El comienzo de la secundaria
Aunque ya no debería estar aquí, yo, Annie, como último acto de mi propia voluntad, deseo reflexionar sobre todo lo que ocurrió.
Aún recuerdo el hermoso amor que sentía por ti. Sabía que, para ti, yo no significaba nada. Mis amigos intentaron apoyarme, pero el vacío que habitaba en mi corazón jamás desapareció. Aunque Kendo me haya olvidado hace mucho, yo sigo amándolo.
Todavía recuerdo aquel primer día en mi nueva secundaria.
Entré al salón con los nervios recorriendo todo mi cuerpo. Era una chica muy tímida y apenas podía mirar a los demás a los ojos. Entonces apareciste tú.
Estabas en la puerta del salón con una gran sonrisa, saludando con entusiasmo a todos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, también me saludaste. Fue un gesto sencillo, pero para mí significó mucho.
Durante el recreo me senté bajo un enorme árbol para almorzar. Estaba completamente sola, hasta que te acercaste con total tranquilidad.
—¿Puedo sentarme contigo? —preguntaste.
Asentí con timidez.
Comenzaste a hablarme sobre ti, tus gustos y las cosas que hacías en tu tiempo libre. Eras una persona muy creativa, y poco a poco descubrí que nuestra forma de pensar era bastante parecida.
Cuando terminó el recreo, regresamos juntos al salón para la clase de Matemáticas.
Yo no entendía absolutamente nada del tema, pero, sin que se lo pidiera, empezaste a ayudarme con una paciencia infinita.
—Por cierto, me llamo Kendo.
—Yo soy Annie... mucho gusto.
Gracias a tus explicaciones logré comprender la clase. Cuando nos dimos cuenta, la campana había sonado y ya era hora de volver a casa.
Al llegar, mi madre me recibió con una sonrisa.
—¿Cómo te fue en la escuela? —preguntó mientras cenábamos.
—Me fue increíble. Conocí a alguien y fue muy amable conmigo.
—Me alegra mucho, hija. Al fin lograste socializar con alguien.
—Sí... es una persona increíble. Hablamos durante un buen rato.
Después de cenar subí a mi habitación y comencé a revisar mis redes sociales. Después de buscar un poco, encontré el perfil de Kendo. En una de sus fotos aparecía sonriendo en un parque.
Sin pensarlo demasiado, le envié una solicitud de amistad.
Treinta minutos después...
Solicitud aceptada.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
A los pocos segundos recibí un mensaje.
Kendo: Hola.
Annie: ¡Holis! :>
Kendo: ¿Tú eres Annie, la chica nueva de mi salón?
Annie: Sí, mucho gusto.
Kendo: Igualmente. Me caíste muy bien hoy. ¿Te gustaría conocer a mis amigos?
Annie: No lo sé... La verdad soy muy poco sociable...
Kendo: Tranquila. Son buena gente. No tienes nada de qué preocuparte. Mañana te los presento.
Después de eso la conversación terminó.
Me quedé mirando la pantalla del celular mientras miles de preguntas aparecían en mi cabeza.
"¿Cómo serán sus amigos?"
"¿Les agradaré?"
"¿Y si no les caigo bien?"
Finalmente decidí confiar en él.
Esa noche me dormí pensando en lo maravilloso que había sido conocerlo.
Sin embargo...
Nunca imaginé que conocer a Kendo sería el mayor error de mi vida.
Al día siguiente me preparé para ir a la escuela.
Cuando llegué, vi a Kendo conversando con una chica.
Al verme, ambos sonrieron.
—Hola, Annie —dijo Kendo—. Quiero presentarte a una amiga.
—¡Hola! ¿Tú eres la chica nueva? —preguntó ella con entusiasmo.
—Sí... mucho gusto.
—Yo soy Alliz. Seguro nos llevaremos muy bien.
—Eso espero...
—Bueno, parece que ustedes dos serán grandes amigas. Iré a comprar algo antes de que empiece la clase de Ciencias.
En cuanto Kendo se alejó, la expresión de Alliz cambió por completo.
Se acercó lentamente y habló en voz baja.
—Solo quiero advertirte una cosa...
—¿Qué ocurre?
—No hagas enojar a Kendo. Cuando pierde el control... cambia por completo.
—¿Qué quieres decir?
—Después te lo explicaré...
En ese momento Kendo regresó y la conversación terminó.
Poco después comenzó la clase de Ciencias.
El profesor entró al salón y escribió su nombre en la pizarra.
—Buenas tardes, estudiantes. Mi nombre es Augusto y seré su profesor de Ciencias. Antes de comenzar, quiero que cada uno pase al frente para presentarse.
Uno por uno, todos fueron diciendo sus nombres.
Cuando llegó mi turno, los nervios me traicionaron.
Tropecé al subir al frente y caí al suelo.
Las risas llenaron el salón.
Todos se burlaban de mí...
Todos, excepto Kendo.
Él fue el único que se acercó para ayudarme a levantar.
—¿Estás bien? —preguntó mientras me ofrecía su mano.
Asentí con vergüenza y terminé de presentarme.
Desde ese día comenzamos a hablar cada vez más.
Sin darme cuenta, mi amistad con él fue creciendo... y también mis sentimientos.
Poco a poco me enamoré.
Lo que nunca imaginé era que aquel amor, que para mí parecía tan verdadero, terminaría convirtiéndose en la mayor ilusión de mi vida.
Y que todo cambiaría el día en que mi corazón comenzó a romperse en mil fracturas...








