Capitulo 1: La mirada de un extraño
Derbyshire, 1810
Chatsworth House
El invierno había comenzado hacía poco. La Navidad se sintió vacía a pesar del despliegue de lujo, los invitados de todas partes y los regalos exagerados.
El frío era mucho más intimidante que en años anteriores; la nieve se había instalado desde el primer día, como si necesitara reafirmar que estaba ahí, casi palpable. Evangeline miró por la ventana con una tristeza infinita mientras su doncella le ajustaba con fuerza las cuerdas del corsé. Si cerraba los ojos, casi podía sentir el beso del aire gélido en el rostro, la nieve deshaciéndose en los labios. Pero no, hoy no tendría esa bendición. Hoy debía pararse de nuevo frente a extraños y ser la esposa perfecta. La doncella murmuró una disculpa y ajustó un poco más el corsé.
Hacía demasiado calor en la habitación. La chimenea producía un fuego desmedido e innecesario; todo, absolutamente todo, hacia donde mirara, era ostentación. Sintió unas ganas desenfrenadas de salir corriendo y llorar en la nieve, de huir de esa prisión de oro que la tenía prisionera desde hacía ya tres años. La doncella interrumpió sus pensamientos para colocarle el vestido de terciopelo verde oscuro, un verde que Evangeline odiaba con cada fibra de su ser. La doncella lo sabía, y se disculpó con palabras casi inaudibles.
Antes de que Evangeline pudiera quejarse, la puerta de su habitación se abrió de par en par, y ahí estaba él: su gran y flamante marido, el bloque de hielo Oliver Cavendish, marqués de Hartington.
Ella lo miró suspirando de resignación, ya acostumbrada a su forma de invadir el espacio.
Oliver Cavendish poseía la clase de atractivo que hacía que las madres de la temporada se inclinaran ante él y los hombres buscaran su aprobación. Era la perfección de la estética inglesa: alto, de hombros anchos, con una contextura atlética que mantenía con la misma disciplina militar con la que manejaba sus cuentas bancarias. Cada uno de sus movimientos era fluido, fruto de años de esgrima y equitación, y le daba un porte de mando que rara vez pasaba desapercibido.
Su cabello era de un rubio ceniza, siempre peinado hacia atrás con una precisión que no permitía que un solo mechón se rebelara contra su voluntad. Su rostro era una máscara de ángulos perfectos, con una nariz aristocrática y una mandíbula que parecía esculpida en mármol blanco. Pero eran sus ojos verdes los que más desconcertaban a quienes lo conocían: del color del jade, oscuros, brillantes, y carentes de cualquier rastro de calor humano. Cuando miraba a alguien, no parecía ver a una persona, sino una columna de activos, o un adorno más para su colección.
Vivía obsesionado con su propia imagen. Su vestimenta era una armadura de elegancia: levitas cortadas al milímetro, chalecos de seda sin una sola mancha, pañuelos de cuello anudados con tal complejidad que parecían imposibles de deshacer. Oliver no caminaba por una habitación: la inspeccionaba, asegurándose de que su presencia fuera el eje de toda perfección. Era, en esencia, una estatua de oro: magnífica a la vista, pero fría y dura al tacto.
Y, lamentablemente, Evangeline lo sabía. Lo supo desde el primer momento, desde el segundo en que él se acercó a cortejarla y ella no fue lo bastante ágil para huir, ni tuvo la fuerza de voluntad de enfrentarse a su padre para negarse al matrimonio. A veces se preguntaba si su padre la habría escuchado siquiera; la calidad de vida que el marqués le ofrecía a su familia era incalculable. Pero toda esa riqueza tenía un precio. Al principio Oliver le caía bien —se podía hablar con él de todo, sabía demasiado de muchas cosas—, pero con el tiempo Evangeline se dio cuenta de que lo que más le gustaba a Oliver no era saber en sí, sino disfrutar el sonido de su propia voz, de su propia presencia. Cuando llegó a esa conclusión, supo que ya no había forma de salir de ahí. Y así fue: llevaban tres años casados.
—Pero qué maravilloso vestido, querida, combina a la perfección con mis ojos —dijo Oliver con alegría burlona, mirándose en el espejo del tocador de su esposa, ignorándola por completo, queriendo hacer un chiste que no salió demasiado bien—. Ahora rápido, que nuestros invitados no tardan en llegar. Debemos estar en la entrada antes de que llegue el carruaje —exclamó, acomodándole sin necesidad el collar de diamantes.
