Twisted Chance por Valdemirt en Inkitt
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Twisted chance

Sinopsis

La venganza nunca estuvo tan presente en la vida de Alois, como cuando conoció a Ciel Phantomhive y gracias a un libro de manipulación de almas fue que pudo lograr uno de sus objetivos.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Valdemirt
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Sentado al borde de la cama, Ciel inclinó el torso hacia adelante. Con una mano sostuvo la caña de la alta bota de cuero y con la otra guio el pie al interior.

—¿Quieres que te ayude? —preguntó Alois, en un tono meloso y casi teatral, llevándose una mano al pecho en un gesto humilde.

Sin embargo, Ciel sabía de sobra que aquella falsa modestia era parte de la actuación del momento, en especial porque el extraño brillo de diversión en los ojos de Alois lo delataba: era algo que había visto antes, cuando se lo topó disfrazado de sirvienta.

—Puedo solo.

—¿De verdad? —continuó Alois, sin recibir la réplica que esperaba—. Pensé que con un mayordomo tan capaz como Sebastian, a estas alturas no serías capaz de recordar cómo se ata una agujeta.

Ciel le dirigió una mirada no de desprecio, era más un puro y vago hartazgo, pues comprendía que Alois era incapaz de mantener la boca cerrada y que haría cualquier cosa para molestarlo y sacarlo de quicio mientras pudiera.

—¿Pretendes mirarme todo el tiempo? —Eso sí, Ciel también debía quitárselo de encima, no sólo porque aquellos ojos azules le resultaban desagradables, sino porque en verdad había olvidado cómo atarse los cordones y necesitaba un espacio para ingeniar algo.

Llamar a Sebastian no era una opción, en especial por la misión que le había encomendado y, gracias a la lengua floja de Alois, también sabía que Claude se encontraba lo suficientemente lejos para no ser un problema.

Por si fuera poco −y contra su voluntad− Ciel debía pensar en algo para entretener a Alois que no involucrara ser apuñalado en el proceso. El primer paso, al menos, ya lo había dado: encontrarse con el otro en medio de una conveniente lluvia. Esa era la razón por la que ambos se hallaban ahora en una habitación de hotel, con Ciel colocándose algunas prendas prestadas por Alois.

Por mucho que le desagrada usar esa ropa, Ciel debía ganar todo el tiempo que le fuera posible. Ya después se la quitaría y la quemaría.

—Como prefieras. —Alois mostró la punta de la lengua, a modo de reproche infantil, pero no dudó en dar media vuelta. De todas formas, no muy lejos de sí, se hallaba un espejo y podía mirar a Ciel por el rabillo del ojo.

Por su parte, Ciel aprovechó para escrutar la habitación desde su sitio, en busca de armas u objetos que pudieran ser usados como tal. Que Alois estuviera actuando con tanta tranquilidad y relativa docilidad era extraño. Muy extraño. Extremadamente extraño. Gracias a eso no podía dejar caer los hombros y relajarse, aunque olvidó cuándo había hecho algo similar en los últimos años. Cuando no era por encargos de la reina, eran sus sirvientes quienes le daban cosas en qué pensar.

En lo que Ciel creaba sus propios escenarios y buscaba pistas, el rostro de Alois se deformó. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios. No se trataba de diversión, bueno, más o menos eso era; no obstante, poco o nada se imaginaba Ciel de lo que estaba a punto de ocurrir.

Gracias a un libro de conjuros que Alois le exigió a Claude conseguir, se topó con un hechizo que podría servirle para hacer su vida más entretenida. Al inicio le pareció ridículo, casi de fantasía, pero la existencia de Claude era la representación misma de que lo imposible puede suceder.

Lo que encontró entre aquellas páginas fue la receta perfecta para cambiar de cuerpo −temporalmente− con quien usara su ropa; debía colocar en ella una serie de pentagramas en lugares precisos para que surtiera efecto.

Al inicio, Alois hizo berrinche y lanzó el libro contra uno de los trillizos. Luego de un tiempo, analizó mejor las cosas. La única persona a quien podría quedarle su ropa −aparte de algunas chicas− era Ciel. ¡Ciel Phantomhive! El amo de Sebastian. El Perro de la Reina.

Si Alois cambiaba de cuerpo con Ciel podría hacer su vida miserable, lastimarlo de gravedad, tirar su reputación a la basura, gozar de la lealtad de Sebastian y… No, todas esas ideas darían mucho trabajo en su ejecución y el libro decía que el cambio de cuerpo duraría pocas horas.

