La Dueña del trigo
Elena era una mujer imponente. A sus 48 años, medía casi 1,85 y su cuerpo estaba forjado por décadas de trabajo duro en la granja. Brazos gruesos y fuertes, piernas poderosas, caderas anchas y unos pechos pesados que se movían con autoridad bajo sus camisetas ajustadas de trabajo. Su piel bronceada por el sol y sus manos callosas hablaban de una mujer que no pedía permiso.
Lucas, en cambio, era todo lo contrario. Un chico de 23 años, delgado y bajito, de apenas 1,65. Había llegado al pueblo buscando trabajo temporal y terminó aceptando ayudar en la granja de Elena después de que nadie más lo quisiera. Desde el primer día, ella lo miró de arriba abajo con una sonrisa lenta y peligrosa.
—Vas a servir bien, flacucho —le dijo aquel primer atardecer, mientras él apenas podía levantar un saco de grano que ella cargaba con una sola mano.
La dominación empezó sutil. Elena le ordenaba tareas humillantes: limpiar los establos de rodillas, cargar agua mientras ella lo observaba desde el porche con una cerveza fría, o arrodillarse para quitarle las botas después de un largo día. Lucas obedecía. Sentía vergüenza, pero también una excitación que no podía explicar.
Una tarde calurosa, Elena lo llamó al campo de trigo maduro. El sol doraba las espigas altas y pesadas.
—Ven aquí —ordenó con voz grave.
Lucas caminó entre las plantas hasta llegar a ella. Elena llevaba unos jeans ajustados que marcaban sus muslos gruesos y una camisa de cuadros abierta hasta el tercer botón, dejando ver el canal profundo entre sus pechos sudados.
—Hoy vas a aprender quién manda de verdad en esta granja, ratoncito.
Sin darle tiempo a responder, Elena lo empujó con una mano. Lucas cayó de espaldas sobre el trigo, las espigas crujiendo bajo su peso. Antes de que pudiera incorporarse, ella se plantó encima de él, una pierna a cada lado de su cuerpo delgado. El peso de la mujer madura lo hundió más en el lecho de trigo.
—Eres tan pequeño… tan frágil —murmuró ella mientras se desabrochaba lentamente la camisa. Sus pechos pesados quedaron libres, coronados por pezones oscuros y duros.
Elena se arrodilló sobre él, apoyando su peso sobre el pecho del chico, casi quitándole el aliento. Luego bajó la cremallera de sus jeans y sacó su polla ya dura y palpitante. Con una mano grande y callosa la rodeó completamente, apretando lo suficiente para hacerlo gemir.
—Mira cómo te tengo controlado con una sola mano —se burló—. Podría romperte si quisiera.
Lucas jadeaba, excitado y aterrado a partes iguales. Elena se quitó los jeans con dificultad sobre él, revelando unas bragas negras que apenas contenían sus carnes maduras. Se las bajó y se sentó directamente sobre su cara, aplastándolo contra su coño caliente y húmedo.
—Lame, chico. Esa es tu tarea ahora.
Lucas obedeció desesperadamente, lamiendo y succionando mientras ella se mecía sobre su rostro, usando su nariz y lengua como le placía. El olor a sudor, tierra y excitación femenina lo envolvía. Elena gruñía de placer, apretando sus muslos fuertes alrededor de su cabeza.
Cuando estuvo lo suficientemente mojada, se deslizó hacia abajo y se colocó sobre su polla. Con un movimiento lento y dominante, se empaló hasta el fondo. Lucas gritó de placer al sentir cómo su coño apretado y caliente lo tragaba entero. Elena comenzó a cabalgarlo con fuerza, sus caderas anchas golpeando contra él, sus pechos pesados rebotando mientras lo follaba sin piedad.
—Esto es lo que eres para mí —jadeó ella, apoyando una mano grande sobre el cuello delgado de Lucas mientras lo montaba—. Mi juguete. Mi putito flaco de la granja.
El trigo crujía y se doblaba bajo ellos con cada embestida. Elena lo follaba con autoridad, apretando sus paredes internas alrededor de su polla, controlando el ritmo. Cada vez que Lucas intentaba moverse o tocarla, ella le daba una cachetada firme en la cara o le apretaba el cuello.
—Solo te corres cuando yo lo diga.
Lo cabalgó durante largos minutos, sudando, gruñendo, usando su cuerpo pequeño como un colchón viviente entre las espigas doradas. Finalmente, cuando sintió que él estaba al borde, Elena se corrió con un gemido profundo y animal, apretándolo dentro de ella. Solo entonces le permitió correrse, llenándola mientras ella seguía moviéndose lentamente sobre él, exprimiendo hasta la última gota.
Cuando terminó, Elena se levantó, dejando a Lucas tirado y exhausto entre el trigo aplastado, con la ropa desordenada y la cara cubierta de sus jugos.
—Levántate, que aún hay trabajo —dijo mientras se vestía—. Y esta noche, en el granero, vas a aprender a complacerme con la boca hasta que me aburra.
Lucas, temblando de placer y sumisión, solo pudo susurrar:
—Sí, señora…
Elena sonrió con satisfacción mientras caminaba de vuelta a la casa, sabiendo que el flacucho ya le pertenecía por completo.
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Holi hasta aquí es el primer capítulo espero les gustará
:D








