¿ Ahora qué ... ?
Capítulo 1: ¿Ahora que...?
Marta miraba fijamente a Enrique sin pestañear. Las lágrimas le impedían verlo con claridad, pero ahora sospechaba que él había hecho algo malo, y que ese algo tenía que ver con Hugo. Marta dudaba de si quería verlo o no.
—Enrique, habla, por favor, habla —le suplicó Marta—. Mírame. ¿Quién era, quién llamó? ¿Qué te han dicho? ¿Era Hugo? ¿Dónde está?
Marta hacía preguntas sin esperar respuesta. El miedo que sentía era tal que no podía parar de preguntar, esperando la única respuesta que necesitaba: que Hugo estaba bien.
—Marta, yo... intento hablar —dijo él.
—Sí, dime, te escucho, Enrique, dime —lo cortó Marta.
Su voz sonaba tan suplicante que Enrique estalló en llanto. La miró: su rostro estaba más pálido de lo normal, los ojos llenos de lágrimas, las manos temblorosas entrelazando los dedos en una forma casi de rezo, de súplica. Todo aquello era demasiado para él. Verla así era demasiado.
—No puedo, Marta, no puedo. Me tengo que ir. Perdóname.
Fue lo único que dijo antes de salir rápido por la puerta.
Marta se quedó de pie, inmóvil, sin saber qué decir, cómo reaccionar, qué sentir. Solo pensaba en Hugo: dónde estaría, y, lo más importante, si estaría bien.
—Marta, cariño, siéntate, por favor. Aquí, sí, eso es, siéntate. Marta, ¿qué ha pasado? ¿Por qué lloras? —le preguntó Mari Carmen.
Al fondo se escuchó una voz—: ¿Me trae la cuenta?
—Sí, un momento, ya voy —contestó Mari Carmen. Y luego, a Marta—: Ahora vuelvo, ¿vale? Enseguida vuelvo contigo. No llores más, Martita, no quiero verte así.
Se marchó. Marta se quedó sentada, tan asustada de sus propios pensamientos que no podía escuchar nada más que el latido de su corazón.
Cuando Mari Carmen regresó, Marta la miró y solo dijo:
—Mari, ¿te importa si me voy a casa? No me encuentro bien. Necesito descansar, quiero estar sola.
—Sí, claro, cariño, vete a descansar. Pero llámame cuando llegues a casa, no me dejes preocupada, ¿vale? Y mañana hablamos.
—Vale, Mari, pero mañana —contestó Marta.
Se incorporó con dificultad, las manos aún temblorosas. Cogió su bolso y se giró para marcharse. Antes de que saliera, Mari Carmen dijo una cosa más:
—Marta, ¿no esperas a que venga Hugo a por ti?
—Hugo no vendrá —contestó Marta, sin mirar atrás.
Salió sin despedirse. Ya en la calle, respiró hondo, se secó las lágrimas y miró a ambos lados. La calle estaba vacía, apenas pasaban coches. Paró un taxi.
—¿A dónde vamos, señorita? —preguntó el taxista.
Marta pensó unos segundos.
—A casa.
—Vale, ¿me puede decir la dirección? —preguntó el conductor, confuso.
Marta dio la dirección y, en silencio, en compañía de sus propios pensamientos, llegó a casa de Hugo, la que desde aquel día también se suponía que era su casa. Abrió la puerta. Al entrar, una ligera brisa que se colaba por la ventana del comedor le trajo el olor del perfume de Hugo. Marta inhaló con fuerza, abrió los ojos y sonrió.
—Hugo, cariño, estás en casa. Hugo.
Empezó a recorrer las habitaciones.
—Cielo, ¿dónde estás? Por favor, contesta.
Pronto se dio cuenta de que en el piso no había nadie. Entendió que solo había sido un soplo de aire.
Se sentó en el sofá y volvió a llorar.
Sin darse cuenta, se quedó dormida. Se despertó con las pestañas aún mojadas y un dolor de cabeza que le daba mareos. Se incorporó a desgana y miró de frente: el reloj de la pared marcaba las once de la mañana.
—Joder, cuánto he dormido —dijo en voz baja.
Volvió a secarse los ojos, cogió su móvil y, antes de mirar la pantalla, cruzó los dedos en su mente con la esperanza de ver un mensaje de Hugo.
No había mensajes de Hugo. Pero sí había uno de Enrique.
Lo abrió y lo leyó en voz baja:
«Hola, Marta, soy Enrique. Bueno, tú ya lo sabes, no sé para qué me presento, ufff, qué duro es esto, joder. Ayer me fui sin despedirme. Verte ayer me dolió más que nada de todo lo que llevo vivido, me partiste el corazón. Marta, soy un cobarde, ahora lo veo claro, porque lo que te voy a explicar no me atrevo a decírtelo a la cara, así que, como todo cobarde, te lo dejaré aquí por escrito.»
Marta leyó aquel mensaje y, en menos de un minuto, empezó a llorar. Enrique le contó la verdad de lo sucedido. Al final del mensaje añadió: «Espero que algún día puedas odiarme un poco menos que hoy.»
Marta respiró hondo, cogió todo el aire que guardaban sus pulmones y lo soltó con un grito largo, agudo y lleno de dolor.
—Ahora que... ¿Qué hago ahora, Hugo? Ahora que...








