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Más reluciente que el oro.

Sinopsis

Un hermoso Omega siendo sometido por un feroz y, bárbaro Vikingo.

Genero:
Adventure
Autor/a:
Ren
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

I.

La noche era tranquila.

Hades regresó a su casa después de una jornada laboral larga en los campos de cultivo. Tenía el cuerpo cansado, la ropa sucia por la tierra y los brazos adoloridos de tanto trabajar bajo el sol.

Pero toda esa fatiga se le olvidó en cuanto cruzó la puerta. Lo primero que vio, fue a su hermano menor, Poseidón.

Al ver al muchacho, una sonrisa apareció en el rostro del albino.

Poseidón era un muchacho muy hermoso. Tenía un cabello dorado, unos ojos de color lapislázuli, y su piel era blanca y suave, limpia como la leche.

En la casa solo vivían ellos dos.

Poseidón tenía dos hermanos mayores. Uno era Hades, que pasaba los días sudando en la tierra para que no les faltara comida en la mesa.

El otro hermano se llamaba Adamas.

Pero Adamas ya no vivía con ellos porque hacía poco tiempo se había casado con su Omega, y ahora tenía su propio hogar a unas cuantas casas de distancia, formando su propia familia.

Hades todavía no se había casado. No es que no quisiera, sino que tenía un deber que no lo dejaba pensar en compromisos propios.

Él se había propuesto no buscar esposa hasta encontrar un pretendiente que fuera digno para su hermano menor.

Sabía que Poseidón era demasiado hermoso, un Omega que llamaba la atención de cualquiera. Muchos alfas de los alrededores andaban siempre al acecho, mirando la casa, rondando los caminos por donde el rubio pasaba, esperando una oportunidad para acercarse.

Pero Hades era un alfa de carácter firme y muy protector. No quería que nada malo le pasara al más chico de la familia, así que vigilaba a cada alfa que ponía los ojos sobre su hermano.

Hades caminó con paso lento pero alegre hacia donde estaba el rubio.

Extendió su mano, la colocó con suavidad en el mentón de Poseidón y levantó un poco su rostro para darle un beso en la frente.

Poseidón sintió una calidez bonita en el pecho. Amaba mucho esa sensación de protección que su hermano le daba, pero era muy tímido y de pocas palabras, así que solo pudo sonrojarse en silencio.

Las mejillas se le pusieron rosadas. Para ocultar su vergüenza, dio media vuelta y caminó rápido hacia la cocina para empezar a poner los platos y la mesa, pues sabía que su hermano venía con hambre.

La comida que preparaba Poseidón siempre era deliciosa. El joven Omega se mataba toda la tarde metido en la cocina, picando verduras, cuidando el fuego y preparando guisos sabrosos solo para que su hermano mayor comiera bien al regresar del trabajo.

Hades apreciaba mucho ese esfuerzo. Mientras lo veía moverse de un lado a otro con los platos, pensaba para sus adentros que Poseidón sería una excelente esposa y una madre muy cariñosa.

Se sentaron a comer. El silencio de la casa solo se rompía por el ruido de las cucharas. De pronto, Hades dejó el cubierto de lado y habló:

-Lo he estado pensando -dijo el albino, mirando fijamente a su hermano-. Y estoy pensando en buscar un compromiso para ti-Poseidón se quedó quieto a su lado en la mesa. Escuchar esa palabra le dio un vuelco al corazón. Dejó su plato y miró a Hades fijamente.

-¿Crees que ya estoy listo? -cuestionó Poseidón con la voz un poco baja.

Hizo la pregunta porque su hermano se lo decía, pero muy en el fondo de su alma, el rubio no quería casarse con nadie. Le daba miedo dejar esa casa y cambiar su vida. Hades, sin notar la tristeza oculta del menor, sonrió y asintió.

-Claro que sí, hermano -respondió con seguridad. Y diciendo esto, tomó su taza y le dio un sorbo largo a su té caliente, dando el tema por terminado por esa noche.

