiano no le contestó, solo lo escrutó con la mirada, una que el joven no pudo discernir.
—Conforme —dijo lacónico el enjuto. El gordo volvió a sonreír de manera fría al joven y le estrechó la mano, fue un gesto corto con más fuerza de la necesaria, todo lo orondo, suavidad y lo amable del hindú quedó roto.
Los dos encargados del proyecto cruzaron miradas y fue Chowdhury quien le entregó un cartapacio con documentos confidenciales y desglosó:
—Bien sabe que el proyecto trata de mandar a alguien, usted, a otro mundo. No sabemos si se trata de un planeta en otro sistema solar o es una Tierra paralela.
—Le mencioné la posibilidad de no regresar —interrumpió Capretti que no dirigió la vista a nadie, solo se puso a dar vueltas por la habitación como una pantera escuálida dentro de una jaula—. Con disciplina y la epifanía que bendice a las mentes preparadas, aquello no será, pero sí, es una misión que puede tomar un buen par de años, ¿cuántos?, no pregunte.
El gordo de la sonrisa fría se balanceó en los talones, imitó a un niño pequeño con eso y siguió con la explicación:
—Tome, son fotografías que se tomaron del otro lado del portal.
—No se ve nada, todo es muy granulado.
—En efecto, cualquier fotografía o filmación arroja el mismo resultado, así que recurrimos al milagro de la inteligencia artificial y descubrimos algo maravilloso: un nuevo mundo a nuestro alcance.
—Tan cerca y tan lejos, tan cerca y tan lejos —interrumpió Capretti que siguió dando vueltas, murmuró para sí mismo, cavilando en ecuaciones imposibles.
El hindú volvió a balancearse en los talones, volvió a sonreír con frialdad.
—Primero enviamos drones: no funcionó, ningún tipo de tecnología puede atravesar el portal, todo artilugio quedó carbonizado; enviamos perros entrenados, eso resultó, no pudieron venir de regreso, pero hicimos experimentos, descubrimos que se puede introducir al otro mundo elementos varios siempre que no contengan metal de cualquier tipo, ¿me equivoco?
—Sigue, sigue —dijo el enjuto que no dejó de dar vueltas y elucubrar.
—Tuvimos la intención de mandar todo un ejército con armas de fuego, equipados con materiales alternativos, por desgracia, las pruebas con los perros nos indicaron que abusamos del portal y solo podemos realizar un envío más, uno pequeño: usted, sin mucho equipaje de por medio.
—¡Si lo hubiera sabido! ¡Si lo hubiera sabido! —se quejó el italiano.
Esta vez el hindú orondo no se balanceó sobre los tobillos, reconoció así que cometió la misma falla que el socio.
—Disculpe, doctor Chowdhury, ¿a dónde con exactitud conduce el portal?
—Una montaña, ¿conoce la teoría de los críptidos y su relación con los cristales de cuarzo? —No esperó a que el joven contestara—. Se dice que la razón de que se encuentre tantas huellas de criaturas como el yeti o el monstruo del lago Ness entre otras criaturas, pero no así presencia física tangible, se debe a que no son de la Tierra, vienen por escasos momentos a nuestro mundo a causa de cristales de cuarzo que son sometidos a tremendas presiones en el interior del planeta lo que causa que puedan cruzar a este lado.
»El portal se conecta a una montaña que suponemos tiene un proceso similar, un lugar que tiene la ventaja de poder ser utilizada de nuestro lado mediante tecnología india… y occidental, por supuesto —dijo dándose la vuelta y miró al italiano que no se dignó a mirar a nadie.
—Mejor dicho, europea; mejor dicho, potencial latente, solo eso, por el momento.
—El otro mundo está habitado por humanos. Por las filmaciones mejoradas con IA creemos que se trata de una cultura similar a la que hubo en el mediterráneo en plena transición de la alta a la baja Edad Media. Solo podemos observar el terreno de la montaña y por la afluencia de gente sabemos que se trata de un sitio sagrado.
—¿Un lugar de peregrinación religiosa?
—Exacto, planeamos enviarlo a aquel lugar. No se asuste, esto no es un filme mediocre norteamericano. Gracias al empleo de la IA, obtuvimos suficiente material visual, material que usamos para que expertos en lingüística con ayuda de especialistas en lectura labiofacial redacten de manera confiable un tomo de lenguaje hablado que le será inculcado para que pueda comunicarse con la gente del otro lado, por desgracia, no se pudo hacer lo mismo con la escritura, desconocemos qué tipo de sistema gramatical emplean tales personas, no obtuvimos datos suficientes.
»No solo el idioma, se le proveerá de vestimenta adecuada para parecer un lugareño, también se le enseñará el lenguaje corporal de esas gentes, así como lenguaje de señas para poder comunicarse con nosotros, solo debe de retornar al sitio donde apareció en el otro mundo, seleccionaremos un lugar que le otorgue privacidad.
—No olvide las vacunas. Se debe proveer al sujeto de pruebas todas las vacunas habidas.
—Cierto —dijo lacónico, sin preocuparse de mirar al socio que siguió dando vueltas como un animal enjaulado—. Sería estúpido que muriera por falta de vacunas o que sea usted la causa para la extinción de toda una civilización.
—Españoles e indios, españoles e indios —dijo el italiano y siguió con las cavilaciones.
—La misión que aceptó cumplir tiene el plazo de un año. Debe regresar al punto exacto donde le llevará el portal y comunicarnos todo lo relevante al otro mundo, con algo de suerte…
—No existe la suerte, solo lo que mencioné.
—El buen doctor no cree en su Dios, no importa es solo uno y se dejó matar; pero yo sí creo, en el millón que tenemos, que le sonrían con gentileza.
—Gracias, doctor, pero ¿cómo sabré qué reportar después de un año?
—No se preocupe por eso, se le dará un formulario y se le preparará lo suficiente antes de la misión, espero que esté listo para el trabajo duro, será un esfuerzo mental y físico que lo llevará al límite.
Asintió con decisión, de tal manera, Deepa Kumar, un joven oficinista que trabajó en atención al cliente con la esperanza de algún día subir de casta y ser un operador de un robot NEO, se vio inmerso en un proyecto sacado de un filme de ciencia ficción, aunque el final no prometía ser feliz, pero no importó, lo único que centró la voluntad fue el bienestar de la madre querida.
CONTINUARÁ…