En ese caso, con el cuerpo de Ciel, Alois podría sentir su piel, su calor, sus vísceras. Incluso podría experimentar de nuevo la virginidad y entregársela a él mismo en ofrenda.

¡Sí! ¡El plan era perfecto!

La risa escapó de la boca de Alois. Empezó con un «hm» apretado entre los labios, que le hizo temblar los hombros y poco a poco creció hasta convertirse en una carcajada carente de refinación, pero tan segura que resultaba insultante.

—¿Qué es lo divertido? —inquirió Ciel, ahora de pie a un lado de la cama, sin conceder a Alois la satisfacción de verlo reaccionar con molestia o hartazgo.

—Nada. Nada —respondió Alois, abrazándose el estómago—. Se te ven fatales las medias altas.

Ciel se limitó a emitir un corto suspiro. Él tampoco se encontraba feliz de vestir de una manera tan vulgar y extravagante como la de Alois, pero no tenía de otra. Debía hacer tiempo y…

—¿Qué? —murmuró Ciel, llevándose una mano a la frente. De un momento a otro, la cabeza le punzó. Un dolor agudo le recorrió las sienes, seguido de un extraño mareo, más como si perdiera el equilibrio, que como si quisiera vomitar.

«¿Acaso este tipo…?» se dijo Ciel para sus adentros. Entre los cuchicheos de las altas esferas se rumoraba que existían drogas capaces de impregnarse en la ropa. ¿No eran sólo un mito? ¿Cómo había obtenido Alois acceso a ellas?

Maldita sea. Otra tarea por investigar. Por el momento debía concentrarse en despojarse de toda la ropa que pudiera.

Las carcajadas de Alois cesaron, siendo reemplazadas por un chillido sofocado al final.

—¡¿Por qué duele?! ¡Ah! —Alois se llevó las manos a la cabeza, hundiendo los dedos en el cabello y presionando con fuerza, como si de esa forma pudiera contenerlo—. ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! ¡El libro no decía nada sobre esto!

—¿Qué… libro? —Ciel clavó la mirada en Alois, hasta que su propio campo de visión se tornó borroso y comenzó a disminuir, como si se hubiera sumergido en una niebla densa, cada vez más espesa, que le impedía respirar.

Por reflejo, Ciel se enfocó en sus propias manos. Pese a tenerlas a escasos centímetros del rostro, parecían ser más livianas, casi irreales. Entonces, parpadeó, y al segundo siguiente era capaz de verse a sí mismo en otro ángulo, desde la parte opuesta de la habitación.

Ciel agitó la cabeza, como si aquella acción pudiera devolverlo a su sitio original.

Al inicio pareció surtir efecto, porque otra vez se encontraba a un lado de la cama y Alois todavía se tambaleaba con los dedos oprimiendo su cabeza.

No obstante, la siguiente vez que abrió los párpados, se congeló en su sitio. Podía verse a sí mismo y, esta vez, sin importar cuanto sacudiera la cabeza, seguía siendo capaz de contemplarse a la distancia.

¿Acaso se había desprendido espiritualmente?

No notaba cambios en la habitación. Lo único diferente, aparte de verse a sí mismo, era que el ángulo de apreciación era distinto, unos centímetros más arriba.

Ciel bajó la mirada: sus manos seguían allí, pero eran distintas a las suyas, más delgadas, los dedos unos milímetros más largos y de una palidez diferente; los flexionó, corroborando que obedecían su voluntad, aunque el movimiento era... extraño.

Un escalofrío le recorrió la espalda. De un momento a otro, corrió hacia el espejo más cercano, casi tropezando en el proceso; la altura de sus tacones parecía haber aumentado.

«¡¿No me digas que…?!». Ciel interrumpió la pregunta en su mente, pues su peor presagio se cumplió en cuanto se topó con su reflejo. Donde debía estar un muchacho de cabello azul oscuro y con un parche en el ojo, se encontraba un chico rubio de ojos celestes.

Contuvo la respiración de manera inconsciente, hasta que los pulmones tomaron control de sí mismos y comenzaron a subir y bajar con rapidez.

El plan de Alois fue un éxito. Lo supo en el instante que cedió el dolor de cabeza. Dejó salir una risa pequeña e incrédula al principio, hasta transformarse en una carcajada llena de satisfacción y cinismo. Le costaba curvar los labios del cuerpo de Ciel; era como si no estuvieran habituados a tomar esa posición.

