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Second Opportunity

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Sinopsis

# Second Opportunity *Sinopsis* Second Opportunity se presenta ante el mundo como una fundación filantrópica: prótesis de vanguardia, segundas oportunidades para quienes el sistema ya dio por perdidos. Nadie pregunta demasiado. Nadie mira demasiado de cerca. Alex sabe la verdad, porque la vivió en carne propia. Rescatada de un callejón donde la dejaron por muerta, hoy es una infiltrada letal, con un brazo robótico y un pasado que prefiere no nombrar. Junto a Logan —bromista, leal, y ocultando un dolor que nadie más puede ver— roba datos, rescata niños, y sobrevive una noche a la vez, bajo la protección de Hernández, el hombre que la encontró y que guarda más secretos de los que aparenta. Desde adentro, Karen vive una doble vida: hija modelo de una familia de inversionistas por el día, informante de la resistencia por las noches prestadas. Solo Dora —su sombra, su reemplazo, la única que conoce el peso completo de la mentira— sabe cuánto le cuesta sostener las dos caras. Pero la empresa ya tiene un nombre. Y un rostro. Y a alguien decidido a encontrarlos, cueste lo que cueste. Cuando el grupo destruye Basurero —el lugar donde la empresa decide quién vale la pena conservar y quién es solo desecho— creen haber ganado algo. No saben que apenas empezaron a llamar la atención de quienes de verdad tienen el poder de detenerlos. *Una historia sobre familias que se eligen, secret

Genero:
Adventure
Autor/a:
Vancer Lg
Estado:
hace un mes
Capítulos:
28
Rating
5.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
16+

#Capítulo 1: Victoria con consecuencias

El anexo de Second Opportunity dormía bajo la misma luz blanca y fría de siempre, el tipo de iluminación que no distinguía entre las tres de la tarde y las tres de la mañana, diseñada para que nadie que trabajara ahí adentro tuviera forma de saber cuánto tiempo llevaba encerrado.

Alex llevaba once minutos dentro, contando cada uno de ellos en la parte de atrás de su cabeza, mientras sus dedos trabajaban el panel de la sala de archivos con una calma que no sentía del todo.

—Casi listo —susurró, más para sí misma que para el comunicador.

—Tómate tu tiempo —respondió Logan, su voz llegando baja y tranquila desde el pasillo donde vigilaba—. Aquí no hay nada. Ni una mosca.

—No digas eso.

—¿Por qué no?

—Porque siempre que alguien dice eso, aparece algo.

—Eso es superstición.

—Es experiencia —dijo Alex, sin apartar los ojos del panel—. Cuatro asaltos, Logan. Cuatro. Y las cuatro veces que alguien dijo "aquí no hay nada", apareció algo.

Logan no respondió de inmediato, y en ese silencio, Alex pudo imaginar perfectamente la cara que estaría poniendo: la ceja levantada, la sonrisa a medias, el gesto que hacía cuando fingía tomarse en serio algo que en realidad le parecía ridículo.

—Bien —dijo finalmente—. Aquí definitivamente hay algo. Un monstruo enorme, con dientes, esperando detrás de la puerta.

—Mejor.

El panel finalmente cedió con un chasquido suave, y la pantalla interior parpadeó a vida, mostrando una lista de archivos organizados por fecha, por departamento, por nivel de clasificación. Alex conectó el dispositivo que llevaba, observando la barra de progreso comenzar a llenarse con una lentitud que se sentía, en ese momento, insoportable.

Fue entonces cuando las luces del techo cambiaron.

No hubo transición gradual, ni parpadeo de advertencia. Un segundo eran blancas, frías, indiferentes. Al siguiente, todo el pasillo se bañó en un rojo intenso que no necesitaba ninguna sirena para comunicar exactamente lo que significaba.

—Logan.

—Ya lo vi.

La alarma no sonó.

Eso era lo malo.

Las alarmas sonaban cuando alguien no sabía lo que hacía. El silencio significaba que alguien sí sabía, y que ya estaba en camino.

---

Alex lo entendió del todo en el mismo momento en que sus pies tocaron el suelo del tercer pasillo, el dispositivo todavía conectado, la transferencia apenas al sesenta por ciento.

—Diez segundos más —dijo, aunque nadie se lo había preguntado, arrancando el dispositivo del puerto antes de que el contador llegara a cero, porque diez segundos ya no era un lujo que pudieran permitirse.

