Chapter
El sofá era incómodo. Eso fue lo primero que Jungkook pensó cuando se dejó caer sobre los cojines la noche que llegó.
El departamento era pequeño, de dos habitaciones apenas separadas por una pared que parecía de cartón.
—Es temporal —le había dicho su tía por teléfono. —Solo unas semanas, mientras encuentras algo. Los chicos no tienen problema.
Los chicos. Sus primos. Jimin y Taehyung.
Los conocía desde siempre, desde que los tres correteaban por el patio de la abuela y se peleaban por el último pedazo de pastel. Eran familia. Pero hacía por lo menos cinco años que no los veía en persona, y cuando Jimin abrió la puerta, a Jungkook se le olvidó cómo respirar por un segundo.
No eran los niños que recordaba.
Jimin llevaba un short de licra tan corto que parecía ropa interior, y una camiseta sin mangas que marcaba sus pechos sin sostén. El cabello rubio recogido en una cola alta, la piel bronceada, los labios brillantes de gloss.
Taehyung estaba detrás de el, apoyado en el marco de la puerta, con un vestido de satén suelto que se deslizaba por un hombro dejando ver la clavícula y el nacimiento de sus tetas. El cabello oscuro ondulado, los ojos delineados, una sonrisa que no era de primo. No exactamente.
—Jungkook —dijo Jimin, y su voz era más grave de lo que él recordaba. —Pasa. Estás en tu casa.
Literalmente, no era su casa. Pero en las siguientes semanas, lo sería.
Los primeros días fueron normales. O lo más normal que podía ser vivir con dos chicos que no parecían tener ningún sentido del pudor.
Jimin caminaba por el departamento en bragas y camiseta sin que le importara que él estuviera desayunando en la barra.
Taehyung salía del baño envuelto en una toalla minúscula, con el cabello goteando, y se sentaba a su lado en el sofá a ver televisión como si no pasara nada.
A veces se inclinaba para alcanzar el control remoto y la toalla se abría un poco, dejando ver el costado de un pecho, y Jungkook apartaba la mirada tan rápido que le dolía el cuello.
—¿Todo bien, primo? —le preguntaba Taehyung, con esa sonrisa de gato.
—Todo bien.
Mentira.
Nada estaba bien.
Llevaba tres días con una erección permanente que no se iba ni con duchas frías.
Pero lo peor no era lo que veía.
Lo peor era lo que oía.
La primera noche, Jungkook pensó que lo había imaginado.
Eran como las dos de la mañana y él estaba dando vueltas en el sofá, incapaz de dormir.
La almohada olía a perfume de mujer, porque por supuesto que le habían dado una almohada que usaban ellos.
Estaba maldiciendo en silencio cuando escuchó algo del otro lado de la pared.
Un gemido.
Suave, ahogado, como si alguien se estuviera mordiendo los labios.
Luego otro.
Y otro.
Jungkook se quedó quieto, conteniendo la respiración. La pared que separaba el sofá de la habitación de ellos era ridículamente delgada.
Se oía todo.
El crujido de la cama.
Las respiraciones agitadas.
Los susurros.
—Más... —era la voz de Jimin, inconfundible. —Ahí, Tae...
—Así te gusta, ¿verdad?
Jungkook sintió que la sangre le hervía. Sus primos. Sus malditos primos.
¿Qué carajo estaba pasando ahí dentro?
—Bésame... —la voz de Jimin otra vez, entrecortada. —Quiero sentirte...
El sonido de un beso. Otro. Húmedos, profundos, con lengua.
Jungkook podía imaginarlo perfectamente: sus primos enredados en la cama, las bocas juntas, las manos metiéndose por debajo de la ropa.
O peor, sin ropa.
Se giró en el sofá, de cara a la pared, apretando los ojos.
No debía escuchar.
Era su familia.
Era incorrecto.
Pero su mano, casi con vida propia, bajó hasta su erección y la apretó por encima de los boxers. Estaba durísimo.
