Dulce de leche granizado
Las siestas en Las Alondras podían derretir hasta la vergüenza más escondida. El cemento ardía como plancha de parrilla, los toldos de lona chirriaban con cada soplido caliente del viento del norte y el helado dejaba de ser golosina para volverse necesidad pura. En la esquina de Pino y Liria, el local “Trompa Fría” resistía como podía: dos ventiladores viejos que empujaban aire tibio, el zumbido constante de las heladeras y el tintineo eterno de las cucharitas de metal contra los potes de acero.
Ernesto, el toro de cuarenta y cinco años, transpiraba apenas. A pesar del calor se movía con una calma natural, como si el tiempo no le importara. Camisa celeste abierta en los primeros botones, pelaje oscuro salpicado de canas en el pecho y los antebrazos, y unos brazos gruesos que parecían capaces de levantar el freezer entero sin esfuerzo. Cuando se agachaba a acomodar los tachos, el jean se le tensaba de una forma imposible de ignorar. El culo era ancho, firme, pesado, de esos que hacen historia solo con existir. Y entre las piernas el bulto de la pija se marcaba claro, grueso y pesado, moviéndose apenas con cada paso lento.
Lina, la mapache de veintiocho, era todo lo contrario: puro movimiento, pura boca y puro descaro. Shorts vaqueros rotos en los bolsillos que apenas le cubrían la mitad de las nalgas, un top anudado atrás que le dejaba el lomo al aire y esa panza suave que se le marcaba cada vez que se estiraba. El pelaje del pecho era más claro y una línea brillante de transpiración le corría entre las tetas, bajando hasta perderse en el ombligo. La cola anillada no paraba quieta, moviéndose como si batiera crema invisible.
—Ey, Erne, ¿cuántos cucuruchos te clavás vos por día, che? —le preguntó, apoyada en la mesada, moviendo la cola en el aire.
—Depende —respondió él sin mirarla del todo, metiendo un tacho en el freezer con la pinza—. Si tengo a alguien jodiéndome desde que abro… capaz más de la cuenta.
—Ah, ¿te molesto? —dijo ella con una sonrisa torcida, pero los ojos le brillaban—. Qué toro delicado me salió.
Ernesto la miró por el rabillo del ojo. Desde esa posición podía ver cómo el top se le pegaba al cuerpo y el pelaje del pecho le formaba una V tibia y húmeda. No dijo nada. Solo resopló. Ese bufido bajo, apenas audible. A veces de fastidio, a veces de otra cosa. Ella empezaba a notar la diferencia.
El aroma que soltaba Lina era dulce y salvaje al mismo tiempo: un olor a hembra caliente mezclado con crema de avellanas y sudor limpio. A Ernesto se le removió la pija dentro del jean. Tuvo que acomodarse disimuladamente mientras seguía trabajando.
Entró un cliente: un zorro flaco con gorra y dos pibes que no paraban de hablar de Pikachu. Ernesto los atendió sin drama. Lina se ocupó de una pareja de lagartas adolescentes que pedían matcha y no sabían si querían cucurucho, vasito o selfie con el helado. El barrio, lo de siempre.
Pero cerca de las cinco, justo cuando el sol pegaba de lleno en la vidriera, entraron Luba y Hiro. La conejita panadera y el lobo alto y serio, que cruzaban medio barrio para buscar un cuarto kilo. Ella primero, él detrás, como siempre.
—Buenas, los de la panadería —dijo Lina, apoyando los codos en el mostrador con una sonrisa—. ¿Qué se va a llevar la parejita del horno?
Luba sonrió con los cachetes colorados. Hiro no dijo nada, solo miró los sabores.
—Cuarto de crema de coco con nuez, porfa. Y… uno de limón si queda —dijo la coneja.
—¿Cono o vasito? —preguntó Lina, y cuando vio cómo Hiro le tocaba suave el codo a Luba para que lo eligiera ella, agregó en voz baja mientras Ernesto escuchaba—: Estos tienen alta onda, ¿eh?
—¿Sí? —dijo el toro, colocando potes en la balanza—. ¿Y vos cómo sabés eso, mapachita?
Lina se le acercó al oído, apenas rozándole el hombro con el pecho.
—Creeme, man. La que manda ahí es la conejita. Lo tiene loco, lo maneja con una miradita. Esa panadera debe hornear más que panes…
Ernesto soltó una risa grave, una especie de mugido bajito que hizo que a Lina se le apretara la concha sin querer. Se hizo la boluda, giró sobre una pata y se puso a cerrar el paquete de helado. Pero mientras lo hacía le echó una mirada al toro desde abajo: los pantalones se le tensaban al agacharse, el bulto de la pija se dibujaba claro bajo la tela y el movimiento lento de su cola corta hacía que el jean se le pegara justo donde no debía.
—Che, ¿cuándo fue la última vez que te revisaste el culo, Erne? —largó sin pensar demasiado, medio en joda.
Ernesto no se giró. Solo contestó con esa voz gruesa que parecía salir del fondo del pecho:
—¿Querés hacerme el control vos, doctora?
Lina se atragantó con la propia risa y casi se le cae el vasito. Se encorvó hacia adelante, la cola erizada, y una gota de sudor le resbaló desde el cuello hasta la raja del top. El calor subía. El deseo también, pero disfrazado de bardeo cotidiano. El aroma de los dos empezaba a mezclarse en el aire del local: el de él, profundo y masculino; el de ella, más dulce y nervioso.
El día siguió. Atendieron más gente. Compartieron una soda. Lina le tiró hielo por la espalda cuando estaba agachado; el agua fría le corrió por la columna y se perdió bajo el jean, mojándole la raja del culo. Ernesto se vengó tirándole un chorrito de crema chantilly en la oreja. Ella lo amenazó riendo, bajito:
—Te voy a morder la pija por esto, toro degenerado… y no va a ser en joda.
Todo en voz baja. Todo con esa intensidad que ninguno nombraba, pero que se respiraba espeso entre los cucuruchos y el zumbido de las heladeras.
Cuando bajaron la persiana el barrio ya estaba anaranjado y quieto. Los ventiladores callados. El piso pegajoso de helado derretido. Ernesto se quedó limpiando en silencio. Lina miraba por la ventana, todavía con el cuerpo caliente.
—¿Te vas caminando? —preguntó él mientras pasaba un trapo.
—Sí, ¿por?
—Porque si te vas así, con ese culito en shorts y olor a crema de avellanas, alguien te va a querer meter en el freezer de otro.
Lina se giró y le lanzó una carcajada, pero los ojos se le achinaron de vergüenza y de ganas.
—Cerrá el orto, toro degenerado.
No lo decía enojada. Lo decía deseando que la siguiera jodiendo. Que mañana fuera igual. O peor. Porque entre cucharas, cuerpos y cucharones… algo se estaba derritiendo más rápido que el helado. El aroma de los dos seguía flotando en el local vacío, pesado, imposible de ignorar. Y los dos sabían, sin decirlo, que el verdadero postre todavía no había empezado.