Ese sonido repugnante trajo a Ciel de vuelta a la realidad. Se acercó a él mismo, bueno, a Alois en su cuerpo, con zancadas firmes, para tomarlo del cuello de la ropa.

—¡Devuélveme mi cuerpo! —Hizo el amago de soltar una bofetada, pero se detuvo en seco. Estaría lastimando su propio cuerpo—. Te excediste demasiado esta vez Alois, así que te daré una sola oportunidad. ¡Devuélvemelo!

—Oh, ¿y qué pasa si no quiero? —soltó Alois, con un deje de altanería en la voz.

Ciel apretó los dientes tanto como los puños. Sabía que no debía hacerlo, pero no le quedaba otra opción.

—¡Sebastian!

No obstante, pasaron los minutos y nada ocurrió.

—Déjame intentarlo a mí —dijo Alois, con tintes de emoción deslizándose por la punta de la lengua—. ¡Sebastian!

De nuevo: nada.

—C-Claude —tartamudeó Ciel, creyendo que por estar en el cuerpo de Alois podría tener efecto.

Una vez más: nada.

Si la situación se hubiera dado años atrás, lo más probable era que Ciel entrara en pánico por no recibir el socorro de su mayordomo; sin embargo, aquello sólo significaba que tenía una situación contra reloj que resolver.

—Hmmm —meditó Alois, algo que rara vez ocurría y Ciel tenía la primera fila para presenciarlo—. Quizá no responden porque están vinculados a nuestras almas, y justo ahora se hallan en un cuerpo que tiene un sello incompatible. ¡Sí! ¡Soy un genio!

En realidad, la hipótesis se la dio Claude días atrás mientras revisaban las condiciones del cambio de cuerpo. Nada le emocionaba tanto a Claude como tener el alma de Ciel atrapada en su telaraña, así que era el más interesado en lograr ser llamado por su voz.

Por desgracia, la situación no salió como esperaba.

Ciel apartó su propio cuerpo −perteneciente a la voluntad de Alois− y se apresuró al baño, donde sus ropas, todavía húmedas, se encontraban colgadas a la espera de secarse.

«No queda de otra» pensó, despojándose de las prendas que lo cubrían.

Aquello no parecía ser el efecto de alguna droga, por lo que Ciel llegó a la conclusión de que si el cuerpo de Alois vestía sus prendas −las de Ciel−, el extraño efecto debería revertirse. No tenía la certeza de que fuera a ocurrir de ese modo, pero habría que intentarlo para descartar.

Sentir la tela mojada en las manos no fue nada en comparación a probársela: la camisa se adhirió de manera desagradable a su espalda, hombros y pecho. Un escalofrío lo recorrió sin darle la posibilidad de contenerlo. Ese cuerpo era tan reactivo que le molestaba.

«Qué asco». Hizo una mueca de disgusto mientras ajustaba los botones.

Era probable que pescara algún resfriado, fiebre e incluso hipotermia, aunque ese cuerpo no era el suyo, así que no podría importarle menos. Alois merecía eso y más por haberlos metido en aquella situación. Situación de la cual, por cierto, ahora debía averiguar cómo salir, porque Alois sólo daba vueltas por la habitación, o eso le parecía a Ciel, pues no dejaba de escuchar pasos a sus espaldas.

Ciel salió del baño cuando terminó de acomodarse las prendas lo mejor que pudo. Le quedaban algo cortas de las mangas, pero no apretaban de la cintura o los muslos, lo que le permitía moverse con relativa facilidad, aunque no por eso resultaba menos incómodo.

—Mírate. —Alois apoyó una mano en la cadera mientras lo observaba de arriba abajo—. ¡Eres un perro mojado! —una risa escapó de sus labios—. Te ves horrible. Haces que yo parezca un... —la diversión se cortó de golpe. Las mejillas se le encendieron y frunció el ceño con desdén—. No puedes hacer que mi cuerpo se vea así de mal. ¡Quítate eso ahora!

Alois se lanzó para echar fuera toda la tela empapada. Ciel alcanzó a sujetarle las muñecas con ambas manos, intentando empujarlo sin mucho éxito. Ambos poseían una musculatura un poco más allá de lo lamentable.

—¿Qué crees que estás haciendo en una situación como esta? —cuestionó Ciel, apretando la mandíbula, como si eso le permitiera ejercer más fuerza.

—Arreglando mi imagen —respondió Alois, cargando todo su peso hacia adelante.

