Prólogo
Prólogo
Una noche de septiembre. La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que los limpiaparabrisas apenas conseguían abrir un hueco entre el agua. Cada pocos segundos, un relámpago iluminaba el bosque durante un instante para volver a sumirlo todo en la oscuridad. Por la carretera, un coche circulaba con las luces largas encendidas… Apenas podía verse más allá de aquellos faros. En su interior, un hombre movía el volante, tomando cada curva con calma, parecía tranquilo. Vestía una camisa azul, unos pantalones oscuros, y unas botas algo gastadas. Lo que más brillaba en aquel coche, era su placa, aun si parecía algo antigua, gastada, conservaba su propia luz.
En la radio, el hombre estaba oyendo sonar Exhibition de Gary Numan. Era una sensación extraña, había notado cómo el cambio entre aquella canción y la anterior contrastaba. Gary Numan siempre le había parecido demasiado frío.
Estaba contento. Sonrió al mirar una fotografía que colgaba del retrovisor interior. Su hijo llevaba una gorra ridícula de dinosaurio. Su mujer todavía se reía de aquella foto. Aunque de pronto, algo hizo que contemplase el entorno con más atención.
Todo parecía demasiado en calma, como si la gente se hubiese ido a dormir, pero no era tan tarde… Y no había luz, no había coches circulando, ni siquiera personas. Nadie estaba volviendo a casa después de salir a correr, ni siquiera paseando al perro. Había un triciclo tirado sobre la acera, una manguera seguía regando el jardín. Los semáforos no funcionaban.
El tipo se bajó del coche, empezó a caminar. Golpeó un par de puertas, pero nadie respondió. Decidió adentrarse más en el pueblo, mientras llamaba a su mujer, pero… Nada. Empezó a impacientarse, era muy extraño… Pensó que sería lógico acercarse a la plaza central, pero cuando asomó por la zona, el silencio ya estaba allí. Entonces se fijó en cómo uno de los establecimientos tenía luz. Una vieja hamburguesería, al fondo de la plaza. Se acercó a paso ligero, esperando encontrar alguien que le diese respuestas. Al entrar, sonaron las campanitas flotantes de la puerta, y por suerte para él… Sí había alguien.
Una joven, sentada en una de las cabinas. Sostenía una taza entre las manos. Estaba empapada, tanto como él, la lluvia les había alcanzado a ambos. Ella se percató de su presencia, al principio le miró, luego desvió la vista hacia lo que estaba aguantando, ni siquiera estaba bebiendo.
El hombre se acercó, confuso, observando cómo alrededor no había nadie más. Se paró un instante, viéndola. Tenía el pelo castaño oscuro y ondulado, y un flequillo que apenas dejaba ver su rostro por estar mojado. Estaba temblando, no sabía exactamente si por el frío, la cafeína, o el miedo. Él no dudó, se sentó frente a ella, en aquel sofá gastado.
—¿Dónde…? ¿Dónde están todos?— Preguntó él, confuso.
—Se han ido… Hace un rato— Respondió ella, mirando desde la ventana la lluvia que golpeaba el asfalto al caer.








