Chapter
El avión aterrizó en Brasil con un golpe seco que despertó a Jungkook de su siesta. Había estado soñando con algo raro, como siempre, y se incorporó frotándose los ojos mientras la azafata anunciaba la llegada con una sonrisa demasiado brillante para ser real.
A su lado, Jimin ya estaba de pie, saltando en el pasillo estrecho como si hubiera bebido cinco litros de café.
—¡Jungkook! ¡Despierta! —gritó, golpeándolo en el hombro con su neceser lleno de cosméticos. —¡Llegamos al paraíso!
Jungkook bostezó y lo miró. Jimin llevaba un short tan pequeño que parecía más un cinturón ancho, una blusa blanca que dejaba ver el borde de su sostén rosa fluorescente y unas sandalias que hacían ruido cada vez que caminaba. Su cabello rubio y corto estaba alborotado, sus mejillas sonrosadas por la emoción y sus ojos brillaban con esa energía contagiosa que siempre lo volvía loco.
—¿Paraíso? —repitió él, bostezando levemente. —Yo llamo paraíso a mi cama con aire acondicionado.
—¡Eres un viejo! —Jimin se rió y le tiró una almohada en la cara. —Vamos, todos están bajando.
El aeropuerto era un caos de olores y sonidos. La humedad golpeó a Jungkook como una bofetada caliente y pegajosa en cuanto salió de la terminal.
Sudor comenzó a formarse en su frente mientras arrastraba su maleta gigante, porque su mamá le había empacado ropa para tres meses, aunque solo iban a estar una semana.
Jimin, por el contrario, llevaba una mochila pequeña y caminaba como si hubiera nacido en la playa.
—¡Chicos, el bus está allá! —gritó Taehyung, su amigo con el pelo color rojo, desde la distancia.
Corrieron hacia el micro con cartel de "Viaje de Egresados 2026”.
Jungkook se subió el último, eligiendo un asiento al fondo para no tener que hablar con nadie. Pero Jimin se sentó a su lado sin preguntar, como siempre hacía, y le apoyó la cabeza en el hombro.
—Estoy muy emocionado —dijo el rubio con los ojos cerrados y una sonrisa tonta.
—Ya veo —respondió él, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.
El viaje en bus duró dos horas. Dos horas de canciones horribles que Taehyung ponía desde su parlante portátil, de risas histéricas, de juegos de manos y de las amigas de Jimin maquillándose en el pasillo.
Pero lo que Jungkook no pudo evitar notar fue cómo la mano de Jimin se deslizaba sobre su muslo cuando el bus daba una curva, cómo su respiración se aceleraba cuando él le susurraba algo al oído, cómo sus dedos se entrelazaban con los suyos debajo de la mochila que había puesto en su regazo.
“¿Qué está pasando?” pensó Jungkook.
El complejo de cabañas era un sueño tropical: palmeras por todos lados, una piscina gigante, hamacas de colores colgando entre los árboles y una terraza enorme con parrillas y barras de bebidas.
Los estudiantes bajaron del bus como una horda de zombies felices, corriendo hacia las cabañas para elegir las mejores habitaciones.
Jungkook y Jimin compartían cabaña con Taehyung y Hoseok, dos amigos que se dedicaban a hacer el ridículo constantemente.
La cabaña tenía dos habitaciones: una con cama matrimonial y otra con dos literas.
Taehyung y Hoseok se lanzaron a la matrimonial como si fuera una cama de premio.
—¡Nosotros nos la llevamos! —gritó Taehyung, tirándose en la cama con los brazos abiertos.
—¡Traidores! —gritó Jimin, riéndose. —Bueno, nos toca la litera. Jungkook, ¿quieres la de arriba o la de abajo?
Jungkook lo miró.
La de abajo significaba que Jimin estaría arriba, moviéndose toda la noche, y él no podría dormir. Pero la de arriba significaba que él estaría cerca del techo y Jimin abajo, y no podría verlo.
Ambas opciones eran terribles.
—Arriba —dijo, fingiendo indiferencia.
—Perfecto —respondió, guiñándole un ojo con picardía.
Después de instalarse y cambiarse de ropa, todos se reunieron en la piscina.
Jungkook llevaba su traje de baño negro, ajustado, y una camisa abierta que le daba un aire descuidado pero sexy.
Cuando llegó, todas las chicas lo miraron, y él se sintió incómodo.
Pero cuando vio a Jimin salir de la cabaña con un bikini rojo que apenas cubría lo necesario, se le olvidó cómo respirar.
Era un bikini de dos piezas, rojo fuego, con pequeños lazos en las caderas que parecían a punto de desatarse. El top apenas sostenía sus tetas, y cuando se movía, todo se movía con él.
