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Ultima Promesa

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Sinopsis

Un nombre que nadie olvida. Una promesa que alguien juró cumplir. Algunas historias no empiezan con una batalla… empiezan después de que todo ha terminado. Y cuando el polvo se asienta, lo único que queda es aprender a vivir. Última Promesa Porque no todas las guerras se pelean con espadas.

Genero:
Action
Autor/a:
Aioria1991
Estado:
Extracto
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: El asiento vacío

La Academia Seishin siempre despertaba antes que la ciudad que la rodeaba. Incluso cuando el cielo aún conservaba los tonos pálidos de la mañana y el aire tenía esa frescura que anunciaba el inicio de un nuevo día, el campus ya comenzaba a llenarse de vida con el sonido de los estudiantes que llegaban en grupos, riendo, conversando o caminando con la prisa habitual de quienes no querían llegar tarde. Desde la entrada principal se podía ver el amplio patio central rodeado por los edificios académicos, cada uno con grandes ventanales que reflejaban la luz temprana del sol como si el lugar mismo respirara con la energía de quienes lo habitaban.

Las voces juveniles se mezclaban en un murmullo constante que subía y bajaba como una marea tranquila. Algunos estudiantes repasaban apuntes apoyados contra los muros, otros intercambiaban bromas o comentarios sobre las tareas pendientes, mientras que unos pocos simplemente observaban el entorno en silencio, disfrutando de esos minutos previos al inicio de las clases. Era un escenario cotidiano, familiar, el tipo de rutina que se repetía día tras día sin que nadie se detuviera realmente a pensar en ello.

A simple vista, nada en la Academia Seishin parecía fuera de lo normal.

Sin embargo, dentro de uno de los salones del segundo año existía una ausencia que no lograba desaparecer con el paso del tiempo.

El aula 2-B se encontraba en el ala este del edificio principal, un lugar donde el pasillo siempre estaba lleno de estudiantes que entraban y salían entre conversaciones animadas. La puerta corrediza del salón estaba abierta, dejando ver el interior iluminado por la luz que entraba desde las ventanas alineadas a un costado del aula. Algunos alumnos ya estaban en sus asientos, acomodando mochilas o revisando cuadernos mientras hablaban de temas triviales que poco tenían que ver con las clases.

Fue en ese momento cuando dos figuras aparecieron al final del pasillo.

Ren Nakamura caminaba con la calma habitual que parecía formar parte de su naturaleza. Su postura relajada y su expresión tranquila contrastaban con la energía que se movía a su lado, donde Miyu Sato avanzaba hablando con entusiasmo, moviendo las manos mientras relataba algo que claramente le parecía importante. Su cabello castaño se movía con cada gesto exagerado, y su tono de voz subía y bajaba según el dramatismo que añadía a la historia.

—Te digo que fue completamente ridículo —decía Miyu con indignación—. ¡¿Cómo alguien puede tropezarse con sus propios pies en medio del escenario?! O sea, entiendo los nervios, pero eso ya es otro nivel.

Ren dejó escapar una pequeña risa.

—Miyu… las escaleras estaban oscuras. Podría pasarle a cualquiera.

—¡A mí no! —respondió ella inmediatamente—. Tengo equilibrio perfecto.

—Eso dices ahora.

Ella lo miró con una mezcla de molestia fingida y diversión antes de darle un ligero golpe en el brazo.

—Eres imposible.

Ren sonrió sin responder. Esa dinámica entre ellos era algo habitual, casi automática después de tantos años de amistad.

Al llegar frente al aula 2-B, Miyu abrió la puerta con naturalidad.

—Buenos días —saludó en voz alta.

Varias miradas se dirigieron hacia ellos. Algunos compañeros respondieron con gestos o palabras mientras la encargada del día, una chica de cabello corto llamada Yuki Tanabe, levantaba la vista desde el escritorio del profesor con una sonrisa amable.

—Buenos días. Llegaron temprano hoy.

—Es que alguien no podía dejar de hablar —comentó Ren con tono ligero.

—¡Oye! —protestó Miyu nuevamente.