—Dos por el corredor norte —dijo Logan desde el pasillo paralelo, su voz llegando limpia a través del comunicador, sin ningún rastro del tono relajado de hacía apenas un minuto—. Otros dos bajando por las escaleras del este. Nos están cerrando la salida.

—¿Cuánto tiempo?

—Si corremos, treinta segundos. Si no corremos, menos.

Alex no necesitó más. Dobló la esquina a toda velocidad, con el dispositivo apretado en la mano y la mente calculando distancias que su cuerpo ya estaba ejecutando antes de que terminara el pensamiento consciente.

—Doctor —dijo al comunicador, sin bajar el ritmo—, necesito una salida. Ahora.

La voz de Hernández llegó con la calma específica de alguien que llevaba años siendo el único que no entraba en pánico, sin importar qué tan mal se pusieran las cosas del otro lado de la línea.

—Pasillo sur, puerta de mantenimiento al fondo. Tiene cerradura mecánica, no electrónica. No está en el sistema de sellado automático.

—Copiado.

—Alex.

—¿Qué?

—Ten cuidado.

—Siempre lo tengo.

—No es cierto —dijo Hernández, pero ya no había tiempo para discutir eso tampoco.

Logan apareció de la intersección opuesta corriendo al mismo ritmo, sus ojos artificiales emitiendo el destello azul tenue que Alex había aprendido a leer como señal de escaneo activo. Parpadeó una vez, rápido, casi con fastidio, como si algo le picara detrás de las pupilas. No bajó el ritmo. Estaba procesando el entorno en tiempo real, mapeando cada ángulo, cada sombra, cada movimiento fuera del campo de visión normal humano.

—Pasos detrás de nosotros —dijo sin voltearse, la voz cortante por el esfuerzo de correr y hablar al mismo tiempo—. Cuarenta metros. Acelerando.

—Puerta de mantenimiento —repitió Alex, más para confirmarlo en su propia cabeza que para informarle a él.

—La vi. Veinte metros a la derecha.

Llegaron al mismo tiempo, casi chocando el uno contra el otro en la prisa. La cerradura era un disco metálico antiguo, del tipo que ya nadie usaba porque nadie esperaba que alguien intentara forzarlo a mano en pleno siglo de tecnología biométrica y reconocimiento facial. Alex lo sabía. También sabía exactamente cuánta presión aplicar y en qué ángulo, gracias a incontables horas practicando con cerraduras idénticas que Hernández conseguía de quién sabe dónde para que ella entrenara.

Tres segundos.

La puerta cedió hacia afuera y el aire de la noche les golpeó la cara como un puño frío, cargado con ese olor particular a lluvia reciente sobre asfalto caliente que Alex nunca terminaría de asociar con algo que no fuera el alivio de escapar de algún lugar.

---

La ciudad exterior era todo lo contrario al interior aséptico que acababan de dejar. Aquí el aire olía a metal oxidado y frituras baratas, las calles estaban mal iluminadas y los edificios se apilaban unos sobre otros como si hubieran crecido sin permiso ni planificación alguna. Era la zona de transición, el borde donde los edificios corporativos terminaban y el resto de la ciudad empezaba, ese espacio que nadie reclamaba del todo y que por eso mismo pertenecía a todos y a nadie al mismo tiempo.

—Nos siguen —dijo Logan, mirando hacia atrás con una brevedad calculada, apenas un giro de cabeza que no rompía el ritmo de sus piernas—. Dos guardias. Dejaron a los otros dos adentro, seguramente asegurando la sala de archivos.

—¿Modificados?

—Uno sí, seguro. El otro no lo sé todavía, se mueve raro para ser normal pero no estoy captando ninguna señal de implante activo.

—Doctor —llamó Alex mientras seguía corriendo, sintiendo ya el ardor en los pulmones que anunciaba que llevaban más de cinco minutos a máxima velocidad—, ¿cuál es la ruta más rápida al Sector 9 desde la salida sur?

Hubo una pausa breve. El sonido de teclas, rápido, preciso.

—Tres opciones —dijo Hernández—. La más rápida los expone en calle abierta por cuatro bloques completos, sin ningún tipo de cobertura. La más cubierta les añade ocho minutos, pasando por callejones que conozco pero que ustedes no han recorrido antes. La intermedia tiene un mercado nocturno a esta hora, mucha gente, difícil de seguir pero también difícil de moverse rápido dentro de él.

—El mercado —dijeron Alex y Logan al mismo tiempo, sin necesidad de consultarse.

—Coordinados hasta para esto —murmuró Hernández, y por un instante, incluso en medio de la persecución, algo parecido a un tono de aprobación se coló en su voz.

