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Zafiro

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Sinopsis

Un lugar remoto, una rutina inimaginable, una casa llena, un ambiente silencioso.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
newworm
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Primer capítulo

Bernardo era un hombre de poder, fuerte, temido. Su puesto de gobernador le otorgaba una influencia desproporcionada, más de la que cualquier otro había tenido en aquel pueblo remoto y olvidado por el resto del país. Tenía varias mujeres, pero las tenía cautivas. Las adquiría mediante acuerdos con las familias, ofreciéndoles tierras, documentos, posiciones gubernamentales o simplemente la posibilidad de sobrevivir con un poco más de dignidad.

Zafiro era una de esas mujeres. Había sido criada con un único propósito: convertirse en un intercambio más para Bernardo. Desde pequeña, su existencia había sido moldeada para complacerlo. Vivía en una casa de largas recámaras alineadas una tras otra a lo largo de un pasillo blanco, con paredes desnudas y ventanas sin cristales, cubiertas apenas por cortinas delgadas que nunca se cerraban del todo. Cada mañana, la luz inundaba el interior de la casa, donde era común ver a las mujeres cruzarse entre el baño, sus habitaciones y la cocina sin hablar más de lo necesario.

No existía un cuarto principal. Bernardo dormía donde le apeteciera cada noche, sin patrón alguno. Era silencioso como la casa misma. Nunca impuso reglas de forma explícita; simplemente las acostumbró a su manera de vivir, y eso bastó. Las mujeres no conocían otra realidad. Como Zafiro, la mayoría había sido criada para la sumisión, para existir sin hacerse notar, esperando instrucciones del hombre al que fueron entregadas.

Ocasionalmente, Zafiro se preguntaba qué se sentiría escapar, pero nunca lo intentaba. Había una sensación de comodidad en lo conocido. Era su casa, después de todo. Desde que tenía memoria, le habían dicho que ese era su destino.

Cuando le hablaba a Bernardo, lo llamaba “amor”. Nunca perdió la ilusión de enamorarse, aunque no hablaban mucho. Ella solo lo hacía cuando él se lo pedía.

—Tráeme algo de tomar —decía él.

—¿Quieres agua o naranjada, amor? —respondía ella.

Esa era su dinámica: existir una al lado del otro, sin saber si esa noche le tocaría la cama sola o la compañía del hombre que había aprendido a considerar suyo. Físicamente, Bernardo le resultaba atractivo: trigueño, alto, de complexión ancha. Dormir sobre su pecho era, para Zafiro, la definición del amor. Sentir sus brazos alrededor de su cuerpo, el calor de su piel, la hacía sentir protegida. En la intimidad era cuidadoso, y eso bastaba para llenar todas las expectativas que su padre le había inculcado desde niña.

Don Fernando era un hombre mayor, creativo, audaz, pero eternamente precario. Nunca fue su deseo tener familia, pues apenas podía sostenerse a sí mismo. Sin embargo, al conocer los intereses del gobernador, concibió una idea: formar una familia para obtener algo a cambio. Tomó como esposa a una campesina lo suficientemente sumisa como para aceptar la idea de engendrar una hija y entregarla al poder.

El acuerdo era sencillo: le daría una hija a cambio de títulos de propiedad. Y tuvo suerte: en el primer intento nació Zafiro. Lo celebró con frialdad. Su ambición superaba por mucho el amor que podía haber sentido por su hija.

La madre decidió llamarla Zafiro, ya que le habían contado que alguien había conocido a una persona que había visto a una mujer que usaba una piedra color azul que tenía mucho valor como collar. Esto quedó en su mente para siempre. Imaginaba una piedra azul, intentaba visualizar su tono, su textura e imaginaba cómo es que las mujeres la utilizaban en joyas. Cada que la madre admiraba la belleza de su hija, pensaba en que así deberían ser de bellas esas piedras azuladas.

Zafiro creció sin aprender a leer, pero desarrolló una gran habilidad para mantener la casa impecable y servir las comidas, aunque no hubiera casi nada para cocinar. Era curiosa: se preguntaba cómo volaban las mariposas, por qué sangraba al cortarse, cómo los árboles daban naranjas. Observaba con atención, sin hacerse notar.

Ahora tenía 18 años y llevaba dos años viviendo en la casa de Bernardo. Era la más joven. Disfrutaba de los pequeños placeres: alimentos ácidos, agua fresca, los chiles que una de las mujeres mayores había logrado sembrar al borde de una ventana. Su mundo era ese: una casa llena de otras mujeres silenciosas, cada una encerrada en su propia habitación, sin saber lo que ocurría tras la puerta contigua. Todas asumían que eran tratadas de la misma manera.

Para Zafiro y las demás, el mundo de afuera no existía. Dentro de la casa no sufrían hambre, ni frío. Tenían más comodidades que la mayoría de las mujeres del pueblo, pero ninguna libertad. Habían aprendido que era preferible someterse a los gustos de Bernardo antes que enfrentarse a la incertidumbre del exterior.

