Personalizar legibilidad
Aa

DEINÉMESIS

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Max era solo un estudiante ordinario intentando sobrevivir a la rutina cotidiana, hasta que una noche las sombras de Lima se lo tragaron por completo. Arrancado de su hogar y sometido a un cautiverio brutal, presenció lo peor que la naturaleza humana puede ofrecer. Pero cuando sus captores intentaron destruirlo usándolo como conejillo de indias para un experimento prohibido, no crearon a un soldado sumiso... despertaron a un monstruo. De las ruinas del laboratorio no emergió un héroe. Emergió Deinémesis: una entidad cargada con un poder divino, una mente quebrada por la tragedia y una sola misión en mente: purgar desde la raíz a todos los responsables. Ellos crearon el abismo, y ahora el abismo viene por ellos.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Viajero
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPITULO 1 : Carne y Ceniza

Era de noche en mi ciudad. Me encontraba en mi habitación, sentado frente al escritorio con los cuadernos abiertos, pero mi mente estaba en cualquier otro lado. Pensaba en la universidad, en la montaña de tareas que se acumulaban, en los trabajos por entregar y en cómo mis días se habían vuelto una rutina pesada, aburrida y repetitiva. Sentía que el tiempo pasaba frente a mí sin que nada relevante ocurriera.

-¡Max! -el grito de mi madre desde el primer piso me sacó de mis pensamientos.

Dejé el lapicero sobre la mesa, suspiré y bajé las escaleras. Al llegar a la sala, vi a mi papá y a mi hermana sentados en el sillón viendo la televisión. Mi mamá estaba en la cocina terminando de preparar la cena; el olor a comida caliente llenaba el espacio. Me acerqué a ella y le pregunté qué pasaba.

-Hijo, se me acabó un ingrediente para la comida. ¿Puedes ir un momento a la tienda de la esquina a comprarlo, por favor?

-Claro, ma, no hay problema -le respondí.

Salí de la casa, sintiendo el aire fresco de la noche en la cara. Caminé unos metros hasta la tienda habitual, pero al llegar me encontré con las rejas abajo y el candado puesto. Ya era tarde, así que debieron cerrar temprano. En lugar de regresar con las manos vacías, decidí seguir caminando un par de cuadras más en busca de algún negocio que aún estuviera abierto.

Las calles estaban oscuras y casi desiertas. Mientras avanzaba por la vereda, logré visualizar una camioneta negra a lo lejos. Iba a una velocidad excesiva para ser una zona residencial. Para no llamar la atención ni generar problemas, simplemente bajé la mirada y continué caminando a paso normal, actuando como si no me importara. Pero la camioneta no pasó de largo. Frenó en seco justo enfrente de mí, cruzándose en el camino y bloqueandome el paso.

Las puertas laterales se abrieron de golpe. Varios hombres encapuchados bajaron a toda prisa. Antes de que pudiera correr o reaccionar, se me tiraron encima. Traté de zafarme, pero me propinaron un golpe brutal en el estómago que me dejó sin aire, seguido de un puñetazo directo al rostro. Mi visión chispeó. En segundos me taparon la cabeza con una bolsa de tela negra, me ataron las manos a la espalda con amarras plásticas y me subieron a la fuerza a la tolva del vehículo.

Escuché las puertas cerrarse de un portazo, el motor rugir y las llantas patinando contra el asfalto. Quedé tirado en el piso del vehículo, sintiendo la velocidad y los giros bruscos. A mi alrededor se oían murmullos y respiraciones agitadas. Pasaron los minutos, pero para mí se sintieron como horas eternas en medio de la penumbra y la asfixia de la bolsa.

Finalmente, la camioneta se detuvo. Escuché abrirse las puertas, pasos pesados sobre tierra y metal, y de inmediato, ruidos que me congelaron la sangre: ecos lejanos de gritos de auxilio, llantos desgarradores y súplicas de terror. Me arrastraron a la fuerza, haciendo que mis pies chocaran contra el suelo. Oí el crujido de una puerta metálica pesada al abrirse sobre sus bisagras oxidadas. Me arrojaron sin piedad hacia el interior. Caí de rodillas sobre un piso duro y frío.