---

El mercado nocturno del Distrito Cuatro nunca cerraba del todo. A esta hora funcionaba en su versión más honesta: puestos de comida callejera con vapor que subía en columnas blancas hacia un cielo que no se veía por ninguna parte, vendedores de componentes electrónicos de origen dudoso gritando precios que nadie negociaba en serio, gente que no quería ser encontrada mezclada con gente que simplemente no tenía otro lugar donde estar a esa hora. Las luces eran cálidas y caóticas, colgando de cables improvisados entre puesto y puesto, el ruido era constante —voces superpuestas, música distorsionada saliendo de altavoces baratos, el chisporroteo de aceite en sartenes gigantes— y los olores se mezclaban hasta volverse un solo olor indefinible que Alex asociaba, sin saber exactamente por qué, con la sensación extraña de estar a salvo en medio del caos.

Se metieron entre los puestos sin reducir del todo el paso, calibrando la velocidad justa para no llamar la atención pero tampoco perder la ventaja que el gentío les regalaba.

—Los perdí visualmente —dijo Logan, girando la cabeza con naturalidad mientras fingía mirar un puesto de cables de colores—. Pero siguen cerca. El modificado tiene implantes de rastreo, estoy captando la frecuencia, débil pero constante.

—¿Puede captarte a ti?

—Frecuencia distinta a la mía. Por ahora no.

—Por ahora —repitió Alex, sin poder evitar el peso que le dio a esas dos palabras.

—Sí. Por ahora.

Hernández habló desde el comunicador, su voz cortando cualquier intento de broma que pudiera haber seguido a eso.

—Si el guardia tiene rastreo activo, el mercado solo les compra tiempo, no los despista del todo. Necesitan llegar al borde del Sector 9 antes de que recalibre la señal a su frecuencia específica.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de eso?

—Depende de qué tan bueno sea el técnico que lo modificó. Podrían ser cinco minutos. Podrían ser veinte.

No era la respuesta que Alex quería escuchar, pero era honesta, que era lo que Hernández siempre ofrecía, incluso cuando la verdad no ayudaba en nada a calmar los nervios.

En el comunicador, debajo del silencio de fondo, había otro silencio diferente. Más quieto. El tipo de silencio que escucha con atención en vez de simplemente estar presente.

Karen no había dicho nada en todo el tiempo. Pero seguía conectada. Alex lo sabía porque la frecuencia no se había cortado ni un segundo, y porque conocía ese silencio específico: el de alguien que está en un lugar donde no puede hablar sin arriesgarse, pero que no está dispuesta a desconectarse de lo que está pasando, pase lo que pase.

No había forma de saber desde dónde escuchaba esa noche. Pero escuchaba, siempre.

---

Salieron del mercado por el extremo norte y el paisaje cambió de nuevo, casi de golpe. Aquí los edificios eran más bajos y más viejos, las calles más angostas, y las pocas personas que había en ellas los miraron con la indiferencia experta de quien ha aprendido, a fuerza de vivir en ese borde de la ciudad, que no ver es más seguro que ver.

—Frecuencia del rastreo se está acercando —dijo Logan, la voz ahora más tensa—. Nos están ganando terreno otra vez.

Alex evaluó el entorno en un segundo, la mente moviéndose por posibilidades con la misma velocidad con la que sus piernas se movían por el pavimento agrietado. Callejón a la izquierda, demasiado estrecho para correr bien sin arriesgarse a quedar atrapados. Escalera de incendios en el edificio del frente, tercera planta, ventana sin luz que sugería un piso vacío o abandonado. Contenedor de basura industrial junto a la pared del fondo, lo suficientemente alto para dar un primer punto de apoyo.

—Sube —dijo, ya cambiando de dirección.

—¿Qué?

—La escalera. Sube, ahora.

Logan la miró un segundo, la confusión clara en su expresión a pesar de la carrera. Luego miró la escalera. Luego volvió a mirarla a ella.

—Si esto sale mal —empezó, sin dejar de correr hacia el contenedor de todas formas.

—No va a salir mal. Sube.

Subieron, usando el contenedor como primer escalón y después trepando el resto de la estructura metálica con una urgencia silenciosa, cada movimiento calculado para hacer el menor ruido posible.

