Opción Numero Uno
La gente del pueblo siempre decía que Kim Namjoon tenía un don extraño. No era porque dirigiera una de las agencias agrícolas más importantes del país ni porque, a sus cuarenta y tres años, hubiera construido prácticamente un imperio desde una finca perdida entre montañas. Tampoco porque pudiera cerrar contratos millonarios por la mañana y, unas horas después, aparecer cubierto de barro reparando una cerca con sus propias manos. Lo decían porque existía una calma en él que resultaba casi sobrenatural; una paciencia capaz de domesticar al caballo más salvaje, de esperar durante horas hasta ganarse la confianza de un animal herido.
Lo que la gente no mencionaba —lo que Namjoon sabía de sí mismo y prefería olvidar— era el otro lado de esa calma. La obsesión por el control absoluto. La incapacidad para delegar. El humor seco que rayaba en la crueldad cuando alguien desperdiciaba su tiempo. Y sobre todo, la furia fría, calculada, que lo invadía cuando alguien —cualquiera— ponía en peligro a uno de sus animales.
Había quienes aseguraban que Namjoon entendía mejor a los caballos que a las personas, y después de cinco años viviendo completamente solo, tras un divorcio que había terminado de convencerlo de que el amor era una pérdida de tiempo, él mismo había empezado a creer que aquello era cierto. Su ex esposa se había ido con la misma frase en los labios de todas las que habían intentado amarlo:“Trabajas demasiado y nunca sabes cómo decir lo que sientes. Eres una fortaleza, Namjoon. Y las fortalezas son frías.”
Su rutina nunca cambiaba. Se levantaba antes de que saliera el sol, preparaba café mientras el resto del mundo seguía durmiendo y recorría los establos saludando a cada uno de sus caballos como si fueran viejos amigos. Conocía el carácter de todos; sabía cuál necesitaba más espacio, cuál se ponía nervioso con las tormentas y cuál simplemente buscaba un poco de atención antes de dejarse montar.
Esa tranquilidad era exactamente la razón por la que su mejor amigo llevaba más de veinte años confiando en él para absolutamente todo... incluso para lo impensable.
La llamada llegó un martes por la tarde, cuando Namjoon terminaba de revisar unos documentos relacionados con la agencia. Apenas vio el nombre de Han Seungjae en la pantalla, respondió sin dejar de firmar unos papeles.
—Dime.
Al otro lado solo hubo un suspiro largo, tan pesado que consiguió hacerle levantar la vista.
—Necesito pedirte un favor.
Namjoon arqueó una ceja.
—Cuando empiezas así siempre termino arrepintiéndome.
Seungjae dejó escapar una risa cansada antes de soltar la frase que cambiaría la tranquilidad de aquella finca durante los siguientes meses.
—Necesito que domestiques a mi hija.
El silencio duró apenas dos segundos antes de que Namjoon soltara una carcajada incrédula.
—Yo entreno caballos, Seungjae. No personas.
—Precisamente por eso te llamé.
Namjoon dejó la pluma sobre el escritorio y se recostó en la silla.
—¿Qué hizo ahora?
La respuesta tardó en llegar.
—Nada nuevo. Sigue siendo la misma niña que siempre ha conseguido todo con un chasquido de dedos. Nunca ha trabajado un solo día en su vida, cambia de carrera cada semestre, abandona cualquier proyecto cuando deja de divertirla y cree que el dinero puede solucionar absolutamente todo. Ya no me escucha, Namjoon. A mí me ve como el hombre que siempre termina cediendo. Pero a ti... a ti nunca te tuvo confianza suficiente para manipularte.
Namjoon cerró los ojos un instante.
Conocía a Seo-ah desde que apenas corría por la oficina de su padre con dos coletas mal hechas y las rodillas llenas de raspaduras. También la había visto crecer de lejos hasta convertirse en una mujer que aparecía constantemente en revistas, eventos benéficos y redes sociales, rodeada de lujos, fotógrafos y una vida que parecía no conocer límites. Hacía años que no coincidían, pero los rumores llegaban incluso hasta la finca: fiestas, viajes, compras impulsivas y una colección interminable de escándalos tan inofensivos como irritantes.
