Capítulo 1
Oh vamos cariño, no muerdo.
La noche en el Ice Castle respiraba lujuria barata y ambición cargada de colonia, un ecosistema perfecto donde depredadores y presas bailaban bajo luces estroboscópicas. Pero todo ese frágil equilibrio se quebró en el instante en que él cruzó la puerta.
Viktor Nikiforov, el Pakhan de la mafia rusa, con su traje de seda italiana con una sonrisa que prometía indulgencia o muerte, detuvo el vaso de vodka a medio camino. El aire, pesado hasta entonces con humo y sudor, se electrizó de repente. Y no fue el único en notarlo. Una ola de silencio repentino barrió el club, seguida de un susurro colectivo que se ahogó en la música. Todos los ojos se clavaron en la figura que, con una indolencia deliberada, se abría paso entre la multitud.
Era una visión de oscura elegancia con peligro latente. Un azabache de ojos castaños ,muy afilados, con una tez ligeramente bronceada que contrastaba con el traje negro impecable que se ceñía a sus hombros estrechos y a su cintura delgada. La camisa eléctrica debajo era un destello de audacia, un desafío. Desprendía una sensualidad feroz, un aura que no pedía atención sino que la exigía, la comandaba. Se sentó en la barra, raspó sus nudillos sobre la madera pulida y, como si obedecieran una orden no dicha, la vida volvió a su torrente frenético, aunque ahora todas las miradas buscaban disimuladamente reflejarlo.
Viktor exhaló lentamente. Su Alfa interior, una bestia generalmente contenida tras capas de control, se irguió de pronto, gruñendo con un anhelo primitivo y visceral. ¿Que? El aroma le llegó entonces: una mezcla embriagadora ,única de frutos rojos maduros, jazmín silvestre y algo más, algo metálico, peligroso como el acero recién afilado. Era un perfume omega, pero no uno cualquiera. Era el perfume.
Sus ojos, de un azul glacial, se clavaron en la muñeca del recién llegado cuando este, con un gesto casual, se apartó el flequillo oscuro de la frente. Allí, delicada pero desafiante, una pulsera de plata fina con un colgante de zafiro centelleó bajo las luces. La confirmación. Un diseño único, la otra mitad del que él llevaba escondido bajo su propio traje. El corazón le golpeó contra las costillas con una fuerza brutal. Es él.
—Otabek —llamó Viktor, su voz un susurro ronco que cortaba el bullicio. Su mano derecha, el kanzajo de mirada estoica, se acercó— ¿Quién es ese omega de la barra?
Otabek Altin, cuyo rostro rara vez delataba emoción, palideció ligeramente. Conocía esa mirada en su jefe. La misma con la que incineraba imperios y destrozaba rivales.
—Se hace llamar Eros.Nadie conoce su nombre real. Es… esporádico. Y peligroso, Viktor. No te acerques —advirtió, eligiendo sus palabras con el cuidado de quien desactiva una bomba— Es solo un omega, sí, pero tiene tanto poder como para hacer temblar los cimientos de cualquiera. Cruzarse en su camino es firmar tu propia sentencia.
Una sonrisa lenta, cargada de pura sed depredadora, se dibujó en los labios de Viktor.
—¿Ah,sí? —murmuró, bebiendo al extraño con la mirada— Ahora quiero conocerlo mucho, mucho más.
El estallido de una bofetada seca cortó la música. Un Alfa ebrio y con exceso de confianza había osado poner una mano sucia en el brazo de su omega. La furia que estalló en Viktor fue tan instantánea, casi absoluta que el aire a su alrededor pareció vibrar. Se irguió, listo para descargar una violencia ejemplar, pero la mano firme de Otabek lo sujetó del brazo.
—¡Suéltame! —rugió Viktor, con la Voz de Alfa que hacía temblar las voluntades.
Otabek se tensó, pero no cedió.
—Espera, Mira.
Viktor obedeció, la escena que presenció le quitó el aliento. El azabache, en lugar de encogerse, se levantó con una calma aterradora. Bajó la cabeza, ocultando sus ojos bajo el flequillo, una imagen de sumisión que resultaba falsa como una daga de seda. El Alfa agresor sonrió, triunfante, posó una mano condescendiente en su hombro.
—¿Ven? Solo hay que mostrarles su lugar —escupió a sus compinches— No es más que una simple omega. Una puta para los Alf…
—Uno: no soy una puta —lo interrumpió una voz serena, pero cargada de una amenaza glacial— Dos: deja de tocarme, estúpido.
El movimiento fue un blur. Con una torsión brutal, el azabache dobló la muñeca del Alfa hacia atrás, haciéndolo gritar de dolor. No hubo tiempo para una reacción. En el parpadeo de un ojo, el agresor estaba inmovilizado contra el suelo, con el omega arrodillado sobre su espalda, sus manos atadas con su propia corbata. Luego, el azabache se levantó y posó la punta afilada de su tacón en la mejilla del hombre, clavándoselo con suficiente presión para dibujar una gota de sangre.
—Y tres —susurró, inclinándose hasta que su aliento heló la oreja del Alfa— me respetas. Me importa un bledo quién seas. — Tomó un cuchillo de cortar fruta de la barra y lo dejó caer con despreocupación. El filo rozó la yugular del hombre, que sudó frío. —Espero que hayas aprendido. La próxima vez no tendrás tanta suerte.