Lejos de allí, en la costa de la isla, las olas del mar golpeaban con fuerza la arena oscura. La noche ya no era pacífica en ese rincón.

-¡Andando! -gritó un alfa con una voz que parecía el trueno del cielo.

Era Thor, un alfa de cuerpo enorme y mirada salvaje. Tenía un hacha grande y pesada en la mano derecha. Su cabello era rojizo, largo y suelto, soplado por el viento frío de la noche.

Esta era su primera misión de saqueo importante. Su padre, que era el jefe de la aldea allá en el norte, lo había enviado al mando de un barco hacia esa isla lejana.

El objetivo era claro: entrar a la aldea de los campesinos, robar todos sus tesoros y llevar comida para alimentar al pueblo que pasaba hambre.

El alfa ya había tocado tierra firme. Alzó su hacha en lo alto, apuntando hacia las casas que se veían a lo lejos, y comenzó a correr con fuerza por el pasto de la isla.

Detrás de él iba un grupo grande de hombres armados con escudos y espadas, dando gritos de guerra que asustaban a todos a su paso.

Thor miraba a su alrededor mientras avanzaba. En esa isla la tierra era buena; todo parecía verde, abundante y lleno de riquezas que ellos no tenían.

Mientras los gritos empezaban a sonar en la playa, en la casa del campo todo seguía igual.

Poseidón se había sentado cerca de la ventana, aprovechando la luz de unas velas, y se puso a tejer la camisa de lino blanco de Hades.

Ese mismo día, mientras trabajaba, Hades había roto la manga de la prenda con una rama, y el Omega quería tenerla lista para el día siguiente.

El rubio se sentía feliz con la vida que llevaba. No quería un esposo, no le interesaba conocer a ningún alfa del pueblo y no quería casarse. Su único deseo era quedarse así para siempre, cuidando a su hermano mayor en esa pequeña casa.

Pero la paz no duró mucho. El rubio, sentado enfrente de las velas con la aguja, comenzó a escuchar unos ruidos extraños que venían desde afuera. Eran gritos. Pero no gritos de alegría, sino gritos de dolor, de miedo y de mucha desesperación.

Poseidón dejó de hacer lo que estaba haciendo; soltó la camisa de lino sobre la silla y caminó hacia la puerta principal.

Al abrirla y salir al patio.

Lo que vieron sus ojos lo dejó helado. Se topó con la terrible sorpresa de que la mitad de su aldea ya estaba envuelta en llamas; que pintaban el cielo de color naranja. A lo lejos, hombres gigantescos con hachas y escudos de madera en las manos corrían de un lado a otro, persiguiendo a sus vecinos, entrando a las casas a la fuerza y golpeando a cualquiera que se les cruzara en el camino.

Poseidón abrió los ojos como platos. El miedo le entró por las piernas y lo hizo reaccionar. En lugar de quedarse parado, regresó corriendo hacia adentro de su casa. Subió los escalones de madera con desesperación, entró a la habitación de Hades y comenzó a sacudir con todas sus fuerzas al albino, que ya estaba profundamente dormido.

-¿Posei? ¿Qué pasa? -preguntó Hades, tratando de abrir los ojos.

-¡Nos están atacando! -gritó Poseidón con una voz de llanto y desesperación.

Esas palabras hicieron que Hades abriera los ojos como platos. Se levantó de la cama de un salto, con el corazón latiéndole a mil por hora. No hubo tiempo para pensar. Comenzó a vestirse lo más rápido que pudo.

El albino buscó debajo de su cama y sacó una daga afilada. Con esa arma en una mano y agarrando fuertemente la muñeca de Poseidón con la otra, salió de la casa con cautela, mirando hacia todos lados.

Afuera el aire quemaba y los gritos herían los oídos. El plan de Hades era sencillo pero peligroso: tenía que llevar a Poseidón hacia la orilla de la isla, cruzar por los caminos oscuros y esconderlo entre las rocas de la playa donde los barcos no pudieran verlo.

