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Del arte no se vive

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Sinopsis

Diego Valencia vive perseguido por los fantasmas de un pasado familiar que aún condiciona su presente. Mientras intenta abrirse camino como escritor, debe enfrentar una realidad marcada por las dificultades económicas, las heridas heredadas y el constante conflicto entre lo que soñó ser y aquello que la vida terminó imponiéndole. Entre la cotidianidad de una existencia aparentemente común, Del arte no se vive retrata una realidad tan normalizada como pocas veces contada, invitando al lector a preguntarse, capítulo tras capítulo, si realmente es posible alcanzar el éxito sin renunciar a la felicidad. Una novela contemporánea e íntima sobre la familia, la memoria y el peso de perseguir una vocación en una sociedad que parece haber olvidado el valor del arte, mientras exige, por encima de todo, convertirse en "alguien" en la vida.

Estado:
hace un mes
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Chapter 1

Hoy quisiera escribir, pero debo estudiar; quisiera escribir, pero debo trabajar; quisiera escribir, pero debo hacer el aseo de la casa; quisiera escribir, pero prefiero ver una película; quisiera escribir, pero estoy procrastinando; quisiera escribir, pero simplemente estoy cansado. 

Día tras día pierdo el interés en seguir escribiendo. Es triste si lo pienso detenidamente, pues estoy renunciando a mi única pasión, por la razón que sea: por la exigencia de ser excelente, por la exigencia de ser alguien en esta vida tan corta. Pero me es casi inconcebible siquiera subsistir del arte en mi querido platanal, sumado a que se trata del arte menos consumido (según mi inoperante opinión) en Colombia. Escriba, joven soñador; pues en este país nadie va siquiera a revisar la introducción.

—¡Diego! —se alzó mi nombre entre gritos por los pasillos.

—¡Señoraaa! —respondí, a medio despertar.

—¡La basura, señor! —gritó mi madre desde el primer piso.

¿Qué costaba subir y avisarme de una manera más decente que el camión de la basura estaba por pasar?

—¡Ya voy! —grité, somnoliento.

Al sacar la basura, con obvias ganas de escupirle a alguien en la cara, dije buenos días y ofrecí una sonrisa falsa a la vecina de enfrente, que se encontraba regando las plantas de su jardín, entre las que había una bonita sábila y otras que, la verdad, me daría pereza buscar cómo se llaman.

—Hijo, su tío lo está esperando en la carnicería. Va tarde, papá —me regañó tenuemente mi madre mientras me ofrecía algo de café. Café de porquería que le encanta a esta mujer. Si supiese que lo que se toma cada día es la pasilla de la cosecha, endulzada para ocultar su desagradable sabor.

—Quisiera no ir hoy, ma. Mire que he estado buscando trabajo como editor en línea de, valga la redundancia, una editorial —le dije mientras daba un sorbo a la caliente bebida—. ¡Ah, jueputa, me quemé! —dije entre mí.

—No, mijo, eso lo hace después. Más bien vaya y báñese rápido, que lo están esperando. Hágale, hágale, a ver.

A pesar de lo desagradable que es el café, algo de energía sí aporta. Junto con el agua fría, encendieron la flamante llama del camello.

Mi madre tiene una moto, “señorial”, dirían coloquialmente por estos rastrojos. Pero es para el único uso de ir del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, así que, con la poca gasolina restante, emprendí mi corto pero enriquecedor trayecto hasta la carnicería de mi tío, la cual se encuentra a unas cuantas cuadras.

Parece ser un día bastante soleado, pero, aunque disfruto mucho del sol matutino, me pierdo gran parte de él por culpa del casco de seguridad que se debe utilizar en estas motos, el cual no dura más de una semana con un olor agradable. Sin embargo, salvan vidas, supongo.

—Bueno, ¿y usted qué, maricón? —saludó mi tío alegremente mi llegada al negocio, sin siquiera haber bajado la pata de la moto.

—Buenos días, viejo. Qué penaaaa —dije sonriendo—. Tuve que hacerle un favor a mi mamá.

—Sí, hágase el huevo. Póngase más bien el delantal y hágale rápido.

Mi tío, Alberto, es pintoresco, como personaje de telenovela; emprendedor en todo sentido y capitalista salvaje. Dirigía este negocio desde hacía aproximadamente ocho meses y, desde mi reincorporación a la casa, me ofreció este trabajo y muchos más antes de este. Sin embargo, esa es otra historia.

Lo quiero profundamente, como a un padre, aunque se enoje con bastante facilidad.