—¿Y cuál es exactamente tu brillante idea?
—Dejarla contigo todo el verano.
Namjoon soltó una risa seca.
—Has perdido la cabeza.
—Haz que trabaje. Que se ensucie las manos. Que aprenda que el mundo no gira alrededor de ella.
—¿Y si se va?
—No puede.
—¿Por qué?
—Porque congelé todas sus tarjetas.
Aquella vez la risa de Namjoon fue genuina, pero se desvaneció rápidamente cuando el silencio de Seungjae se prolongó demasiado.
—¿Seungjae?
—Si en algún momento crees que me pasé... —la voz de su amigo sonó extraña, casi quebrada—... llámame. Y la traes de vuelta.
Namjoon se quedó quieto, procesando. En más de dos décadas de amistad, nunca había escuchado a Seungjae dudar de sí mismo.
—No voy a romperla —dijo finalmente, y su tono perdió el filo burlón.
Seungjae suspiró, y sonó como alivio mezclado con culpa.
—Dos días. Te la llevo pasado mañana.
El rugido de un motor de alto rendimiento rompió la tranquilidad de la finca poco antes del mediodía. No era el sonido de alguno de los tractores que usualmente recorrían los caminos de tierra, ni el de los camiones de suministro. Era algo más agresivo, más ostentoso, más... insultante.
Namjoon levantó la vista desde el establo donde se encontraba cepillando a Eclipse, el enorme caballo frisón negro que era prácticamente su sombra desde hacía ocho años. El animal también alzó la cabeza, alerta, mientras ambos observaban cómo un Mercedes AMG GT negro avanzaba lentamente por el camino principal, levantando una nube de polvo dorado que terminó cubriendo los costados brillantes del auto deportivo.
—Mierda —murmuró Namjoon, más para sí mismo que para el caballo.
El vehículo se detuvo frente a la casa principal. Primero bajó Han Seungjae, con su traje de diseñador impecable y una expresión que no lograba ocultar la culpabilidad que sentía. Luego, la puerta del copiloto se abrió con una lentitud deliberada.
Un tacón blanco de Louboutin tardó varios segundos en atreverse a tocar el suelo embarrado. Finalmente descendió Han Seo-ah, sujetando un bolso de diseñador contra el pecho como si fuera un escudo protector mientras observaba el paisaje con expresión de absoluto horror.
—Tiene que ser una broma —su voz apenas fue un murmullo, pero Namjoon la escuchó perfectamente.
Y entonces ella levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de él.
Namjoon seguía exactamente igual de inmóvil, con una mano apoyada sobre el cuello de Eclipse. Vestía una camisa de franela azul desgastada sobre una camiseta blanca, jeans oscuros cubiertos de polvo y barro seco, y botas de trabajo que habían pisado más estiércol que concreto. Su cabello negro estaba recogido en un moño desordenado. No se había afeitado en dos días.
La miró de arriba abajo, evaluando, y por un instante no vio a la mujer de veintidós años que se erguía frente a él. Vestía un conjunto de lino marfil, demasiado delicado para el polvo y demasiado costoso para aquel camino de tierra. Llevaba unos Louboutin blancos impecables y gafas de sol de gran tamaño. Parecía una portada de revista colocada accidentalmente en medio de una granja.
Seguía pareciéndose demasiado a la niña de coletas desiguales y rodillas raspadas, pensó Namjoon.Incluso ahora, con ese aire de superioridad que cree que la protege.
Ella, por su parte, lo inspeccionó con los ojos entrecerrados. Su cabello negro azabache caía en ondas perfectas. Su maquillaje era impecable. Y su expresión decía claramente que acababa de evaluarlo y encontrarlo profundamente deficiente.
—¿Dónde está la casa principal? —preguntó, dirigiéndose a su padre pero manteniendo la vista fija en Namjoon como si fuera una mancha en el paisaje.
—Detrás de los establos —respondió Seungjae.
Seo-ah sonrió con alivio.
—Perfecto. ¿Y dónde se hospeda el personal?
Namjoon respondió antes de que Seungjae pudiera hacerlo, y su voz salió plana, sin inflexión:
—Aquí no hay personal.
La sonrisa desapareció.
—¿Disculpa?