Evangeline lo vio salir de la habitación con tristeza y le pidió un momento a la doncella, que se retiró detrás de su marido. Contempló su imagen en el espejo: el cabello perfectamente arreglado, las pequeñas pecas que ya no quería esconder con polvo de arroz, el collar de diamantes que solo la asfixiaba con lentitud, el horrible vestido verde de terciopelo que apagaba sus ojos azules con una suavidad desgarradora.
Tenía ganas de gritar, de romper el espejo, de llorar hasta quedarse sin lágrimas. Se sentía muerta en vida, ahogada, seca, acorralada por un exceso de lujos y por un hombre que no tenía el más mínimo interés en darle un gramo de cariño, ni siquiera una caricia de amistad. El espejo le devolvió un rostro sonrojado y húmedo por dos pequeñas lágrimas, y aun así, nadie notaría su desgracia. Tomó fuerzas para levantarse y caminó despacio hacia la ventana; al abrirla, el aire gélido la abrazó con fuerza. Con un gran suspiro, se llenó de voluntad para enfrentar la primera de las que creía serían muchas noches con visitantes en su casa. No sabía qué esperar del grupo de hombres rusos que llegaban con ansias de negociar con su marido, dos días antes de Nochevieja.
Tres meses, había dicho Oliver, podían tardar los permisos, los contratos, las revisiones, y tantas otras cosas que en algún momento dejó de escuchar. Incluso podría extenderse más el traslado de todos los caballos que él estaba desesperado por adquirir. Tres meses, o más, siendo la anfitriona de un grupo de rusos. ¿Qué podría salir mal?
El estruendo de los carruajes sobre la grava congelada anunció el fin de su pequeño momento de libertad frente a la ventana. Evangeline se obligó a cerrar el cristal, dejando fuera el aire puro, y bajó las escaleras de mármol con la pesadez de quien camina hacia la horca. Oliver ya la esperaba en el gran vestíbulo, una estatua de perfección rubia que ni siquiera se giró a comprobar si ella estaba a su lado; simplemente asumió que su adorno más caro estaría en su lugar. Pero al notar que acababa de llegar, le lanzó un insulto susurrado, digno de un marinero, aunque guardando la compostura porque los invitados ya habían entrado.
La puerta principal se abrió, dejando entrar una ráfaga de nieve y a cuatro hombres que parecían gigantes envueltos en pieles oscuras.
Oliver soltó una carcajada ensayada. El más grande del grupo fue el primero en pasar.
—Bienvenidos a Inglaterra —exclamó Oliver, saludando uno por uno con entusiasmo.
Stepan dio un paso al frente. Era el patriarca indiscutible; llevaba el cabello corto, al estilo americano, y una barba canosa, densa y perfectamente recortada, que le daba un aire de severidad militar. Oliver le estrechó la mano con un respeto casi reverencial.
—¡Stepan Smirnova! Es un honor tenerlo, por fin, con su familia, en mi hogar —dijo Oliver con una gran sonrisa.
Stepan asintió con una inclinación de cabeza mínima, evaluando la estancia con la frialdad de quien analiza un campo de batalla.
Luego Oliver se volvió hacia Vladimir. El hijo de Stepan era una visión inquietante: cabello negro azabache y unos ojos celestes tan claros que parecían hechos de hielo. Observaba a Evangeline con una curiosidad que la hizo sentir desnuda. Oliver le dio una palmada en el hombro, ajeno a la tensión que emanaba del joven ruso.
A su lado, Boris, el sobrino de Stepan, ofrecía el único rastro de calidez del grupo. Con apenas veinte años y un revoltijo de rizos castaños claros que escapaban de su gorro de piel, sonrió de oreja a oreja. Su entusiasmo juvenil desentonaba con la gravedad de sus parientes, y cuando Oliver lo saludó, el muchacho respondió con una energía que pareció iluminar, por un momento, el sombrío vestíbulo.
Pero entonces el aire pareció espesarse. Nikolai Volkov dio un paso hacia la luz.
A diferencia de los demás, no parecía estar simplemente de visita. Su presencia reclamaba el espacio. Oliver le estiró la mano, pero hubo una fracción de segundo en la que su seguridad flaqueó ante esa mirada oscura y penetrante. Nikolai se despojó de sus guantes de piel con una lentitud deliberada antes de aceptar el saludo.
—Señor Volkov —dijo Oliver, recuperando el tono—. Me han dicho que eres el alma de los negocios de la familia.