Jungkook tragó saliva y se metió a la piscina rápido, antes de que alguien notara su erección.
Jimin se lanzó a la piscina con un grito de guerra y cayó encima de Jungkook, sumergiéndolos a ambos en el agua. Salieron tosiendo, riéndose, y Jimin se aferró a sus hombros.
—¡Te atrapé! —dijo, con el agua escurriendo por su rostro.
—Me ahogaste —respondió él, tosiendo de verdad.
—Eres un dramático.
El día transcurrió entre juegos de voleibol acuático, carreras de natación y peleas de almohadas inflables. Jungkook se divirtió más de lo que esperaba, sobre todo porque Jimin se la pasaba todo el tiempo cerca de él, tocándolo, riendo, mojándolo.
Pero cada vez que el rubio se acercaba demasiado, él sentía un calor que no tenía nada que ver con el sol.
A la hora del almuerzo, todos comieron una parrillada gigante. Jimin se sentó al lado de Jungkook y, sin que nadie viera, le robó un pedazo de carne de su plato.
—Oye, esa es mía —dijo él, fingiendo enojo.
—Ahora es mía —respondió Jimin, metiéndosela en la boca con una lentitud exagerada, chupando sus dedos para que él viera cómo movía la lengua.
Jungkook sintió que se iba a desmayar. “Me está provocando a propósito. ¿O solo estoy loco?” pensó.
Taehyung, sentado al otro lado de la mesa, observó la escena con una sonrisa pícara.
—Oye, Jungkook, ¿por qué estás tan rojo? ¿Te quemó el sol?
—Es el calor —mintió Jungkook.
—Claro, el calor —repitió Taehyung, con una carcajada.
Por la noche, todos se reunieron en el salón principal para la fiesta de bienvenida.
Luces de colores, música a todo volumen, y un bar con bebidas que parecían más alcohol que refresco.
Jungkook se tomó un par de copas para relajarse, mientras veía a Jimin bailar en la pista con sus amigas.
Jimin se movía como si el cuerpo no le perteneciera, como si la música lo poseyera. Su bikini rojo se había mojado en la piscina y aún no se había secado del todo, lo que hacía que la tela se le pegara al cuerpo. Jungkook no podía dejar de mirarlo, y eso lo estaba volviendo loco.
En un momento, Jimin lo vio desde la pista, separado de su grupo, y le hizo una seña para que se acercara. Jungkook dudó un segundo y luego se levantó, caminando hacia él como si fuera un sonámbulo.
—Baila conmigo —dijo, tomándolo de la mano.
—No sé bailar —respondió él, con honestidad.
—Aprende rápido —dijo Jimin, y comenzó a moverse contra él.
No era un baile normal. Era un baile pegajoso, caliente, de esos que solo se hacen cuando quieres que la otra persona sepa exactamente lo que estás pensando. Jimin frotó su cadera contra la de él, sus manos subieron por su pecho hasta su cuello, y sus labios se acercaron a su oído.
—¿Sabes qué? —susurró, su voz apenas audible sobre la música. —He estado pensando en esto todo el día.
—¿En qué? —preguntó Jungkook, con la voz ronca.
—En ti —respondió, y luego lo besó.
Fue un beso rápido, casi tímido, pero sus labios suaves dejaron una sensación eléctrica en la boca de Jungkook. Él se quedó paralizado un segundo, y luego reaccionó, tomándolo por la cintura y atrayéndolo hacia sí.
—¿En serio? —preguntó, jadeando.
—En serio —respondió el rubio, mordiéndose el labio inferior.
Y entonces Jungkook lo besó de verdad, con todo lo que había estado guardando durante meses. Fue un beso profundo, húmedo, lleno de lengua y de deseo. Las manos de Jungkook recorrieron la espalda de Jimin hasta la curva de sus glúteos, apretándolo contra él. Jimin gimió suavemente contra su boca y se aferró a su camisa.
—¡Oh, miren a los tortolitos! —gritó alguien desde la pista, y todos se rieron.
Jungkook y Jimin se separaron rápido, pero la sonrisa que compartieron era la misma: una sonrisa de complicidad, de "esto recién empieza".
La fiesta continuó, pero Jimin y Jungkook ya no estaban bailando con los demás. Habían encontrado un rincón oscuro cerca del escenario, donde las luces de colores apenas alcanzaban, y se besaban como si no hubiera un mañana.
Las manos de Jimin estaban debajo de la camisa de Jungkook, acariciando su abdomen, y las de Jungkook viajaban por sus piernas, subiendo cada vez más.
—No puedo más —murmuró Jimin, con la voz quebrada. —Necesito sentirte.