—Podrás ponerte lo que quieras en cuanto me digas cómo volver a la normalidad.

Con un movimiento rápido, Alois intentó zafar un brazo. Ciel giró sobre un pie para no caer, pero los movimientos arrebatados, sumados al hecho de que ninguno de los dos se acostumbraba al centro de gravedad del otro, hicieron que perdieran el equilibrio.

Alois aprovechó la libertad tras la caída para intentar arrancarle la camisa a Ciel.

—¡Deja de tocarme! —exclamó Ciel, utilizando uno de sus pies para poner distancia entre ambos.

—¡Estoy tocándome a mí! —replicó Alois, analizando lo inútil que era poseer el cuerpo del enano de Ciel. Por más que se estirara, no lograría alcanzarlo en esa posición y mucho menos en el suelo.

—¡No mientras yo esté dentro de este cuerpo!


Luego de la tormenta de gritos, manotazos y patadas, la habitación se sumergió en silencio. Uno breve, porque Alois parecía tener una enfermedad mortal que lo mandaría a la tumba si no mantenía la boca cerrada.

—Entonces… —dirigió la mirada a Ciel, quien se encontraba absorto en sus pensamientos, sentado a los pies de la cama—, ¿todavía no deduces cómo regresar a la normalidad?

Ciel no sabía qué le repugnaba más: la ropa húmeda, la sonrisa de su cuerpo o que Alois lo utilizara para hablar con un tono juguetón.

—Mencionaste un libro —Ciel hizo uso de la palabra—. ¿Dónde lo tienes? Allí debe estar la respuesta, ¿no?

—Por supuesto. La leí. —En cualquier otro momento Alois habría fingido demencia o hubiera mostrado la lengua diciendo algo como «¿Y qué me darás a cambio del libro?», pero al fin tenía en sus manos la oportunidad perfecta y no dejaría escapar a Ciel intacto.

—¿Y bien? —Ciel se cruzó de brazos—. ¿Vas a hablar?

—La respuesta no te gustará, porque… —explicó Alois, avanzando con un suave contoneo de cadera. Al tener la cercanía suficiente, tomó el mentón de Ciel y lo inclinó con suavidad, para gozar de un mejor acceso a la oreja—, implica que seamos uno —le susurró al oído, justo antes de lamer con descaro el lóbulo.

En lugar de apartarlo, Ciel se cubrió la oreja con una mano, siendo incapaz de someter a sus «nuevas» piernas −agradeció estar sentado− para contener un repentino temblor.

¿Por qué el cuerpo de Alois experimentaba tantas reacciones extrañas?

—Debes estar bromeando —pronunció Ciel en un hilo de voz, conteniendo la creciente ira que le hervía poco a poco la sangre.

—¿Por qué lo haría? —Alois encogió los hombros, exhibiendo en el rostro la seriedad característica del Conde Phantomhive. Por alguna razón, tener esa mueca de fastidio le cansaba menos que poner una sonrisa en esa cara tan aburrida.

Antes de explotar en una rabieta, Ciel hizo uso de todo su autocontrol para razonar las posibilidades de que aquello fuera verdad. Si recordaba la clase de situaciones que involucraban entidades demoníacas y pactos sospechosos, la posibilidad no era tan descabellada… ¡No! De hecho, era bastante lógica.

En algunas ocasiones Sebastian le insinuó «ciertas» prácticas que tuvo en el pasado durante rituales con invocadoras.

Los hombros de Alois comenzaron a temblar. Se dejó caer de rodillas al suelo y, al levantar la cabeza, por una mejilla se deslizaba una cascada de lágrimas, la otra se mantenía seca de momento a causa del parche.

—Ciel… —la voz salió rota—. Tienes que creerme, Ciel. —Las palabras se le ahogaban en la garganta y, aun así, con los labios temblorosos, hacía un esfuerzo por pronunciarlas—. Hechicé mi ropa usando parte de mi esencia, pero jamás esperé que esto pasara. Incluso olvidé qué prendas había utilizado. —Tomó una de las manos de Ciel entre las suyas antes de continuar—. No quiero afectarte, sólo quiero volver a mi cuerpo. Incluso… Puedo dejar que me uses tú a mí como prueba de mi arrepentimiento. Todo esto fue un gran accidente.

Para finalizar la actuación, Alois se mantuvo cabizbajo, llorando con una intensidad que cada vez se tornaba más desgarradora. Nadie, ni siquiera el mismísimo Ciel sería capaz de saber que aquellos sollozos formaban parte de su plan y que por dentro las lágrimas eran de una euforia que rayaba el delirio.