Nikolai no respondió de inmediato. Sus ojos se desviaron de Oliver para clavarse en Evangeline, que permanecía un paso por detrás de su esposo. No fue una mirada de cortesía, sino un reconocimiento. Una chispa de algo salvaje y prohibido le cruzó el rostro mientras sostenía la mano de Oliver, alargando el silencio un latido más de lo necesario.
—Marqués —respondió al fin, con una voz ronca que pareció vibrar en la base de la columna de Evangeline—. El placer es nuestro.
Oliver, ajeno a la corriente eléctrica que acababa de cruzar el vestíbulo, los instó a pasar, mientras Evangeline sentía que el invierno no se había quedado afuera, sino que acababa de entrar con ellos. El aire se detuvo en sus pulmones.
Nikolai no miraba a Oliver mientras hablaba; tenía los ojos fijos en ella. No era la mirada de un invitado, sino la de un hombre que acababa de encontrar una joya en un lugar donde solo esperaba ver muebles.
Entonces hizo algo que ella no esperaba: dio un paso hacia Evangeline, rompiendo la distancia protocolaria. El olor la inundó por completo: tabaco caro, cuero viejo y un fondo terroso que olía a vida salvaje.
—¿Y usted debe ser la marquesa? —preguntó, ladeando la cabeza. Un amago de sonrisa, casi una mueca depredadora, le curvó los labios—. Dicen que en Inglaterra las flores mueren en invierno. Veo que algunas, simplemente, no se resignan a marchitarse tan fácil.
Evangeline sintió un escalofrío que no era de frío. Nikolai la estaba leyendo frente a su propio marido, y lo peor —o lo mejor— era que Oliver estaba demasiado ocupado admirando el corte de la chaqueta de otro de los socios para notar que el lobo ruso acababa de enseñarle los dientes a su esposa.
Él no parecía sentir el invierno londinense. Se despojó de su pesado abrigo de lana negra con un movimiento fluido, entregándoselo al mayordomo sin dejar de mirarla. Debajo vestía de oscuro, pero lo que impactó a Evangeline fue que, a diferencia de los caballeros ingleses que se abotonaban hasta la barbilla, él llevaba el cuello de la camisa ligeramente abierto, como si el aire de la mansión lo sofocara. Tenía la piel embriagadoramente cálida, apenas besada por el sol, lo justo para adivinar que solía andar sin camisa en los días de verano…
La voz de Oliver la sacó de sus fantasías con una crudeza dolorosa.
—Espero que tengan hambre, caballeros. Hoy nuestros cocineros se han lucido pura y exclusivamente por su presencia —dijo, guiándolos con paso entusiasmado hacia el gran comedor.
A pesar de su frialdad, Oliver tenía modales, y solía jactarse de eso bastante seguido, así que tomó el brazo de su esposa para ocupar juntos su lugar en la mesa. Por algún motivo, a Evangeline le resultó insoportable ese contacto; quiso zafarse con violencia, pero el roce no duró lo suficiente para que la desesperación la alcanzara del todo.
La cena comenzó como comienza cualquier cena de negocios, solo que con el detalle pintoresco de los nuevos invitados: sus ganas de comer y deleitarse con la comida, las voces fuertes, las risas estridentes, el poco cuidado por el protocolo. Resultaban tan interesantes de observar que le daban ganas de preguntarles cosas, de conocer el lugar de donde venían, pero sabía que Oliver no permitiría que la conversación se desviara demasiado de los negocios. Hasta que uno de los hombres, el más entrado en años, se levantó y caminó hacia ella, medio desgarbado, sonriendo.
—Para usted, markisa, un regalo de nuestras tierras —dijo Stepan, y le entregó una muñeca de madera.
Ella la tomó con una gran sonrisa. Stepan la abrió y dentro había otra muñeca. La alentó a repetir el gesto, y se sorprendió al descubrir una tercera. ¡Cinco en total!
—Matrioska —dijo él, volviendo a su silla.
—Es maravillosa, muchas gracias, señor Smirnova —exclamó Evangeline con auténtica felicidad, contemplando las muñecas huecas con una sonrisa que ya no necesitaba fingir.
Acarició la madera pintada de la más pequeña con una ternura casi dolorosa, una ternura que no había mostrado en toda la noche.
A su lado, Boris se inclinó hacia ella con una sonrisa enorme.
—¿Le ha gustado, verdad?