—Aquí no —respondió él, mirando a su alrededor. —Hay demasiada gente.
—Entonces busca un lugar.
Jungkook tomó su mano y lo llevó hacia los baños. No era el lugar más romántico del mundo, pero en ese momento no les importaba.
Abrieron la puerta de un baño individual, se metieron adentro y cerraron con llave.
El olor a desinfectante barato y la luz fluorescente eran todo menos sensuales, pero cuando Jungkook vio a Jimin apoyado contra la pared, con sus tetas subiendo y bajando rápidamente, sintió que iba a explotar.
—Eres tan hermoso —dijo él, acercándose.
—Cállate y bésame —ordenó.
Y lo hizo. Jungkook lo alzó y lo sentó en el lavamanos, metiéndose entre sus piernas. Sus manos subieron por sus muslos, sintiendo la piel caliente y suave, y luego encontraron la tela de su bikini. Jimin se arqueó hacia él, soltando un gemido ahogado.
—¿Estás seguro? —preguntó Jungkook, deteniéndose un momento.
—Si me preguntas una vez más, te golpearé —respondió Jimin, con una sonrisa.
Eso fue suficiente.
Jungkook le quitó el bikini con manos torpes ya aue estaba tan nervioso como excitado, y luego se quitó su propio traje de baño.
Jimin lo observó, mordiéndose el labio, y él sintió el calor de su mirada en cada centímetro de su cuerpo.
—Ven aquí —dijo Jimin, abriendo las piernas.
Jungkook se acercó y, con una lentitud que era tan dulce como tortuosa, y metió su verga en su coño.
Jimin gimió fuerte, sus manos en su espalda, sus uñas clavándose en su piel.
Jungkook comenzó a moverse, primero despacio, sintiendo cómo Jimin se adaptaba a él, y luego más rápido, más profundo, con un ritmo que los dos seguían instintivamente.
—Así —susurró el rubio, con los ojos cerrados. —Así, así, así.
El espejo del lavamanos se empañó por el calor de sus cuerpos. La puerta del baño temblaba con cada embestida.
Jimin mordió el hombro de Jungkook para no gritar, y él respondió mordiéndole el cuello, justo donde su pulso latía descontrolado.
—Voy a —empezó Jungkook, pero Jimin lo interrumpió con otro gemido.
—Yo también —gimió, y apretó sus piernas alrededor de él, atrayéndolo más adentro.
Se corrieron untos, en un espasmo que los dejó sin aliento, abrazados y sudorosos, en el pequeño baño.
Jungkook apoyó su frente en la de él, sus respiraciones mezclándose.
—Eso fue —dijo él.
—Increíble —completó.
—Y en un baño.
—Qué romántico —Jimin se rió, y él también.
Se vistieron rápido, riéndose como idiotas, y salieron del baño fingiendo que no había pasado nada.
Pero cuando se reencontraron con sus amigos, Taehyung los miró con una sonrisa de "yo sé lo que hicieron".
—¿Se divirtieron? —preguntó con picardía.
—Mucho —respondió Jimin, guiñándole un ojo a Jungkook.
La mañana siguiente amaneció con un sol radiante y el plan de hacer kayak en el río.
Jungkook se despertó temprano, con una sonrisa tonta en la cara, recordando cada detalle de la noche anterior.
Cuando bajó de la litera, Jimin ya estaba despierto, sentado en la cama de abajo con su bata puesta y el cabello alborotado.
—Buenos días —dijo Jimin, con una voz ronca y sexy.
—Buenos días —respondió él, sintiendo que se sonrojaba.
—¿Dormiste bien? —preguntó, con una sonrisa pícara.
—No —admitió. —No pude dejar de pensar en...
—¿En el baño? —Jimin se rió.
—En ti —corrigió él, sentándose a su lado.
Jimin se inclinó y lo besó, un beso suave y lento que prometía más.
Pero Taehyung entró de golpe a la habitación, gritando "¡Al agua patos!", y el momento se rompió.
El kayak fue un caos total. Jimin se subió al mismo que Jungkook, y desde el primer momento, no dejó de hacer comentarios calientes.
—Remamos más rápido —dijo el rubio, frotando su pie contra la pierna de Jungkook debajo del agua.
—Jimin, nos vamos a volcar —respondió él, con la voz temblorosa.
—Mejor —dijo.
Y efectivamente, se volcaron.
Jungkook salió del agua tosiendo y riendo, y Jimin salió detrás de él, con la blusa transparente pegada a su cuerpo, mostrando todo.
Jungkook se quedó mirando, hipnotizado.
—Te gusta lo que ves, ¿verdad? —dijo Jimin acercándose.