La mandíbula de Ciel se tensó. Sabía que la teatralidad de Alois podía ser tan cierta como desesperada, y ver a su cuerpo actuar con tanta angustia le producía escalofríos −se forzaba a creer que eran por la ropa húmeda y fría−, pero también era cierto que Alois manifestó su conocimiento sobre cierto libro y las cosas que había hecho, lo que rellenaba varios huecos de información sobre lo sucedido.

Un largo suspiro de resignación escapó de los labios de Ciel.

«Más te vale que sea cierto» pensó.

—¿Y bien? —inquirió Ciel—. ¿Cómo propones salir de esto? —Pese a tener la idea de lo que habría de suceder, y que poco le importaba lo que sufriera el cuerpo de Alois en el proceso (al tomarle la palabra de su gesto de arrepentimiento), debía corroborar cada pequeño detalle.

Con el dorso de la mano, Alois borró los rastros de llanto de sus mejillas y se puso en pie.

—Bueno, conozco mi cuerpo mejor que nadie —declaró, intentando cambiar el ambiente con una sonrisa—, así que quizá deberías dejarme todo eso a mí.

Acto seguido, puso las manos en los hombros de Ciel, empujando con suavidad para acostarlo, antes de acomodarse a horcajadas sobre su cintura y dirigir las manos a los botones de la camisa.

—Primero deberíamos retirar las prendas mojadas para que no haya otra cosa que incomode más de lo necesario.

Ciel no estaba conforme con la afirmación, pero se convencía a sí mismo de que, de todos modos, no era su cuerpo y que aquello sería rápido. De igual modo se concentraba en pensar que todo lo que iba a vivir era parte de un pésimo sueño o de un día de enfermedad con una fiebre que lo torturó la noche entera.

Una tenue sonrisa apareció en la comisura de los labios de Alois, mucho más discreta que cualquiera de las que había mostrado en toda su vida. Al fin consiguió que Ciel cediera mientras lo desnudaba sin ninguna queja de por medio. ¡El plan había tenido éxito!

Al dejarlo sólo en ropa interior, Alois se retiró sus propias prendas.

—¿Qué p...? —la pregunta de Ciel fue interrumpida por el dedo de Alois que selló sus labios.

—Ayudará a entrar en calor con más facilidad —explicó Alois, acercándose tanto al rostro opuesto, que lo único que los separaba era el índice que interpuso entre ambos—. Sólo… relájate —le susurró al oído, antes de lamer su lóbulo y succionar con poca fuerza.

Aunque estuviera en posesión de Ciel, Alois sabía que su propio cuerpo tenía preferencias y debería responder independientemente de quién fuera su dueño.

No se equivocó. Ciel experimentó un cosquilleo en la parte baja del vientre, el cual, contuvo al tensar el cuerpo y apretar los puños.

Alois no podía quitarle la mirada de encima, en especial porque admirar cómo su propio cuerpo temblaba y se removía ante las caricias en el pecho y la cintura era una verdadera delicia.

¡Era demasiado hermoso! Con razón los viejos dementes siempre le tenían los ojos puestos encima, en especial uno obeso que lo había... Agitó la cabeza para sacarse esos recuerdos de la mente.

Debía disfrutarse a sí mismo, experimentar la verdadera virginidad por segunda vez y, sobre todo, arrancarle la pureza a Ciel. Esa que de seguro era lo que mantenía a Sebastian como un perro fiel a su lado. Sin eso, de seguro lo despreciaría y se volvería tan frío como lo era Claude.

Alois deslizó las manos por los hombros y los brazos de Ciel, envolviéndolo con la cercanía. Su piel era tan nívea y suave, que podría venirse de sólo frotarse contra ella toda la noche. Porque no era de un blanco pálido enfermizo, era un blanco perlado y uniforme, sin imperfecciones o manchas.

—Qué injusto… —murmuró Alois para sí, y agregó algo más de manera apresurada para evitar que Ciel hiciera preguntas—. Vas a ser capaz de disfrutar tanto.

Por su parte, Ciel no deseaba hacerle plática a Alois, así que se limitó a desviar el rostro y no pedir demasiadas explicaciones. Además, suficiente tenía con intentar mantener ese cuerpo a raya.

Dejando un poco de lado a Ciel, Alois deslizó los dedos por las piernas, maravillándose con la textura aterciopelada que percibía centímetro a centímetro, por lo que una sonrisa de fascinación no tardó en hacerse notar.

