Te esperé
Me dijiste que te esperara recostada… lo hice, abrazando mi manta toda la noche, atenta por si oía la puerta abrirse. Pero nunca ocurrió.
Me sentí como una idiota, esperándote con galletas sobre la mesa para contarte mi día en la escuela. ¿Siquiera recordabas que tenías una hija? Lo dudaba. Me decías que era lo más importante, pero solo eso… lo decías.
A veces te encontraba en casa: demasiado cansado para mirarme, demasiado distraído para escucharme, demasiado distante para sentirte… ¿Por qué lo anhelaba tanto? ¿Por qué me importabas tanto?
De pequeña me dijiste que no tuviera miedo, que el mundo no hacía daño. Necesité derrumbar esa pared. Si el mundo conseguía herirme, al fin tendrías que admitir que estabas equivocado.
Me uní a fiestas, a problemas, a cada vez más tormentos. ¿Acaso serviría de algo romper tus palabras? Solo así me sentía viva: en una montaña rusa interminable, con subidas y bajadas cada vez más pronunciadas, buscando dosis más fuertes de emoción para suavizar el dolor.
Nuestra relación terminó por congelarse. Éramos dos desconocidos que se encontraban cada día sin nada en común. Hasta mi graduación.
La escuela acabó y, para mi sorpresa… estuviste allí. Francamente, no supe cómo reaccionar a tu abrazo ni cómo interpretar las lágrimas de tus ojos. No supe cómo tomar siquiera tus palabras cuando me dijiste:
—Ahora podrás ser feliz…
¿Qué significaban? ¿Y por qué me dolían tanto? La garganta me ardía mientras me mordía la lengua para contener el llanto. Estabas allí, conmigo, y yo era incapaz de levantar mis brazos y acercarte. Simplemente ya no podía.
Tardé años en reconocer el foso que se formó entre los dos, lleno de palabras que erosionaron la tierra; tú de un lado y yo del otro. Pero no era tarde, no para alguien a quien siempre he amado. Tardaría, dolería, pero construiríamos puentes. Juntos.