Alguien cortó la amarra de mis muñecas con un cuchillo, me quitó la bolsa de la cabeza de un tirón y cerró la puerta de metal de un portazo. El sonido del candado al echarse retumbó en las paredes.

Quedé en absoluta penumbra. El aire olía a humedad, moho, sudor viejo y un rastro metálico parecido a la sangre. Al fondo de la habitación se escuchaban susurros temblorosos y sollozos ahogados. Parpadeé varias veces hasta que mis ojos se acostumbraron a la escasa luz que filtraba una pequeña rejilla superior.

Al levantar la mirada, me encontré rodeado de varias personas amontonadas contra los rincones de la celda. Había un hombre mayor con la ropa sucia que temblaba sin parar, un grupo de chicos jóvenes abrazando sus rodillas, una chica de mi edad con la cara manchada de tierra y una niña pequeña que lloraba en silencio en los brazos de otra joven. Me arrastré lentamente por el suelo hasta quedar apoyado contra la pared fría, justo al lado de la chica de mi edad. Ella tenía las rodillas pegadas al pecho y la mirada fija en los barrotes.

-Oye... -susurró ella, casi sin mover los labios para no llamar la atención de los guardias del pasillo-. ¿Siguen enteras tus costillas?

-Creo que solo tengo dos rotas hoy -intenté bromear, soltando una sonrisa amarga que me hizo doler el labio partido-. Nada mal para ser un martes.

La chica soltó una pequeña risa ahogada, apretando los labios. Luego, su mirada se volvió melancólica.

-Me llamo Elizabeth... Extraño el ruido de mi casa -murmuró, apoyando la cabeza contra el muro-. Extraño a mi mamá renegando en la cocina porque dejaba la luz prendida, el olor a la comida caliente... A veces cierro los ojos y me imagino que sigo ahí, en mi cuarto, esperando que sea hora de cenar. ¿Tú en qué piensas, Max?

-En mi familia -contesté, sintiendo un nudo en la garganta-. Mi papá y mi hermana estaban viendo televisión en la sala. Salí a la tienda a comprar algo para la cena y... no volví. Deben estar buscándome como locos.

Elizabeth me miró. En medio de la suciedad y la penumbra, sus ojos tenían una determinación que me dio fuerza. Estiró su mano temblorosa y tocó mis dedos en el suelo.

-Vamos a salir de aquí, Max -dijo con una firmeza que parecía imposible para el lugar donde estábamos-. No sé cómo, pero no nos vamos a quedar a morir en este agujero. Vas a regresar a cenar con tu familia y yo voy a volver a la mía. Promételo.

-Te lo prometo -susurré.

Ahí fue donde hablé con ella por primera vez. Se llamaba Elizabeth. Tenía una fuerza extraña en la mirada, una determinación que no encajaba con el infierno en el que estábamos. Con el pasar de los días, mientras permanecíamos encerrados, empezamos a hablar y nos volvimos buenos amigos , su presencia fue lo único que me mantuvo unido a la cordura.

Pero el día a día en ese lugar era un horror sistemático. Las mujeres eran tratadas como simples objetos: los captores entraban periódicamente, elegían a una, se la llevaban a la fuerza entre gritos, abusaban de ella y horas después la devolvían tirada en el suelo, rota por dentro. A los hombres nos reservaban algo distinto: nos sacaban para propinarnos golpizas brutales con tubos y bates hasta dejarnos inconscientes sobre la tierra, solo para despabilarnos con agua fría y volver a encerrarnos.

Pasaron las semanas. El dolor, el hambre y el agotamiento nos redujeron a sombras huesudas.

Hasta que llegó ese día.

La puerta de la celda se abrió de golpe y dos guardias entraron riéndose. Uno de ellos caminó directo hacia el rincón donde estaba la niña pequeña, agarrándola del brazo para arrastrarla fuera. Un corrientazo de rabia pura me recorrió el cuerpo, haciendo que olvidara mis huesos rotos y el cansancio.

Me abalancé sobre el sujeto más cercano. En medio del forcejeo y la adrenalina, logré quitarle la pistola de la cintura y, sin dudarlo un segundo, le disparé a quemarropa en el pecho. El estallido ensordeció la celda. El hombre cayó pesado al suelo. El otro captor reaccionó de inmediato y se tiró encima de Elizabeth, empezando a golpearla brutalmente. Corrí hacia él para intentar matarlo también, pero el tipo logró soltar un grito de alerta hacia el pasillo antes de que pudiera frenarlo.