—No hay personal —repitió Namjoon, soltando a Eclipse y caminando hacia ellos—. Esta es una finca de trabajo, no un hotel. Si vas a quedarte, trabajarás.
Seo-ah soltó una risa nerviosa, mirando a su padre.
—Papá...
—Seo-ah —la voz de Seungjae sonó cansada—. Te quedarás aquí todo el verano. He hablado con Namjoon y él ha aceptado... enseñarte.
—¿Enseñarme qué? ¿A oler a estiércol? —su tono se volvió agudo—. ¡No puedes estar hablando en serio! ¡Soy Han Seo-ah! ¡Tengo una gala de caridad el próximo mes!
—He cancelado todas tus tarjetas de crédito —la interrumpió Seungjae—. He suspendido tu cuenta bancaria. Tu apartamento está siendo subarrendado. No tienes adónde ir, hija. Ni dinero. Ni opciones.
El silencio fue denso.
Seo-ah palideció. Sus ojos, que momentos antes habían brillado con arrogancia, ahora se llenaron de pánico. Pero no lloró. Algo en su expresión cambió, endureciéndose.
—Esto es secuestro —dijo, con voz baja pero firme.
—Es una intervención —corrigió Namjoon.
—Eres un salvaje —escupió ella, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Míralo! ¡Estás cubierto de...!
—Barro —terminó Namjoon—. Se llama barro. Y sí, estoy cubierto de él. ¿Problema?
Seo-ah cruzó los brazos sobre el pecho, levantando la barbilla.
—No voy a quedarme aquí. No voy a quedarme con un campesino que ni siquiera puede permitirse contratar personal para su... —miró los establos con desdén— ...su chiquero.
Namjoon no se inmutó. No parpadeó.
—Tienes dos opciones —dijo, y su voz era tan tranquila que resultaba amenazante—. Opción uno: haces lo que te digo, aprendes algo sobre el trabajo duro, y en tres meses tu padre reconsidera tu situación. Opción dos: te encierras en esa casa y esperas a que tu padre cambie de opinión. Puedes negarte a trabajar, nadie va a obligarte. Pero tampoco voy a servirte, cocinarte ni convertir esta finca en un hotel mientras esperas. Tu elección.
—Eres un tirano —susurró ella.
—Soy eficiente —corrigió él—. Y ahora, deja tus cosas en la casa. Tienes exactamente quince minutos para cambiarte. Te espero aquí.
—No pienso cambiarme —dijo ella, desafiante—. Y no pienso limpiar estiércol.
Namjoon sonrió. Fue una sonrisa pequeña, sin humor, que no llegó a sus ojos.
—Entonces no cenarás.
—Perfecto —respondió ella, y su voz tenía un filo de acero que sorprendió incluso a Namjoon.
—Perfecto —repitió él, girándose para volver a los establos—. Quince minutos, princesa. O empiezas ahora, o empiezas mañana con el estómago vacío. A mí me da igual.
Lo que siguió fue una guerra silenciosa de voluntades.
Seo-ah subió sus maletas a la casa principal —que descubrió con fastidiado reconocimiento que era elegante, no la choza que esperaba— y se encerró en la habitación asignada. No lloró. No llamó a su padre suplicando. Se sentó en la cama, sacó su teléfono, confirmó que no había señal, y esperó.
Namjoon, por su parte, continuó con su trabajo como si ella no existiera. Reparó una cerca. Alimentó a los caballos. Revisó unos documentos en su tableta, sentado en el porche, mientras el sol comenzaba a descender.
Hoseok, su capataz, apareció alrededor de las seis.
—¿Y la princesa?
—En su torre —respondió Namjoon sin levantar la vista—. Esperando que ceda.
—¿Cederá?
—Eventualmente.
Pero Seo-ah no cedió.
Cuando la cena estuvo lista —un guiso simple de carne y verduras que Namjoon preparó para sí mismo y para Hoseok— ella no bajó. Cuando él subió a dormir, pasando por delante de su puerta, escuchó silencio absoluto.
A la mañana siguiente, cuando Namjoon se levantó a las cinco de la mañana, ella seguía en su habitación.
A las ocho, Hoseok murmuró algo sobre “testarudez impresionante”.