—Demasiado —respondió, tomándolo de la mano y llevándolo detrás de unos matorrales.
Entre las hojas verdes y el sonido del río, Jungkook lo besó con hambre, y sus manos subieron por sus costados. Pero el ruido de los otros kayaks se acercaba, y tuvieron que separarse de nuevo, frustrados.
—Esta noche —dijo Jimin. —En la cabaña. Sin escapatoria.
—Prometido —respondió él.
La tarde trajo tirolesa, una actividad que Jimin y Jungkook aprovecharon para hacer de las suyas de una manera más discreta.
La tirolesa cruzaba todo el complejo, desde una colina hasta la playa. Jungkook fue primero, gritando como un niño pequeño mientras bajaba a toda velocidad.
Jimin fue después, pero antes de lanzarse, se acercó a Jungkook, que lo esperaba abajo, y le susurró al oído:
—Cuando baje, te voy a besar donde nadie vea.
Y lo hizo. En el momento en que llegó al final, Jungkook lo tomó de la cintura y lo besó en el cuello, justo en la zona donde el arnés de seguridad dejaba la piel expuesta. Jimin gimió suavemente, y los instructores de la tirolesa se rieron, pensando que eran una pareja de enamorados.
La noche llegó rápido, y con ella, la fiesta del "Día de la Selva", donde todos iban disfrazados de animales.
Jungkook se puso una máscara de tigre y un pantalón de camuflaje, mientras que Jimin llevaba un diminuto atuendo de leopardo que dejaba sus piernas y su vientre al descubierto.
Bailaron toda la noche, pegados, sus cuerpos frotándose entre la multitud.
Jungkook no podía dejar de tocar a Jimin, y este no podía dejar de gemir su nombre en su oído. En un momento, Jimin lo tomó de la mano y lo llevó a un rincón oscuro, donde la luz apenas llegaba.
—Aquí —dijo, y se arrodilló.
—Jimin, ¿qué haces? —preguntó Jungkook, sorprendido.
—Silencio —respondió Jimin, y desabrochó su pantalón.
Lo que siguió fue una experiencia que Jungkook jamás olvidaría. Jimin usó su boca y sus manos con una habilidad que lo dejó sin aire, sus dedos enredados en su cabello, su espalda apoyada contra la pared de madera. No pudo evitar gemir, y Jimin rió entre sus piernas.
—¿Te gusta? —preguntó, levantando la cabeza por un momento.
—Más de lo que imaginas —respondió Jungkook, jadeando.
Cuando se corrió, Jungkook lo levantó y lo besó, sintiendo su propio sabor en sus labios.
—No puedo más —susurró Jimin contra su oído, su voz apenas audible sobre el estruendo de la música, pero su aliento caliente recorrió la piel de Jungkook como una caricia eléctrica. —Necesito estar a solas contigo. Ahora.
Jungkook sintió cómo esas palabras le recorrían la espalda y se instalaban en su pene, endureciéndolo instantáneamente de nuevo. Tomó su mano y comenzó a abrirse paso entre la multitud. Fue un caos. Cuerpos sudorosos se estrellaban contra ellos, alguien derramó una bebida sobre su camisa, y una chica borracha casi se cae encima de Jimin. Pero ellos no se detuvieron. Jungkook apretó la mano de Jimin con fuerza y lo guió a través del mar de gente, esquivando brazos y piernas, respirando el aire caliente y cargado de alcohol.
Salieron del salón y el cambio fue brutal.
El silencio de la noche tropical los envolvió, roto solo por el canto de los grillos y el susurro de las hojas de las palmeras.
La luna llena iluminaba el sendero de tierra roja que llevaba a las cabañas, y Jungkook sintió que su corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos.
—Corramos —dijo Jimin, con una sonrisa salvaje en los labios.
Y corrieron. Jungkook sintió que se reía mientras sus pies golpeaban la tierra, la arena crujiendo bajo sus zapatos, el viento nocturno enfriando su piel caliente.
Jimin iba adelante, su cabello rubio saltando, su trasero moviéndose bajo esa tela diminuta, y él no podía dejar de mirarlo.
Era como perseguir a un animal hermoso y salvaje, y él era el cazador que estaba a punto de atrapar a su presa.
Llegaron a la cabaña jadeando, riendo, sus pulmones ardiendo por el esfuerzo.
La puerta estaba entreabierta, y cuando entraron, el silencio les confirmó lo que esperaban: Taehyung y Hoseok seguían en la fiesta. Estaban solos. Por fin.
Jungkook cerró la puerta y giró la llave con un clic que resonó en el silencio. Se quedó apoyado contra la madera, mirando a Jimin, que estaba de pie en medio de la sala, su pecho subiendo y bajando rápidamente.