El ambiente dentro del aula era cálido, cotidiano, lleno de pequeñas conversaciones que llenaban el espacio de normalidad. Sin embargo, bastaba con avanzar unos pasos más para notar algo que rompía esa sensación de rutina.

En la tercera fila, junto a la ventana, había un asiento vacío.

No era simplemente un lugar desocupado por la ausencia de un estudiante ese día. Era un espacio que llevaba seis meses sin ser ocupado, y aun así nadie se había atrevido a usarlo. El escritorio permanecía limpio, casi demasiado limpio, como si cada mañana alguien se asegurara de que estuviera en perfecto estado aunque no hubiera motivo para hacerlo. La silla estaba alineada con precisión milimétrica, manteniendo una presencia silenciosa que resultaba imposible ignorar para quienes se sentaban cerca.

Miyu dejó de hablar por un instante al verlo. No era la primera vez, y probablemente tampoco sería la última, pero cada mañana ocurría lo mismo: una breve pausa, casi imperceptible, antes de que la vida continuara como siempre.

Ren también lo notó, como siempre lo hacía, aunque su expresión apenas cambió.

Porque quien estaba sentada justo al lado de ese asiento era la persona para quien ese espacio tenía un significado completamente distinto.

Kaede Takahashi ya estaba en su lugar cuando ellos entraron. Su postura era recta, tranquila, con la mirada dirigida hacia la ventana como si observar el cielo fuera suficiente para mantener la mente ocupada. La luz de la mañana iluminaba suavemente su rostro y hacía brillar el collar plateado que descansaba sobre su pecho, un pequeño objeto que parecía insignificante para cualquiera que no conociera su historia.

Pero ese collar no estaba solo.

Era la mitad de un conjunto.

La otra mitad… pertenecía al dueño de ese asiento vacío.

Al escuchar la puerta, Kaede giró la cabeza y sonrió con calidez.

—Buenos días.

—Buenos días, Kaede —respondió Miyu acercándose de inmediato—. Llegaste antes que nosotros otra vez.

—Me desperté temprano —dijo ella con naturalidad.

Ren tomó su asiento frente a ellas mientras Miyu se acomodaba a su lado. Ninguno mencionó el espacio vacío junto a la ventana. No hacía falta. Era una presencia constante que se había vuelto parte del entorno, como un silencio que nadie sabía cómo romper.

Por un instante, la mano de Kaede se apoyó sobre el escritorio desocupado.

El gesto fue sutil, casi inconsciente, pero estaba cargado de significado. Sus dedos recorrieron apenas la superficie lisa de la madera antes de retirarse con suavidad, como si confirmar que el lugar seguía allí fuera suficiente para continuar con el día.

Seis meses.

Seis meses desde que Haru había desaparecido sin dejar rastro.

Nadie lo vio salir del aula aquel día. Nadie lo vio llegar a casa. Las investigaciones no encontraron respuestas, y con el paso del tiempo la incertidumbre se había transformado en una herida silenciosa que cada persona manejaba a su manera.

Pero Kaede… seguía sentándose a su lado.

Como si en cualquier momento pudiera regresar.

Y aunque nadie lo decía en voz alta, todos en ese sector del aula entendían lo mismo.

Ese asiento no estaba vacío.

Solo estaba… esperando.

El murmullo del aula continuaba como cualquier otra mañana, con conversaciones cruzadas y el sonido ocasional de cuadernos abriéndose sobre los escritorios, pero para quienes se sentaban cerca de la ventana, el ambiente siempre tenía un matiz diferente. No era algo que pudiera describirse con palabras exactas; era más bien una sensación, una ligera incomodidad que aparecía cada vez que los ojos se detenían en el espacio desocupado junto a Kaede.

Miyu apoyó los codos sobre el escritorio y suspiró con exageración, mirando hacia adelante como si buscara algo que decir.

—Hoy el ambiente está raro —murmuró.

Ren levantó una ceja.

—¿Hoy?

Ella frunció el ceño.

—Ya sabes a qué me refiero.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que los tres entendieran que la conversación inevitablemente giraría hacia el mismo tema de siempre. No importaba cuántas veces intentaran hablar de cosas normales, de tareas, de profesores o de cualquier otra trivialidad escolar; tarde o temprano, ese vacío terminaba colándose en sus pensamientos.

