Enemigos por naturaleza

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Sinopsis

Atención: Se recomienda que antes de leer esta historia, primero se lea Compañeros a regañadientes. La hija de Moon y de Eliot ya tiene 20 años y una misión la obliga a salir de la base del CIEM, lo que no se espera es que cuando esta en la misión se encuentra con un viejo enemigo.

Genero:
Action/Romance
Autor/a:
Cyalrok
Estado:
Completado
Capítulos:
25
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

ANTONELLA

Me llamo Antonella Vance Sinclair. Sí, “Sinclair” por mi madre, Moon, y “Vance” por mi padre, Eliot. Tengo veinte años y, para qué nos vamos a engañar, todo el santo mundo me conoce en la sede central del CIEM. Es lo que tiene ser la hija de las dos mayores leyendas vivas de la agencia.

Por mi parte, bueno... sí, acabé metida en el CIEM como ellos, pero un poquito más apartada de las trincheras de guerra y del barro de las misiones de campo. A mí lo que me va es otra cosa. Desde bien pequeña me fascinó la tecnología de una forma casi obsesiva. Mis padres siempre recuerdan entre risas que a los cinco años me dejaron una tarde al cuidado de mi tío August y, para entretenerme, conseguí hackearle todo su sistema domótico y de redes de seguridad de la casa en menos de una hora. Cuando August volvió de la cocina, no tenía ni la más remota idea de cómo volver a entrar a su propio salón. Fue jodidamente divertido ver al implacable presidente del CIEM derrotado por una niña que apenas levantaba un metro del suelo.

Tanto mamá como papá siempre han sido muy insistentes en que la agencia no tenía por qué ser mi destino final. No querían presionarme, sabían lo esclavo que es este mundo. Pero a mí me encantaba verlos en acción a través de los monitores de la central; algunas veces lo pasaba bastante mal y contenía el aliento, no lo voy a negar, pero entendía que así era su trabajo y los admiraba por ello.

A los dieciséis años me aceptaron en una de las mejores universidades de todo el país. Sí, a los dieciséis. Los analistas del campus vieron que era una especie de “celebrito”, por llamarlo de alguna manera, y me concedieron una beca completa de investigación tecnológica. Allí fue donde me especialicé en hacking defensivo y ciberinteligencia.

El día de mi graduación la verdad es que fue un poco... bueno, ¿cómo olvidarlo? Fue un cuadro bendito. Mis padres venían directos de una misión de extracción urgente y aparecieron justo al final del pasillo del auditorio, todavía con los trajes tácticos negros puestos, llenos de polvo, chillando y aplaudiendo como locos mientras yo recogía el diploma. Ya os podéis imaginar la cara de vergüenza ajena que se me quedó a mí en el estrado mientras mis compañeros los miraban como si fueran un comando de fuerzas especiales que venía a asaltar la universidad.

La verdad es que he tenido una infancia y una adolescencia muy buena. Mamá es un poco estricta - el instinto de sargento no se le quita ni en casa -, pero papá siempre la tiene bajo control y sabe cómo ablandarla. Eso sí, como mamá se enfade de verdad, ya podemos salir todos corriendo de casa si apreciamos nuestras vidas.

Este es mi primer año oficial como hacker en la plantilla del CIEM y, aunque intente disimularlo ante las pantallas, estoy bastante nerviosa. Sí que es verdad que todos los mandos me conocen desde que usaba pañales, pero por suerte tengo la conciencia muy tranquila porque he conseguido este puesto por mi propio esfuerzo y tras superar las pruebas de acceso más duras del departamento informático.

El tío August sigue por aquí, pero ya no como presidente. Hace cuatro años le ofreció formalmente el relevo a mamá y a papá porque él ya tenía sesenta y cinco años, arrastraba demasiadas heridas viejas y quería jubilarse para vivir tranquilo. Ahora, mis padres son los copresidentes del CIEM. A ver, para ser sinceros, el peso del mando y la organización lo lleva más mamá, que es una líder nata, pero a papá siempre le infla el pecho de orgullo decir que lo son los dos. Qué le vamos a hacer, se siguen queriendo como el primer día.