Ella levantó los ojos de la muñeca y le dedicó una sonrisa suave que, por primera vez en la noche, no parecía ensayada frente a un espejo.
—Por supuesto. Muchas gracias. Es un detalle hermoso —dijo, acariciando sobre la falda a la más pequeña.
Boris le sonrió y siguió comiendo, bastante alegre.
De repente sintió la mirada de Nikolai desde el otro lado de la mesa. No era como la curiosidad de Vladimir, ni la indiferencia de Oliver —que seguía hablando de aranceles de exportación sin siquiera mirar el regalo que su esposa acababa de recibir de un extraño—. La de Nikolai era una mirada pesada, física, como un roce sobre la piel.
Estaba apoyado en el respaldo de la silla, con una copa de vino tinto olvidada entre los dedos. Sus ojos seguían el contorno de la sonrisa de Evangeline, deteniéndose en el brillo auténtico que solo en ese instante le había visto.
Estaba pensando. La estaba diseccionando.
¿Cómo una mujer tan llena de asombro terminó en los brazos de un hombre que la hace invisible?, se preguntó sin dejar de mirarla.
Arqueó una ceja, y en ese gesto silencioso Evangeline supo que él había visto a través de su máscara. Que sabía que estaba tan atrapada como la muñeca más pequeña dentro de la más grande.
Le bastó sostenerle la mirada unos segundos para sentir un calor abrasador quemándole las venas. El aire se volvió denso, como si el fuego de la chimenea hubiera reclamado todo el oxígeno de la sala.
Nikolai no parpadeaba. No era la mirada de un invitado educado, sino la de un hombre que ha pasado la vida rastreando presas en bosques interminables y que, finalmente, encontró algo que no estaba dispuesto a dejar escapar.
Se reclinó en su silla con una arrogancia casi violenta frente a la postura rígida y perfecta de Oliver. Desde su lugar, Evangeline no podía dejar de notar el contraste: su marido era una línea recta de seda y control; él, una curva esbelta de músculo y peligro. La piel de su pecho, que asomaba por el cuello abierto de la camisa, brillaba bajo la luz de las velas con ese mismo tono cálido que había descubierto minutos antes. Pero lo que la mantenía clavada en su asiento eran sus ojos: dos pozos profundos que parecían devorar la luz de los candelabros.
Oliver era un hombre atractivo —a sus cuarenta años seguía siendo deseado por muchas mujeres—, pero frío, vacío. Nikolai, en cambio, se veía intenso, embriagador; daban ganas de fundirse en sus brazos y…
—Querida, creo que es momento de que subas a descansar. Nosotros debemos discutir asuntos importantes...
Oliver, a veces, no dejaba de hablar; sus palabras se perdían en el aire. Ella solo asintió, como siempre.
Acostumbrada a la rutina de retirarse después de cumplir su papel de esposa perfecta, Evangeline se puso de pie e, inclinando levemente la cabeza, se despidió de los invitados, no sin agradecerle de nuevo a Stepan por el regalo. Nikolai fue el primero en levantarse, y el resto lo imitó. Ella sonrió con ligera vergüenza y salió del comedor sin dejar de sentir, en la nuca, una mirada penetrante.
Él se quedó un momento contemplando la puerta, desorientado. Ella era una mujer demasiado hermosa, con todo lo que una joven de su edad podía desear, y aun así había en sus ojos una tristeza terrible, un vacío desolador.
Esos ojos contaban una historia que no muchos sabían leer. Eran de un azul profundo, como el mar antes de una tormenta; las pestañas oscuras proyectaban sombras sobre sus mejillas cuando bajaba la vista por timidez o cansancio. Había en su mirada una chispa de inteligencia vibrante, una luz que solo parecía encenderse cuando soñaba con la libertad que existía más allá de los muros de la mansión.
Tenía una belleza etérea, casi irreal. La piel de una palidez asombrosa, suave como el pétalo de un jazmín, salpicada de pecas que le daban un aire de juventud robada —pecas que no tenía intención de esconder con maquillaje—. Su rostro era una composición delicada de líneas suaves: una nariz pequeña y recta, unos labios carnosos que, incluso en reposo, guardaban un matiz de melancolía.
Nikolai se estremeció tratando de memorizar cada detalle.
Bebió el resto del vino de un solo trago y volvió a la conversación que seguía su curso a pocos metros de él, prometiéndose descubrir quién era en realidad Evangeline, y liberarla de la única forma que él conocía: envolviéndola por completo en su pasión.








