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SURIA

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Sinopsis

En un universo donde incluso las almas pertenecen a los dioses... un solo hombre se niega a pertenecer. La voluntad puede ser una bendición. O la mayor de las herejías. Cuando un desconocido despierta en un mundo gobernado por antiguas deidades, comenzará a descubrir que algunas verdades han permanecido ocultas durante milenios... por una razón. Lo que comenzó como un simple despertar pronto revelará un conflicto capaz de alterar el equilibrio entre dioses, mortales y la propia creación.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prologo

El sonido de campanas rebota en la mente como ecos que se alejaban, como si escaparan y desaparecieran. Destellos rompían un velo de bruma, pero una sensación de calma lo precedía.

Eidon avanzaba, liberando una lenta exhalación pálida por las finas hendiduras de su cuello; una respiración profunda, pesada y extrañamente serena, propia de un cuerpo hecho para soportar más de lo que cualquier carne debería.

Sombras de figuras se aglomeraban en la distancia, observándose con una mezcla de temor y reconocimiento, como si supieran que algo venía con él… algo que no debía cruzar.

Al avanzar, lo vio.

Lo más bello que había contemplado jamás.

Estructuras celestiales iluminaban el vacío. Un paisaje que había anhelado cada noche en su palacio… pero esta vez no era un sueño.

Estaba dentro.

Flotando entre ellas.

A lo lejos, cinco figuras se acercaban.

Una silueta Kharvash de carne endurecida y violencia viva. Un Luminar demacrado, casi consumido por una devoción que parecía haber vaciado todo lo demás dentro de él. Dos criaturas: una feral, de porte salvaje y musculatura nacida para cazar; otra, de elegancia anfibia, cuya piel parecía mover corrientes bajo su superficie. Y un ente de energía condensada, una nube consciente cuya forma se negaba a permanecer fija.

Los ojos de Eidon parecían hechos de una sola pieza: un tono profundo, continuo, imposible de dividir entre iris, pupila o blanco. Su mirada recorrió al grupo con una calma difícil de interpretar.

—Qué grupo tan inusual…

Las criaturas se tensaron.

El Kharvash sonrió, mostrando una confianza feroz, casi insolente, como si incluso en la muerte siguiera oliendo la promesa de una pelea digna.

—Mira nada más… El gran Eidon. No pensé que terminarías aquí tan… intacto.

El Luminar cayó de rodillas, temblando; su cuerpo parecía inclinarse con una devoción tan profunda que daba la impresión de haberse acostumbrado a vivir doblado ante algo mayor.

—Oh, gran señor de la Luz… no me abandones… permite que siga en tu gracia… que mi voluntad aún te pertenezca…

El Kharvash soltó una risa seca.

—No le hagas caso. Míralo… se está desmoronando y aun así sigue rezando.

Se inclinó levemente hacia Eidon.

—Una raza con tanto potencial… desperdiciada rogando a dioses que ni siquiera se levantan para mirarlos.

El Feralis emitió un rugido grave, cargado de intención; no era mero instinto salvaje, sino una forma de lenguaje nacida más del cuerpo que de palabras comprensibles.

Eidon y el Kharvash lo miraron sin entender.

Entonces, el ente habló.

—No hablen así de las deidades.

Su voz no tenía origen claro; parecía formarse en el aire mismo, vibrando alrededor de ellos más que atravesando sus oídos.

—La Madre permite que el ciclo continúe.

Eidon observó con atención. Por un instante, las finas hendiduras de su cuello se expandieron apenas, liberando una exhalación tibia mientras estudiaba aquella presencia imposible.

—A ustedes los reconozco… Wayuu. Mareas…

Señaló al ente.

—Pero tú… no encajas. No he visto nada como tú.

La forma onduló levemente, como si dudara qué contorno conservar ante la presencia de Eidon.

—No todo lo que existe necesita ser comprendido por tu imperio.

Una pausa.

—Lord Eidon.

Silencio.

—¿O debería decir… Dios Mortal?

Las criaturas tensaron sus cuerpos.

Incluso el aire parecía volverse más pesado.

El nombre no sonó como un título… sonó como un recuerdo antiguo que no debía pronunciarse.

Por un instante, la expresión de Eidon no cambió; pero bajo la línea firme de su mandíbula, las hendiduras de su cuello se cerraron apenas, conteniendo una reacción que ni él mismo comprendía.

Entonces—

un estruendo.

Pilares de formación pétrea descendieron a gran velocidad, iluminados con grabados imposibles que parecían moverse sobre su superficie como si aún estuvieran siendo escritos.

Impactaron frente al grupo.

El polvo estelar no cayó.

Se elevó.