—Esta vez —dijo Jungkook, su voz grave y ronca, llena de un deseo que había estado conteniendo durante horas. —No vamos a tener prisa.
Jimin se mordió el labio inferior, un gesto que Jungkook conocía bien y que siempre lo volvía loco. Sus ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo, y cuando volvieron a encontrarse con los suyos, había algo en su mirada que era pura lujuria.
—Me gusta cómo piensas —respondió Jimin, y su voz era un susurro ronco que prometía todo.
Jungkook se separó de la puerta y caminó hacia él con pasos lentos y decididos. Cuando estuvo frente a él, alzó una mano y tocó su mejilla, deslizando sus dedos por su mandíbula y bajando hasta su cuello, donde sintió su pulso acelerado.
—Estás temblando —dijo él, con una sonrisa.
—Es por ti —respondió, inclinando la cabeza hacia su mano, buscando más contacto.
Jungkook no esperó más. Lo levantó en sus brazos con una facilidad que lo sorprendió a él mismo, sintiendo el peso ligero de su cuerpo contra el suyo.
Jimin soltó una risita y rodeó su cuello con los brazos, sus piernas enroscándose alrededor de su cintura. Él lo llevó hacia la litera de abajo, la que Jimin había elegido la primera noche, y lo dejó caer suavemente sobre el colchón.
Jimin quedó tendido sobre las sábanas, su cabello esparcido en desorden sobre la almohada, su atuendo de leopardo arrugado y torcido.
Jungkook se arrodilló en el borde de la cama y lo miró, sintiendo que el tiempo se detenía. Podía ver cada detalle: el brillo de sus ojos, el movimiento de su pecho al respirar, la humedad en sus labios entreabiertos.
—Eres tan hermoso —dijo, y no era una mentira, era la verdad más absoluta que había sentido en su vida.
Jimin sonrió y extendió un brazo, tomándolo por la camisa y atrayéndolo hacia él. Jungkook cayó sobre su cuerpo, apoyándose en sus codos para no aplastarlo, y sus labios se encontraron en un beso que fue todo menos suave. Era un beso hambriento, desesperado, lleno de meses de deseos reprimidos. Jimin abrió la boca y Jungkook introdujo su lengua, saboreando el dulce sabor de su boca, mezclado con el alcohol de la fiesta y algo que era solo de Jimin.
Las manos de Jungkook comenzaron a explorar. Primero, sus dedos se enredaron en el cabello de Jimin, acariciando su cuero cabelludo, sintiendo la suavidad. Luego bajaron por su cuello, deslizándose sobre su piel caliente, y llegaron a sus hombros, donde la tela del atuendo de leopardo apenas cubría. Él tiró de la fina correa que sostenía la parte superior, y el top se deslizó hacia un lado, dejando al descubierto uno de sus pechos.
Jungkook se detuvo un momento, mirando la piel suave, el pezón erecto y rosado que sobresalía en el centro. Sintió que se le secaba la garganta.
—¿Te gusta? —preguntó Jimin, con una sonrisa pícara.
—Demasiado —respondió él, y bajó la cabeza para tomar su pezón en su boca.
Jimin soltó un gemido agudo cuando la lengua de Jungkook rozó la punta sensible. Él lo rodeó, lo lamió con movimientos circulares, y luego lo succionó suavemente, sintiendo cómo Jimin se arqueaba hacia él, buscando más. Con su mano libre, Jungkook subió por el costado de su cuerpo, acariciando la curva de su cintura, la suavidad de su costillas, y luego encontró el otro pecho, que aún estaba cubierto. Lo apretó con suavidad, sintiendo su peso en su palma, y Jimin gimió de nuevo.
—No pares —susurró el rubio, con la voz quebrada.
Jungkook no tenía intención de hacerlo. Alternó entre un pecho y el otro, usando su boca, sus dedos, su aliento caliente.
Jimin se retorcía debajo de él, sus manos en su espalda, arañando la tela de su camisa, tirando de ella para que se la quitara.
—Quítatelo —ordenó.
Jungkook se incorporó lo suficiente para desabrochar los botones de su camisa con manos torpes, porque sus dedos temblaban por la excitación. Cuando la camisa cayó al suelo, Jimin extendió sus manos y recorrió su pecho desnudo, sus dedos rozando sus pectorales, su abdomen marcado, la línea de vello que bajaba desde su ombligo hasta su pantalón.
—Eres tan perfecto —dijo Jimin, y su voz tenía un tono de admiración que hizo que Jungkook se sintiera diez pies más alto.
—Dime lo que quieres —respondió él, inclinándose para besar su cuello, mordiendo suavemente la piel. —Dímelo.