En segundos, el resto de la banda irrumpió en el recinto. Eran demasiados. Nos superaron en número, nos molieron a patadas en el piso, nos desarmaron y nos arrastraron fuera de las celdas hasta un patio de tierra al aire libre.

Allí estaba el líder. Un sujeto de rostro frío, cicatrices en el cuello y ojos carentes de cualquier rastro de humanidad. Nos tiraron a sus pies.

-¿Así que quieres jugar al héroe? -dijo el líder con una voz serena que daba escalofríos-. Déjame enseñarte lo que les pasa a los héroes aquí.

Varios hombres me agarraron del cabello y me presionaron el rostro, abriéndome los párpados a la fuerza para impedirme cerrar los ojos. Trajeron a Elizabeth y la arrojaron frente a mí. Abusaron de ella ahí mismo, en la tierra sucia, mientras yo tenía que presenciar cada segundo de su sufrimiento. Mis uñas se clavaron en la tierra hasta sangrar y la mandíbula me dolía por la presión de apretar los dientes. Los gritos de Elizabeth desgarraban el aire, pero yo no podía mover un solo músculo.

Cuando los hombres se apartaron, Elizabeth quedó tendida sobre el polvo. Lenta, dolorosamente, alzó el rostro hacia mí. Tenía los labios rotos y los ojos empapados en lágrimas. Estiró su mano temblorosa en mi dirección, intentando alcanzarme con los dedos.

-Max... por favor... ayúdame... -susurró con el último hilo de voz que le quedaba-. Lo prometiste ... salgamos vivos de aquí... por favor...

Verla suplicar me destrozó el alma. Intenté gritar su nombre, pero un nudo amargo en la garganta me ahogó la voz.

El líder se acercó caminando despacio. Miró a Elizabeth en el suelo, soltó una carcajada burlona y negó con la cabeza.

-Esta ya no sirve para nada -dijo con total indiferencia.

Sintió la pistola en la cintura, apuntó a la cabeza de Elizabeth y apretó el gatillo.

BANG.

El sonido me retumbó en la cabeza como un trueno. Vi cómo la mano de Elizabeth caía pesada contra la tierra, inerte. El destello del disparo apagó la última luz que me quedaba. Algo dentro de mí se rompió para siempre. El llanto se detuvo. El dolor físico desapareció. Mi rostro se volvió completamente rígido, inexpresivo; mis ojos quedaron fijos en el cuerpo sin vida de mi amiga. Durante los días siguientes me molieron a golpes, buscando hacerme gritar, llorar o suplicar. Pero yo ya no estaba allí. No emití un solo sonido. La mente se me había vuelto un témpano de hielo.

Pasó una semana entera tras la muerte de Elizabeth. Una semana de golpes diarios, silencio gélido y un vacío que me devoraba por dentro.

Una tarde, mientras yacía tirado cerca de los barrotes con la mirada perdida, escuché a dos guardias detenerse en el pasillo exterior a fumar un cigarrillo. Hablaban entre risas, pero sus palabras llamaron mi atención.

-Oye, ¿te enteraste de lo que trajeron los jefes al laboratorio central? -preguntó uno de ellos, soltando el humo.

-¿Qué cosa? ¿Más armamento? -respondió el otro sin mucho interés.

-No, hermano. Trajeron un artefacto o sustancia rara... le dicen la "Piedra Filosofal" -dijo en voz baja, mirando a los lados-. Los doctores dicen que esa mierda tiene un poder absurdo, pero necesitan probar si un cuerpo humano común puede aguantar la carga sin reventar.

-¿Y como carajos van a probar eso?

-Van a hacer pruebas extremas de resistencia física.

Quieren a un "voluntario" de las celdas para reventarlo a torturas durante días. Si el sujeto aguanta vivo a toda esa paliza sin quebrarse, dicen que su cuerpo estará listo para que le inyecten la sustancia. Aunque, seamos honestos, el que entre a eso está prácticamente muerto.