Era de noche y todo estaba muy oscuro en los senderos traseros de la aldea. No tenían antorchas para no llamar la atención; contaban con nada más que la luz blanca de la luna para alumbrarse el camino entre los árboles y las piedras.

Los dos hermanos caminaban rápido, casi arrastrándose por el suelo. Creían que si no eran vistos por los atacantes no les pasaría nada malo y lograrían salvarse.

Pero eso fue un grave error.

Thor ya andaba cerca de esa zona de la isla buscando cosas de valor. El alfa de cabello rojo iba caminando entre los árboles cuando sus ojos salvajes vieron algo moverse entre los arbustos.

La luna, que brillaba en lo alto del cielo, proyectó su luz blanca directamente sobre un resplandor rubio que se movía en medio de la oscuridad de la noche.

Thor se detuvo. Lo que estaba viendo era hermoso, algo divino que nunca había visto. El muchacho se veía limpio, puro y virgen, como si fuera un ángel que se hubiera caído del cielo. Era una vista deslumbrante y majestuosa para el vikingo.

Thor sonrió de lado, y se lamió los labios con malicia. Sintió unas ganas enormes de adueñarse de esa belleza.

Sin pensarlo dos veces, comenzó a caminar hacia ellos, apartando con fuerza los arbustos y las ramas que se encontraban a su paso.

El alfa de cabello rojo corrió con paso firme, acelerando el ritmo mientras mantenía esa sonrisa malvada en el rostro. Cada vez que se acercaba más, veía mejor lo hermoso que era esa criatura. Se veía delicada como una mariposa, pura como una paloma blanca, y hermosa como el ave más rara del mundo.

El guerrero pensó que sin duda alguna iba a disfrutar mucho de lo que iba a hacer.

Hades, que iba adelante guiando a su hermano, sintió que el cuerpo se le ponía duro. Tensó la mandíbula al escuchar el ruido de unos pasos pesados y fuertes que venían justo detrás de ellos, rompiendo las ramas secas. Sabía que los estaban siguiendo y que ya no había escapatoria.

El albino no dudó: se soltó de la mano de su hermano, se colocó firme enfrente de Poseidón para taparlo con su propio cuerpo y vio de forma fulminante al guerrero que salía de entre las sombras de los árboles.

Poseidón, escondido detrás de la espalda de su hermano mayor, tragó en seco al ver al hombre pelirrojo.

El rubio sintió miedo de inmediato, que las piernas le temblaron. Había un aura muy malvada e intimidante detrás de ese vikingo. El hombre tenía un hacha grande manchada de vete a saber qué, y una sonrisa horrible llena de malicia en su rostro.

-Déjalo. Déjanos en paz, no queremos pelear con nadie -ladró Hades, aunque por dentro sentía que el corazón se le partía-. Ya tomaste nuestras cosas, destruiste nuestro pueblo y quemaste las casas. Por favor, no nos hagas nada... déjanos ir -pidió el albino.

Pero vio cómo ese vikingo no se detenía; al contrario, se acercaba más y más a él, levantando el hacha en la mano, listo para cortarle la cabeza de un solo golpe si se interponía en su camino.

Hades sintió de pronto sus mejillas húmedas. Se dio cuenta de que las lágrimas le salían de los ojos porque sabía perfectamente que este era el final. El alfa, en un último intento desesperado por defender y dar amor a su hermano menor, se dio la vuelta, lo abrazó con todas sus fuerzas contra su pecho y cerró los ojos fuertemente para no ver el golpe que ya sentía.

-Lo siento... lo siento tanto, mi Poseidón -musitó el albino con una voz muy bajita al oído de Poseidón, pidiéndole perdón por no haber sido lo suficientemente fuerte para salvarlo de los monstruos.

Los ojos de Poseidón también se pusieron húmedos por el llanto. El miedo que sentía se transformó en algo más al ver a su hermano mayor vencido y llorando.

