Melodía De Jaula por 𝔖𝔞𝔪 ℭ𝔬𝔫𝔡𝔢 en Inkitt
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Melodía de jaula

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Sinopsis

Atrapada en un matrimonio donde el silencio es la única forma de supervivencia, una cantante aficionada intenta aferrarse a los últimos fragmentos de su identidad. Cuando un gesto brutal transforma el canto libre de las aves en un cautiverio dentro de su propio hogar, la violencia deja de ser una amenaza implícita para convertirse en una trampa sofocante. Melodías de jaula es un relato visceral y desgarrador sobre el peso del sometimiento, la resistencia que habita en las sombras y la dolorosa certeza de no heredar el cautiverio.

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Melodía de Jaula.

Virginia Woolf

«Matar al Ángel del Hogar era parte de la ocupación de una mujer escritora. Esa criatura era extremadamente simpática, pura y servicial; sacrificaba su vida diariamente para hacer la de los demás más fácil. Tuve que matarla antes de que ella me matara a mí.»



Envidio a los pájaros que cantan por las mañanas, pero su encantadora presencia se fue desvaneciendo con el paso del tiempo para mí. Coincidencia o presagio, desafortunadamente lo más bello nunca es duradero: esos pajaritos de pecho anaranjado se marcharon. Traté de comprender el tormentoso silencio que dejaron tras su partida y, en medio de la soledad, tuve mucho tiempo para ver que tal vez vestíamos las mismas plumas.



Debí haber sido muy inocente —fantasiosa, incluso— para creer que al casarme no perdería cada rastro de mi individualidad y de mi independencia. ¿Acaso el entusiasmo ciego de mi juventud, alimentado por las expectativas de otra generación, no me advirtió de que todo terminaría por desplomarse?


Atrapada en la monotonía de limpiar, cocinar y priorizar al proveedor —tal como fui criada—, soñaba despierta. Me recordaba con nostalgia en los recitales, cantando frente a miles de personas en festivales. Pero pronto un grito me bajaba de esa nube tan alta, donde me sentía especial, devolviéndome a la realidad donde solo era alguien servicial.


Dentro de esa casita de madera, que tenía que relucir por su pulcritud o sobrevendría un sermón —una casa de dos pisos construida para dos que se sentía vacía, que tenía que ser hogareña y cálida aunque la mayoría del tiempo estuviera solitaria—, estábamos a kilómetros de recibir visitas, y él trabajaba todo el día como para recibirlas.



Sin embargo, lo único agradable eran las ventanas que daban luz natural y, mejor aún, donde reposaban los pájaros: un recordatorio de mi esencia. Dejé de sentirme tan sola por un momento, porque eran mi motivación al despertar cuando los escuchaba cantar. Así que mientras limpiaba, mientras cocinaba, tarareaba o cantaba una que otra melodía que conocía; incluso, dependiendo del día y de mi motivación, a veces componía.




Un día, alguien dejó un folleto en la puerta: «Ven a nuestra iglesia, únete al coro, cántale a nuestro Señor». Sentí una gran emoción; era la oportunidad de cantar y de conocer gente nueva. Así que me tomé el tiempo de cocinarle su comida favorita, de ponerme su vestido preferido, y mientras lo hacía pensaba repetidamente en mi cabeza cómo le compartiría las buenas noticias de que retomaría lo que amaba. Así, con tremenda emoción, quise compartirle que me uniría al coro de la iglesia para volver a cantar. Pésima decisión. Él venía de un mal día; lo supe por la tensión en su rostro. Esta vez no pude esquivar el golpe. ¿Cometí el error de llevarle mi propia alegría? Me sentí insignificante. A la mañana siguiente se disculpó; todo un detallista, recordó mi fijación por aquellas aves. Me dio un beso en la frente y otro sobre la piel magullada por la fuerza de su mano. Aunque no había una marca evidente, sentía dolor hasta con el roce de sus labios. Más tarde me sorprendió con un pichón idéntico a los anaranjados de afuera, enjaulado, acompañado de una frase: —Ahora puedes tener tu sueño en casa—.


