Capítulo 1: La carta imposible
La lluvia golpeaba el cristal de la ventana con una insistencia casi hipnótica. Cada gota parecía marcar el paso de un tiempo que Mateo llevaba meses intentando olvidar. Desde que su padre había desaparecido, la casa se había convertido en un lugar extraño. No porque hubiera cambiado físicamente, sino porque el silencio pesaba demasiado.
Su madre apenas hablaba. Pasaba horas sentada frente a la mesa de la cocina, con una taza de café que siempre terminaba fría. Las fotografías familiares seguían colgadas en las paredes, pero ninguna mostraba ya una familia completa. En todas aparecía un espacio vacío que solo Mateo parecía seguir viendo.
Hacía exactamente cuarenta y tres días que habían encontrado el coche de su padre abandonado junto a un bosque, a cientos de kilómetros de casa. Las puertas estaban abiertas. Las llaves seguían puestas en el contacto. No había sangre. No había huellas. No había señales de lucha.
Solo una palabra grabada con un objeto afilado sobre la puerta del conductor.
HOLLOW CREEK.
La policía aseguró que probablemente era una pista falsa.
Mateo nunca terminó de creerlo.
Aquella tarde regresó del instituto completamente empapado. El cielo estaba cubierto por nubes tan oscuras que parecía que ya había anochecido, aunque apenas eran las cinco.
Abrió la puerta de casa.
—¿Mamá?
Nadie respondió.
Dejó la mochila junto a la escalera y caminó hacia la cocina.
Sobre la mesa había un sobre amarillento.
Su nombre estaba escrito con una caligrafía que reconocería en cualquier parte.
Mateo.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No podía ser.
Se acercó lentamente.
Aquella letra...
Era idéntica a la de su padre.
Miró alrededor.
—¿Mamá?
Silencio.
Tomó el sobre con manos temblorosas.
El papel era viejo, áspero, como si hubiera permanecido años guardado en algún lugar húmedo.
Lo abrió.
Dentro solo había una hoja doblada.
Respiró hondo antes de leer.
“Si estás leyendo esto, significa que no llegué a tiempo.”
Mateo sintió cómo el corazón empezaba a latir con fuerza.
Continuó.
“No escuches a nadie que diga que estoy muerto.”
Se quedó inmóvil.
“No fue un accidente.”
“Me encontraron antes de que pudiera regresar.”
“Jamás pronuncies el nombre de Hollow Creek delante de desconocidos.”
“Si todavía conservas la brújula del abuelo, llévala contigo.”
“Y pase lo que pase...”
“No entres en la iglesia después del anochecer.”
La carta terminaba ahí.
No había despedida.
No había firma.
Porque no hacía falta.
Mateo dejó caer el papel sobre la mesa.
Era imposible.
Su padre llevaba más de un mes desaparecido.
La policía había dado prácticamente por hecho que estaba muerto.
Entonces...
¿Quién había escrito aquello?
En ese instante sonó el timbre.
Mateo dio un pequeño salto.
Fue hasta la puerta.
Al abrir, encontró al cartero alejándose bajo la lluvia.
En el suelo había otro sobre.
Lo recogió.
No tenía remitente.
Solo un sello postal casi borrado.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía.
Era antigua.
En blanco y negro.
Mostraba un pequeño pueblo rodeado de montañas.
Las casas parecían detenidas en otra época.
En el reverso alguien había escrito:
“Todavía te espera.”
Debajo aparecía una fecha.
1958.
Pero lo que hizo que el aire desapareciera de sus pulmones fue otra cosa.
Entre todas aquellas personas que miraban a la cámara había un hombre.
Sonriendo.
Con una mano apoyada sobre el hombro de un niño.
Ese hombre era su padre.
Exactamente igual que ahora.
Ni una arruga más.
Ni una menos.
Mateo dejó caer la fotografía.
—No...
Retrocedió varios pasos.
Aquello no tenía sentido.
Su padre tenía cuarenta años.
¿Cómo podía aparecer en una fotografía tomada hacía casi setenta?
Una voz sonó detrás de él.
—Ya la encontraste.
Mateo giró bruscamente.
Su madre estaba de pie en el pasillo.
Empapada.
Tenía el rostro completamente pálido.
Miraba la fotografía con auténtico terror.
—¿Dónde... dónde has conseguido eso? —preguntó con un hilo de voz.
Mateo levantó lentamente la imagen.
—Ha llegado por correo.
Su madre comenzó a llorar.
No como alguien que acababa de recibir una mala noticia.
Sino como alguien que acababa de confirmar un miedo que llevaba años escondiendo.
—Tenemos que quemarla.
—¿Qué?
—¡Ahora!
Corrió hacia él intentando arrebatársela.
Pero, justo cuando sus dedos tocaron el borde de la fotografía...
Las luces de toda la casa se apagaron.
La oscuridad lo envolvió todo.
Solo se escuchaba la lluvia.
Y entonces...
Tres golpes.
Lentos.
Secos.
TOC.
TOC.
TOC.
No provenían de la puerta principal.
Ni de una ventana.
Venían del piso de arriba.
Exactamente de la antigua habitación de su padre.
Mateo sintió un nudo en el estómago.
Su madre dejó de respirar durante un segundo.
—No subas... —susurró, sin apartar la vista de la escalera.
Otro golpe.
Más fuerte.
Después otro.
Como si alguien caminara descalzo sobre la madera.
Paso.
Paso.
Paso.
Mateo sabía perfectamente que aquella habitación llevaba cerrada desde la desaparición de su padre.
Nadie había vuelto a entrar.
La llave seguía guardada en un cajón de la cocina.
Su madre empezó a retroceder.
Tenía los ojos completamente abiertos.
—No puede ser...
Un crujido resonó en toda la casa.
La puerta del piso de arriba acababa de abrirse sola.
Lentamente.
Como si alguien acabara de salir de la habitación.
Entonces llegó el olor.
Tierra mojada.
Madera podrida.
Y un perfume extraño, parecido al musgo después de una tormenta.
Era exactamente el mismo olor que impregnaba la chaqueta de su padre el día que desapareció.
Mateo dio un paso hacia la escalera.
—¡No!
Su madre lo sujetó del brazo con una fuerza inesperada.
—Si escuchas que alguien te llama... no respondas.
Las pisadas cesaron.
El silencio regresó.
Durante unos segundos.
Hasta que una voz, grave y desgastada, descendió desde la planta superior.
Una voz que Mateo conocía mejor que ninguna otra.
—Hijo...
Las lágrimas comenzaron a resbalar por su rostro.
Era imposible.
Pero era la voz de su padre.
—Mateo...
Su madre comenzó a temblar.
—No es él...
La voz volvió a sonar.
Más cerca.
Más clara.
—Ven arriba.
Te necesito.
Mateo sintió cómo todo su cuerpo le pedía correr escaleras arriba.
Sin embargo...
Miró la fotografía que aún sujetaba entre las manos.
En la esquina inferior derecha había aparecido algo que antes no estaba.
Una figura alta.
Demasiado alta.
Completamente negra.
Observándolo desde detrás de una de las casas del pueblo.
Y, aunque la fotografía era completamente estática...
Juraría que aquella cosa acababa de sonreír.
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