—Te amo... —dijo Taehyung al otro lado, y Jimin le respondió con otro gemido que terminó en algo parecido a un grito ahogado.
Luego el sonido de la cama acelerándose. Los gemidos haciéndose más fuertes, más rápidos, más desesperados.
—Me vengo, Tae... me vengo...
Y Taehyung también gimió, un sonido ronco y animal que atravesó la pared como un cuchillo.
Silencio.
Jungkook se quedó quieto, la mano todavía sobre su erección, el corazón golpeándole el pecho.
Esperó un minuto. Dos.
Luego escuchó risas bajitas, murmullos, y otra vez el sonido de besos.
No durmió nada.
A la mañana siguiente, en la mesa del desayuno, nadie dijo nada.
Jimin preparó café en una cafetera italiana, con un vestidito de tirantes que dejaba ver las marcas rojas en su cuello. Marcas de succión. Jungkook las vio y casi se atraganta con el pan tostado.
—¿Dormiste bien? —le preguntó Taehyung, untando mermelada en su tostada como si no hubiera pasado nada.
—Como un tronco —mintió él.
Taehyung lo miró y sonrió. Esa sonrisa. Jungkook no supo si era imaginación suya, pero le pareció que sabía. Que sabía que él había escuchado.
Esa noche, lo confirmó.
Eran las once.
Jungkook estaba en el sofá, viendo una película sin prestar atención, cuando la puerta de la habitación de ellos se abrió. No del todo. Solo una rendija. Lo suficiente para que la luz del pasillo dibujara una línea dorada en la oscuridad del salón.
No la cerraron.
Primero escuchó los besos. Más fuertes que la noche anterior. Luego los gemidos, sin disimulo, sin morderse los labios. Jimin gemía como si quisiera que todo el edificio la oyera.
—Más fuerte... —decía Taehyung. —Quiero que se escuche...
Jungkook apagó la televisión. Se quedó sentado en el sofá, en la oscuridad, escuchando. Su erección presionaba dolorosamente contra el pantalón del pijama.
—¿Crees que nos escucha? —preguntó Jimin en un susurro que, por el volumen, estaba claramente destinado a atravesar la rendija de la puerta.
—Seguro. Está justo ahí. Hola, primo.
Una risa. Los dos rieron bajito.
Jungkook sintió que se ponía rojo hasta las orejas.
¿Era una provocación?
¿Lo estaban haciendo a propósito?
—Tócame aquí... —Jimin otra vez. —Que nos oiga bien...
—¿Quieres que nos oiga? ¿Quieres que sepa lo que te hago?
—Sí...
—Dilo entonces. Dilo para que él escuche.
Un silencio.
Luego Jimin, con la voz más clara y más fuerte:
—Quiero que Jungkook sepa lo que me haces. Quiero que nos oiga.
Jungkook sintió un latigazo recorrerle la espalda. Ya no era una sospecha. Lo estaban haciendo a propósito.
La rendija de la puerta seguía ahí.
La luz dorada.
Los gemidos.
Él podía levantarse, ir hasta la puerta, cerrarla, decirles que bajaran la voz, hacer lo correcto.
Pero no lo hizo.
En vez de eso, se bajó el pantalón del pijama y se agarró la verga, dura como una piedra, y empezó a masturbarse ahí mismo, en el sofá, mientras escuchaba a sus primos cogerse al otro lado de la pared.
—Me voy a correr... —Jimin estaba al borde, la voz quebrada. —Tae...
—Córrete para mí. Y que él oiga.
Jimin se vino con un grito que no intentó ahogar. Fuerte, claro, obsceno.
Jungkook aceleró el movimiento de su mano, imaginando lo que pasaba al otro lado. Imaginando los cuerpos desnudos de sus primos enredados en la cama. Imaginando qué cara pondría Jimin al correrse. Imaginando a Taehyung lamiéndole las tetas, metiéndole los dedos, diciéndole cosas sucias al oído.