Tajar carne es bastante sencillo. Aquí, en “El Novillito”, en la central de un barrio muy bien acomodado, suele ser un relajo durante las mañanas y parte de la tarde. En las noches, cerca de la hora del cierre, a la bendita gente le da por hacer sus compras. Sinceramente, no tengo paciencia.

—¿Qué hace su mamá? —preguntó mi tío mientras molía una carne magra.

—Ahí, en la casa. Hoy iba a ir al despacho de los abogados a ver en qué iba el tema. Usted sabe —le respondí.

—Qué joda con eso, hermano. Pero bueno, toca que no le afloje —me dijo empacando la carne en una bolsa—. Son doce ochocientos. ¿Algo más, doña?

—No, señor Alberto. Gracias —replicó la señora Juana, cliente fija casi a diario, pues compra la carne al día. Hoy, en particular, debe ser un día especial, porque compró mucho más de lo habitual, ya que suele vivir solamente con su esposo, quien es cotero del centro de reciclaje.

—¿Y Milena? —retomó el viejo nuestra conversación.

—No... no me joda con ese tema ahorita —respondí un poco incómodo.

—Ja, ja —carcajeó—. Está bien, cálmese, pues, florecita, que no está en sus días.

De vuelta a casa con el oloroso casco, solo podia pensar en lo que me esperaba de almuerzo.

—¿Cómo le fue, hijo? —preguntó mamá al recibirme en la entrada.

—Bien, ma. Lo mismo de siempre. Nada extraordinario —le respondí, ofreciendo una sonrisa.

—Venga, que le hice sancocho de espinazo.

Me dio un beso en la mejilla.

—¿Y a usted cómo le fue, madre?

—No, pues lo mismo de siempre: que ya casi sale eso, que no sé qué... Ahí sí está como la novela: si hoy estuvo buena, mañana va a estar mejor, y la otra semana ni le cuento.

Reímos ambos.

—Pero necesitamos esa plata, hijo. Mire que la cuota del banco se venció, y si seguimos así nos van a embargar lo único que nos dejó su papá, que es esta casa donde estamos parados —me dijo frunciendo el ceño, con los ojos llenos de agua.

—Sí, madre, yo sé. Ya casi me pagan en la carnicería y abonamos a esa deuda. No se me angustie.

—Por otro lado, estoy intentando escribir algo, ma. Solo necesito organizar el...

—Ay, no, hijo —me interrumpió disgustada—. ¿De qué le sirvió eso la última vez? Mire cómo estamos ahora. Siga trabajando ahí con su tío, que él poco a poco le va ayudando más. No me dé más disgustos con ese tema otra vez.

Fue tan tajante que realmente poco quise discutir.

El almuerzo estuvo delicioso pero fue poco disfrutable. Subí lentamente a mi habitación a descansar una media hora antes de regresar a la carnicería. Me puse un chicle en la boca —el tercero del día, de hecho— y me acosté patas arriba en mi cama, que, bastante dañada sí que está; esos crujidos me desvelan al mínimo movimiento nocturno.

Ya recostado, saqué mi celular para satisfacer mi dopamina. Qué poco se habla de lo adictos que somos a los celulares; regularmente intento no cogerlo, pero hasta en el trabajo, al mínimo respiro, estoy con la cabeza agachada y varios regaños me ha puesto mi tío por eso. Me río de mí mismo, pues mi celular siempre está en “no molestar” para después encontrarme con cero mensajes, pero bueno, eso me hace no estar a la expectativa de algo… o alguien. Aunque, de todas maneras, siempre que puedo lo estoy revisando. Debería poder tener más tiempo de descanso, pero mi tío insiste en abrir media hora antes en la tarde porque es un negrero, básicamente. Así que me pongo de pie, me cepillo con bastante delicadeza —pues cualquier movimiento en falso hará que mi encía sangre— y después mastico otro chicle saliendo de casa.

—Mamá, nos vemos en la noche. —Chao, hijo, juicioso pues —replicó desde su cuarto.

—¿Y entonces no le han solucionado ni mierda? Pero para cobrar son buenos los hijueputas —dijo mi tío, rebanando la carne con una eficacia que me asustaba realmente. —Pues sí, pero según parece ya casi hacen la repartición. El problema ahí es que la señora que él tuvo antes está exigiendo cierta parte de la herencia —contesté—. Veinticinco mil cuatrocientos, mami. ¿Algo más? —¿Costilla tiene? —respondió una voz femenina. —Sí, amor, ¿cuánto le doy? —repliqué. —Una libra. —Pero ¿qué más quiere esa vieja tramposa? —dijo mi tío, incomodando a la clienta, la cual lo observó con los ojos abiertos de par en par.

Ofrecí una sonrisa discreta y le entregué su encargo.