—Quiero todo —dijo Jimin, y su voz era un gemido. —Quiero sentirte en mí, quiero que me toques, quiero que me hagas tuyo.
Jungkook bajó por su cuerpo, dejando un rastro de besos y mordiscos desde su cuello hasta su pecho, desde su pecho hasta su estómago. En cada centímetro de piel, se detenía para saborearla, para sentir cómo temblaba bajo sus labios. Cuando llegó a su vientre, Jimin se retorció, riendo entre gemidos.
—Eso cosquillea —dijo, con una risita.
—¿Aquí? —preguntó Jungkook, soplando sobre su ombligo.
—¡Jungkook! —gritó, riendo a carcajadas. —¡No seas malo!
Él rió también, y el sonido de su risa mezclada llenó la cabaña. Pero pronto, la risa se convirtió en algo más. Jungkook bajó más, sus labios rozando la tela del diminuto short que Jimin llevaba.
Podía ver la humedad que ya se formaba en la tela, el oscurecimiento que delataba lo mucho que lo deseaba.
—¿Puedo? —preguntó, con la voz ronca.
—Por favor —respondió Jimin, levantando las caderas para ayudarlo.
Jungkook deslizó el short hacia abajo con una lentitud tortuosa, revelando sus piernas largas y bronceadas, la curva de sus caderas, la pequeña tira de tela de su ropa interior que apenas cubría su coño. Cuando el short cayó al suelo, Jungkook se detuvo a mirarlo. Estaba casi desnudo, solo con ese diminuto hilo de tela que se mojaba cada vez más, y él sintió que iba a explotar.
—Eres increíble —dijo, y no eran palabras vacías.
Bajó su cabeza y besó su vientre, justo encima de la línea de su ropa interior. Jimin se estremeció. Luego, con movimientos lentos, Jungkook deslizó sus dedos bajo la tela y la bajó, dejando su coño completamente al descubierto. Estaba mojado, brillante bajo la luz tenue, y el olor de su deseo llegó hasta él, intoxicante.
Jungkook no dudó. Se inclinó y pasó su lengua, un movimiento lento y deliberado que hizo que Jimin se arqueara con un grito.
—¡Oh, dios! —gimió Jimin, sus manos enredándose en el cabello de Jungkook. —No pares, por favor no pares.
Él no tenía intención de hacerlo. Usó su lengua para explorar, para descubrir qué lo hacía gemir más fuerte. Primero, movimientos largos y suaves, sintiendo su sabor en su lengua. Luego, círculos alrededor de la pequeña protuberancia que sobresalía, y Jimin se retorció, sus caderas moviéndose contra su boca.
—Así —susurró. —Así, así, así.
Jungkook introdujo un dedo lentamente, sintiendo cómo su coño se cerraba a su alrededor, caliente y apretado. Jimin gimió, y él añadió otro dedo, moviéndolos dentro mientras su lengua seguía trabajando. El ritmo se volvió frenético, Jimin moviendo sus caderas al mismo compás, sus gemidos haciéndose más agudos, más desesperados.
—Voy a —dijo, y su voz se quebró.
—Déjate ir —dijo Jungkook, sin detenerse. —Quiero sentirte.
Y Jimin lo hizo. Su cuerpo se tensó, arqueándose hacia arriba, mientras un gemido largo y profundo escapaba de sus labios. Jungkook sintió cómo se contraía alrededor de sus dedos, cómo sus músculos se apretaban y soltaban en ondas, y la sensación lo excitó más de lo que había imaginado.
Cuando el temblor pasó, Jimin cayó sobre la cama sin fuerzas, su pecho subiendo y bajando rápidamente, sus ojos cerrados, una sonrisa de satisfacción en los labios.
—Eso fue... —empezó, sin aliento.
—Solo el comienzo —dijo Jungkook, subiendo para besarlo. Jimin sintió su propio sabor en sus labios y gimió.
Jimin se incorporó y, con movimientos rápidos y decididos, comenzó a desabrochar el pantalón de Jungkook. Él lo ayudó, quitándoselo junto con su ropa interior en un solo movimiento. Quedó desnudo frente a Jimin, su erección dura y palpitante, el rubio lo miró con una mezcla de deseo y admiración.
—Ven aquí —dijo Jimin, acostándose de nuevo y abriendo las piernas. —Te necesito dentro de mí.
Jungkook se colocó entre sus muslos, sintiendo el calor de su piel, la humedad que aún lo cubría. Se tomó un momento para mirarlo: su cabello despeinado, sus ojos brillantes, sus pechos subiendo y bajando, su cuerpo abierto y ofrecido para él.
—¿Estás listo? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Llevo meses listo —respondió.