A las diez de la mañana, Namjoon estaba comenzando a sospechar que Seo-ah era lo bastante orgullosa como para mantenerse encerrada hasta enfermarse antes que admitir que tenía hambre. No estaba preocupado por ella. Al menos eso se dijo. Pero comenzaba a calcular cuánto tiempo podría aguantar una persona sana sin alimentos antes de que necesitara atención médica.
Fue a las once y media cuando la puerta de la casa principal se abrió de golpe.
Seo-ah salió con pasos furiosos, vestida con un conjunto de yoga negro que debía haber traído en su maleta, los zapatos deportivos de Gucci puestos, y una expresión de absoluta derrota en su rostro. No había dormido. Se notaba en las ojeras bajo sus ojos perfectamente maquillados.
Namjoon estaba junto a los establos, limpiando los cascos de Eclipse. La observó acercarse con una mezcla de sorpresa y algo que podría haber sido respeto involuntario.
—Necesito comer —dijo ella, sin mirarlo a los ojos.
—El trabajo viene antes que la comida —respondió él, secamente.
—No voy a...
—Entonces no comes.
Seo-ah cerró los ojos, respirando hondo. Cuando los abrió, había algo diferente en ellos. No sumisión. Acuerdo temporal.
—¿Qué tengo que hacer?
Namjoon le entregó los guantes de trabajo.
—Ares. Box número tres. Cambia la paja y dale agua. Y no te acerques por detrás o te muerde.
Seo-ah tomó los guantes con dos dedos, como si fueran radioactivos, y se dirigió hacia el establo indicado.
Fue entonces cuando ocurrió.
Distraída, mirando hacia atrás para asegurarse de que Namjoon no la estaba observando —lo cual él estaba haciendo, evidentemente—, Seo-ah no vio el montón de estiércol fresco que yacía en su camino.
Su pie derecho, protegido por el zapato deportivo de Gucci blanco impecable, descendió directamente sobre él.
El sonido fue húmedo. Definitivo.
Seo-ah se quedó inmóvil, mirando hacia abajo con expresión de horror absoluto. Luego levantó la vista hacia Namjoon.
Él la observó. Sin moverse. Sin decir nada.
Hoseok, que apareció en ese momento con un balde de agua, vio la escena y tuvo que morderse el labio con tanta fuerza que casi se hizo sangre.
—Bienvenida al campo —dijo Namjoon finalmente, y su voz era tan plana, tan terriblemente seria, que por un momento Seo-ah creyó que hablaba en serio.
Luego vio algo en sus ojos. Un destello. El más mínimo atisbo de diversión.
—Eres un desgraciado —susurró ella.
—Y tú tienes estiércol en el zapato —respondió él—. Quita eso, ponte las botas de goma que hay en la entrada del establo, y empieza de nuevo.
Seo-ah lo miró con odio puro. Pero algo extraño sucedió: una risa burbujeó en su garganta, inesperada, inoportuna, que tuvo que reprimir con fuerza. No quería darle la satisfacción. No quería que creyera que tenía sentido del humor. No quería que pensara que estaba aceptando esta situación absurda.
Pero mientras se quitaba el zapato contaminado y saltaba sobre un pie hacia la entrada del establo, maldiciendo en voz baja, no pudo evitar sentir que algo había cambiado. Algo diminuto. Una grieta en su armadura de princesa mimada.
El resto del día fue un tormento de humillaciones físicas.
La paja se metía bajo sus uñas. El olor del establo le provocaba náuseas. Ares, el caballo castaño, retrocedía cada vez que ella intentaba acercarse, relinchando de manera aguda.
—No te acerques por detrás —instruía Namjoon desde la puerta, sin moverse para ayudar—. Los caballos son presa. Necesitan verte.
—¡Pero es que tiene miedo de mí!
—Tiene miedo porque tú tienes miedo —respondió Namjoon—. Y porque hueles a perfume caro. Y porque mueves las manos demasiado. Estate quieta. Respira. Intenta de nuevo.
Seo-ah quiso gritarle. Quiso lanzarle el tenedor de paja a la cara. Pero tenía hambre. Y estaba cansada.