—Cuarenta y dos mil. Gracias, veci. —Siempre a la orden, señorita —finalicé. —Pues sí, y los otros hijos su dichosa parte. Que, además, ¡tienen huevo, viejo! Porque ya ellos en vida tuvieron su parte —expliqué agitado. —Sí, esos son más conchudos todavía —contestó el tío Alberto, señalándome con el cuchillo—. Ve, ¿y Milena no es que es amiga de su hermana? Pues, digo, para que interceda y hablen, marica, porque esa gente tiene más billete y mejores abogados —comentó mi tío, recostado en la vitrina. —Agh, tío, yo no sé, me da igual la verdad. Lo que es para uno no coge curva y, realmente, si no fuera por esa deuda en el banco, por mí que se pierda esa hijueputa plata. Al fin y al cabo sin nada vine. Tampoco quiero hablar con Milena —repliqué con un tono enojado. —Pues sí, mijo, pero toca seguir en la lucha porque Dios no ahorca; aprieta duro, pero no ahorca ni por el hijueputas. Así que ore mucho, hijo.

La tarde parecía transcurrir con normalidad. El tío Alberto era muy agradable y por eso en tan poco tiempo tenía relativamente buena clientela. Había algo indispensable en la rutina: mi hermano menor (de aproximadamente 12 años) salía del colegio a eso de las 4 de la tarde y, tipo 4 y cuarto, pasaba a la carnicería. Tenía una jornada bastante pesada, de 6 a. m. a 4 p. m.; siempre se quedaba allí hasta la hora de cierre para irse en la moto conmigo (por pereza, básicamente).

Jerónimo, papi, ¿cómo va? —saludaba cariñosamente el tío Alberto a mi hermano.

—Bien, tío. ¿Tiene algo de tomar? Estoy “mamado” —respondió mi hermano, dándome un abrazo.

—¿Cómo le fue, cabezón? —le dije sobándole la cabeza con el dedo índice recogido para que le ardiera (cariño a mi modo).

—Disque “mamado” —interrumpió Alberto—. ¿Qué es ese vocabulario? —agregó.

(¿En serio, Alberto?, carcajeé en mi cabeza).

—Bien, hermano. Cansado, pero bien. ¿Qué hay para hacer? —contestó mi hermano, energético y acomedido.

Ese solía ser el fin del día, bastante… lento, pero no por eso malo. De hecho, siento que son las mejores horas del día: el ambiente familiar, la recocha entre los tres y, para finalizar el día y a modo de recompensa, el tío nos compraba mazamorra en vaso con panela. Solían ser los últimos tres vasos de doña Elvira y nos los comíamos muy a gusto afuera de la carnicería ya cerrada, en el andén, sentados viendo pasar el mundo de carros en plena hora pico para sus lejanas casas. El tío, por suerte, vivía tan cerca que se iba a pie, así que se despedía de beso y de un «Mañana temprano, huevón, que hay mucho que hacer», señalándome seriamente, y después pelaba sus dientes amarillos de tanto tabaco y café que consumía.

Todo este tipo de cosas (de sobreanálisis, supongo) me hacían querer escribir de nuevo. De camino a casa, con poco diálogo con mi hermano —pues el ruido del tráfico y los cascos (malolientes) cerrados impedían mucho la comunicación—, me quedaba mucho más tiempo para reflexionar acerca de lo que podía estar haciendo, pero, por sobre todo, de lo que no podía dejar de hacer.

A pesar de que no hablábamos mucho en el camino, una vez llegábamos a casa y mi mamá tenía la cena hecha, los tres hablábamos de nuestro día. Por naturaleza, Jerónimo hablaba mucho más, casi como un recluta de permiso, pero eso era agradable, pues yo era un hombre de pocas palabras y mi madre, desde que mi papá falleció, habla mucho menos. Quisiera detenerme a recalcar lo mucho que nos unía Gero, pues él hablaba sin cesar de las mil y un cosas que hacía en el colegio; sean o no ciertas, lo escuchábamos con atención porque mi madre y yo… no teníamos mucho por contar.

Lavaba los trastes tipo ocho ya. Siempre comíamos un poco de lo que sobraba del almuerzo y alguna bebida caliente. Los “trastes”, ¡agh! ¿Me detengo a pensar en esa palabra tan sofisticada? No lo sé, siempre le llamo loza: lavé la loza, sequé la loza y así sucesivamente. Tomaba una ducha y el tiempo restante del día, antes de caer rendido, era para mí, para poder escribir de nuevo.

