"El inicio"
—Arrodíllate ante mi balcón durante 100 días y 100 noches y sabré si tu amor es verdadero —dijo la princesa con firmeza y determinación.
El caballero, sin dudarlo, se arrodilló bajo el balcón de la princesa. Enterró su espada en el suelo y se quedó allí, sin moverse.
Los primeros días transcurrieron entre susurros y miradas inquisitivas. El sol abrasador del verano azotó la espalda del caballero sin piedad, pero él no se movió. Las lluvias torrenciales de las noches intentaron doblegar su voluntad, enfriándole los huesos, pero su mirada permaneció clavada en la tierra, firme al lado de su espada.
Desde la altura de su ventanal, la princesa lo observaba en silencio. Al principio con altivez, luego con una mezcla de asombro y culpa.
Pasaron las semanas. El cuerpo del caballero se volvió más delgado y su piel se curtió por el intemperie, pero la promesa se mantenía intacta. noventa y ocho, noventa y nueve días...
Llegó el amanecer del día número cien.
La princesa, con el corazón acelerado y una sonrisa a punto de brotar, se asomó al balcón para proclamar su victoria y entregarle su corazón. Pero justo cuando el primer rayo de sol tocó el pomo de la espada, el caballero alzó la cabeza. La miró a los ojos por primera vez en cien días: no había odio en su rostro, solo una profunda y serena resolución.
Sin pronunciar una sola palabra, el caballero desenterró su espada del suelo, se puso de pie con lentitud y le dio la espalda. Ante el asombro mudo de la princesa, comenzó a caminar con paso firme, perdiéndose gradualmente en las profundidades del bosque.
La princesa sintió que el mundo se deteníase por completo. El orgullo que la había acompañado durante noventa y nueve noches se desmoronó en un segundo al ver la espalda del hombre alejarse.
Sin importarle la corona, el protocolo ni las miradas atónitas de la corte, corrió escaleras abajo. Cruzó el gran salón con el aliento entrecortado y se lanzó hacia el bosque, siguiendo el rastro de sus pasos sobre la tierra mojada.
—¡Espera! —gritó, adentrándose en la espesura donde la bruma comenzaba a espesarse.
Nadie en el reino volvió a ver al caballero. Y esa misma mañana, el trono de la princesa amaneció vacío. Ambos desaparecieron en la sombra de los árboles, dejando tras de sí una leyenda que nadie en el palacio jamás logró explicar.