Traté de disimular el conflicto de emociones, el disgusto y la tristeza por el ave prisionera. Sabía que, si mi rostro expresaba lo que sentía, alguno de los dos terminaría reprendido. Me limité a agradecerle. A veces una cede para que la vida no pese tanto.


Durante semanas todo pareció marchar bien: dulces melodías y cielos despejados. Pero eso no exime los límites del negarse. No solíamos salir a divertirnos como acostumbrábamos antes del compromiso. Un cálido fin de semana de verano lo retomamos, con agradables melodías en la radio y un vestido puesto que él escogió para mí.


Comencé a tararear las canciones, me sentía viva al sentir el sol en mi cuerpo después de mucho tiempo y el refrescante aire ante su respuesta cariñosa. Recordaba cómo besaba mi cuello y me tomaba de la cintura como antes del matrimonio. El aire aumentaba su intensidad tanto que casi se me levantaba la falda del vestido entre mis risas y mi canto. Él me besó de golpe, la radio se cayó por la intensidad del viento y metió su mano debajo de mi vestido. A pesar de mi negativa a que alguien nos viera en los alrededores del parque y por lo desagradable que me resultaron su aliento alcohólico y sus balbuceos, entendí que cualquier esfuerzo por hacerme escuchar era inútil.


En medio de la impotencia, pensé en la carne. La misma que le cocino a diario, incluso ese día; la que corté, golpeé y calenté. La que me esmero en preparar cuando llega de trabajar, aunque sé que nunca le satisface. Hay días que parecen buenos pero se convierten en malos, justo como hoy, donde me absorben mis pensamientos y me pregunto: ¿Qué pasaría si la envenenara? ¿Si fuera él a quien metiera al horno? ¿Y si, finalmente, la muerte nos separara?


Un escalofrío me invadió de inmediato. ¿Cómo podía concebir semejante atrocidad? ¿Acaso albergaba yo más maldad que la persona que me había sumergido en este infierno? Un infierno del que ni siquiera tenía la valentía de escapar. ¿Había algo de verdad en todos sus insultos, algo que me negaba a afrontar?


Y mientras estaba en una posición que me dejaba viendo los árboles que se mecían por la intensidad del aire, mi mente drásticamente comenzó a divagar en la bella criatura emplumada que tengo en casa; la que alimento a diario, que posee alas pero que probablemente desconoce cómo usarlas a comparación de las parvadas de afuera. Pensé que seguramente no seré la mejor tutora, porque cuando miro por la ventana envidio que ellas las puedan usar a voluntad.


De repente, una drástica lluvia me liberó del trance y en cuestión de segundos me dejó empapada. Así fue como acabó ese fin de semana.


Las semanas siguientes me habitó la enfermedad, que incluso en la oscuridad me consumía: una combinación de escalofríos, náuseas, cansancio y probablemente fiebre. Cabe destacar que ya no me nacía cantar ni tararear; era una oyente. El canto de las aves de afuera era una clase de arrullo y el ave doméstica era mi amistad más cercana, a la que le contaba mi día mientras él trabajaba.


Últimamente pensaba en la maldad que en mí habitaba: ¿acaso tenerla cautiva no es equivalente a mutilar sus alas? Nunca la he escuchado cantar y creo que puede ser un sinónimo de su infelicidad, lo que me hizo pensar aún más en que nadie de su parvada se había acercado a reclamarla.


Ese pensamiento resonó tanto en mi mente que procedí a hacer una llamada a la persona más próxima a mi domicilio, con la esperanza de que me diera asilo. De modo que, aprovechando la impulsividad y la adrenalina de dicha idea, recogí mis cosas a prisa, hice mis maletas sin poner atención en los detalles ni colocar mi ropa con delicadeza, y me dispuse a volar sin expectativas. Tomé a mi ave amiga con la intención de que ambas experimentáramos la libertad en compañía.


