Capítulo 1: El chico que no podía ensuciarse.
El barro frío y espeso se pegó a los zapatos de Drazen Novak con un sonido húmedo, como si la tierra misma lo arrastrara hacia abajo. El olor a tierra mojada y hierba pisoteada le quemaba las fosas, mezclado con el aroma metálico de la lluvia que caía en finas agujas sobre su nuca. Sus zapatos blancos —gastados, con las costuras reventadas y el cuero agrietado como la piel de su madre— ahora estaban cubiertos de una pasta marrón y oscura, como si alguien hubiera vertido excremento sobre ellos. Le subió un escalofrío por la espalda. No era solo el frío: era la sensación de violación, como si el lodo le hubiera mancillado algo más que el calzado.
Puta lluvia. Puto camino de tierra. Puta escuela.
El patio bullía con el ruido de risas estridentes y voces que resonaban como latigazos. El aire olía a adolescencia sudorosa, a desodorante barato y a la humedad que se filtraba en cada rincón del edificio. Drazen apretó los puños, sintiendo el picor de las cicatrices bajo las uñas: las heridas de lavarse las manos hasta que la piel se pelaba, como si pudiera arrastrar la miseria de su vida por el desagüe.
—¡Mira al omega! —La voz de Viktor, ronca y cargada de desdén, lo golpeó como un puñetazo. El alfa más grande del último año lo empujó contra el lodazal. El impacto le sacudió los huesos, y el barro salpicó su uniforme, manchando el azul desvaído de la tela remendada una y otra vez por él mismo. El olor a jabón de lavanda barato —el que usaba para lavar la ropa— se mezcló con el hedor del lodo, creando una náusea que le subió a la garganta.
—¿Te da asco la tierra, Novak? —Viktor escupió las palabras, y su aliento olía a cigarrillos robados. Su sombra, enorme, se cernía sobre Drazen como una nube de tormenta—. No te caigas.
Las risas explosionaron, agudas y crueles, como cristales rotos bajo las botas. Drazen no respondió. Nunca lo hacía. Las palabras se le atascaban en la garganta, pesadas como el barro en sus zapatos. Se limitó a levantarse, sintiendo el peso del uniforme empapado pegado a su cuerpo. Cada movimiento le recordaba que no encajaba: ni en su familia, ni en la escuela, ni en su propia piel.
A sus diecisiete años, Drazen seguía sin manifestarse. Ni alfa, ni beta, ni omega. Un cero a la izquierda en la jerarquía escolar. Un fantasma en un mundo que solo valoraba la fuerza o la sumisión. El chico sin padre. El pobre. El que olía a gasolina y a jabón de manos porque pasaba las tardes cargando combustible en la estación de servicio, frotándose las palmas hasta que ardían, como si pudiera lavar la vergüenza de su vida.
—Déjenlo en paz.
La voz llegó suave pero firme, como un susurro que cortaba el aire. Drazen alzó la vista, parpadeando para quitarse el agua de los ojos. Entre la multitud, Eliot Valmont lo observaba. Su uniforme estaba impecable, el azul oscuro de la tela brillaba bajo la luz grisácea del día, como si nunca hubiera conocido el barro. Llevaba los libros apretados contra el pecho, como un escudo. Sus ojos color miel —dorados, cálidos, como el sol filtrándose entre las nubes— lo miraban con una comprensión que Drazen no entendía.
—¿Vas a defender a tu noviecito, Valmont? —Viktor se burló, pero su tono perdió fuerza. Retrocedió un paso, como si el apellido Valmont fuera un muro invisible. Porque aunque Eliot era omega, los Valmont tenían dinero. Y el dinero, en este mundo, olía mejor que cualquier feromona.
—¿O es que ya te gusta revolcarte en el lodo con otros como vos? —La risa de Viktor sonó forzada, como si supiera que había cruzado una línea.
Eliot no respondió. No apartó la mirada de Drazen. Simplemente esperó, con una paciencia que parecía infinita, a que Viktor y su grupo se alejaran, arrastrando sus botas por el barro como si el mundo entero les perteneciera. Cuando por fin se fueron, el silencio que quedó fue denso, cargado con el sonido de la lluvia golpeando los charcos.
—¿Estás bien? —preguntó Eliot, acercándose. Su voz era suave, pero no débil. Olía a papel nuevo y a un perfume ligero, como flores de jazmin, algo que Drazen no podía permitirse.
Drazen miró sus zapatos. Arruinados. Otra vez. El barro se había secado en los bordes, agrietándose como piel vieja. Le dolían las manos solo de pensar en lavarlos.
—Estoy sucio —susurró, con la voz quebrada. No era solo el barro. Era todo: el uniforme, su vida, el peso de saber que nunca sería suficiente.
—Eso se lava —dijo Eliot, como si fuera tan simple.
—No. —Drazen negó con la cabeza, sintiendo el picor familiar bajo la piel, como si miles de hormigas le recorrieran el cuerpo—. No es solo el barro. Es... —No podía explicarlo. No sabía cómo decir que el lodo se le pegaba a la piel, a los pulmones, a la memoria, y que no importaba cuánto se frotara, nunca lograba sentirse limpio.
Eliot lo observó durante un largo momento. Sus ojos dorados no juzgaban. No había lástima en ellos, ni burla. Solo una quietud que Drazen no comprendía, como si Eliot supiera exactamente lo que se sentía al ser invisible.
—Vamo —dijo Eliot, extendiendo una mano. Sus dedos eran largos y delgados, con uñas cuidadas, sin rastro de suciedad.— Tengo toallitas en mi casillero.
Drazen dudó. El contacto físico no era algo que le resultara fácil. Pero el olor a limpio que emanaba de Eliot lo atrajo como un imán. Necesitaba quitarse el barro de encima. Necesitaba respirar sin sentir que se ahogaba.
Lo siguió.
En un mundo donde los alfas dominaban con puños y feromonas, y los omegas obedecían con la cabeza gacha, dos marginados como ellos solo se tenían el uno al otro. Y en ese momento, bajo la lluvia que no cesaba, Drazen sintió algo extraño: por primera vez en mucho tiempo, no se sentía solo.