Giró sobre sí mismo como ceniza obedeciendo una voluntad invisible…

hasta formar una puerta.

Una figura apareció sobre ella, tan mezclada con las estrellas que por un instante resultó imposible distinguir dónde terminaba el firmamento y dónde comenzaba su silueta.

—Los mortales… —dijo con desdén—. Ni siquiera al borde de la divinidad pueden abandonar sus pequeños conflictos.

Su voz no descendió desde arriba ni vino desde una boca visible; pareció manifestarse directamente en la conciencia de cada uno, cargada de una arrogancia antigua y cansada.

Eidon frunció el ceño.

Una sutil tensión recorrió las hendiduras de su cuello.

—Eso significa que…—Que están muertos —interrumpió la deidad—. Y aun así no lo entienden.

Sonrió. Una sonrisa extraña: no cálida ni cruel… vacía, como quien repite un gesto aprendido hace demasiado tiempo.

—Pero felicidades… sobrevivieron a la bruma y a sus devoradores.

Se acomodó sobre la puerta, observándonos con la indiferencia con la que uno examinará fragmentos arrastrados por la marea.

—Soy la Estrella Apagada. Guardián del paso al Plano Divino.

Su tono se volvió frío.

—Ahora… preséntense.

El Luminar se arrastró de inmediato, con la desesperación de quien llevaba una vida entera aprendiendo que existir significa suplicar permiso para seguir existiendo.

—Mi señor… permítame entrar… He servido fielmente a la Luz… mi vida entera ha sido devoción…

La Estrella Apagada lo observó con una mezcla de interés y hastío.

—Siempre igual…

Su voz resonó con una melancolía apenas perceptible.

—Creen… incluso cuando están rotos.

Una pausa.

—Serás útil.

Luego miró a las otras criaturas.

—Ustedes no necesitan explicación. Siempre terminan en el mismo lugar.

—Entren.

El Luminar y las criaturas cruzaron.

Al hacerlo, sus cuerpos comenzaron a deshacerse… no con violencia ni dolor visible, sino con una serenidad inquietante. Sus formas cedieron capa por capa, como si aquello que los volvía individuos fuese desprendido con cuidado.

Lo que quedó fue algo más simple.

Energía.

Uniforme.

Sin memoria aparente.

Sin rastro de lo que fueron.

La deidad apenas los miró.

Luego volteó hacia el ente.

—Veo que el Sueño sigue enviando piezas.

Una leve inclinación.

—Espero que esta vez sí hayas cumplido.

El ente guardó silencio; su forma onduló apenas, como si incluso el silencio pudiera ser una respuesta.

Un quejido interrumpió el momento.

—Veo que ni siquiera aquí las deidades imparten justicia… —murmuró el Kharvash.

Fue suficiente.

Sus rodillas golpearon el vacío con violencia.

Un crujido seco atravesó el espacio.

El frío no llegó desde fuera.

Nació dentro de su pecho.

Escarcha negra comenzó a abrirse paso bajo su piel endurecida, dibujando grietas heladas entre cicatrices.

—Cuida tu tono —dijo la deidad—. Aquí no eres más que carne esperando orden.

El hielo se quebró.

El Kharvash inhaló profundo, dejando escapar un vaho ardiente… y sonrió.

—No pertenezco a ninguna tribu.

Se levantó.

—Vengo a presentarme ante el Señor del Fuego.

La deidad rió.

—Siempre dicen eso.

Su mirada recorrió su cuerpo.

—Y siempre llegan igual.

Un gesto.

El cuerpo del Kharvash comenzó a elevarse.

—No eliges. Eres enviado.

Desapareció.

Entonces—

la mirada de la deidad cayó sobre Eidon.

Y permaneció allí.

—Curioso… los de tu tipo casi no llegan hasta aquí.

—Tu nombre.

—Eidon.

La deidad sonrió.

—Así que tú eres…

Se detuvo.

Y algo cambió.

Su forma titiló.

Como si algo hubiera fallado.

Un zumbido atravesó el espacio.

No sonido.

Presencia.

Voces.

Demasiadas.

Superpuestas.

Eidon no entendió.

Pero lo sintió.

Aquello no lo observaba.

Lo reconocía.

La deidad volvió a hablar.

—Cuando cruces… te reclamarán.

—Elige una.

—Y no dejes… que obtengan tu nombre.

Eidon no respondió.

Avanzó.

La energía comenzó a consumirlo.

Y antes de desaparecer—

miró atrás.

La Estrella Apagada…

ya no parecía un guardián.

Parecía alguien que había entendido demasiado tarde.

Inmóvil.

Aterrada.

Mirándolo.

Como a una puerta que jamás debió abrirse.

Un dios…

teniendo miedo de él.

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