Kaede mantuvo la mirada sobre su cuaderno por unos segundos más antes de cerrarlo suavemente.

—Supongo que… es porque hace tiempo que no hablamos de él —dijo con tranquilidad, aunque su voz tenía una suavidad distinta.

Ren apoyó el mentón en su mano, mirando el asiento vacío frente a él.

—Es raro —admitió—. Todavía espero que de repente llegue tarde, abra la puerta y empiece a hablar como si nada hubiera pasado.

Miyu soltó una risa breve, pero sin humor.

—Sí… como siempre hacía. Entraba corriendo y decía algo tipo: “¡No van a creer lo que salió anoche!” —imitó con una voz más aguda—. Y después no se callaba en toda la mañana.

Kaede sonrió levemente ante el recuerdo.

Era cierto.

Haru siempre había sido así.

No especialmente ruidoso, pero sí constante. Tenía esa capacidad de llenar los silencios con entusiasmo genuino, hablando de cualquier cosa que le apasionara en ese momento: un nuevo capítulo de un manga, un anime que estaba siguiendo, teorías absurdas sobre personajes o detalles técnicos que solo Ren parecía entender completamente.

—Aún recuerdo cuando empezó a explicarme lo de la animación por cuadros —dijo Ren, con una pequeña sonrisa—. Yo solo había mencionado que una escena se veía fluida y terminó dándome una clase completa sobre tasa de frames, interpolación y no sé qué más.

Miyu lo miró con incredulidad.

—¿Y tú le seguías la conversación?

—Era interesante —respondió él con naturalidad.

—¡Claro que era interesante para ustedes dos! Yo solo estaba ahí escuchando palabras raras mientras él parecía emocionado como un niño —replicó Miyu, cruzándose de brazos—. Y cuando le decía que era un otaku que no se bañaba, se ofendía como si fuera un crimen.

—Porque sí me baño —imitó Ren en tono seco, recordando la respuesta típica de Haru.

Eso provocó una risa más genuina en Miyu.

—¡Exacto! Siempre decía eso con cara seria.

Kaede observaba la escena en silencio, escuchándolos hablar de él como si estuviera a punto de aparecer en cualquier momento para defenderse de las acusaciones. La calidez de esos recuerdos le oprimía el pecho de una manera extraña, una mezcla de tristeza y cariño que no desaparecía con el tiempo.

Para ella, Haru no era solo el chico que hablaba de anime o discutía detalles técnicos con Ren.

Era la persona que había estado a su lado desde que tenía memoria.

El primo que había crecido como un hermano.

El que siempre caminaba a su lado al regresar a casa.

El que se sentaba justo ahí… todos los días.

—A mí no me molestaba escucharlo —dijo finalmente Kaede, con una sonrisa suave—. Podía hablar horas y horas, pero… se notaba que lo disfrutaba.

Ren asintió.

—Sí. Era contagioso.

Miyu apoyó la mejilla en la mano.

—Era molesto… pero en el buen sentido.

El silencio volvió, esta vez un poco más largo, mientras los tres miraban el escritorio vacío como si cada uno recordara algo distinto. La luz que entraba por la ventana iluminaba la superficie de madera, creando un contraste extraño entre la normalidad del entorno y la ausencia que se sentía tan presente.

Kaede deslizó los dedos sobre su collar de forma inconsciente.

El pequeño dije metálico reflejó la luz por un instante.

—Se siente raro… que ya no esté aquí —admitió en voz baja.

Ninguno respondió de inmediato.

No porque no quisieran, sino porque no había palabras que realmente sirvieran para llenar ese espacio.

Miyu fue la primera en romper el silencio.

—Va a volver —dijo con firmeza, aunque su tono tenía una leve duda—. O sea… tiene que volver. No puede desaparecer así porque sí.

Ren no la contradijo.

Pero tampoco afirmó nada.

Kaede levantó la mirada hacia el asiento vacío una vez más, y por un instante muy breve, casi imperceptible, algo en sus ojos pareció vacilar.