Los hombres se alejaron riéndose por el pasillo.

Dentro de la celda, el silencio era sepulcral. Todos los prisioneros se encogían contra las paredes, temblando de pánico al saber que quien fuera elegido sufriría un infierno indescriptible.

Me quedé allí sentado, en la oscuridad de la celda, con la espalda apoyada contra la pared fría. Escuché cada palabra, pero no me moví. No reaccioné. Para mí, el mundo ya se había detenido el día que mataron a Elizabeth; lo que pasara con mi cuerpo a partir de ese momento me daba exactamente igual.

A los pocos minutos, el eco de unos pasos pesados resonó por el pasillo. Los dos mismos guardias de antes se detuvieron frente a los barrotes. Uno de ellos sacó la llave, abrió la celda de golpe y soltó un grito que retumbó en todo el lugar:

-¡Atención, pedazos de basura! ¡Necesitamos a un voluntario! ¡Uno solo para la primera prueba del cambio! ¡Alguien quiere ofrecerse o lo elegimos a la fuerza!

Nadie respondió. El silencio en el calabozo era denso, lleno del terror de los hombres que sabían que cruzar esa puerta significaba no regresar.

Viendo que nadie se movía, el guardia más alto soltó una risa burlona y señaló con el cañón de su arma a uno de los chicos que estaba sentado cerca de la esquina, temblando visiblemente.

-Tú. Levántate. Te tocó ser el primero.

El chico, aterrorizado y con los ojos llenos de lágrimas, empezó a ponerse de pie torpemente, obedeciendo solo por el pánico de que le dispararan ahí mismo. Iba a dar el primer paso hacia ellos cuando mi voz cortó el aire, seca y pesada.

-Déjalo en paz.

Los guardias se giraron, sorprendidos. Me levanté lentamente del suelo, sin prisa, clavándoles una mirada tan muerta que los dos tipos se quedaron helados por un segundo.

-Yo iré -dije, dando un paso al frente y poniéndome entre el chico y la puerta-. Yo me hago cargo.

Me sacaron de ahí y comenzaron las pruebas. Me electrocutaron con cables de alto voltaje hasta que el cuerpo me convulsionaba sin control. Me golpearon el torso con bates de béisbol y tubos de acero. Me apuñalaron en los hombros y muslos para medir mi tolerancia al sangrado. Me dieron latigazos que me arrancaban tiras de piel de la espalda. Me ataron a una pared y me dispararon chorros de agua helada a alta presión. Todo esto durante días. Pero no emití ni un solo gemido. Mis cejas ni se movieron. Los hombres me miraban desconcertados, asustados por la mirada muerta con la que los observaba en medio del dolor.

Finalmente dijeron que mi cuerpo y mi mente estaban "listos" para la fase final.

Me subieron a una camioneta, semiinconsciente. Cuando desperté, estaba en un lugar completamente diferente: una sala de operaciones blanca, fría y aséptica. Estaba atado de pies y manos a una mesa metálica, exactamente en la posición de los condenados a muerte por inyección letal. Frente a mí había un enorme panel de vidrio templado, y detrás de él, personas con máscaras médicas y trajes de protección que me observaban como si yo fuera un espectáculo.

El pánico, un último vestigio de mi antigua vida humana, intentó emerger por un segundo. Empecé a gritar, a pedir ayuda, a forcejear violentamente contra las ataduras metálicas. Pero ellos solo me miraban con frialdad, como científicos analizando a una rata de laboratorio.

Un orador habló por un altavoz:

-El Experimento de la Piedra Filosofal. Sujeto 1-A. Inicio de la fase de transfusión.

Apretó un interruptor. Sentí una aguja gruesa clavarse en la vena de mi brazo. Y entonces lo vi: un líquido rojo, espeso, viscoso, empezó a entrar en mi cuerpo.

El dolor... el dolor fue indescriptible. No era dolor físico; era como si me estuvieran inyectando fuego puro y ácido sulfúrico directamente en el alma. Sentía que mi cuerpo se cocinaba desde adentro, que mis células estallaban una por una. Grité con todas mis fuerzas. Grité como un animal herido de muerte, lloré, me retorcí con una violencia que amenazaba con doblar las correas de metal. Hombres armados aparecieron frente al vidrio y alrededor de la mesa, apuntándome por si acaso.