Desde la tercera planta, pegados a la pared con la oscuridad de la ventana sin luz cubriéndolos por completo, vieron pasar a los dos guardias por el callejón de abajo. Logan cerró los ojos un segundo y se presionó los dedos contra los párpados, una presión breve y silenciosa que se cortó en cuanto notó que Alex podría verlo si giraba la cabeza. El modificado se detuvo un momento justo debajo de ellos, giró la cabeza despacio en ambas direcciones con la precisión mecánica de un escáner, y siguió adelante, sin levantar la vista ni una sola vez.

Ninguno de los dos respiró del todo hasta que los pasos desaparecieron por completo en la distancia.

—Funcionó —dijo Logan, en voz muy baja, casi un suspiro.

—Te lo dije.

—Lo dijiste con muy poca información para respaldarlo.

—Funcionó igual.

Logan no respondió con palabras, pero Alex captó el gesto en su perfil, apenas visible en la penumbra: la comisura del labio moviéndose un poco, el tipo de expresión que en otras circunstancias habría sido una sonrisa abierta pero que aquí, pegados a una pared en la oscuridad con el corazón todavía acelerado, era lo más cerca que podía llegar a serlo.

—Ruta despejada —dijo Hernández por el comunicador—. Tienen tres bloques hasta el borde del Sector 9. Muévanse mientras la tienen despejada.

---

El Sector 9 empezaba donde terminaba la iluminación municipal, sin ninguna transición amable entre un mundo y el otro.

No había una señal, no había una frontera visible pintada en el suelo. Solo el punto exacto donde los faroles dejaban de funcionar y la oscuridad tomaba el control con la autoridad de algo que llevaba mucho tiempo instalado ahí, sin que nadie se molestara en disputársela. Las calles no eran más sucias que las del Distrito Cuatro, pero tenían un tipo diferente de abandono, más antiguo, más asentado en los huesos del lugar, como si la ciudad hubiera decidido en algún momento remoto que ese espacio no valía el esfuerzo de mantenerlo y simplemente hubiera dejado de intentarlo por completo.

Era exactamente por eso que nadie con uniforme se aventuraba por ahí sin una razón muy específica.

Alex redujo el paso por primera vez desde que habían salido del edificio, casi sin darse cuenta de que lo estaba haciendo. Su respiración seguía siendo rápida pero el nudo en el pecho que había cargado los últimos veinte minutos empezaba a aflojarse, lentamente, de esa forma particular en que uno se da cuenta de que ya pasó el peligro pero el cuerpo todavía no ha recibido del todo el mensaje de que puede relajarse.

Logan caminaba a su lado, los ojos artificiales volviendo poco a poco al brillo azul tenue de reposo después del escaneo constante que había mantenido durante toda la huida. Se frotó el puente de la nariz con dos dedos, un gesto rápido que enseguida disimuló metiendo la mano al bolsillo, como si nunca hubiera estado ahí, como si Alex no lo hubiera visto de todas formas.

—¿Lo tienes? —preguntó él, después de un momento de caminar en silencio.

Alex miró el dispositivo en su mano, dándose cuenta de que lo había estado apretando con tanta fuerza que los dedos le dolían un poco. Pequeño, metálico, con una ranura de conexión estándar en un lado y una etiqueta parcialmente despegada en el otro, ilegible a esta distancia y con esta luz. Lo habían agarrado rápido, en el momento en que las luces cambiaron a rojo y el tiempo se comprimió hasta volverse instinto puro, sin margen para verificar si era exactamente lo que habían ido a buscar.

Lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, cerrando el cierre con cuidado extra, como si eso pudiera compensar la prisa con la que lo habían tomado.

—Lo tengo —dijo.

---

La guarida no tenía letrero ni número visible en ninguna parte de su fachada. Era un edificio de tres pisos con las ventanas tapadas desde adentro y la fachada tan bien integrada al deterioro general del Sector 9 que pasaba completamente desapercibida ante cualquier mirada casual, que era exactamente el punto de todo el diseño. El doctor Hernández había tardado dos años enteros en encontrar ese lugar específico y otros seis meses más en convertirlo en algo funcional, con la paciencia de quien construye algo para que dure, no para que impresione. Para el resto del Sector 9 era un edificio abandonado más entre tantos otros. Para ellos era la única cosa parecida a un hogar que tenían.

Entraron por la puerta trasera, como siempre.

El taller de la planta baja los recibió con el olor familiar de aceite, metal caliente y café que llevaba demasiado tiempo reposando en la cafetera sin que nadie se molestara en hacer uno nuevo. Herramientas dispersas sobre cada superficie disponible, hologramas a medio apagar flotando sobre la terminal principal como fantasmas de datos olvidados, piezas de equipos en distintos estados de ensamblaje ocupando cada rincón con la lógica específica de alguien que sabe exactamente dónde está cada cosa aunque desde afuera pareciera un caos absoluto sin ningún orden posible.