No era esperanza exactamente.

Tampoco resignación.

Era… espera.

Como si una parte de ella se negara a aceptar cualquier final que no incluyera su regreso.

Porque, en el fondo, seguía sintiendo lo mismo cada mañana.

Que en cualquier momento la puerta se abriría…

y él volvería a sentarse a su lado.

El murmullo del aula continuaba como cualquier otra mañana, con conversaciones cruzadas y el sonido ocasional de cuadernos abriéndose sobre los escritorios, pero para quienes se sentaban cerca de la ventana, el ambiente siempre tenía un matiz diferente. No era algo que pudiera describirse con palabras exactas; era más bien una sensación, una ligera incomodidad que aparecía cada vez que los ojos se detenían en el espacio desocupado junto a Kaede.

Miyu apoyó los codos sobre el escritorio y suspiró con exageración, mirando hacia adelante como si buscara algo que decir.

—Hoy el ambiente está raro —murmuró.

Ren levantó una ceja.

—¿Hoy?

Ella frunció el ceño.

—Ya sabes a qué me refiero.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que los tres entendieran que la conversación inevitablemente giraría hacia el mismo tema de siempre. No importaba cuántas veces intentaran hablar de cosas normales, de tareas, de profesores o de cualquier otra trivialidad escolar; tarde o temprano, ese vacío terminaba colándose en sus pensamientos.

Kaede mantuvo la mirada sobre su cuaderno por unos segundos más antes de cerrarlo suavemente.

—Supongo que… es porque hace tiempo que no hablamos de él —dijo con tranquilidad, aunque su voz tenía una suavidad distinta.

Ren apoyó el mentón en su mano, mirando el asiento vacío frente a él.

—Es raro —admitió—. Todavía espero que de repente llegue tarde, abra la puerta y empiece a hablar como si nada hubiera pasado.

Miyu soltó una risa breve, pero sin humor.

—Sí… como siempre hacía. Entraba corriendo y decía algo tipo: “¡No van a creer lo que salió anoche!” —imitó con una voz más aguda—. Y después no se callaba en toda la mañana.

Kaede sonrió levemente ante el recuerdo.

Era cierto.

Haru siempre había sido así.

No especialmente ruidoso, pero sí constante. Tenía esa capacidad de llenar los silencios con entusiasmo genuino, hablando de cualquier cosa que le apasionara en ese momento: un nuevo capítulo de un manga, un anime que estaba siguiendo, teorías absurdas sobre personajes o detalles técnicos que solo Ren parecía entender completamente.

—Aún recuerdo cuando empezó a explicarme lo de la animación por cuadros —dijo Ren, con una pequeña sonrisa—. Yo solo había mencionado que una escena se veía fluida y terminó dándome una clase completa sobre tasa de frames, interpolación y no sé qué más.

Miyu lo miró con incredulidad.

—¿Y tú le seguías la conversación?

—Era interesante —respondió él con naturalidad.

—¡Claro que era interesante para ustedes dos! Yo solo estaba ahí escuchando palabras raras mientras él parecía emocionado como un niño —replicó Miyu, cruzándose de brazos—. Y cuando le decía que era un otaku que no se bañaba, se ofendía como si fuera un crimen.

—Porque sí me baño —imitó Ren en tono seco, recordando la respuesta típica de Haru.

Eso provocó una risa más genuina en Miyu.

—¡Exacto! Siempre decía eso con cara seria.

Kaede observaba la escena en silencio, escuchándolos hablar de él como si estuviera a punto de aparecer en cualquier momento para defenderse de las acusaciones. La calidez de esos recuerdos le oprimía el pecho de una manera extraña, una mezcla de tristeza y cariño que no desaparecía con el tiempo.

Para ella, Haru no era solo el chico que hablaba de anime o discutía detalles técnicos con Ren.

Era la persona que había estado a su lado desde que tenía memoria.

El primo que había crecido como un hermano.

El que siempre caminaba a su lado al regresar a casa.

El que se sentaba justo ahí… todos los días.