Jungkook se inclinó y lo besó mientras se alineaba con su entrada. Jimin envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sus talones presionando sus glúteos para atraerlo más cerca. Y entonces, lentamente, Jungkook entró en él.
Jimin soltó un gemido que se perdió en el beso, y él sintió cada centímetro de su interior, caliente y apretado, envolviéndolo por completo. Se detuvo un momento para que se acostumbrara.
—Muévete —susurró, y había una urgencia en su voz. —Muévete, por favor.
Jungkook comenzó a moverse con lentitud. Pero pronto, el ritmo se aceleró. Cada embestida era más profunda que la anterior, y el sonido de sus cuerpos chocando llenaba la cabaña, mezclado con los gemidos de Jimin y los jadeos de Jungkook.
—Más fuerte —pidió Jimin, y Jungkook obedeció.
Tomó sus caderas y cambió el ángulo, encontrando ese punto que lo hizo gritar su nombre. Jungkook sintió que el control se le escapaba, pero no quería parar. Jimin estaba debajo de él, sus uñas en su espalda, sus piernas apretándolo, su boca en su cuello mordiéndolo mientras él lo embestía una y otra vez.
—Voy a correrme —dijo Jungkook con la voz rota. —No puedo evitarlo.
—Hazlo —respondió. —Hazlo dentro de mí.
Esas palabras fueron la última chispa. Jungkook sintió cómo el placer se acumulaba en su vientre y explotaba, un espasmo que recorrió todo su cuerpo mientras se derramaba dentro del rubio. Jimin se corrió con él, su cuerpo tensándose, sus gritos ahogados en el hombro de Jungkook, mientras ambos temblaban y se aferraban el uno al otro.
Cuando el temblor pasó, Jungkook cayó sobre él, su peso apoyado en sus codos, su frente apoyada en la suya. Estaban sudorosos, sin aliento, pero sonriendo.
—Eso fue... —dijo Jungkook.
—Increíble —completó Jimin. —Pero no hemos terminado.
—¿No? —preguntó él, sorprendido.
—No —respondió, y con un movimiento rápido, lo volteó para quedar encima de él. —Ahora me toca a mí.
Jimin se sentó sobre él, con Jungkook aún dentro, y comenzó a moverse. Era diferente a antes. Jimin controlaba el ritmo, la profundidad, la velocidad, y Jungkook solo podía mirarlo, sus manos en sus caderas, sintiendo cómo subía y bajaba sobre él. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando su cuerpo desnudo, sus pechos rebotando con cada movimiento.
—Te ves tan sexy —dijo Jungkook, y no podía creer que esto fuera real.
—Shh —respondió Jimin, poniendo un dedo sobre sus labios. —Déjame hacer esto.
Jimin se inclinó hacia atrás, apoyando sus manos en los muslos de él, y cambió el ritmo. Ya no subía y bajaba, sino que se movía en círculos, sintiendo cómo él lo llenaba desde todos los ángulos.
Jungkook gimió, sus manos apretando sus caderas, y sonrió, satisfecho.
—¿Te gusta? —preguntó el rubio.
—Demasiado —respondió él, con la voz ronca.
Jimin se inclinó hacia adelante, sus pechos rozando el pecho de Jungkook, y lo besó con deseo. Sus lenguas bailaron mientras seguía moviéndose, y Jungkook sintió que la excitación se acumulaba de nuevo, más rápido de lo que había imaginado.
—No puedo durar mucho —admitió él.
—Yo tampoco —respondió Jimin, y aceleró el ritmo.
Jungkook sintió cómo su coño se apretaba alrededor de él, y supo que estaba cerca. Él también. Con un último esfuerzo, Jimin se movió más rápido, más fuerte, hasta que ambos gritaron al mismo tiempo, sus cuerpos encontrándose en un orgasmo que los dejó temblando y sin aliento.
Jimin cayó sobre su pecho, su respiración agitada, y Jungkook lo abrazó, sus manos acariciando su espalda.
—Te amo —dijo él, sin pensar.
Jimin levantó la cabeza y lo miró, sus ojos brillando.
—Yo también te amo —respondió, y lo besó con ternura.
Pero no terminó ahí.
Entre susurros y caricias, encontraron fuerzas para una tercera vez, y una cuarta.
Jungkook lo puso boca abajo, entrando desde atrás, sintiendo cómo sus caderas se movían al ritmo de sus embestidas.
Jimin enterró su rostro en la almohada para no gritar, sus manos retorciendo las sábanas. Jungkook lo tomó del cabello, jalándolo suavemente, haciendo que gimiera su nombre.
—No pares —pidió Jimin. —No pares, no pares, no pares.