Y algo en la voz de él, a pesar de su dureza, tenía una autoridad difícil de ignorar; una que conseguía que Seo-ah obedeciera.
Para cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de las montañas, Seo-ah estaba cubierta de polvo, sudor, y tenía una ampolla en la mano derecha. Pero había conseguido que Ares permitiera que lo tocara. Una vez. Brevemente. En el hocico.
—Eso es —dijo Namjoon, y por primera vez no sonó a burla—. Mañana empiezas a las cinco.
—¿Cinco de la mañana? —su voz salió como un chillido—. ¡Eso es inhumano!
—Los caballos no entienden de horarios humanos —respondió él, girándose para irse—. Y ahora, ve a bañarte. Cenas en treinta minutos. Si llegas tarde, no hay comida.
Seo-ah lo observó alejarse, demasiado exhausta para discutir. Se arrastró hasta la casa, subió las escaleras, y entró al baño con una expectativa casi infantil por el agua caliente, la espuma, la sensación de limpieza.
Giró la llave de la ducha.
El agua que salió fue gélida. Helada. Glacial.
Gritó, saltando hacia atrás, empapada y congelada.
Salió del baño con la toalla envuelta alrededor de su cuerpo, el cabello chorreando, y bajó las escaleras con pasos furiosos. Encontró a Namjoon en el porche, exactamente donde lo había dejado, leyendo unos documentos bajo la luz de un farol.
—¡No hay agua caliente! —exigió, plantándose frente a él.
Namjoon levantó la vista, pero la apartó casi de inmediato al descubrir que solo llevaba una toalla. Endureció la mandíbula, volviendo a concentrarse en sus papeles con una intensidad exagerada.
—Sube y ponte algo —ordenó, y su voz salió más áspera de lo habitual—. Después discutimos sobre el agua.
—¡Estoy empapada y helada! ¡Contéstame!
—El calentador de agua se dañó hace dos semanas —respondió él, sin levantar la vista—. No he tenido tiempo de repararlo. Aquí todos nos bañamos con agua fría en verano.
—¡No pienso hacerlo!
Namjoon finalmente la miró, pero sus ojos se detuvieron rígidamente en su rostro, evitando descender ni un milímetro.
—Entonces mañana trabajarás oliendo igual que hoy —dijo, y volvió a sus documentos—. Ahora, sube. O llegarás tarde a la cena.
Seo-ah lo miró con la boca abierta, humillada por su desinterés, furiosa porque ni siquiera la miraba como mujer, solo como... como una molestia. Una tarea pendiente.
—Eres despreciable —susurró.
—Lo he oído antes —respondió él, sin inmutarse.
Seo-ah subió a su habitación, se secó con la toalla, y se puso la ropa de dormir sin bañarse. Se miró en el espejo: pelo enredado, ojos de loca, uñas rotas.
Esto es intolerable,pensó.No puedo quedarme aquí. No voy a aguantar esto.
Esperó hasta que la casa estuvo en silencio. Hasta que escuchó los pasos de Namjoon subiendo a su propia habitación, al otro extremo del pasillo. Hasta que todo quedó oscuro y quieto.
Entonces, a la una de la mañana, Seo-ah tomó su bolso —ahora vacío de todo valor—, se puso los zapatos deportivos de Gucci que había intentado limpiar, y salió de la casa en silencio.
Namjoon había escuchado la puerta trasera cerrarse casi una hora antes. No la siguió inmediatamente; conocía aquellos senderos y sabía que todos terminaban devolviendo a los desconocidos hacia el mismo valle. Pero cuando pasó una hora y no regresó, cuando Eclipse comenzó a inquietarse en su box como si sintiera algo en el aire, decidió que había esperado suficiente.
La luna iluminaba el camino de tierra cuando salió montado en Eclipse, sin silla, descalzo, con el teléfono satelital en el bolsillo por si acaso.
La encontró a casi dos kilómetros de la casa, sentada sobre una roca en medio de un campo que no reconocía, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la oscuridad. No lloraba. Si había sentido miedo, lo ocultaba detrás de una expresión de obstinación absoluta.
Namjoon detuvo a Eclipse a unos metros de distancia. La observó desde lo alto, sin expresión en su rostro.