—A mí no me molestaba escucharlo —dijo finalmente Kaede, con una sonrisa suave—. Podía hablar horas y horas, pero… se notaba que lo disfrutaba.

Ren asintió.

—Sí. Era contagioso.

Miyu apoyó la mejilla en la mano.

—Era molesto… pero en el buen sentido.

El silencio volvió, esta vez un poco más largo, mientras los tres miraban el escritorio vacío como si cada uno recordara algo distinto. La luz que entraba por la ventana iluminaba la superficie de madera, creando un contraste extraño entre la normalidad del entorno y la ausencia que se sentía tan presente.

Kaede deslizó los dedos sobre su collar de forma inconsciente.

El pequeño dije metálico reflejó la luz por un instante.

—Se siente raro… que ya no esté aquí —admitió en voz baja.

Ninguno respondió de inmediato.

No porque no quisieran, sino porque no había palabras que realmente sirvieran para llenar ese espacio.

Miyu fue la primera en romper el silencio.

—Va a volver —dijo con firmeza, aunque su tono tenía una leve duda—. O sea… tiene que volver. No puede desaparecer así porque sí.

Ren no la contradijo.

Pero tampoco afirmó nada.

Kaede levantó la mirada hacia el asiento vacío una vez más, y por un instante muy breve, casi imperceptible, algo en sus ojos pareció vacilar.

No era esperanza exactamente.

Tampoco resignación.

Era… espera.

Como si una parte de ella se negara a aceptar cualquier final que no incluyera su regreso.

Porque, en el fondo, seguía sintiendo lo mismo cada mañana.

Que en cualquier momento la puerta se abriría…

y él volvería a sentarse a su lado.

El sonido del bolígrafo deslizándose sobre el papel era lo único que Kaede podía escuchar con claridad en ese momento. La voz de la profesora Shindo continuaba explicando la materia al frente del aula, pero sus palabras se mezclaban con el murmullo suave del ambiente hasta convertirse en un fondo casi distante. No era falta de interés; simplemente había días en los que concentrarse requería más esfuerzo que otros.

El asiento a su lado seguía vacío.

Siempre vacío.

Ren estaba inclinado sobre su cuaderno tomando notas con precisión, mientras Miyu parecía debatirse entre prestar atención y luchar contra el aburrimiento que comenzaba a reflejarse en su expresión. Todo era normal. Demasiado normal. La clase avanzaba sin incidentes, el reloj sobre la pared marcaba el paso del tiempo con indiferencia, y la rutina parecía seguir su curso habitual como si nada en el mundo pudiera interrumpirla.

Entonces ocurrió.

Al principio fue un sonido.

Un zumbido grave, profundo, casi imperceptible, como una vibración que atravesaba el aire más que escucharse realmente. Algunos estudiantes levantaron la cabeza con confusión, buscando el origen de aquella sensación extraña que parecía resonar dentro del pecho.

Luego la luz cambió.

Una sombra circular comenzó a formarse sobre el techo del aula, justo en el centro, como si la superficie misma estuviera distorsionándose. El yeso blanco empezó a ondular ligeramente, creando la ilusión de que algo empujaba desde el otro lado. Varias voces de sorpresa se escucharon entre los alumnos, y la profesora Shindo dejó de hablar de inmediato al notar que la atención de todos se había desplazado hacia arriba.

—¿Qué…? —murmuró alguien.

El círculo apareció entonces.

Una figura luminosa, compleja, formada por líneas geométricas que giraban lentamente unas dentro de otras, extendiéndose sobre el techo como un sello brillante. Símbolos desconocidos comenzaron a encenderse alrededor del borde, trazos que parecían hechos de luz pura y que pulsaban con una energía que hacía vibrar el aire del aula. Era imposible confundirlo con cualquier fenómeno normal.

Parecía… un círculo de invocación.

La reacción fue inmediata.

Varias sillas se movieron bruscamente mientras los estudiantes se apartaban del centro del salón por instinto, algunos tropezando en su intento de alejarse. El miedo no había tenido tiempo de convertirse en pánico todavía, pero la incertidumbre era suficiente para que nadie quisiera permanecer justo debajo de aquello.

