Prologo
El guardián del equilibrio.
Mucho antes de que los reinos alcanzaran su máximo esplendor, antes de que los aventureros recorrieran los caminos de Gadaria en busca de fama y fortuna, existía un lugar que muy pocos conocían y del que aún menos lograban regresar.
El Inframundo.
No era un reino de llamas eternas ni un páramo desolado, como contaban las historias. Era un mundo propio, inmenso y silencioso, separado del continente por una barrera que nadie había conseguido cruzar durante siglos.
En su centro se alzaba un gigantesco castillo construido con ladrillos de color granate. Sus torres atravesaban las oscuras nubes del cielo y una inmensa grieta rodeaba toda la fortaleza como si el propio mundo quisiera mantenerla aislada.
Solo un enorme puente de piedra permitía llegar hasta sus puertas.
Sobre aquel puente caminaba una única figura.
Vestía una larga túnica negra adornada con detalles dorados que brillaban débilmente bajo la escasa luz del Inframundo. Sus pasos eran lentos y firmes, como si conociera cada piedra del camino desde hacía una eternidad.
Era Kona.
No había guardias acompañándolo.
No los necesitaba.
Al llegar al centro del puente, levantó la mirada hacia el castillo y permaneció inmóvil durante unos instantes.
El silencio era absoluto.
Entonces continuó su camino hasta una enorme sala circular situada bajo la torre principal.
En el centro de la estancia descansaba un antiguo altar de piedra cubierto por símbolos desconocidos.
Sobre él flotaba un bastón negro.
Su madera parecía más antigua que cualquier árbol de Gadaria y una oscura gema coronaba su extremo superior. En su interior se movía una niebla negra que jamás permanecía quieta.
Kona se acercó lentamente.
Apoyó una mano sobre la reliquia.
Durante un breve instante, toda la sala comenzó a vibrar.
Las runas del suelo despertaron una tras otra, iluminando el lugar con un resplandor rojizo.
El bastón respondió con un pulso de energía tan intenso que incluso las paredes del castillo temblaron.
Kona no apartó la mano.
Permaneció observando la reliquia con una expresión imposible de interpretar.
Finalmente habló.
—Todavía no...
Su voz era tranquila.
No sonaba enfadada.
Sonaba cansada.
Como la de alguien que llevaba siglos soportando el mismo peso.
Con un movimiento lento levantó el bastón y lo introdujo en una ranura del altar.
Las runas comenzaron a girar formando un enorme círculo mágico.
Una barrera oscura cubrió por completo la sala.
El sello volvía a estar completo.
Kona cerró los ojos.
—Mientras permanezcas aquí... ambos mundos seguirán separados.
Nadie respondió.
Solo el eco de sus palabras recorrió la inmensa cámara.
Después dio media vuelta y comenzó a alejarse.
Antes de abandonar la sala se detuvo por última vez.
—Pero si algún día alguien rompe este sello...
...el equilibrio desaparecerá.
Las enormes puertas de piedra se cerraron lentamente tras él.
El bastón volvió a quedar solo.
Pasaron los años.
Después las décadas.
Luego los siglos.
Los reinos crecieron.
Las guerras comenzaron y terminaron.
Nacieron reyes.
Desaparecieron civilizaciones.
Y el nombre del bastón terminó convirtiéndose en una simple leyenda.
Hasta que un joven aventurero, movido únicamente por la curiosidad, encontró un camino que jamás debió recorrer.
Sin saberlo...
acababa de cambiar el destino de Gadaria para siempre.