Pero, ¿cómo empiezas a nadar en un océano sin saber si encontrarás tierra firme o quedarás a la deriva? Me sentaba en el escritorio —un poco empolvado, he de admitir, pero es por mi falta de tiempo (creo)— y después, frente a una enorme hoja en blanco, las palabras parecían fluir como arroyo. Pero, hasta cierto número de palabras, me replanteaba muchas cosas, muchos miedos. Yo de verdad no quiero que sea como la última vez; necesito ese golpe de suerte de nuevo.

Pienso que estoy trasnochando a lo pendejo. Mañana será una mierda despertar. Ojeo el teléfono cada dos minutos: 11 de la noche, bebo algo de té; 12 de la noche, me preparo un sándwich; 1 a. m. El tiempo pasa y no logro nada más que ideas vacías, ideas imperfectas. Me acuesto, frustrado y pensando: «¿En serio solo fue suerte?». Las noches son tan largas, mucho más que el día. ¿Será porque siempre tengo la epifanía de escribir la nueva “nobel novela”? Pero no es así; es más por todo lo que está pasando justo ahora.

—Hijo —escuché tenuemente a través de la puerta, aún muy de mañana.

—Señora —respondí entre dormido.

—Camine, me lleva donde la abuela.

Me desperté lentamente, con una resaca insoportable. Abrí la puerta y pregunté:

—¿Y eso?

—Pues toca seguir trabajando. Muévase, muévase —me decía mientras manoteaba y levantaba las cejas. Junto a su fuerte olor a vainilla, ambientaba una mañana un tanto particular.

Mi madre, Josefa Antonia Llanos, desde que mi padre murió, trabajaba constantemente junto a la abuela, mi segunda madre, Nohora Monje, en un taller de costura que construyó en el primer piso de una casa que heredó en Florencia, Caquetá, tras su separación de mi abuelo Antonio, hacía aproximadamente quince años.

—Uy, Diego, haga lavar esos cascos. ¡Qué asco! —regañaba mi madre, sacándome del trance.

La razón por la que no había vuelto en más de dos semanas era simple: se la pasaba entre despachos, juzgados y demás oficinas, persiguiendo el dinero que mi padre dejó al morir, además de otras cosas que le correspondían a ella.

—¿Y hoy no va a ir donde los abogados? —pregunté curioso.

—¿Qué? —preguntó a gritos.

—Que si hoy no va a ir donde los abogados —repliqué en voz alta.

—Por la tarde, hijo. Ahora voy a ver qué más hago para pagar esos intereses del banco —explicó.

—Mamá, mi tío me paga a final de esta semana y ahí abonamos. No se preocupe.

—Sí, hijo, pero yo no quiero quedarme sin hacer nada en la casa. Mire, ahí dejé un arroz hecho y una carne descongelando. De subida me recoge y compramos un aguacate para almorzar.

—Bueno, madre —le dije mientras nos bajábamos de la moto frente al taller de costura, que desde las siete de la mañana ya estaba abierto y desprendía un fuerte olor a café.

—¡Mamita! —grité saludando.

—Mi amor —me dijo abrazándome cariñosamente—. ¡Qué milagro! —agregó la abuela Nohora.

—Sí, mami, tiene razón. Es que he estado muy ocupado —expliqué con cara de perro regañado.

—Sí, hijo. ¿Y cómo va todo ese tema? —refiriéndose a la herencia y demás.

—Que le cuente mi mamá. Me voy a trabajar, mamita —le dije, dándole un cariñoso beso en la frente y después otro a mi madre, Josefa—. Juicio —agregué sonriente.

Nohora Antonieta Monje procedía de una familia de catorce hermanos, pobres hasta la raíz. Solía contarme que su único juguete durante la infancia había sido una muñeca de trapo, a la que atesoraba más que a sus propios zapatos. Estos decidió entregarlos una tarde en la que regresaba del colegio hacia la finca de su madre, tras un malintencionado robo por parte de unas niñas mayores del mismo colegio.

—Llévense los zapatos, pero a mi hermana no.

Después caminó los vastos kilómetros que aún le faltaban, bajo el sol abrasador del sur de Colombia, por una trocha llena de rocas, hasta llegar donde su madre.

—Entonces, tío, ¿cómo vamos? —saludé alegre.

—¿Y ese milagro, que llega temprano, mano? —contestó entre carcajadas.

—Joda, malo si sí, malo si no —repliqué abrazándolo.

—Mire quién vino a verlo, paisano —comentó el tío Alberto, burlesco.

—Buenos días, don Alberto. Hola, Diego —saludó alegre una joven.

—Buenos días —dije entre dientes. —Hola, Milenita. ¿Cómo está, mamita? —saludó el tío amablemente, ofreciendo su mano.

—Bien, sí, señor —respondió Milena.

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