—¡Todos atrás! —ordenó la profesora Shindo con firmeza, su voz recuperando el control de la situación—. ¡Aléjense del centro!

Kaede sintió cómo Miyu la sujetaba del brazo y la arrastraba unos pasos hacia atrás junto con Ren, sus ojos fijos en el fenómeno que brillaba sobre sus cabezas. El aire parecía cargado de electricidad, como si algo enorme estuviera a punto de ocurrir.

Por un instante, la idea cruzó la mente de varios.

¿Serían transportados?

¿Un fenómeno sobrenatural?

¿Un… isekai?

La luz aumentó de intensidad.

Y entonces algo cayó.

Un golpe seco resonó en el centro del aula, acompañado por el sonido metálico de objetos chocando contra el suelo y el ruido de varias sillas que fueron empujadas por la fuerza del impacto. Una nube de polvo se levantó alrededor del punto de caída, ocultando momentáneamente lo que había aparecido.

Nadie se movió.

El tiempo pareció detenerse durante unos segundos que se sintieron interminables.

Cuando el polvo comenzó a disiparse… la figura se volvió visible.

Era una chica.

Estaba arrodillada en el suelo, inclinada hacia adelante como si el peso de su propio cuerpo la obligara a mantenerse apenas consciente. Llevaba una armadura completa que reflejaba la luz del aula con destellos opacos, marcada por rasguños y señales de desgaste que sugerían uso real, no un disfraz. A su lado descansaba una espada de tamaño considerable, el metal apoyado sobre el piso como si hubiera caído junto con ella.

Su respiración era agitada.

Irregular.

Por un segundo levantó la cabeza, sus ojos recorriendo el entorno con una mezcla de confusión y agotamiento, como si intentara comprender dónde estaba. La escena frente a ella —un aula japonesa llena de estudiantes aterrados— claramente no coincidía con lo que esperaba encontrar.

Una leve sonrisa apareció en sus labios.

Y entonces… su cuerpo se inclinó hacia adelante.

Cayó inconsciente.

El silencio que siguió fue absoluto.

Nadie entendía lo que acababa de ocurrir.

Nadie sabía qué hacer.

Hasta que dos personas reaccionaron casi al mismo tiempo.

—¡Ren, Miyu, conmigo! —dijo Kaede, moviéndose primero.

La profesora Shindo ya estaba avanzando hacia el centro del aula cuando Kaede llegó junto a la chica, arrodillándose a su lado sin dudarlo. La profesora evaluó la situación en segundos, su mente entrando en modo práctico de inmediato.

—¡Yuki! —llamó a la encargada del día—. Corre a la enfermería. Dile a Mizuno-sensei que venga inmediatamente. ¡Y avisa a la directora Kurose!

—¡Sí! —respondió la chica, saliendo del aula casi corriendo.

Kaede observó el rostro de la desconocida con preocupación mientras Ren y Miyu se acercaban también, aún en estado de shock.

—Tenemos que quitarle parte de la armadura —dijo la profesora con rapidez—. No sabemos si tiene heridas.

Ren asintió, recuperando algo de compostura, y comenzó a ayudar a soltar las correas laterales mientras Miyu sostenía con cuidado el peso del hombro metálico. El sonido de las hebillas y piezas moviéndose resonaba extraño dentro del aula silenciosa, donde todos los demás estudiantes observaban sin atreverse a intervenir.

Kaede se inclinó un poco más para revisar el cuello de la chica.

Fue entonces cuando lo vio.

Un destello metálico familiar.

Un collar.

Sus ojos se abrieron de golpe.

El mundo pareció detenerse.

Porque ese collar… no podía estar ahí.

Lo reconocería en cualquier lugar.

—Ese… —murmuró.

Su voz salió más débil de lo que esperaba, así que tragó saliva y habló con claridad, el corazón latiendo con fuerza contra su pecho.

—Ese collar… —dijo en voz alta—. Ese collar es de Haru.

El silencio que cayó sobre el aula fue más pesado que cualquier ruido.

Todos se congelaron.

Porque, en ese instante…

algo imposible acababa de conectar dos mundos

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