Pero de golpe, mis gritos se detuvieron. Mi garganta se desgarró por completo y mi visión se apagó. Sentí cómo la presión me caía a cero. Mi corazón, el órgano que había aguantado tanto, se detuvo en seco.

-El sujeto ha muerto -dijo una voz monótona desde el altavoz.

Mi visión se apagó por completo.

Desperté en un lugar distinto. No había paredes, ni suelo, ni paredes de laboratorio. Era una nada infinita, fría y oscura. Por primera vez en meses, no sentía el peso de las costillas rotas, ni la piel quemada, ni el cansancio biológico. Experimenté un alivio profundo, una sensación de paz helada en medio de la nada. Ya no había dolor.

De pronto, la penumbra del vacío se abrió. Una luz dorada, cálida y majestuosa iluminó la inmensidad. De ella no emergió una figura común, sino una presencia cuya sola existencia transmitía una autoridad absoluta y divina. Era Dios.

Su voz no sonó a través de los oídos, sino que resopló en cada rincón de mi ser, vibrando como el eco de un trueno lejano sobre aguas profundas.

-Max... -dijo la entidad. Su voz era un equilibrio perfecto entre una compasión infinita y una gravedad cósmica-. Has atravesado el valle de sombra de muerte. Has contemplado la perversión de la creación en su forma más pura.

Me miré las manos en ese espacio luminoso. Ya no tenían sangre ni heridas.

-¿Estoy muerto? -pregunté en un susurro-. Si esto es el fin... prefiero quedarme aquí. Ya no quiero sentir nada.

La figura divina dio un paso hacia mí. La luz a su alrededor brillaba con la intensidad de mil soles, pero no me encandilaba.

-La carne desfallece y el espíritu se quiebra cuando el hombre se aleja de la luz -resonó la voz de Dios-. Desde los días de la antigüedad, desde que la maldad de los hombres se multiplicó sobre la Tierra y cada diseño de los pensamientos de su corazón era de continuo solo el mal, he contemplado su caída. En tiempos pasados, envié las aguas para purgar la tierra. Y hoy, la podredumbre de sus actos vuelve a clamar al cielo por juicio.

La entidad extendió una mano hacia mí.

-Pero en medio de las tinieblas, vi tu espíritu. Vi cómo, estando en la miseria más profunda, buscaste proteger a una inocente. No eres un santo, Max, pero tampoco eres como aquellos que te encadenaron. Por eso te he traído ante mí. Te entrego una elección que ningún mortal ha sostenido jamás: puedo devolverte a la vida cargado con un poder divino. Puedes ser el instrumento que redima a la humanidad y la libre de sus monstruos... o puedes ser la llama que consuma su existencia hasta que no quede piedra sobre piedra.

Miré a la entidad a los ojos. Recordé a mi familia en la sala de mi casa, la niña en la celda y el rostro de Elizabeth suplicando por ayuda antes de morir.

-El mundo está lleno de bestias... pero también hay personas que no merecen sufrir esto -dije, sintiendo por primera vez en semanas una determinación firme en el pecho-. Si vuelvo, no dejaré que los culpables sigan caminando impunes. Usaré lo que me des para destruirlos y proteger a los inocentes.

La presencia divina guardó silencio un instante. Luego, inclinó la cabeza con solemnidad.

-Que así sea. Mas recuerda esto, hijo del hombre: el poder sin dominio propio es un fuego que devora a quien lo porta. No permitas que la tiniebla que combates se convierta en la dueña de tu alma.

Dios alzó su mano y una esfera de luz blanca brotó de su palma. Al acercarla a mi pecho, la luz tocó mi ser, pero no se mantuvo blanca: al contacto con mis recuerdos y mi rabia, la esfera se tiñó de un rojo sangre intenso mezclado con hilos de un negro abisal. La energía se fusionó con mi espíritu, y la luz dorada comenzó a desvanecerse.

De vuelta en la sala de operaciones del mundo real, las computadoras pitaron frenéticamente.

-¡El sujeto... su corazón volvió a latir! -gritó un científico detrás del cristal templado.

El entusiasmo de los médicos duró apenas unos segundos.