Él no paró. Lo llevó al borde una y otra vez, sintiendo cómo se deshacía bajo sus manos, cómo su cuerpo se rendía al placer.
Cuando finalmente terminaron, estaban enredados en las sábanas, sin ropa, sin fuerzas, solo ellos dos.
—Eres increíble —dijo Jungkook, acariciando su cabello, que ahora estaba pegado a su frente por el sudor.
—Tú también —respondió el rubio, besándolo suavemente. —Nunca había sentido algo así.
—Yo tampoco —admitió él, sintiendo que las palabras eran demasiado pequeñas para lo que realmente sentía.
Jimin se acurrucó contra su pecho, y Jungkook lo rodeó con sus brazos, sintiendo el latido de su corazón que poco a poco se calmaba. Afuera, los grillos seguían cantando, y el viento movía las hojas de las palmeras.
Pero dentro de la cabaña, solo existían ellos dos, su calor, su olor, su presencia.
A la mañana siguiente, Jungkook y Jimin bajaron al desayuno con una energía renovada.
Taehyung y Hoseok los miraron con sonrisas cómplices.
—Oye, Jungkook —dijo Taehyung, mordiendo un pan. —¿Por qué tienes marcas en el cuello?
Jungkook se tocó el cuello, sintiendo los chupetones que Jimin le había hecho la noche anterior, y se sonrojó hasta las orejas.
—Son... mosquitos —dijo, con voz débil.
—Mosquitos —repitió Hoseok, ahogándose de risa. —Sí, mosquitos con lengua, seguro.
Jimin se rió a carcajadas, sin ningún pudor, y le dio un beso en la mejilla a Jungkook.
—Son mis mosquitos —dijo, con orgullo.
Todos en la mesa comenzaron a gritar y a silbar, y Jungkook quiso esconderse debajo de la mesa. Pero Jimin lo tomó de la mano y no lo soltó en todo el desayuno.
El último día del viaje, todos estaban melancólicos. Habían hecho tantas cosas: habían nadado, bailado, reído, y Jungkook y Jimin habían hecho mucho más que eso. Antes de subir al autobús de regreso, se escabulleron detrás de la cabaña por última vez.
—No quiero que termine —dijo Jimin, con los ojos brillantes.
—Yo tampoco —respondió Jungkook, abrazándolo fuerte.
—Pero prométeme que esto no va a cambiar —dijo el rubio, levantando la cara para mirarlo. —Que cuando lleguemos a casa, seguiremos siendo nosotros.
—Lo prometo —dijo él, y lo besó con ternura.
Pero la ternura se convirtió rápidamente en algo más. Jungkook lo apoyó contra la pared de la cabaña, sus manos subieron por sus muslos, y Jimin se aferró a él con urgencia.
El autobús estaba a punto de irse, pero no les importó.
Era su último momento en ese lugar, y querían que fuera inolvidable.
Jungkook lo levantó y lo sostuvo contra la pared, entrando en su coño con una mezcla de desesperación y amor.
Jimin gimió, sus dedos enterrados en su espalda, su boca en su cuello.
—Más —pidió Jimin. —Más fuerte.
—Siempre —respondió él, y se movió con un ritmo frenético que los dejó a ambos sin aliento.
Cuando terminaron, estaban sudorosos, temblorosos y riendo.
—Nunca voy a olvidar este viaje —dijo Jimin.
—Yo tampoco —respondió Jungkook.
Se vistieron rápido y corrieron hacia el autobús, justo a tiempo para subir.
Taehyung los miró con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Se divirtieron en la despedida? —preguntó.
—Mucho —dijeron al unísono.
En el viaje de regreso, Jimin se sentó al lado de Jungkook, su cabeza apoyada en su hombro, sus dedos enredados con los de él.
Afuera, el sol tropical se despedía lentamente, tiñendo el cielo de naranja y rosa.
Jungkook lo miró, con sus ojos cerrados y una sonrisa en la cara, y sintió que su corazón explotaba de felicidad. No sabía qué pasaría cuando llegaran a casa, si sería igual, si Jimin seguiría queriéndolo. Pero en ese momento, con él en sus brazos, todo era perfecto.
—Te amo —susurró, tan bajito que nadie más lo escuchó.
Jimin abrió los ojos y lo miró con una sonrisa radiante.
—Yo también te amo —respondió, y lo besó suavemente.
El autobús siguió su camino, mientras ellos se quedaban dormidos en el asiento, abrazados, soñando con todo lo que había pasado y todo lo que vendría.
Porque ese viaje de egresados no solo había sido una semana de fiesta y diversión, sino el comienzo de algo que ninguno de los dos esperaba, y que estaba destinado a ser mucho más que una aventura tropical.