Él no quería morir así, y sobre todo, no quería que su hermano mayor, el que lo había cuidado toda la vida desde que eran niños, se fuera de este mundo de esa forma tan sangrienta por culpa de un desconocido.

El rubio sacó fuerzas de donde no tenía. Se soltó con un tirón del agarre cariñoso de su hermano, dio un paso adelante y se colocó con firmeza enfrente de Hades, tapándolo ahora a él.

-Si quieres lastimar a alguien, hazlo conmigo. Pero deja a mi hermano en paz, no le hagas daño -habló Poseidón con la frente arrugada por el esfuerzo de parecer fuerte, aunque por dentro se moría de un miedo terrible al ver de cerca a ese hombre tan grande y malvado que olía a sangre.

Thor se detuvo un momento y frunció los labios con desagrado.

Al vikingo no le gustaba para nada que la mercancía valiosa se opusieran a él, ni mucho menos que un Omega campesino le dijera qué era lo que tenía que hacer. Pero al mismo tiempo, pensó que la mercancía se veía muy bien levantando la voz y dándole una orden con esos ojos azules tan bonitos.

El hombre de cabello rojizo se encogió de hombros con desprecio, dio un paso rápido hacia adelante y jaló con fuerza del brazo a ese campesino Omega de cabello rubio y ropa de algodón.

Poseidón soltó un grito ahogado cuando sintió las manos de Thor. El guerrero, sin hacer mucho esfuerzo debido a sus músculos fuertes, lo levantó del suelo como si no pesara nada y lo puso encima de su hombro, dándole un golpe en la espalda para que dejara de moverse.

-¡No! ¡Poseidón! ¡Suéltalo! ¡Poseidón! -ladró Hades desde el suelo.

El albino intentó levantarse para ir corriendo hacia él y atacar al vikingo con su pequeña daga, pero las fuerzas no le dieron. Mientras veía cómo ese vikingo malo se llevaba a su hermano menor entre la oscuridad del bosque, el alfa cayó de rodillas al suelo.

Se quedó allí tirado, con las mejillas empapadas de lágrimas y el rostro lleno de una desesperación tan grande que no le cabía en el pecho, sabiendo que había perdido lo que más amaba en el mundo.

Thor caminó rápido cargando al muchacho, alejándose de los ruidos de la aldea en llamas para tener tranquilidad.

Llegó a una zona apartada cerca de la playa, un lugar escondido detrás de unas rocas gigantescas donde nadie lo molestaría.

Con una sonrisa maliciosa que le deformaba la cara, tumbó con rudeza a la hermosa criatura sobre el suelo.

Poseidón cayó de espaldas, golpeándose contra el suelo, e intentó arrastrarse hacia atrás para escapar, pero las rocas le tapaban el camino.

El Alfa pelirrojo no perdió el tiempo. Se dejó caer encima de él, usando su peso para dejarlo inmóvil. Con una mano, rasgó la ropa de algodón de la hermosa criatura, rompiendo la tela blanca que Poseidón tanto cuidaba.

Abrió las piernas del rubio de par en par, sujetándolo con fuerza de las rodillas para que no pudiera cerrarlas ni defenderse.

Sin ninguna delicadeza, el vikingo le enterró el miembro de golpe, buscando su propio placer en medio de la noche oscura.

Poseidón sintió un dolor desgarrador que le recorrió todo el cuerpo de abajo hacia arriba. Con una expresión llena de angustia, de asco y de mucho dolor en el rostro, el joven Omega solo podía aguantar las embestidas del alfa pesado sobre su cuerpo delicado.

Tenía los ojos completamente húmedos por las lágrimas que caían hacia sus orejas y las mejillas rojas por el esfuerzo y la humillación del momento.

Le dolía el alma, le dolía el cuerpo y sentía que se iba a morir allí mismo. Pero en medio de todo ese sufrimiento, apretó los labios con fuerza y se juró a sí mismo que no abriría la boca.

No le daría a ese rufián malvado el gusto de escucharlo gritar.

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