Chapter
El portazo retumbó en toda la casa.
Jimin, con el rostro encendido, se giró para enfrentar a Jungkook, que estaba en medio del pasillo con los puños apretados.
—¡Otra vez! ¡Otra vez usaste mi secador sin pedirlo y lo dejaste hecho una mierda! —le gritó Jimin, señalando el aparato que Jungkook tenia en la mano.
—¿Tu secador? ¡Lo pagó mi papá! —rugió Jungkook, acercándose un paso. Su pecho casi rozaba el de él. —Y tú dejaste mi playera negra en la lavadora con colores. ¡Está rosa!
—¡Porque eres un desordenado que tira la ropa al suelo! ¡Aprende a separar!
—¡Aprende tú a no ser un malcriado que cree que todo el mundo gira a su alrededor!
Se gritaron a la cara, como habían hecho durante los últimos siete años, desde que sus padres se casaron y los obligaron a ser una “familia”.
El odio era viejo, familiar, y esa noche estaba más caliente que nunca.
Pero entonces, algo cambió.
En vez de seguir escupiendo insultos, se quedaron callados.
Jadeando y mirándose fijamente.
Ira en los ojos de Jungkook y resentimiento en los de Jimin. El espacio entre ellos se sentía tenso y peligroso.
Jimin vio cómo la mirada de Jungkook bajó de sus ojos a sus labios. Vio cómo su garganta se movía al tragar.
Jimin sin pensarlo hizo lo mismo. Recorrió con la vista su mandíbula apretada, el sudor en su cuello, la forma en que su camiseta blanca se pegaba a su pecho.
Fue Jungkook quien se movió primero.
No para alejarse, si no para agarrar su cara con ambas manos y besarlo.
No fue un beso, fue un ataque, sus dientes chocaban, su lengua lo invadió sin pedir permiso, un sonido gutural que salió de su garganta.
Jimin respondió con la misma furia.
Le clavó las uñas en los brazos y le mordió el labio inferior, sintiendo el sabor metálico de la sangre.
Jungkook gruñó y lo empujó contra la puerta de su habitación, que estaba justo detrás. El golpe fue seco.
Con una mano, buscó el picaporte.
La puerta se abrió y entraron tambaleándose al cuarto de Jimin, todavía enredados en ese violento beso.
—¿Estás loco? —logró jadear Jimin, cuando él separó su boca para bajar a su cuello.
—¿Más que tú? —respondió él, mordiendo fuerte la piel en la unión de su cuello y hombro.
Jimin gritó de dolor.
Jungkook le agarró la playera holgada que llevaba y la rasgó por el frente, haciendo que los botones saltaran.
Jimin no se quedó atrás. Le agarró de la camiseta y la estiró hasta que el cuello se descosió.
Jungkook lo levantó y lo volvió a aplastar contra la puerta, ahora desde adentro de la habitación.
Jimin enroscó sus piernas alrededor de su cintura.
No había ternura, ni lentitud.
Jungkook bajó su propio short deportivo y su boxer de un empujón. Su pene estaba duro como una piedra, la punta húmeda.
Jimin, con movimientos torpes y urgentes, se bajó sus shorts y sus bragas de algodón a un lado, sin quitárselos del todo.
—Te odio tanto —susurró Jungkook contra su oído, mientras con una mano se guiaba hacia su entrada. —Te odio tanto, Jimin.
—Yo te odio más —contestó, y entonces empujó su verga dentro de su coño.
Jimin gritó. No era de dolor. Era de rabia.
Jungkook lo penetró de una vez, hasta el fondo, sin preparación, sin cuidado.
Su coño se sentía estirado de una forma brutal e intensa, pero su cuerpo, empapado por la pelea y la adrenalina, lo recibió con una oleada de placer.
Jungkook empezó a moverse.
Fueron embestidas cortas, duras, que hacían golpear la puerta contra el marco.
Su respiración entrecortada.
Una de sus manos se enterró en su pelo, tirando de su cabeza hacia atrás.
—¿Esto es lo que querías, hermanito? —le escupió en la cara, con el término que más lo hacía enojar. —¿Eh? ¿Pelear como perros hasta terminar así?