—¿Terminaste? —preguntó.
Seo-ah levantó la vista. Por un segundo, él creyó ver lágrimas en sus ojos, pero parpadearon y desaparecieron, reemplazadas por desafío puro.
—Vine a ver las estrellas —dijo, con voz temblorosa pero desafiante.
—Sin abrigo. Sin linterna. Sin teléfono.
—Me gusta el frío.
Namjoon casi sonrió. Casi. Pero se contuvo. Desmontó con un movimiento fluido y caminó hacia ella, deteniéndose a un metro de distancia.
—Tienes tres opciones —dijo, y su voz era plana, práctica—. Una: te subes a Eclipse conmigo y volvemos a la finca. Dos: sigues tu camino y te encuentro mañana por la mañana, cuando estés aterida de frío, deshidratada y cubierta de picaduras de mosquitos... Tres —hizo una pausa, y cuando continuó, hubo algo casi amable en su tono—... llamas a tu padre desde mi teléfono satelital. Le pides que venga a buscarte. Y todo esto termina. Aquí. Ahora.
Seo-ah lo miró, procesando. La oferta la desarmó. No la estaba obligando a quedarse. Le estaba dando una salida. Una forma de terminarlo todo.
Su mano tembló. Pensó en su padre, en la vergüenza de volver derrotada, en admitir que no había durado ni dos días.
—No... —susurró, y la palabra le supo a derrota—. No puedo llamarlo. No... no puedo volver así. Sin haberlo intentado siquiera.
Namjoon inclinó la cabeza ligeramente.
—Entonces, ¿una o dos?
Seo-ah miró hacia la oscuridad. El sonido de algún animal resonó a lo lejos. Un escalofrío recorrió su espalda. Luego miró a Eclipse, enorme y negro, y finalmente a Namjoon.
—Una —dijo finalmente.
Namjoon asintió una vez. Caminó hacia Eclipse, le susurró algo al oído que hizo que el caballo inmenso bajara la cabeza dócilmente, y luego se giró hacia ella.
—Ven.
Seo-ah intentó levantarse, pero sus piernas cedieron. El agotamiento, el hambre, la tensión, la golpearon de golpe. Namjoon la atrapó antes de que tocara el suelo, rodeándole la cintura con un brazo firme. Durante un segundo quedaron demasiado cerca; lo suficiente para que Seo-ah sintiera el calor de su cuerpo y la aspereza de la camisa contra su mejilla. Sin embargo, apenas comprobó que podía mantenerse de pie, él retiró el brazo con una rapidez casi brusca.
—Sube —dijo, y su voz era áspera—. Agárrate a la crin. No te caigas.
Seo-ah montó en Eclipse, sintiendo los músculos poderosos moverse bajo ella. Namjoon subió detrás, creando una barrera de calor a su espalda, pero manteniendo una distancia deliberada, rígida.
Mientras cabalgaban en silencio hacia la finca, Seo-ah cerró los ojos. No era aceptación. No era resignación. Era simplemente agotamiento.
Pero cuando Namjoon detuvo a Eclipse frente a la casa principal y desmontó, extendiendo una mano para ayudarla a bajar, sus ojos se encontraron por un instante. Y en la mirada de él, ella vio algo que no había estado allí antes.
No era calidez ni simpatía. Era interés. El interés cauteloso de un hombre que acababa de descubrir que el animal frente a él todavía tenía fuerzas para resistirse.
—Mañana empiezas a las cinco —dijo, rompiendo el momento—. Y si intentas escaparte otra vez, te dejaré caminar toda la noche. ¿Entendido?
Seo-ah tragó saliva, enderezando los hombros.
—Entendido —respondió Seo-ah.
Namjoon asintió. Durante un segundo, algo parecido a la aprobación cruzó por su rostro antes de que se girara y desapareciera en la oscuridad con Eclipse.
Seo-ah permaneció sola en el porche, con el corazón golpeándole las costillas y el orgullo todavía ardiéndole en el pecho.
Por primera vez desde que había llegado a la finca, aquella palabra no había sonado a derrota.
Había sonado a declaración de guerra.









ME ENCANTAAAAAAA
así me gusta
que me dominen la vida 😭