No había rutina clara. Hablaban solo lo necesario. Todas nacieron para esto. Cada una limpiaba su cuarto; la ropa sucia iba en una cesta que alguien lavaba sin que supieran quién. Algunas no sabían su edad, otras no tenían nombre. Nadie sabía cuántas mujeres había en la casa. Solo Bernardo.

Ninguna era especial. Todas recibían un trato simple pero cortés. Si alguna necesitaba algo, Bernardo lo llevaba. Nada entraba ni salía sin su permiso.

Él las conocía por completo: cuerpos, pensamientos, dolores, tiempos fértiles. Tenía relaciones con cada una según ese calendario. No deseaba que compartieran el lecho. Cada noche elegía con quién dormir, y las conocía lo suficiente para saber qué le gustaba a cada una.

Si una pedía algo en la cama, la ignoraba. Si desobedecía, le negaba su próxima petición. No las llamaba por nombre, no por temor a confundirlas, sino porque no le interesaba. Para él, solo existían para satisfacerlo.

Su despacho estaba al otro lado del pueblo. Recorría a caballo la calle principal cada día, incluso domingos. No había religión ni descanso. Le resultaba tedioso quedarse con sus mujeres todo el día. Solo llegaba por la tarde a cenar, y elegía una recámara.

El pueblo fue fácil de dominar. Vivían en un fértil valle entre montañas vírgenes, sin estructura ni contacto con el mundo. Hablaban español a tropiezos, vestían ropas hechas a mano. Cuando su avioneta aterrizó de emergencia, los habitantes lo vieron descender del cielo y lo trataron como un ser divino. A él le encantó esa simplicidad.

Les llevó ropa, utensilios de cocina y una maestra que les enseñara buen español. No instaló hospitales ni escuelas. Con influencia política, logró fundar el pueblo y nombrarse gobernador. Se esforzaba en que no llegaran ni iglesias ni otros funcionarios. Quería mantener la vida del pueblo como estaba y vivir ahí a su manera.

La casa estaba alejada. Desde las ventanas se veían montañas y pinares. La brisa era fresca pero no fría. Al entrar, la sala tenía muebles de mimbre y una mesa con una cesta llena de hilos y agujas. Luego la alacena y el largo pasillo con habitaciones iguales: puertas talladas, camas justas para dos, roperos y mesas pequeñas.

No tenía un gusto específico en las mujeres. Ninguna pasaba de 30. Le atraía el silencio y la feminidad. Durante su tiempo en la ciudad, no podía dejar de admirar los cuerpos femeninos. No soportaba el ruido citadino. Este pueblo era su paraíso. Supo que podía pedir lo que quisiera a cambio de lo que él les ofrecía a los habitantes.

Y así empezó su sueño: vivir entre mujeres, sin esconder su admiración.

Mercedes fue la primera. Fue enviada por su familia a cambio de la vida de su hermano mayor, quien sufría de una fiebre incontrolable. Desesperados, acudieron a Bernardo, quien, con su influencia, podía traer un médico de la ciudad o llevar al joven hasta allá. El gobernador no solía acceder a estos favores por temor a atraer atención externa al pueblo, pero la oferta de la familia lo hizo detenerse.

—Mire, sé que no tiene esposa, vino aquí solo. Mi hija tiene edad para hogar. Tómela, está bien instruida para llevar el hogar. Solo le pido que ayude a mi hijo —le dijo el padre.

Bernardo dudó, guardó silencio y luego accedió. Tomó el radiotransmisor y solicitó la avioneta. El joven fue atendido y regresó sano. Desde entonces, Mercedes quedó comprometida con el gobernador. Su familia le dio instrucciones claras: debía ser obediente. Le enseñaron a adelantarse a los deseos del hombre, a dejarse disponer.

Las primeras semanas, Mercedes intentó conversar con Bernardo, compartir con él algo más que el lecho. Pero él la rechazaba constantemente. Con el tiempo, dejó de buscar conexión y se enfocó en las labores del hogar. Mantuvo todo en orden: el aroma, la limpieza, y más tarde la cooperación entre mujeres. Su capacidad de organización y su serenidad hicieron que, sin nombramiento, se convirtiera en la líder de la casa.

Cuando llegó la segunda mujer, Mercedes solo observó. Entendió que era inútil resistirse. Pronto llegaron más, sin explicaciones, sin palabras. Ella nunca preguntaba ni conversaba con ellas, pero su conducta guiaba a todas. Cuando alguna levantaba la voz, Mercedes aparecía, y el silencio volvía. Sin buscarlo, se convirtió en la figura de control, en la que todas confiaban, incluso sin saberlo.

El entorno fue tomando su forma: los aromas, los detalles, las rutinas. Aunque no recibía afecto, se aferró a la dignidad del orden. Su hermano sobrevivió, y con eso bastaba para justificarse a sí misma su existencia. Nunca volvió a ver a su familia, pero prefería no pensar en ello. El encierro se volvió su mundo, su única certeza.

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