Se corrió en su propia mano, manchando el cojín del sofá, mordiéndose el labio para no gemir.
Al otro lado, todo quedó en silencio.
Luego, pasos suaves. La puerta se cerró del todo.
Jungkook se quedó tirado en el sofá, con el pantalón por las rodillas y la mano pegajosa, sintiéndose como el ser más patético del universo. Pero también el más excitado.
Así pasaron cuatro noches más. La misma rutina. La puerta entreabierta. Los gemidos. Las provocaciones cada vez más descaradas.
—Jungkook... —murmuró Jimin una noche, tan claro que él pensó que lo estaba llamando. —Quiero que entres...
Él se quedó paralizado. ¿Era parte del juego o era una invitación real?
—Sí, entra... —la voz de Taehyung. —Sabemos que estás escuchando. Sabemos que te tocas. Entra de una vez.
Jungkook no se movió. No podía. Algo lo mantenía clavado en el sofá, una mezcla de miedo, de culpa, de excitación tan intensa que le nublaba el juicio.
—Cobarde —dijo Taehyung, riendo. —Mañana será.
Esa noche no se masturbó. Se quedó despierto, mirando el techo, odiándose por no haberse atrevido. Y deseando que llegara mañana.
La quinta noche, todo cambió.
Jungkook estaba harto. Harto de escuchar, harto de masturbarse solo, harto de ser el espectador pasivo de un espectáculo diseñado para volverlo loco. Si querían provocarlo, iban a tener lo que buscaban.
Cuando escuchó los primeros gemidos, se levantó del sofá. Cuando la puerta se entreabrió, caminó hacia ella.
Y cuando Taehyung dijo "¿Crees que hoy se atreverá?", él empujó la puerta y entró.
La escena lo dejó sin aire.
La habitación estaba iluminada solo por una lámpara de sal que teñía todo de un naranja cálido. Jimin estaba tendido en la cama, completamente desnudo, las piernas abiertas y las tetas brillando de sudor. Taehyung estaba a su lado, con un body de encaje negro que transparentaba sus pezones y un arnés de cuero rodeándole las caderas. Un consolador de silicona, curvo y grueso, sobresalía del arnés como una extensión de su propio cuerpo. Acababa de sacarlo del interior de Jimin, y el jugo brillaba en la punta.
—Mira nada más —dijo Taehyung, girándose hacia la puerta. —El cobarde finalmente entró.
—Cierra la puerta —ordenó Jimin, incorporándose sobre los codos. —Y quítate la ropa.
Jungkook cerró la puerta. Pero no se quitó la ropa. Se quedó de pie, de espaldas a la puerta cerrada, mirando a sus primos.
—Esto está mal —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba.
—¿Ah sí? —Taehyung se incorporó, caminando hacia él con el consolador todavía goteando. —¿Qué está mal exactamente? ¿Que seamos familia? ¿O que tú lleves una semana masturbándote en el sofá mientras nos escuchas?
Jungkook se sonrojó.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí. Dejamos la puerta abierta a propósito. Queríamos que escucharas. Y tú, en vez de cerrarla o decirnos algo, te quedaste ahí, tocándote como un perro. ¿Crees que no te oímos gemir?
Jimin se levantó de la cama y se acercó también. Sus cuerpos desnudos lo flanquearon contra la puerta.
—No tienes que fingir, Jungkook —dijo Jimin, con una voz más dulce. —Nosotros también te deseamos. Llevamos años fantaseando contigo. Desde que éramos adolescentes.
—Pero somos...
—Primos —completó Taehyung. —Exacto. Eso es lo que lo hace mejor. ¿O no?
Le puso una mano en el pecho. Jungkook sintió los dedos de su primo sobre su corazón, que latía a mil por hora. Jimin puso su mano en el muslo de él, subiendo lentamente.
—Dinos que no quieres —susurró Jimin en su oído. —Dinos que no fantaseaste con esto cada noche de esta semana. Dilo, y nos paramos.