—Sabía que sería así —dijo sus pensamientos en voz alta, divirtiéndose con la mirada de desaprobación que le dirigía Ciel desde abajo.

Para disfrutar de una mejor reacción, Alois introdujo una mano bajo la ropa interior, acariciando por encima el suave miembro flácido al que le costaba reaccionar a la estimulación.

Con eso, Alois se dio cuenta de que el cuerpo de Ciel no tenía problemas sensoriales, tan sólo era un primerizo que nunca se había permitido experimentar.

«Te dejaré hecho un desastre» dijo Alois para sus adentros.

Ciel quiso acomodarse mejor, moviendo a Alois en el intento.

—Ya voy, ya voy. No seas tan impaciente —habló Alois, con un tono entre juguetón y sensual.

Ciel no lo admitiría ese día ni nunca, pero era cierto que el cuerpo de Alois pedía atención de manera involuntaria y desconocía cómo apagar cada reclamo y deseo que le recorrían los nervios. Lo único a lo que podía recurrir era a su fuerza de voluntad.

Con un movimiento rápido, Alois retiró los calzoncillos de Ciel y esbozó un puchero molesto al no exaltarlo por atentar contra su pudor. Pensó que alguien como Ciel podría ser sorprendido con eso, pero se equivocó. Quizá esa era otra de las razones por las que quería llegar a tanto con él.

Porque Alois no admiraba a Ciel en absoluto; lo que sentía por él era un deseo y una curiosidad casi infantil y difícil de satisfacer. ¿Cómo alguien podía parecer tan frágil y, al mismo tiempo, ser tan inquebrantable?

Alois deseaba ser el único capaz de romper cualquier coraza, armadura o caparazón que poseyera, y tenía un largo rato para experimentar toda clase de cosas antes de que el efecto del cambio de cuerpo se terminara.

—Date la vuelta —indicó Alois, llevándose las manos a cada lado de la cintura—. Estoy siendo considerado contigo al decirte en qué posición es más cómodo. ¡Así que sé agradecido!

—Pero si fuiste tú quien nos metió en esto —dijo Ciel entre dientes mientras se colocaba boca abajo en su sitio. Lo menos que podía hacer Alois por él era acabar de manera rápida y ser amable a cambio de todas las molestias que le estaba haciendo pasar.

En lugar de responder, Alois tomó las caderas de Ciel y lo obligó a elevarlas, usando las rodillas como apoyo. Después, se llevó un par de dedos a la boca. La saliva era un pésimo lubricante y lo sabía de sobra, pero en esa situación era mejor que nada.

No obstante, se le ocurrió otra cosa: Alois colocó su rostro entre los glúteos de Ciel y dio pequeños toquecitos en el ano con la lengua, previo a dar un suave masaje en círculos antes de intentar introducirse despacio.

Ciel respingó, enterró la cara en la almohada y apretó los puños. Era una sensación tan extraña; similar a las cosquillas por un lado, pero que causaba un vuelco en el estómago por el otro.

Alois intentó contener una risita… No, en realidad, no le importó dejarse oír. Tampoco soltó una carcajada antinatural para la escena que protagonizaba, pero sí que podría avergonzar a cualquiera en la situación de Ciel.

—¿Q-qué es lo gracioso? —cuestionó Ciel, sin girar el rostro inundado por la vergüenza, conteniendo con orgullo el tartamudeo inicial para que no se extendiera por toda la pregunta.

—¿Recuerdas cuando nos encontramos en el bosque tras la fiesta? —prosiguió Alois—. Te dije que me terminarías besando el trasero. Digo, técnicamente estoy besando mi propio trasero, pero en realidad…

Ciel puso los ojos en blanco ante el comentario tan infantil y ridículo. Dejó de prestar atención a mitad de diálogo para que Alois se callara y continuara con lo suyo.

Al tiempo, Alois retomó la dilatación de Ciel. Como ya había humedecido lo suficiente, se permitió introducir un dedo, el cual, fue recibido sin dificultad, por lo que agregó otro sin reparos. Después de todo, se trataba de su cuerpo, así que por mucho que Ciel fuera primerizo, la memoria muscular seguía allí.

Ciel curvó la parte baja de la espalda. Le molestaba a sobremanera ser penetrado por un par de dedos, pero… No dolía. No resultaba incómodo. No era asqueroso. Es más, el cuerpo de Alois parecía tener voluntad propia y buscaba empujarse hacia atrás en un intento por obtener mayor profundidad.