Hernández estaba de pie junto a la terminal, el abrigo blanco manchado de aceite en los puños, con una expresión que no era exactamente alivio pero que se le parecía bastante en los bordes.

—Bien —dijo, cuando los vio entrar por la puerta—. Siéntense.

No era una invitación. Nunca lo era, con ese tono específico.

Alex y Logan se sentaron sin discutir, el cansancio de la carrera finalmente empezando a pasarles factura ahora que el peligro inmediato había quedado varias calles atrás.

El doctor los observó un momento en silencio, con esa calma que pesaba más que cualquier reprimenda que pudiera haberles dado. Su mirada se detuvo en Logan un segundo más de lo necesario, algo privado y difícil de nombrar cruzando su expresión antes de que la borrara con la misma facilidad con la que borraba cualquier otra cosa que no quería compartir. Luego extendió la mano hacia Alex.

—El dispositivo.

Alex lo sacó del bolsillo y lo puso en su mano abierta, todavía tibio por el calor de su propio cuerpo.

Hernández lo sostuvo un momento, lo giró entre los dedos, leyó la etiqueta parcialmente despegada con la atención de alguien que está confirmando algo que todavía no quiere confirmar del todo, ni para bien ni para mal. Luego lo conectó a la terminal sin decir nada más al respecto.

—Mañana revisamos esto con calma —dijo finalmente—. Esta noche descansen. Los dos lo necesitan.

Fue en ese momento cuando la puerta lateral se abrió sin aviso previo y Karen entró encorvada, todavía con el cabello revuelto por el viento de afuera, mirando hacia atrás por encima del hombro antes de cerrar la puerta con cuidado detrás de ella.

—Tengo poco más de una hora —anunció, quitándose el abrigo prestado y colgándolo en el primer gancho que encontró—. Dora está cubriéndome la ruta, pero no puede quedarse toda la noche sin que alguien note algo raro.

Alex no necesitó preguntar qué significaba eso. Dora era la sombra de Karen: la que se ponía su rostro prestado y su voz durante esas horas robadas para que la verdadera Karen pudiera desaparecer un rato sin levantar sospechas en su propia casa. Todavía le parecía una locura que funcionara tan bien como funcionaba. Pero funcionaba, y esa noche era una de las horas que les había regalado sin que nadie más lo supiera.

Karen miró a Alex. Luego a Logan. Tomó nota del estado de ambos —la ropa sucia, la respiración todavía no del todo normal, el brillo de adrenalina que no terminaba de apagarse en los ojos de los dos— con la velocidad de alguien acostumbrada a evaluar situaciones completas en cuestión de segundos.

—¿Qué pasó? —preguntó, ya quitándose los zapatos incómodos que la vida pública la obligaba a usar.

—Una historia larga —dijo Alex.

—Tengo una hora —respondió Karen, sentándose en el sofá con las piernas cruzadas debajo de ella, como si se estuviera preparando genuinamente para escuchar cada detalle.

Logan se recostó en el banco con el brazo sobre los ojos, más por costumbre que por necesidad real de bloquear la luz.

—Enciende el comunicador la próxima vez y te enteras en tiempo real, como el resto de nosotros.

Karen lo miró, algo parecido a la diversión asomándose en la comisura de su boca.

—Lo tenía encendido.

Silencio.

—Ah —dijo Logan, después de un momento procesándolo.

—Sí —dijo Karen—. Ah.

Hernández tomó un sorbo de su café ya frío sin apartar los ojos de la terminal, aunque por un instante, antes de que los archivos terminaran de cargar del todo, su mirada se desvió hacia Logan otra vez, algo cerrado y guardado detrás de ella que no compartió con nadie en la sala esa noche. En la pantalla, los archivos del dispositivo comenzaban a cargarse despacio, uno por uno, con la indiferencia particular de los datos que no saben ni les importa el costo que tuvo conseguirlos.

Afuera, el Sector 9 seguía en silencio, indiferente a todo lo que acababa de pasar dentro de esas paredes sin letrero. Dentro, por una hora más, todo estaba en orden.

Por ahora.

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author

aqui estoyyyy, ya estoy en proceso de leerla y por lo visto sabes escribir muy bien y simplificas bastantes tus relatos lo cual es muy bueno

2 meses
1

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