Un extraño entre nosotros
En una tarde en Chicago, el aire no se sentía como aire: se sentía como metal pesado y frío, cargado con el presagio de una tormenta que se negaba a estallar. El zumbido constante de los neumáticos sobre el pavimento húmedo se mezclaba con el eco lejano de unas sirenas que parecían perseguir fantasmas.
Jax empujó a un hombre con traje, ignorando el gruñido de indignación. Sus ojos recorrían la multitud con precisión quirúrgica, analizando cada rostro. —Está doblando por la Quinta Avenida. Lo tengo a la vista —siseó Jax por el intercomunicador, su voz apenas era un murmullo ahogado entre el ruido de la ciudad.
A unas cuadras, el hombre -el objetivo- corría con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Sus pulmones se quemaban por el aire gélido y cada paso que daba sobre el suelo mojado resonaba con un eco aterrador en su mente.
Al ver la entrada del metro, su única salvación, se lanzó por las escaleras, escuchando los pasos metálicos de sus perseguidores rebotando contra las paredes de cemento.
Derek, mano derecha de Jax, descendió a una velocidad suicida, saltando los peldaños, mientras veía cómo el objetivo se colaba por las puertas del vagón justo antes de que se cerraran con un chirrido agudo de metal contra metal. Derek estrelló su puño contra el cristal, la vibración le recorrió el brazo hasta el hombro. El tren avanzo y se perdió en la oscuridad del túnel, llevándose su última oportunidad.
Para cuando la ciudad quedó envuelta por la oscuridad, el silencio en el apartamento de seguridad era opresivo, roto por el frenético clic del ratón y el siseo de una cafetera que llevaba horas encendida. Derek tenía los ojos inyectados en sangre, iluminados por el resplandor azul de los monitores que proyectaban líneas de datos sin fin.
En la calle, Jax caminaba bajo la luz mortecina de un farol parpadeante, el viento arrastraba periódicos viejos y hojas secas que danzaban a sus pies. Se sentía como un depredador en un terreno que ya no le pertenecía.
A varios kilómetros de allí, el aeropuerto era una sinfonía de voces desconocidas y pasos apresurados. El hombre entregó su pasaporte; sus dedos, todavía temblando, rozaron los de la azafata. Cuando la puerta de embarque se cerró, sellando su huida, se desplomó en el asiento de cuero del avión. Los motores rugieron con tanta fuerza que hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Cerró los ojos por primera vez en horas, dejó que el rugido de los motores se llevaran el miedo de ser atrapado.
* * *
La brisa de la tarde en Seúl mezclaba el aroma de la lluvia reciente con el de la comida callejera y el asfalto mojado. Era el inconfundible pulso de una ciudad que nunca descansaba. El hombre arrastraba su maleta, sintiendo el peso de meses de huida evaporarse. Un sedán gris se detuvo con elegancia frente a él. La ventana bajó, revelando a un joven de rostro perfecto y mirada analítica, alguien que parecía leer el alma de quien tuviera enfrente.
—Kyung-soo... —susurró el padre, sintiendo que el pecho se le inflaba de alivio.
El chico salió del auto y le dio un abrazo rápido, pero cálido.
—Llegas tarde. Creí que te habías arrepentido de volver -dijo, con una media sonrisa jugando en sus labios mientras tomaba la maleta de su padre.
—El trabajo me retuvo, hijo —respondió el hombre, sintiendo por primera vez una paz genuina-. ¿Cómo van las cosas? ¿Qué tal la universidad?
—Igual que siempre. Soy el número uno —respondió Kyung-soo sin arrogancia, solo como un hecho—. Mamá te preparó la cena. Vámonos a casa.
* * *
Al otro lado del mundo, los primeros rayos del sol comenzaban a asomarse sobre Chicago. Los pájaros cantaban mientras el sonido del tráfico empezaba a adueñarse de las calles. Un teléfono vibraba violentamente sobre la mesa de centro, casi cayendo al suelo. Jax, tirado en el sofá y babeando, dio un salto. Derek dormía sobre el teclado en el escritorio mientras Jax contestaba de inmediato.
Una voz desconocida retumbó al otro lado de la línea.
—¿Lo tienen?
Jax tragó saliva, mirando a Derek, quien acababa de despertar con una expresión de pánico.
—Estamos... estamos en eso, jefe. Lo tenemos acorralado en el lado sur, es cuestión de horas.
—No quiero excusas, Jax. Lo quiero a él.
La llamada se cortó abruptamente.
El tiempo se escurrió. Una semana entera de mentiras, cafés fríos y rastreos inútiles. Hasta que no pudieron ocultarlo más.
—¿Me están diciendo... —la voz del hombre en la siguiente llamada era un susurro que helaba la sangre— que perdieron al deudor más grande que hemos tenido en años?
—Jefe, le juro que... —intentó decir Derek.
—¡Cállate! —El grito retumbó en la bocina-. Regresen a la base. ¡AHORA!
* * *
Nueva York era un pulso caótico de acero y luces que nunca se apagaban. En lo alto de un rascacielos blindado, el despacho de la organización se sentía como un sepulcro de lujo; el aire frío y el mármol oscuro dictaban una ley de hierro. Allí, rodeado por el zumbido eléctrico de la ciudad, Marcus observaba su tablero de ajedrez personal, esperando el siguiente movimiento.
El despacho estaba sumergido en una penumbra elegante, iluminado solo por la luz de una tablet que un joven de gafas y expresión nerviosa sostenía. La tablet proyectaba un resplandor fantasmal sobre su rostro.
—Lo encontramos —dijo con voz temblorosa.
—Señor... los registros de migración tardaron en saltar porque usó un pasaporte secundario. El objetivo no está en el país. Voló a Corea del Sur hace siete días.
—¿Y por qué no enviamos a alguien de la división asiática? —preguntó Marcus con frialdad.
—Porque hay algo más, señor. —El chico pasó la imagen en la pantalla, revelando el rostro de Kyung-soo y un expediente académico brillante. —Tiene un hijo. Va en una de las universidades de élite más cerradas del país. Las ratas siempre regresan a sus nidos. Si amenazamos el nido...
Marcus apretó la mandíbula y tomó la tablet, revisando el expediente académico de un chico brillante, popular, amigable, pero solitario. Un silencio sepulcral llenó la habitación, solo interrumpido por el sonido lejano de un reloj de pared marcando los segundos, como una cuenta regresiva.
Marcus se quedó mirando la foto del chico. Sus ojos brillaron con una malicia calculadora.
—En Corea... —el susurro, frío y carente de emociones, cortó el aire como un bisturí.
Le devolvió la tablet al informático sin decir una palabra, dio media vuelta y caminó hacia sus aposentos privados. Cerró la puerta de roble macizo detrás de él. El silencio en su habitación era absoluto. Caminó hacia el buró, levantó un celular negro encriptado y marcó un número de marcación rápida. Solo había una persona capaz de solucionar un desastre de esta magnitud.
El tono de llamada sonó una vez, dos veces... hasta que alguien al otro lado contestó.