El Caballo de Troya
El último amanecer de Troya llegó envuelto en un silencio que nadie se atrevía a comprender. Durante diez años, aquella ciudad había despertado cada mañana con el sonido de los cuernos de guerra, el choque de las espadas, los gritos de los soldados y el estruendo de las máquinas golpeando sus enormes murallas. Durante una década, la tierra alrededor de Troya había bebido la sangre de miles de hombres que habían llegado desde reinos lejanos con la promesa de gloria, pero que terminaron perdiendo amigos, hermanos y años de sus vidas en una guerra que parecía no tener final.
Sin embargo, aquella mañana era diferente. El silencio no era el silencio de una batalla que se preparaba, sino el silencio de algo que había terminado. Desde las murallas de Troya, los centinelas observaban la llanura con incredulidad. Donde durante años se habían levantado miles de tiendas griegas, ahora solo quedaban restos abandonados: fogatas apagadas, armas olvidadas sobre la arena y marcas de ruedas que se alejaban hacia la costa. Los barcos enemigos habían desaparecido. Los guerreros que durante diez años habían intentado derribar sus puertas ya no estaban allí.
Por primera vez en mucho tiempo, los troyanos pudieron respirar sin miedo.
Las puertas de la ciudad comenzaron a abrirse lentamente. Los ciudadanos salieron con cautela, como si temieran que aquella paz fuera una ilusión. Algunos soldados caminaron hasta el antiguo campamento enemigo para comprobar que realmente estaba vacío. Otros levantaron sus armas al cielo celebrando la victoria. Los ancianos lloraban al ver que la ciudad que habían defendido durante una década seguía en pie. Los niños, quienes habían nacido en medio del conflicto, corrían por las calles sin entender que el mundo que conocían estaba a punto de cambiar para siempre.
Pero mientras Troya celebraba su supuesta victoria, a pocos metros de sus murallas permanecía una última pieza del ejército enemigo.
Un caballo.
No era un animal, sino una enorme construcción de madera que parecía desafiar la imaginación humana. Sus patas estaban hechas con gruesos troncos reforzados con hierro, su cuerpo se elevaba como una torre y sus ojos tallados en la madera parecían observar la ciudad con una extraña expresión de paciencia. Era hermoso y aterrador al mismo tiempo, una obra que parecía creada por manos humanas, pero que tenía algo casi divino.
Sobre uno de sus costados había una inscripción tallada profundamente en la madera: “Para Hoseok. Que este sacrificio conceda el regreso seguro de los hijos de Grecia”.
Los troyanos aún no sabían que aquella frase era la mayor mentira de la guerra.
Porque dentro de aquel caballo no había oro, ni ofrendas, ni símbolos de paz.
Había hombres.
Guerreros que habían aceptado convertirse en sombras para conquistar una ciudad que no había podido ser tomada durante diez años.
Y entre ellos se encontraba Jungkook, rey de Ítaca.
Dentro del caballo no existía la luz. La oscuridad era completa y el aire comenzaba a volverse pesado después de tantas horas encerrados. Decenas de hombres permanecían inmóviles, apretados unos contra otros, intentando controlar sus respiraciones para que ningún sonido escapara al exterior. El más pequeño movimiento podía ser escuchado. Un golpe accidental contra la madera podía condenarlos a todos.
Nadie hablaba.
Nadie quería ser el hombre que destruyera el plan.
Jungkook permanecía sentado contra una de las vigas internas, con los ojos cerrados y una mano apoyada sobre la empuñadura de su espada. A diferencia de otros guerreros, él no necesitaba ver para saber lo que ocurría. Escuchaba cada sonido del exterior. El movimiento de las ruedas sobre la tierra. Los pasos de los troyanos acercándose. Las voces confundidas de quienes intentaban comprender por qué sus enemigos habían desaparecido.
Su mente no estaba en el presente.
Estaba calculando posibilidades.
Un soldado podía descubrir una grieta. Un niño podía acercarse demasiado. Un hombre desconfiado podía decidir incendiar el caballo. Los dioses podían cambiar el destino con un simple capricho. Jungkook sabía que su plan era brillante, pero también sabía que los planes perfectos no existían.
Solo existían los hombres capaces de adaptarse cuando todo salía mal.
Esa era la razón por la que había sobrevivido tantos años.
No porque fuera el guerrero más fuerte.
Sino porque sabía pensar antes de atacar.
Frente a él, Jaehyun permanecía en silencio. El poderoso rey de Micenas, comandante de todos los ejércitos griegos, estaba acostumbrado a liderar desde el frente de batalla. Había conquistado ciudades, había derrotado ejércitos y había visto caer a grandes guerreros bajo su mando. Pero aquella situación era diferente. Nunca había imaginado que el final de la guerra llegaría escondido dentro de una estructura de madera, esperando que un enemigo abriera las puertas por voluntad propia.
—No me gusta esto —susurró finalmente.
Su voz fue apenas un murmullo, pero varios guerreros tensaron sus cuerpos al escucharlo.
Jungkook abrió lentamente los ojos.
—Eso es porque estás acostumbrado a luchar contra enemigos que puedes ver.