Se incorporó, con una sola mirada a Leo, el barman de ojos aceituna, fue suficiente. En segundos, el Alfa fue arrastrado fuera del club , la normalidad, falsa y tensa, regresó. El azabache regresó a su bebida como si nada.
Viktor estaba extático. Su lobo interno aullaba de orgullo con una mezcla de lujuria. Su pareja era una fiera magnífica. Y entonces lo vio: el omega se deslizaba hacia la salida. Sin pensarlo dos veces, Viktor lo siguió, su propio corazón marcando un ritmo frenético. Cruzó la puerta trasera que leda a un callejón oscuro, el aroma a frutos rojos y acero lo guio como un imán.
Mientras tanto, escondido entre las sombras y una pila de cajas de madera, Yuri —para muy pocos— jadeaba. Se maldijo a sí mismo. Se había acorralado, no por incapacidad—podía desarticular a una docena de hombres con las manos atadas— sino por pánico. El aroma del Alfa, intenso a vodka, nieve limpia y poder absoluto, lo había embriagado, nublando sus sentidos. Había reconocido la pulsera gemela en la muñeca de Viktor al instante. Su Alfa. El jefe de la misma organización a la que él había jurado destruir. El destino tenía un sentido del humor cruel. No podía ser. No ahora. Su misión, su venganza de conquistar todo el territorio, todo se interponía.
—Tch —escupió, intentando calmar el temblor de sus manos.
Oyó que una puerta se cerraba a lo lejos. El aroma del Alfa se diluía. Se había ido. Aliviado, salió de su escondite, su espalda rozando la pared fría de ladrillo.
Fue su error.
Unos brazos como bandas de acero lo envolvieron por detrás, atrapándolo contra un torso ancho y duro. El aroma a vodka, nieve lo inundó, aturdidor, posesivo. ¡Mierda! Había caído en la trampa más vieja: el falso repliegue. Su mentor, Celestino, se revolcaría en su tumba.
—No te irás —la voz de Viktor, grave y cargada con el peso de la Voz de Alfa, resonó en su oído, trepando por su columna como un escalofrío eléctrico.
Yuri se sintió invadido por una mezcla de pánico y una excitación paralizante. No quería usar sus trucos, no contra él, pero no podía ceder. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, Viktor lo giró con una fuerza brusca pero precisa, aplastándolo contra la pared. Sus miradas se encontraron.
El mundo se detuvo. El azul glaciar de Viktor chocó con el ámbar ardiente de Yuri. Fue como mirar directamente al alma del otro, reconociendo el vacío que solo el otro podía llenar. Viktor no tuvo ya dudas. Yuri, en shock, intentó luchar, pero las manos del Alfa inmovilizaron las suyas contra el muro, entrelazando sus dedos con una fuerza que era a la vez una prisión y una caricia. Inmediatamente el alfa capturo sus labios
No fue un beso de exploración, sino de conquista y reconocimiento. Una reclamación feroz y primitiva que Yuri, para su propio asombro, no pudo ni quiso rechazar. Un gemido ahogado escapó de su garganta mientras su boca se abría bajo la presión del Alfa, correspondiendo con una urgencia que lo aterraba. Su sabor era adictivo, una mezcla de vodka y poder que lo embriagaba más que cualquier licor. Su mente gritaba en alarma, pero su cuerpo, traicionero, se fundía contra el de Viktor. Sus manos liberadas se enredaron en los plateados cabellos del Alfa, profundizando el beso, mientras las manos de Viktor descendían por su espalda, sus palmas ardientes acariciando la curva de su columna, sus muslos, apretándolo contra la evidente y abrumadora erección que se marcaba a través del traje.
La falta de aire los separó, jadeando, un hilo de saliva plateado conectando sus labios hinchados. Sus miradas ardían con el mismo fuego, los mismos deseos conflictivos. Estaban a segundos de caer en el abismo, de que Viktor lo tomara allí mismo, contra la pared fría del callejón.
¡Clack!
El sonido metálico de un cerrojo al abrirse los alertó. Yuri volvió en sí, la realidad golpeándolo como un cubo de agua helada. Con una fuerza renovada por el pánico, empujó a Viktor con todas sus fuerzas, aprovechando su sorpresa. En un movimiento felino, trepó por las cajas apiladas, volviéndolas con un estruendo. En un instante, estaba en el tejado bajo, con la ciudad a sus pies.
Jadeante, se volvió una última vez. Allí abajo, Viktor lo miraba, no con furia, sino con una admiración lujuriosa , una determinación feroz. Yuri, en un arranque de audacia que le latía en la sangre, se llevó dos dedos a los labios, calientes por el beso de Viktor, se los lanzó con una sonrisa desafiante, cargada de promesa. Un gesto de despedida y de futuro incierto.
Luego, se volvió y se fundió con la oscuridad de la noche.
Viktor no corrió. Permaneció en el callejón, saboreando el regusto a frutos rojos y desafío que aún persistía en sus labios. La frustración por su escape era un eco lejano comparado con el fuego que ahora le ardía en las venas. Tocó su propia muñeca, donde terminaba su camisa, la pulsera gemela descansaba contra su piel.
Una sonrisa lenta, peligrosa y absolutamente decidida, curvó sus labios.
—Te encontraré, Eros —murmuró para la noche vacía, la promesa pesando más que cualquier juramento de sangre.
Definitivamente encontraría a ese omega que lo había conquistado, o dejaba de llamarse Viktor Nikiforv
Continuará....