—¡Cállate! —gritó Jimin, y le arañó la espalda con todas sus fuerzas. Sintió la piel desgarrarse bajo sus uñas.
Jungkook gruñó de dolor, pero su ritmo se aceleró. —¿Me quieres callar? Cállame tú —lo provocó, llevando su cara cerca de la de el.
Jimin lo besó otra vez, un beso sucio y húmedo. Bajó una mano entre ellos y se frotó el clítoris a círculos rápidos y duros.
Cada vez que Jungkook lo empujaba contra la puerta, su mano presionaba contra ese punto perfecto.
La sensación se acumuló rápido, violenta. Jimin sentía cada golpe en lo más profundo de su vientre. El sonido de sus cuerpos chocando, los gemidos ahogados, el roce de la puerta de madera contra su espalda desnuda… todo se mezcló.
—Voy a… Jungkook, ya…
—No —cortó él, pero su voz estaba quebrada. —No hasta que yo diga.
Pero era demasiado tarde para ambos.
Jimin sintió el espasmo y se corrió. Gritó, enterrando la cara en el hombro de su hermanastro para ahogar el sonido, mientras su cuerpo se sacudía alrededor del de él.
Eso fue el detonante para Jungkook.
Con un jadeo ronco, se hundió aún más dentro de el y se quedó quieto, temblando, mientras se corría en oleadas calientes y profundas.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de su respiración.
Seguían pegados, Jungkook dentro de Jimin, los dos apoyados contra la puerta destrozada.
Poco a poco, la razón regresó.
Jungkook abrió los ojos y miró alrededor.
El cuarto de su hermanastro.
Sus posters en la pared.
Su olor.
Y él, dentro de Jimin.
Se separó de un salto, como si lo tocara fuego.
Su semen y sus fluidos chorrearon por los muslos de Jimin, que se dejó resbalar por la puerta hasta quedar sentado en el suelo, tembloroso.
Se miraron.
La rabia había desaparecido.
Ahora solo había shock, horror y una excitación que se sentía en el aire.
Sin decir una palabra, Jungkook salió del cuarto, tirando de su ropa para cubrirse.
Jimin lo oyó cruzar el pasillo hacia el baño. Oyó el agua correr.
Se quedó en el suelo, frío, pegajoso, con la espalda adolorida por los golpes contra la puerta.
Miró sus manos. Debajo de sus uñas, había sangre y piel de Jungkook.
Debería sentirse asqueado. Arrepentido.
Pero solo sentía un vacío enorme y una pregunta aterradora: ¿Y ahora qué?
Se levantó con esfuerzo. Sus piernas no respondían bien.
Salió de su cuarto y se dirigió al baño.
La puerta no estaba cerrada.
Jungkook estaba bajo la ducha, con el agua cayendo sobre su cabeza y su espalda. Las marcas de sus uñas eran cuatro líneas rojas y sangrantes sobre su piel.
Él no volteó a verlo cuando entró.
Jimin no dijo nada. Se quitó lo que quedaba de su ropa, la tiró al suelo y entró en la ducha con él.
El agua estaba caliente.
Se paró frente a él, sin tocarlo. Él lo miró entonces. Su expresión era indescifrable.
Jungkook levantó una mano lentamente y con los dedos limpió un poco de sangre seca que Jimin tenía en el hombro, de donde él lo había mordido.
Luego, tomó el jabón. Se lo pasó por el pecho, por los brazos, por entre las piernas lavando su propio semen.
Jimin hizo lo mismo. Tomó la esponja y con suavidad limpió las marcas sangrantes de su espalda. Él cerró los ojos, una mueca de dolor pasando por su rostro.
No intercambiaron una sola palabra.
Solo el sonido del agua.
Cuando terminaron, Jungkook salió primero, tomó una toalla y se la lanzó a Jimin antes de envolverse en otra.
Esa noche, cada uno durmió en su cuarto con las puertas cerradas.
Pero Jimin, acostado en la oscuridad, no podía dejar de sentir el peso de su cuerpo, el ardor que le habia ocasionado. Y sabía, con una certeza que lo aterrorizaba, que Jungkook en su cuarto estaba sintiendo lo mismo.
La pelea había terminado.
Pero algo mucho más complicado y peligroso acababa de empezar.