Jungkook abrió la boca. Pero no dijo nada.
—Eso pensé —sonrió Taehyung.
Y lo besó.
No fue un beso de primo. Fue un beso de amante, profundo, con lengua, con dientes. Sabía a vino y a algo más dulce, probablemente los labios de Jimin. Porque Jimin también se pegó a él, besándole el cuello, mordiéndole la oreja, mientras Taehyung le bajaba el pantalón del pijama.
—Queremos verte —dijo Jimin. —Llevamos toda la semana imaginando cómo eres. Quítate la ropa.
Esta vez, él obedeció.
Se quitó la camiseta. Luego el pantalón. Luego los boxers. Se quedó de pie, desnudo, en medio de la habitación, con sus dos primos mirándolo como si fuera un banquete.
—Joder —dijo Taehyung, pasando un dedo por sus abdominales. —Sí que entrenas.
—La imaginaba más grande —bromeó Jimin, señalando su erección. —Es broma. Es perfecta.
—¿Vas a quedarte ahí parado o vas a hacer algo? —lo desafió Taehyung.
Jungkook reaccionó. Agarró a Taehyung de la cintura y lo empujó contra la pared. El consolador del arnés rozó su muslo, todavía húmedo de Jimin. Lo besó con furia, con toda la frustración acumulada de una semana. Sus manos recorrieron el body de encaje, rompiéndolo casi, bajando los tirantes para liberar sus tetas.
—Así me gusta —gimió Taehyung. —Más bruto.
Jimin se pegó a su espalda. Sus tetas desnudos se apretaron contra su espalda. Sus manos rodearon su cintura y bajaron hasta agarrarle la verga.
—Quiero sentirte dentro —dijo al oído. —Pero primero quiero ver cómo te coges a mi hermano.
Lo que siguió fue un descontrol.
Jungkook giró a Taehyung y lo puso contra la cómoda. Le quitó el arnés con manos temblorosas. Cuando lo penetró, Taehyung soltó un gemido que probablemente escucharon en todo el edificio. Estaba empapado. Sus paredes lo apretaron con fuerza.
—Qué rico... —gimió Taehyung, echando la cabeza hacia atrás. —Llevaba años queriendo esto...
—¿Te gusta, primo? —dijo él, con una voz que ni siquiera reconocía como suya. —¿Te gusta cómo te cojo?
—Sí... sigue...
Jimin se había subido a la cama. Se masturbaba viéndolos, los dedos metidos dentro de su sexo todavía mojado, los ojos fijos en cómo su primo embestía a su hermano contra la cómoda.
—Quiero que me mires —le dijo Taehyung a Jungkook, agarrándole la mandíbula. —Mírame a los ojos mientras me coges.
Él obedeció. Lo miró a los ojos. Sus primos. Sangre de su sangre. Y eso, lejos de frenarlo, lo excitó aún más.
—Dime qué somos para ti —dijo Taehyung, con la voz entrecortada por las embestidas. —Dímelo mientras me haces esto.
—Son mis primos.
—¿Y qué más?
—Son... son unas putas.
Taehyung se rio, una risa que se cortó en un gemido cuando él lo penetró más hondo.
—Eso es lo que quería oír. Ahora quiero que te corras dentro de mí.
—No tengo condón.
—No importa. Tomo pastillas. Córrete dentro.
Jungkook no necesitó más permiso. Aceleró el ritmo, sintiendo que el orgasmo se acercaba. Taehyung le clavó las uñas en la espalda y se corrió al mismo tiempo que él, apretándose alrededor de su verga mientras él lo llenaba.
—Ahora yo —dijo Jimin desde la cama.
Jungkook se giró hacia el. Estaba empapado. Se notaba desde lejos. Sus muslos brillaban de jugos, sus tetas subían y bajaban con una respiración agitada.
—Ven aquí —dijo él.