Pero las agujas de medición se rompieron al instante.

Un humo denso, rojo como la sangre tibia, comenzó a brotar de los poros de mi piel. El ambiente en la sala de operaciones se volvió sofocante; la temperatura subió tan rápido que la pintura de las paredes empezó a ampolllarse y a derretirse. El aire olía a azufre y metal quemado.

De pronto, la luz principal del laboratorio parpadeó y se apagó de golpe, dejando solo la iluminación roja de emergencia girando en el techo. Las sombras se estiraron y se deformaron.

¡CRACK!

Una grieta enorme atravesó el cristal templado. Detrás del vidrio, los médicos retrocedieron aterrorizados, chocando contra las mesas y tirando el instrumental al suelo.

¡BOOM!

El ventanal exploto hacia afuera en miles de esquirlas de vidrio que volaron como metralla. El humo rojo se derramó por el suelo del laboratorio como una marea viva, cubriendo los pies de los diez guardias armados que entraron a la habitación.

Nadie hablaba. Solo se escuchaba la alarma de emergencia retumbando de fondo y la respiración agitada y aterrorizada de los hombres. El sudor les caía por la frente, empapándo sus cascos. Uno de ellos intentó levantar su fusil, pero sus manos temblaban tanto que el arma golpeaba contra su chaleco.

-¡N-no veo nada! -gritó uno de los soldados, apuntando a ciegas hacia la niebla roja-. ¡Está aquí adentro! ¡Está en el humo!

En eso una sombra dentro de la nube roja apareció, los hombres alertados rápidamente apuntaron hacia esa dirección mientras gritaban que saliera.

Un silencio sepulcral volvió a apoderarse de la sala. De repente, desde la penumbra superior, algo se movió.

Un chasquido seco y viscoso rompió el aire. El soldado de la extrema derecha ni siquiera pudo gritar; una garra de sombra atravesó la niebla, le agarró el casco y lo levantó del suelo. Escuchamos el crujido horripilante de sus huesos rompiéndose en la oscuridad y luego el sonido pesado de su cuerpo desplomándose en el piso, desmembrado.

-¡FUEGO! ¡Abran fuego, carajo! - el capitán gritó en un ataque de pánico puro.

El laboratorio se convirtió en un infierno de ráfagas de luz. Los chispazos de las balas iluminaban el humo rojo por fracciones de segundo, revelando partes de una figura monstruosa que se movía a una velocidad sobrenatural entre las sombras. Las balas no chocaban contra nada; rebotaban y se fundían en el aire como cera caliente.

Un guardia comenzó a sollozar en silencio mientras retrocedía hacia la puerta, tropezando con sus propios compañeros.

-Por favor... Dios mío, por favor... -suplicaba entre dientes.

Aparecí justo detrás de él. El humo se abrió a su alrededor. El tipo sintió mi respiración ardiente en su nuca, pero antes de que pudiera voltear, lo agarré de la cabeza y lo estrellé contra el soldado de al lado. El estallido de hueso y metal retumbó en las paredes.

Los dos últimos sobrevivientes quedaron acorralados contra la pared del fondo, resbalando sobre la sangre de sus compañeros. Intentaron cambiar el cargador de sus armas, pero las balas se les caían de los dedos tullidos por el terror. Una silueta con dos ojos rojos brillantes emergió lentamente de la niebla.

En menos de cinco segundos, la habitación era un matadero en silencio.

Al salir del laboratorio en ruinas, escuché el rugido de motores afuera. Vi dos camionetas negras escapando a toda velocidad del complejo. En la primera camioneta iban los espectadores y hombres de negocios que habían pagado por ver el experimento. En la segunda camioneta iba el líder de los captores, huyendo aterrorizado.

Me elevé por los aires impulsado por una ráfaga de humo rojo y negro. Identifiqué la primera camioneta desde la altura y me dejé caer sobre ella como un meteorito. El impacto fue brutal: el vehículo explotó al instante en una bola de fuego naranja y negra, carbonizando a todos los que iban dentro en cuestión de segundos.

Sin detenerme, fijé la mirada en la segunda camioneta, donde escapaba el líder. Lo perseguí por los cielos a velocidad supersónica hasta que el vehículo se adentró en el corazón de la ciudad, llegando a la Plaza de Armas de Lima, llena de gente y familias.