—Mírate, no seas tan impaciente —canturreó Alois, disfrutando de la suavidad de su propio interior y de cómo se contraía a modo de reclamo.

Sin embargo, antes de tomarse a sí mismo, decidió emular embestidas con la mano, presionando lo más profundo que podía mientras Ciel luchaba contra el impulso de retorcerse.

—Podrías intentar disfrutarlo, sabes —habló Alois, sí, buscando animarlo, aunque también con cierto tono de burla—. El libro no mencionaba nada de que una de las dos partes debía fingir odiarlo para que el retorno fuera efectivo. —Tampoco decía nada acerca de tener relaciones, pero allí estaban, en la telaraña de mentiras tejidas por Alois.

Los labios de Ciel permanecieron cerrados, no por pena o por falta de contraargumentos; no tenía que ser un genio de dotes excepcionales para saber que ponerse a discutir en esa situación no sólo sería una pérdida de tiempo, sino que alargaría el acto más de lo que estaba soportando.

Alois dirigió la mano a su miembro semierecto para masturbarse con algo de prisa. No deseaba estar dentro ya, sólo quería ver qué tan grande era el pene de Ciel. Se llenó de orgullo al ver que el suyo era más grande −aunque no por mucho− y, ahora sí, colocó la punta entre los glúteos, dejando caer algo de saliva justo en la unión para facilitar su ingreso.

Experimentar cómo alguien más se apretaba alrededor de su miembro era algo que Alois no había vivido aún, por lo que dejó escapar un largo y agudo gemido mientras cada centímetro era cubierto por el interior de Ciel.

No obstante, Alois tuvo que obligarse a cerrar los ojos y pensar en otra cosa para no correrse al instante. Tras estabilizarse un poco, comenzó a mover la cadera, despacio ansiando memorizar cada segundo.

Era tan embriagante y, al mismo tiempo, quería dejarlo de lado para olvidarlo y experimentarlo otra vez. ¡Justo! ¡Eso era lo que estaba buscando experimentar con el cambio de cuerpo! ¡Había conseguido su objetivo!

—Es fabuloso, Ciel. ¿Lo sientes? —De la felicidad, Alois comenzó a moverse más rápido, casi de manera brusca, aferrándose a la cintura de Ciel para tener control total del vaivén, así como otros se lo hacían a él desde varios años atrás—. Lo estás sintiendo, ¿verdad? ¿Verdad?

Incluso si tenía los dientes apretados y se obligaba a sí mismo a evitar que cualquier sonido vergonzoso saliera de su boca, Ciel no comprendía cómo la saliva se deslizaba desde las comisuras de los labios hacia las sábanas.

En verdad que era la primera vez que Ciel se involucraba en un acto como ese; sin embargo, el cuerpo de Alois parecía recordar y luchar contra él, porque deseaba más. Más fuerza. Más grosor. Más velocidad.

¿Cómo podía disfrutar de algo así? La cordura le disminuía cada vez que Alois chocaba contra su trasero y profanaba su interior. Lo aborrecía y, al mismo tiempo, lo ansiaba tanto.

Lo único que Ciel pudo hacer para contenerse fue morder su lengua y rogar que todo llegara a su fin, porque incluso sin tocarse, su entrepierna se hallaba completamente endurecida y goteando líquido preseminal.

—No… No es suficiente —jadeó Alois, saliendo del interior de Ciel más por fuerza que de gana.

Acto seguido, Alois giró el cuerpo de Ciel, tragando el exceso de saliva que se juntó de golpe en sus mejillas en cuanto vio la erección contraria. Quizá era por los años de práctica o por un deseo subliminal de su cerebro, pero sabía lo que debía hacer.

Incluso sin dilatación previa, se montó en Ciel, posicionando su pene entre los glúteos: guiándolo con una mano hacia su entrada, para introducirlo de un rápido sentón.

Alois gimió alto y fuerte. El cuerpo de Ciel no estaba en absoluto acostumbrado a ese tipo de actividad, por lo que el dolor fue inmediato, no insoportable ni lacerante. Era algo presente y lo hacía inmensamente feliz, en especial porque ahora podía experimentarlo de nuevo, despojarse de su propia virginidad a su modo y a su ritmo.

—¡Magnífico! ¡Eso es, Ciel! —exclamó, utilizando la fuerza de sus delgadas piernas para subir y bajar con prisa—. ¡Justo esto era lo que necesitaba!