Al abrir la jaula e invitar a la criatura a que saliera, por un buen rato quedó paralizada. Por más que usaba palabras lindas para invitarla a que emprendiera el vuelo, era tarde. Porque a la distancia lo vi llegar. Con mis únicas pertenencias en las manos, no entendí si alguien me había delatado, pero en ese momento comprendí que jamás me había sentido tan sola: mi única amistad estaba allí en contra de su voluntad y, tan pobre, no contaba con posesiones materiales ni capital que me hicieran independiente de mi captor. De repente, un sudor frío me recorrió el cuerpo. Estaba aterrorizada.


Se limitó a decirme:


—Deja las maletas en la casa—.


El miedo me paralizó. Mi misión de libertad se esfumó una vez más. Lo más inquietante era su tranquilidad en medio de la ira; esa calma me carcomía por dentro.


Pasé horas vomitando. Fue tan grande el malestar que me mandó a dormir; dormí por horas de manera profunda. Imagino que no solo fue el malestar físico, sino que de igual manera se le anexó el desgaste emocional. Al despertar, noté que estaba sola y que el día había avanzado. Un silencio absoluto agudizaba mis náuseas. Sentía un sudor pegajoso mientras me asomaba con temor, como si un cazador acechara desde cualquier rincón. Pero la escena que me esperaba fue peor de lo que imaginaba.


Mi ave de pecho naranja ya no cantaba. Estaba fuera de su jaula, con el cuello roto, las alas levemente desplumadas y las patas quebradas. Seguramente luchó por liberarse hasta que el dolor físico la superó y, de la peor manera, encontró su propia liberación. Un grito de agonía escapó desde lo más profundo de mi pecho. Ese castigo era el peor de todos.


Las aves del exterior se marcharon definitivamente. Me dejaron en completa soledad, sin esperanza ni sueños. Sentí que su abandono era una manifestación de enojo por lo que le habíamos hecho a un miembro de su parvada. En mí recaía la culpa de no haberlo liberado a tiempo, de haberlo condenado a un destino cruel que no merecía.


Pero ahí no culminaba mi oscuridad; posteriormente descubrí el origen de mi malestar. Era irónico: mientras a mi alrededor la vida parecía marchitarse —reducida a melodías repetitivas por pensamientos inagotables y silencios ensordecedores—, en mi interior eclosionaba la vida.


Al principio, como es costumbre, hubo un destello de alegría. Una brisa de esperanza me sacudió, el breve respiro que traen consigo las novedades y la promesa de un reinicio. Volví a experimentar el anhelo de sentirme protegida y amada. Sin embargo, a veces subestimamos las palabras y la verdadera intención tras ellas. Nada me sacudió con tanta fuerza como escucharlo decir, mientras me tocaba el vientre apenas abultado:


—Afortunadamente me necesitas por nueve meses. Después, tu trabajo será cuidarme a mí y a la mujer más bella, la que más me va a amar. O al próximo campeón, un estratega igual a su padre—.


Lo dijo cúon una mano llena de cicatrices, las cuales hasta el día de hoy creo que fueron el recuerdo que le dejó mi ave mientras luchaba durante su último aliento.


Tragué con dificultad las migajas de lo que creía que era amor y la ilusión de tener una familia. Aquella noche, incapaz de conciliar el sueño, dejé que la oscuridad me abrazara.


Repasando lo aprendido —no solo porque el invierno te recuerda los ciclos que se repiten sin fin en una tierra que no se detendrá por lo que estás pasando—, sé que en todo este tiempo, aunque puedo convivir con mi propia soledad y ahogar mi propio canto, no puedo condenar a otra criatura a compartir este sentimiento: el tormento de sentirse enjaulado.


Revisando lo que solía escribir en primavera, cuando más cantaba y componía, encontré esto:

Qué afortunadas son las aves,

están cerca del cielo

y seguramente sus oraciones las recibes primero.

El peso de una mujer reside en sus rodillas:

rogando en sus plegarias,

donde se apoya para ofrecer placer sin permiso,

las que se arañó

al intentar levantarse.

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