Caí de golpe sobre el techo de la camioneta en medio de la plaza, generando un estruendo que paralizó a la multitud. Atravesé la lata del techo con la mano, agarré a uno de los secuaces y lo arranqué del asiento tirándolo contra el concreto. Otro de los hombres intentó saltar del auto para huir, pero con un gesto de mi mano, una fuerza invisible lo partió en dos de arriba abajo, salpicando sangre sobre el pavimento mientras los transeúntes gritaban descontrolados.

El líder saltó del vehículo en movimiento justo antes de que este explotara detrás de él. Quedó tirado en el suelo, arrastrándose aterrorizado mientras me veía salir de entre las llamas envuelto en ese humo rojo.

Lo agarré por el cuello y lo levanté en el aire. Su peso no era nada para mí. Lo llevé bien alto, por encima de los edificios coloniales de Lima, donde el viento soplaba fuerte.

-Dímelo -le dije, y mi voz resonó con una potencia que no parecía humana-. ¿Por qué? ¿Por qué todo esto?

El hombre intentó escupirme. Le rompí el brazo de un chasquido seco. Su grito de dolor me sonó como música en los oídos.

-Fue... fue un experimento del Presidente -jadeó por el dolor-. Para hacer super soldados... la Piedra era la clave.

Mis ojos se entrecerraron. No era solo una banda criminal: era el propio gobierno. El Presidente. Entendí que mi trabajo no había terminado. Debía matar a ese sujeto y a todos los que permitieron esto. El líder me rogó por su vida buscando una piedad que no encontró. Le sonreí con una sonrisa desquiciada, la sonrisa del monstruo en el que me habían convertido, y lo dejé caer al vacío.

Quedé flotando sobre las nubes de la ciudad. El viento me batía la ropa, mientras la energía de la Piedra Filosofal retumbaba en mis venas. El gobierno, las bandas, las autoridades... todos los que permitieron este infierno iban a pagar.

No iba a haber perdón. Iba a cazarlos a todos. Usaría esta fuerza oscura para purgar el país desde las raíces. Ellos crearon al monstruo, y ahora está yendo por ellos.

¡Cuéntale a Viajero lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Twin Hearts

Gallandro7: Lion shifters are not a familiar shifter tale that I have seen, I've read one other on Galatea so this would be two.It's a good read so far, just into the early stages with much more to go. The excerpt I read was 4 chapters long but the reviews indicate it was longer or finished already. The main ch...

Leer ahora
Callisto: Bound to the Alien Commander

virgie: Their love was beyond one's wildest dreams until our girl realizes that she needs Ronan to respect her species.

Leer ahora
Erbin des Schattens

kuesterinfo: Sehr spannende Geschichte, tolle Charaktere und starke Dialoge!!! Bin gespannt wie es weiter geht!!!

Leer ahora
Spirit Wolf

Suiihera: "OMG i just finished reading your story and I really enjoyed it and the world you've created. As I was reading, I could easily picture the characters, emotions, and key moments unfolding visually.Have you ever considered adapting it into a visual storytelling format such as comic, manga, and webtoon...

Leer ahora
Otherworldly

StoryWeaverX: I came across your work and it hit differently. I have a perspective on it I think you'd find interesting mind if I share?

Leer ahora
Rencontre inattendue

user-hudnsWlwGg: Een zeer mooi verhaal vol liefde, vriendschap, opofferingen verhaal uit dewelke de talenten van de schrijver zeer mooi naar boven komen.

Leer ahora
One Way To Live Is To Make A Zombie Fall For You

Emily012: Fiona’s fear and resilience shine brilliantly.

Leer ahora
In the grip of the Alien

iswariya: Plot and writing style are good but at some places we cant avoid feeling like the story is dragging. It would.be good if more spicy things are added in plot to keep the readers captured.

Leer ahora
The First She (Ezron #1) - 2026 Rewrite

PenPrincess: I loved everything about this book! All the twists and turns! All the advancements made where there are! Obviously being vague so I don’t accidentally reveal anything ! it’s MUST read!! Loved the plot development hehe 😉

Leer ahora
DEINÉMESIS