Jaehyun miró hacia la oscuridad donde sabía que estaba el rey de Ítaca.
—Un rey no debería esconderse.
Jungkook mantuvo la calma.
—Un rey muerto tampoco puede gobernar.
Las palabras quedaron flotando dentro del reducido espacio.
Jaehyun no respondió porque sabía que Jungkook tenía razón. Ese era el motivo por el que, aunque muchas veces lo despreciaba por recurrir al engaño, siempre terminaba necesitando su inteligencia.
A unos metros de ellos, Kim Namjoon permanecía con la mirada perdida. El rey de Esparta no pensaba en la batalla, ni en el caballo, ni en la victoria que estaban a punto de conseguir. Pensaba en una sola persona.
Seokjin.
El Doncel por la que miles de hombres habían cruzado el mar.
La Doncel por la que una ciudad entera había sido condenada.
—¿Crees que sigue siendo el mismo? —preguntó en voz baja.
Jungkook supo inmediatamente a quién se refería.
—Seokjin
Namjoon bajó la mirada.
—Cuando partí hacia Troya, pensé que todo terminaría cuando la recuperara. Pensé que después de verla nuevamente todo tendría sentido. Pero han pasado diez años... y ya no sé si sigo luchando por el o por el hombre que era antes de perderla.
Nadie respondió.
Porque todos dentro de aquel caballo habían perdido algo.
La guerra no solo había destruido ciudades.
También había cambiado a los hombres.
Jungkook miró hacia la pequeña abertura entre las tablas. No podía ver Troya, pero podía sentirla. Podía imaginar las calles llenándose de gente, los soldados bajando sus armas, los ciudadanos creyendo que finalmente estaban libres.
No sabían que acababan de abrir la puerta a su propia destrucción.
Mientras tanto, en la playa, un hombre caminaba solo.
Su nombre era Jackson.
Sus manos estaban atadas y su ropa estaba desgarrada. Su rostro estaba cubierto de polvo y sangre seca. A simple vista parecía un soldado abandonado por su propio ejército, un hombre que había perdido todo y que solo buscaba sobrevivir.
Pero cada paso que daba formaba parte de una actuación cuidadosamente preparada.
Los soldados troyanos lo encontraron cerca del antiguo campamento griego y lo llevaron ante la multitud.
—¿Quién eres? —preguntó uno de ellos mientras apuntaba una lanza hacia su garganta.
Jackson levantó lentamente la cabeza.
—Mi nombre es Jackson, Wang Jackson
—Eres griego.
La expresión del prisionero cambió.
Como si aquella palabra le causara dolor.
—Lo era.
Los soldados intercambiaron miradas.
—¿Qué significa eso?
Jackson bajó la vista.
—Significa que mi propio ejército me abandonó.
La noticia comenzó a extenderse rápidamente. Los ciudadanos dejaron de mirar el caballo y comenzaron a observar al hombre arrodillado en la arena. Pronto llegó la noticia hasta el rey Príamo, quien salió de la ciudad acompañado por sus guardias.
El anciano rey observó a Jackson durante largos segundos.
—Habla.
Jackson respiró profundamente.
—Los griegos querían regresar a casa.
Príamo miró hacia el caballo.
—Entonces, ¿por qué dejaron eso?
Jackson tardó en responder.
—Porque es una ofrenda.
Un murmullo recorrió la multitud.
—¿Una ofrenda para quién?
—Para Hoseok.
El nombre de la diosa provocó silencio.
—Los griegos creían que los dioses les habían negado el regreso. Necesitaban un sacrificio para obtener su protección.
Príamo entrecerró los ojos.
—¿Y tú qué tienes que ver con eso?
Jackson apretó los labios.
—Yo fui elegido como sacrificio.
Algunos troyanos comenzaron a sentir compasión.
—Me abandonaron aquí para morir —continuó—. Pensaron que nadie me encontraría. Pensaron que mi vida era un precio aceptable para poder volver a Grecia.
Dentro del caballo, Jungkook escuchaba cada palabra.
Jackson no estaba simplemente mintiendo.
Estaba interpretando el papel más importante de su vida.
Y lo hacía perfectamente.
Porque una mentira podía ser descubierta.
Pero una verdad mezclada con dolor podía conquistar una ciudad entera.
Entonces una voz rompió el silencio.
—¡No le creáis!
La multitud se apartó.
Un hombre avanzó hacia ellos.
Hyunjin, sacerdote de Apolo.
Su mirada estaba fija en el caballo.
—Durante diez años hemos visto la crueldad de los griegos. ¿De verdad creéis que después de perder la guerra nos dejarían un regalo?
Jackson bajó la mirada.
Príamo observó al sacerdote.
—¿Qué propones?
Hyunjin se acercó lentamente al caballo.
—Destruirlo.
Dentro del caballo, Jungkook abrió los ojos.
La tensión cambió.
Todos los guerreros comprendieron que ese era el momento más peligroso.
No una batalla.
No un ejército.
Un solo hombre con una duda.
Hyunjin tomó una lanza.
Y durante un instante, el destino de Troya quedó suspendido.




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