Pero en vez de tumbar a Jimin, se tumbó él en la cama y lo puso encima. Quería que el tomara el control. Quería ver sus tetas rebotar. Quería que el cabalgara su verga hasta correrse.
Y eso hizo.
Jimin se deslizó sobre él con un gemido largo, echando la cabeza hacia atrás. Sus caderas empezaron a moverse en círculos, encontrando el ritmo. Taehyung, recuperándose todavía, se acercó y se arrodilló detrás de su hermano. Le agarró las tetas por detrás y las amasó mientras Jimin montaba a Jungkook.
—Míralo —dijo Taehyung al oído de Jungkook. —Es precioso, ¿verdad?
—Lo es.
—Es nuestro. Tuyo y mío. Dilo.
—Es mío —dijo él, agarrando a Jimin de las caderas. —Y tuyo.
—Eso es.
Jimin gemía, los ojos cerrados, los labios entreabiertos. Taehyung le pellizcó los pezones y Jimin soltó un grito.
—Más... voy a...
—No te corras todavía —ordenó Jungkook. —Quiero que aguantes.
Lo giró, poniéndolo en cuatro sobre la cama. Taehyung se colocó frente a Jimin, tumbado de espaldas, de forma que su coño quedara justo debajo de la boca de Jimin.
—Cómeme mientras él te coge —dijo Taehyung, abriendo las piernas. —Quiero sentir tu lengua.
Jungkook penetró a Jimin por detrás mientras el bajaba la boca al coño de su hermano.
La escena era increíble. Los dos hermanos, uno encima del otro, Jungkook detrás, embistiendo. Los gemidos se multiplicaban, se mezclaban, ya no se sabía quién gemía y quién gritaba.
El orgasmo de Jimin llegó violento, gritando contra el coño de Taehyung. El de Taehyung llegó justo después, con la lengua de su hermano sobre el clítoris y la imagen de su primo cogiéndolo por detrás.
Y Jungkook, viendo a los dos venirse, se corrió por segunda vez dentro de Jimin, con un rugido que le nació del pecho.
Los tres colapsaron en la cama. Sudorosos. Jadeantes. Pegados.
—Joder —fue lo único que dijo Taehyung.
—Eso —confirmó Jimin.
—Mis primos —dijo Jungkook, pasando un brazo por encima de los dos. —Joder.
A la mañana siguiente, el desayuno fue diferente.
No hubo miradas inocentes ni disimulos. Jimin preparó café en la cafetera italiana, como siempre, pero esta vez llevaba solo una camiseta de tirantes, sin bragas. Taehyung salió del baño envuelto en la toalla, como siempre, pero se sentó en el sofá y dejó que la toalla se abriera por completo, sin molestarse en cerrarla.
Jungkook llegó a la mesa con el torso desnudo y se sentó a comer cereal como si nada.
—Anoche... —empezó Jimin.
—Anoche fue increíble —terminó Taehyung.
—Pero somos primos.
—¿Y? —Taehyung alzó una ceja. —¿Quién se va a enterar?
—Nadie —dijo Jimin. —Esto es nuestro. De los tres.
Se miraron. Había café, cereal, tostadas con mermelada. Y debajo de la mesa, el pie de Jimin subiendo por la pierna de Jungkook.
—Otra vez no —dijo él, riendo. —Que ayer casi me da un infarto.
—Eso es porque no estás en forma —respondió Taehyung.
—Estoy en forma.
—Demuéstralo entonces. Esta noche.
—¿Otra vez?
—Todas las noches que te quedan —dijo Jimin, con una sonrisa peligrosa. —Todavía nos debes cuatro años de fantasías.
Jungkook suspiró, pero en sus ojos había una chispa que delataba que no le molestaba en absoluto.
—Está bien. Pero esta noche elijo yo las posiciones.
—Trato hecho.
Y así, en ese pequeño departamento de paredes delgadas, tres primos sellaron un pacto silencioso.
Un secreto familiar que nadie más sabría jamás.