Hoy es un día importante. Estoy frente a mi terminal de triple pantalla en el búnker informático, repasando unas líneas de código encriptadas que hemos interceptado de un satélite pirata, cuando escucho que la puerta principal se abre con el código de máxima prioridad. ¿Quién entra a interrumpir mi guardia?

  • ¡Toc, toc! - me dijo mamá, asomando la cabeza con esa media sonrisa que suele poner cuando quiere hacerse la inocente.
  • ¡Mamáaaa! - protesté, fingiendo una indignación tremenda mientras mis dedos seguían volando sobre el teclado -. ¿Qué haces aquí? Estoy intentando interceptar un satélite pirata. ¿Es que no sabes que el mundo entero podría ser destruido si me desconcentro?
  • Bah, tonterías. Con una informática como tú al mando, eso es completamente imposible - respondió ella con total tranquilidad, entrando en mi cubículo y agachándose para darme un beso cariñoso en la cabeza -. ¿Qué tal el primer día, Antonella?
  • Bien, mamá. Literalmente acabo de empezar hace... - miré el reloj digital de la esquina superior de mi pantalla - exactamente una hora. Así que por ahora, todo bajo control, ninguna catástrofe mundial todavía.

Mamá se echó a reír, esa risa suya tan limpia que solo saca cuando estamos en familia y se quita el traje de presidenta del CIEM.

  • Estoy muy orgullosa de ti, Antonella - me dijo, suavizando la mirada -. Si tienes cualquier problema o se te complica algún código, ya sabes dónde encontrarme. Por cierto, el tío Conrad acaba de llegar de su misión en México.

Se me agrandaron los ojos de golpe y se me escapó una sonrisa enorme.

  • ¡¿Ya ha vuelto?! Voy a ir corriendo a verlo en cuanto acabe de encriptar este satélite.

El tío Conrad, que en realidad no es mi tío de sangre sino el mejor amigo de papá y su eterno compañero de campo, es una de mis personas favoritas en todo el CIEM. Siempre que vuelve de un despliegue me cuenta historias alucinantes de cuando él y papá trabajaban juntos en el barro, y me encanta lo jodidamente bueno y divertido que es. Además, tiene un hijo de quince años que es un gamberro de narices, un auténtico torbellino. Cada vez que el niño se mete en líos o no le coge el teléfono, el tío Conrad viene a mi mesa con cara de desesperado y me dice: “Anny, por favor, hackéale el móvil un momento para ver dónde coño se ha metido esta vez”. Es un caso perdido, me muero de la risa con él.

  • ¡Moon! - la voz de mi padre resonó desde el pasillo justo antes de que se asomara por la puerta.

Iba impecable, con esa planta que tiene y la cicatriz de la ceja que ya es parte de su marca de identidad.

  • Moon, aquí estás. Te necesitamos en la sala de juntas ya mismo, tenemos reunión de urgencia con los analistas de la frontera - papá desvió los ojos hacia mí y su rostro se iluminó por completo -. ¡Hola, princesa! ¿Qué tal te va todo? ¿Tu madre ya te está agobiando en tu primera hora de trabajo?
  • Nooo, para nada - dije sonriendo, mirando cómo mamá le clavaba una mirada falsamente ofendida.
  • Ya, ya... Bueno, me la llevo antes de que te robe más tiempo - - dijo papá con una sonrisa de oreja a oreja. Se acercó a mamá, le cogió la mano entrelazando sus dedos con total naturalidad y luego me miró a mí -. Que vaya muy bien tu primer día, preciosa. Dale duro a esas pantallas.

Los vi salir juntos por el pasillo, caminando al mismo paso, hombro con hombro, sin soltarse de la mano ni un segundo mientras hablaban de la reunión. Me quedé mirándolos fijamente hasta que las puertas automáticas se cerraron tras ellos.

Solté un suspiro tierno y me apoyé en el respaldo de mi silla ergonómica. Ojalá el día de mañana yo tuviera un amor tan real, fuerte y bonito como el que ellos tienen después de tantos años.

Pero bueno, Antonella, céntrate. Sacudí la cabeza, me acomodé los auriculares y volví a clavar la vista en la pantalla táctil. El satélite pirata no se iba a rastrear solo y el tío Conrad me esperaba abajo.