Ciel estaba abrumado de manera excesiva como para responder. No sabía en qué enfocar sus pensamientos, mucho menos sus sentidos. La mente le daba vueltas entre el calor, la suavidad de frotar piel con piel, el cosquilleo entre las ingles que amenazaba con hacer que «algo» brotara en cualquier momento.

Entonces, a Alois se le ocurrió algo interesante y decidió hablar en un tono divertido, aunque cargado de deleite.

—¿Estás gozando de esto, Alois? —Aquellas palabras que con tanta aversión le dirigieron en noches pasadas.

—¿De qué estás hablando? —musitó Ciel.

—Bueno, tú tienes mi cuerpo —continuó Alois—. Así que técnicamente eres yo. ¡Actúa como Alois y disfruta del momento! —la exclamación fue una mezcla entre la protesta y el berrinche, actitudes nada difíciles de mezclar para él.

—Dudo mucho que sea necesario. —Ciel pretendía decirle a Alois que eso de seguro no venía entre las páginas del libro y estaba de sobra. Tenía suficiente con hacer esa clase de cosas con él—. Así que déjate de bromas. —Más no podía agregar. Si lo hacía, era probable que terminara gimiendo de la misma forma patética que Alois.

Alois chasqueó la lengua con fastidio antes de hablar, acompañado de un contoneo de cadera apresurado.

—Aunque seas un aguafiestas, no dejaré que lo arruines. Había pensado tanto en este momento. —Adornó la frase con gemidos en los momentos indicados—. Así que te lo concedo Ciel: una tregua momentánea. —Era justo a cambio de todo el placer que estaba obteniendo. No podía salir por completo de su camino, pero le concedería un momento de paz por unas semanas.

Alois no dejaba de saltar sobre el pene de Ciel. Le ardían los muslos, sentía cansadas las rodillas, pero necesitaba alcanzar el clímax cuanto antes o se volvería loco.

—Dios —blasfemó Alois, jadeando por el placer obtenido—. Tan bien… Se siente tan bien… —Esas fueron sus últimas palabras. A partir de ese momento, su boca sólo se separaba para gemir.

Sin necesidad de estimularse con las manos, Alois alcanzó el éxtasis, curvando la espalda por reflejo mientras dejaba que el semen caliente y espeso fluyera y manchara el abdomen de Ciel.

Por su parte, Ciel agradeció que Alois dejara de moverse de manera descontrolada, porque él había eyaculado unos segundos antes, ahogando un único quejido prolongado con éxito, con sus piernas temblando a causa del estímulo excesivo que Alois le brindaba.

El pecho de Ciel se mantuvo subiendo y bajando de manera agitada. Por un momento creyó que experimentaría una hiperventilación. Por suerte, una relajación inhumana le recorrió cada músculo. ¿Sería esa la señal de que estaba regresando a la normalidad? ¿Al fin regresaría su consciencia a su cuerpo verdadero?

Cerró los ojos y no supo nada más.

—Buuu —abucheó Alois, advirtiendo que Ciel se durmió al instante—. Yo no tengo tan poca resistencia como para acabar así. Sólo por eso, la tregua que tenía en mente durará un par de días en lugar de semanas.

Hizo un último esfuerzo para elevar la cadera y dejar de ser penetrado. Cuando el miembro −ahora flácido− de Ciel estuvo fuera, escurrió algo de semen.

—Oh, sí te viniste —musitó con asombro—. Ni me di cuenta. —Estaba absorto en su propio placer como para notar lo que pasaba con Ciel—. Ou, ouch —se quejó, al tiempo que tomaba asiento sobre la cama, llevándose una mano a la espalda baja—. Y eso que es una superficie blanda.

Acto seguido, dejó escapar una carcajada cínica, maliciosa y, en verdad, divertida, porque eso significaba que cuando pasara el efecto del hechizo, Ciel se quedaría con un dolor muscular que le dudaría días completos.

Por un momento Alois se preguntó cómo comunicaría Ciel ese malestar. Alguien tan orgulloso como él, con el rostro ruborizado hasta las orejas mientras describía el lugar que le escocía. Mataría por presenciar la escena.

Ahora, ¿qué más podría hacer para pasar el tiempo?

Miró el cuerpo de Ciel de reojo.

Algo interesante se le ocurriría sin lugar a dudas.

¡Cuéntale a Valdemirt lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

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Bien escrito

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Trama absorbente

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Buenos personajes

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